La Habana. Año IX.
18 al 24 de DICIEMBRE
de 2010

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Dora Alonso
Como un mapa de Cuba
Fernando Rodríguez Sosa • La Habana
Foto: Cortesía de Rubén Darío Salazar

Las letras cubanas rinden tributo, en este 2010, a Dora Alonso, a propósito del centenario de su natalicio. La ocasión es propicia no solo para reeditar sus textos, sino también para comentar, reflexionar, indagar, valorar, estudiar, aquellos elementos que caracterizan su entrega intelectual, valiosa joya dentro del panorama de la creación literaria de la Isla en la pasada centuria.

Uno de los rasgos más sólidos y definitorios de la obra literaria de Dora Alonso (Matanzas, 1910- La Habana, 2001) es, indiscutiblemente, su auténtica cubanía. Esa exaltación de los tesoros de la flora y la fauna de la Isla, así como el tributo al devenir histórico de la patria, son elementos consustanciales de un legado que no ha perdido su frescura y lozanía.

Quizá ahí radique la permanente vigencia de esos textos, tanto  en prosa como en verso, dedicados a niños, jóvenes y adultos, que la creadora entregó a lo largo de varias décadas de fecundo, fértil y fructífero ejercicio intelectual. Obra múltiple, que fue reconocida, entre otros galardones, con el Premio Nacional de Literatura, otorgado, en 1988, por el conjunto de su producción literaria.

Los pequeños lectores son, sin dudas, quienes mejor pueden confirmar tal certeza. Varias generaciones se han adueñado de libros como las noveletas El cochero azul y El valle de la Pájara Pinta, los poemarios La flauta de chocolate y Palomar, el cuaderno de relatos Tres lechuzas en un cuento y las piezas para la escena protagonizadas por Pelusín del Monte, considerado el Títere Nacional.

Mas, igualmente, la otra obra de Dora Alonso, esa destinada al lector adulto, también es muestra de su raigal defensa de la identidad de la mayor de Las Antillas. Su novela Tierra inerme, su poemario Suma, su libro de cuentos Once caballos y su recopilación de reportajes periodísticos El año 61,  son un fehaciente y lúcido testimonio de tan leal y fiel cubanía.

Quizá uno de los textos más reveladores de ese amor por lo cubano sea este hermoso poema, que la autora tituló “Testamento”, escrito en 1987:

Que me vele el paisaje de Viñales,
su vega más lozana,
la entrañable presencia de su valle.

Que me reciban los mogotes
y la cordillera me guarde.
La maravilla de sus cumbres
será el más fiel acompañante.

En donde quiera que mi nombre
en esa tierra se señale,
deben sembrar un nuevo pino
para sumarme a sus pinares.

En el silencio de las grutas
tendré mi paz y mi descanso;
sólo el rumor de la cascada
me llegará del río cercano.

Y si me acogen los caminos
habrá una fiesta de amistades:
el ruiseñor y los seibones
podrán venir a saludarme.

Libe la abeja en mi recuerdo
como en humilde flor silvestre,
y en la memoria de los niños
sea yo una sombra sonriente.

Que me vele el paisaje de Viñales,
su vega más lozana,
la entrañable presencia de su valle.

No resultan del todo sorprendentes, por ello, las propias palabras de Dora Alonso, aparecidas en una entrevista publicada, hace más de una década, en una revista de la Isla. Al preguntársele a la escritora quién era, cómo se autodefinía, sin demasiado titubeo, como en una sencilla y, a la vez, hermosa declaración de principios, aseguró: “soy como un mapa de Cuba”.

Fuente: Habana Radio
 
 
 
 


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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2010.