|
Cuando el 24 octubre de
1975, La Patota de la
Jefatura de Policía de
Rosario invadió mi casa
y me secuestró para
condenarme a la prisión,
no me imaginé que al
salir de ella, después
de cinco años, mi
destino sería vivir en
los EE.UU., el país que
denuncié y combatí, en
libertad, y en la
cárcel, “con palos de
escoba, jarros de
aluminio y con el arma
más certera, la
palabra”, como digo en
mi poema “Atada de pies
y manos”. Llegué a
Oakland, California, la
ciudad a la que me
destinaron, con dos
ideas claras: la de
denunciar y la de
prepararme para regresar
a Argentina e integrarme
a la lucha. La primera
la concreté, denuncié
los crímenes y las
violaciones a los que
las mujeres presas
políticas ―como la
inmensa mayoría de
nuestro pueblo―, fuimos
objeto. Con este
propósito escribí y
presenté mi testimonio y
el de compañeras cuyas
historias conocía. Lo
hice basada en la gran
cantidad de datos
recopilados en un diario
carcelario, en las
cartas que escribía a
mis familiares en las
que denunciaba las
condiciones de la
prisión en relatos
camuflados, en el
material de denuncia
escrito en papeles de
cigarrillo y preservado
en la vagina cuando salí
de la prisión y, sobre
todo, gracias a la
cercanía de los hechos,
los que la memoria podía
reconstruir con mayor
nitidez.
La otra meta, la del
retorno, no fue posible;
el partido en el que
militaba estaba muy
dividido, debilitado y,
difícilmente, podía
reintegrar compañeros
que retornaran,
clandestinamente, del
exilio. Opté por
quedarme a trabajar en
el frente de solidaridad
por Argentina y los
países latinoamericanos,
aunque siempre
acariciaba la idea del
regreso. Me mudé de
California, a Nueva
York, donde el
movimiento de
solidaridad
internacional, en los
80, estaba en plena
efervescencia. Al
llegar, me incorporé al
equipo del periódico
Denuncia, órgano de
la izquierda
revolucionaria
argentina, y en sus
columnas publiqué
artículos sobre derechos
humanos, relatos de la
prisión, entrevistas a
Madres de Plaza de Mayo,
a dirigente políticos y
comunitarios, a
activistas de derechos
humanos. Escribía en el
periódico y en
publicaciones de
organizaciones
religiosas solidarias
con las luchas del
continente, en
particular, con la
revoluciones
centroamericanas, no con
conciencia periodística,
menos de escritora, sino
por el compromiso
político que me
impulsaba en Argentina,
fuera y dentro de la
cárcel.
|
 |
Vivir en una ciudad
cosmopolita y de intensa
vida cultural y política
me amplió el horizonte,
se me borraron las
fronteras y vi a mi país
integrado a
Latinoamérica. En la
convivencia y en la
práctica militante con
otros latinoamericanos,
en particular con
centroamericanos y
caribeños, aprendí
lecciones de
multiculturalismo y
multilingüismo que
profundizaron mi
conciencia política y
social. Asimismo, la
experiencia me permitió
conocer de cerca el
carácter siniestro del
capitalismo que iniciaba
entonces la era del
reaganismo. Siempre tuve
claro que el pueblo
norteamericano no es el
responsable de las
políticas
intervencionistas y
saqueadoras, sino sus
clases dirigentes. Lo
comprobé en el trabajo
con grupos de base de
las iglesias episcopal,
metodista y luterana,
como también con
militantes del Worker's
World (Partido de los
Trabajadores de EE.UU.).
Aun así, nunca logré
integrarme a la cultura
anglosajona ni adoptar
la lengua inglesa, la
que me sirvió y sirve
para desempeñarme en el
trabajo y los ámbitos
que lo requieren.
En los primeros años de
exilio no sentí el
desarraigo; los amigos y
compañeros con los que
compartía la misma
visión política y la
misma lucha, conformaron
mi familia. En esos
años, mi vida en New
York con el grupo humano
que me acogió y al que
me integré, fue como una
extensión de la vida
carcelaria, por supuesto
que no me refiero al
espacio físico al que
nos confinaron nuestros
captores, sino al modo
de vida y práctica de
resistencia, similar al
espacio del Penal de
Villa Devoto, donde nos
congregamos mujeres de
todas las provincias
argentinas y de países
limítrofes, de
experiencias, prácticas
sociales, profesionales
y políticas diversas.
