La Habana. Año X.
16 al 22 de JULIO de 2011

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(Re)construir la identidad desde la escritura
Margarita Drago • La Habana
Foto: Abel Carmenate (Casa de las Américas)

Cuando el 24 octubre de 1975, La Patota de la Jefatura de Policía de Rosario invadió mi casa y me secuestró para condenarme a la prisión, no me imaginé que al salir de ella, después de cinco años, mi destino sería vivir en los EE.UU., el país que denuncié y combatí, en libertad, y en la cárcel, “con palos de escoba, jarros de aluminio y con el arma más certera, la palabra”, como digo en mi poema “Atada de pies y manos”. Llegué a Oakland, California, la ciudad a la que me destinaron, con dos ideas claras: la de denunciar y la de prepararme para regresar a Argentina e integrarme a la lucha. La primera la concreté, denuncié los crímenes y las violaciones a los que las mujeres presas políticas ―como la inmensa mayoría de nuestro pueblo―, fuimos objeto. Con este propósito escribí y presenté mi testimonio y el de compañeras cuyas historias conocía. Lo hice basada en la gran cantidad de datos recopilados en un diario carcelario, en las cartas que escribía a mis familiares en las que denunciaba las condiciones de la prisión en relatos camuflados, en el material de denuncia escrito en papeles de cigarrillo y preservado en la vagina cuando salí de la prisión y, sobre todo, gracias a la cercanía de los hechos, los que la memoria podía reconstruir con mayor nitidez.

La otra meta, la del retorno, no fue posible; el partido en el que militaba estaba muy dividido, debilitado y, difícilmente, podía reintegrar compañeros que retornaran, clandestinamente, del exilio. Opté por quedarme a trabajar en el frente de solidaridad por Argentina y los países latinoamericanos, aunque siempre acariciaba la idea del regreso. Me mudé de California, a Nueva York, donde el movimiento de solidaridad internacional, en los 80, estaba en plena efervescencia. Al llegar, me incorporé al equipo del periódico Denuncia, órgano de la izquierda revolucionaria argentina, y en sus columnas publiqué artículos sobre derechos humanos, relatos de la prisión, entrevistas a Madres de Plaza de Mayo, a dirigente políticos y comunitarios, a activistas de derechos humanos. Escribía en el periódico y en publicaciones de organizaciones religiosas solidarias con las luchas del continente, en particular, con la revoluciones centroamericanas, no con conciencia periodística, menos de escritora, sino por el compromiso político que me impulsaba en Argentina, fuera y dentro de la cárcel.

Vivir en una ciudad cosmopolita y de intensa vida cultural y política me amplió el horizonte, se me borraron las fronteras y vi a mi país integrado a Latinoamérica. En la convivencia y en la práctica militante con otros latinoamericanos, en particular con centroamericanos y caribeños, aprendí lecciones de multiculturalismo y multilingüismo que profundizaron mi conciencia política y social. Asimismo, la experiencia me permitió conocer de cerca el carácter siniestro del capitalismo que iniciaba entonces la era del reaganismo. Siempre tuve claro que el pueblo norteamericano no es el responsable de las políticas intervencionistas y saqueadoras, sino sus clases dirigentes. Lo comprobé en el trabajo con grupos de base de las iglesias episcopal, metodista y luterana, como también con militantes del Worker's World (Partido de los Trabajadores de EE.UU.). Aun así, nunca logré integrarme a la cultura anglosajona ni adoptar la lengua inglesa, la que me sirvió y sirve para desempeñarme en el trabajo y los ámbitos que lo requieren.

En los primeros años de exilio no sentí el desarraigo; los amigos y compañeros con los que compartía la misma visión política y la misma lucha, conformaron mi familia. En esos años, mi vida en New York con el grupo humano que me acogió y al que me integré, fue como una extensión de la vida carcelaria, por supuesto que no me refiero al espacio físico al que nos confinaron nuestros captores, sino al modo de vida y práctica de resistencia, similar al espacio del Penal de Villa Devoto, donde nos congregamos mujeres de todas las provincias argentinas y de países limítrofes, de experiencias, prácticas sociales, profesionales y políticas diversas.