Con el debilitamiento
del movimiento de
solidaridad, la
dispersión de los
miembros de las
organizaciones y el
retorno de muchos a sus
países de origen, decidí
continuar mis estudios
universitarios, los que
había comenzado sin el
propósito de completar,
pensando siempre en el
retorno a mi país. La
vida universitaria me
abre nuevas puertas y me
permite relacionarme con
profesionales, artistas,
escritores, en
particular mujeres que
sostienen una visión de
la literatura y el arte
diferente a los que
imponen una concepción
elitista y sectaria de
esta como de la
sociedad. Eso fue,
concretamente, en los
años 90, cuando conocí a
Sonia Rivera-Valdés y a
Paquita Suárez-Coalla y
me integré a la Tertulia
de Escritoras
Dominicanas que dirigía
Daisy Cocco de Filippis.
Al principio asistía a
la Tertulia sin la
intención de compartir
mis escritos. Como dije
anteriormente, nunca
tuve conciencia de
escritora, aunque en
realidad escribía, desde
la escuela secundaria,
diarios y cartas que
nunca enviaba. Era una
práctica confesional, de
desahogo, que me ayudaba
a entenderme y a
explicar mis relaciones.
Me fascinaba el
ejercicio de poner en
orden las ideas a través
de la palabra escrita.
En la cárcel escribí
mucho más, y siempre,
diarios sobre vida en
cautiverio, cartas a mis
familiares y amigos, y
relatos autobiográficos
que nunca consideré
literarios, porque según
lo que había aprendido
de mis profesores en los
claustros universitarios
argentinos, la
literatura se ocupa de
los grandes temas que
preocupan al hombre, que
su rasgo fundamental es
la ficcionalidad, que a
ella se dedican los muy
dotados y, generalmente,
esos son hombres. Lo que
yo escribía, memorias,
diarios, epístolas,
géneros vinculados con
las mujeres, no encajaba
en esos parámetros. En
el espacio de la
tertulia comencé a leer
las primeras memorias de
la cárcel, y gracias a
las compañeras que
valoraron mi trabajo y
me motivaron a darle
continuidad y forma a
los relatos carcelarios,
se fraguó mi libro
Fragmentos de la memoria.
Y desde entonces puedo
decir que escribo con
conciencia de género.
Salir de Argentina y
llegar a Nueva York en
una coyuntura histórica
justa e ideal, favoreció
mi proceso de
autorreflexión.
Distanciada de la
experiencia traumática y
relocalizada en un
espacio en el que
coincido con mujeres a
quienes me une una
visión del mundo afín,
puedo revisar el pasado,
restaurar y (re)construir
un yo roto a través del
poder sanador de la
escritura que,
difícilmente hubiese
logrado en mi país. Pero
aun cuando la ciudad de
Nueva York me facilitó
este proceso, nunca
sentí mío este espacio,
ni he podido integrarlo
a la escritura. Allí me
tocó vivir y también
escribir. Escribo
siempre con la mirada
dirigida a Argentina, la
del pasado, mi pasado y
el de mi gente. Narro
historias para
rescatarlas del olvido,
las que a su vez me
ayudan a entenderme; al
narrar me narro, me
(re)armo.
Reflexionando sobre este
proceso concluyo que la
reconstrucción del yo se
dio siempre a partir de
y sobre la base de su
función social, del
compromiso y la
responsabilidad con el
otro, entendiendo por el
otro/los otros, a los
marginados, la clase de
la que provengo, los que
el sistema de injusticia
social ignora y arroja a
la miseria e ignorancia.
Descubro que la
construcción de mi
identidad y mi
subjetividad se funda en
los valores y principios
que guiaron y
sostuvieron mi práctica
militante fuera, dentro
de la cárcel y en el
exilio, desde el lugar
que no escogí para
vivir. Puedo decir que
fue en Nueva York donde
más claramente comprendí
y (re)afirmé mi
localización. En
palabras de Bell Hooks,
sostengo que “Mi
localización está en el
margen. Hago una
distinción definitiva
entre esa marginalidad
impuesta por estructuras
opresivas y esa
marginalidad que una
escoge como el sitio
desde dónde resistir,
como el lugar en el que
residen las
posibilidades y la
apertura radical”.
Siempre estuve en el
margen porque a ese
lugar me confinaron los
que tienen el poder para
dividir, pero sobre
todo, porque
conscientemente lo
escogí como espacio de
resistencia. En
Argentina me opuse
abiertamente a la
injusticia y a todas las
ideas que atentasen
contra la libertad del
ser humano. Desde
entones he mantenido la
misma línea de conducta,
lo considero una
cuestión de principio. Y
esto se refleja en mi
escritura. No puede ser
de otra manera. Nunca
podría escribir sujeta a
modelos culturales,
políticos e ideológicos
antagónicos a los míos.
|