Con el debilitamiento del movimiento de solidaridad, la dispersión de los miembros de las organizaciones y el retorno de muchos a sus países de origen, decidí continuar mis estudios universitarios, los que había comenzado sin el propósito de completar, pensando siempre en el retorno a mi país. La vida universitaria me abre nuevas puertas y me permite relacionarme con profesionales, artistas, escritores, en particular mujeres que sostienen una visión de la literatura y el arte diferente a los que imponen una concepción elitista y sectaria de esta como de la sociedad. Eso fue, concretamente, en los años 90, cuando conocí a Sonia Rivera-Valdés y a Paquita Suárez-Coalla y me integré a la Tertulia de Escritoras Dominicanas que dirigía Daisy Cocco de Filippis. Al principio asistía a la Tertulia sin la intención de compartir mis escritos. Como dije anteriormente, nunca tuve conciencia de escritora, aunque en realidad escribía, desde la escuela secundaria, diarios y cartas que nunca enviaba. Era una práctica confesional, de desahogo, que me ayudaba a entenderme y a explicar mis relaciones. Me fascinaba el ejercicio de poner en orden las ideas a través de la palabra escrita. En la cárcel escribí mucho más, y siempre, diarios sobre vida en cautiverio, cartas a mis familiares y amigos, y relatos autobiográficos que nunca consideré literarios, porque según lo que había aprendido de mis profesores en los claustros universitarios argentinos, la literatura se ocupa de los grandes temas que preocupan al hombre, que su rasgo fundamental es la ficcionalidad, que a ella se dedican los muy dotados y, generalmente, esos son hombres. Lo que yo escribía, memorias, diarios, epístolas, géneros vinculados con las mujeres, no encajaba en esos parámetros. En el espacio de la tertulia comencé a leer las primeras memorias de la cárcel, y gracias a las compañeras que valoraron mi trabajo y me motivaron a darle continuidad y forma a los relatos carcelarios, se fraguó mi libro Fragmentos de la memoria. Y desde entonces puedo decir que escribo con conciencia de género.

Salir de Argentina y llegar a Nueva York en una coyuntura histórica justa e ideal, favoreció mi proceso de autorreflexión. Distanciada de la experiencia traumática y relocalizada en un espacio en el que coincido con mujeres a quienes me une una visión del mundo afín, puedo revisar el pasado, restaurar y (re)construir un yo roto a través del poder sanador de la escritura que, difícilmente hubiese logrado en mi país. Pero aun cuando la ciudad de Nueva York me facilitó este proceso, nunca sentí mío este espacio, ni he podido integrarlo a la escritura. Allí me tocó vivir y también escribir. Escribo siempre con la mirada dirigida a Argentina, la del pasado, mi pasado y el de mi gente. Narro historias para rescatarlas del olvido, las que a su vez me ayudan a entenderme; al narrar me narro, me (re)armo.

Reflexionando sobre este proceso concluyo que la reconstrucción del yo se dio siempre a partir de y sobre la base de su función social, del compromiso y la responsabilidad con el otro, entendiendo por el otro/los otros, a los marginados, la clase de la que provengo, los que el sistema de injusticia social ignora y arroja a la miseria e ignorancia. Descubro que la construcción de mi identidad y mi subjetividad se funda en los valores y principios que guiaron y sostuvieron mi práctica militante fuera, dentro de la cárcel y en el exilio, desde el lugar que no escogí para vivir. Puedo decir que fue en Nueva York donde más claramente comprendí y (re)afirmé mi localización. En palabras de Bell Hooks, sostengo que “Mi localización está en el margen. Hago una distinción definitiva entre esa marginalidad impuesta por estructuras opresivas y esa marginalidad que una escoge como el sitio desde dónde resistir, como el lugar en el que residen las posibilidades y la apertura radical”. Siempre estuve en el margen porque a ese lugar me confinaron los que tienen el poder para dividir, pero sobre todo, porque conscientemente lo escogí como espacio de resistencia. En Argentina me opuse abiertamente a la injusticia y a todas las ideas que atentasen contra la libertad del ser humano. Desde entones he mantenido la misma línea de conducta, lo considero una cuestión de principio. Y esto se refleja en mi escritura. No puede ser de otra manera. Nunca podría escribir sujeta a modelos culturales, políticos e ideológicos antagónicos a los míos.

 
 
 
 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
(.pdf, 736 Kb)
Información sobre el resultado del Debate
(.pdf, 394 Kb)
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.