La Habana. Año X.
16 al 22 de JULIO de 2011

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La pertenencia se encarna en el lenguaje
Juana M. Ramos • La Habana
Foto: Abel Carmenate (Casa de las Américas)

La escritura me llegó a temprana edad, en una época de “guerras”: la Guerra Civil en la que se vio sumergido El Salvador, la guerra que desató el divorcio de mis padres y mis guerras internas. Se me niega la palabra hablada, tal vez un mecanismo de defensa, pero se me da la palabra escrita, proceso catártico para una niña de apenas 12 años. Es entonces cuando comienzo a escribir como pura necesidad de desahogar todo aquello que me era imposible decirles a mis padres. Mediante las anotaciones que van tomando forma de relatos cortos o poemas aparece una voz, que toma conciencia de quién es en ese momento: hija de padres divorciados. Con el tiempo esa voz empieza a hacer eco de otras situaciones en mi vida, entre ellas separarme de mi madre, quien debido a la guerra y las consecuencias de esta, tiene que viajar a los EE.UU. en diferentes ocasiones y permanecer allí largos períodos. Vengo de una familia comprometida con la lucha por construir una sociedad basada en la igualdad de todos los ciudadanos, por lo tanto, fueron partícipes de la revolución de los años 80 y tuvieron, en varias ocasiones, que abandonar el país debido al estado de terror que se vivía por los “escuadrones de la muerte”. Mi madre y algunos de mis tíos ejercían su profesión de maestros y eran miembros de la gremial ANDES 21 de Junio, la Asociación Nacional de Educadores de El Salvador. Debido a la activa participación de ANDES 21 de Junio en el proceso revolucionario, los maestros eran amenazados de muerte, desaparecidos y encontrados muertos en los basureros, es en este contexto en el que me entero de que mi maestra de primer grado había sido secuestrada, torturada y asesinada y no es sino en Nueva York, cuando puedo contar su historia en un relato titulado “La seño Leti”. A este miedo e intimidación al que estaban sujetas las personas que combatían al gobierno apoyado por la administración Reagan, se le añaden los problemas económicos que se suman a los motivos para abandonar el país. Se da entonces el primer autoexilio de mi madre. Su ausencia es mi primer contacto con el país norteamericano en el que nunca pensé que me tocaría vivir.

A pesar del compromiso político/social de mi familia, yo, debo confesar, carecía de una conciencia histórica, social. Mi educación primaria y secundaria transcurrió en un colegio de monjas donde nunca se comentaba nada acerca de la situación política del país, mucho menos de los procesos sociales, las masacres, las dictaduras que El Salvador había vivido a lo largo de la historia, desde su formación como república. Nombres como el de Pedro Pablo Castillo, Anastasio Aquino, Prudencia Ayala, Farabundo Martí, Roque Dalton, por mencionar algunos, brillaban por su ausencia. El colegio era otro mundo, en el que crear una conciencia social se basaba y se limitaba a obligar a las alumnas a cuidar a los hijos de las mujeres del mercado por dos horas una vez al mes, o llevarnos a caminar al mercado central para ponemos en contacto con “los más necesitados”. Por otro lado, me encontraba en ambos mundos, hija de maestros, de una familia de clase media baja, con una madre que tenía dos trabajos para poder pagar el colegio de monjas; en un centro educativo al que asistían en su mayoría muchachas de posición acomodada que al volver de vacaciones hablaban de sus viajes a Disneylandia, podía ver ambos lados de la moneda. Ahora bien, nunca supe de la participación activa de mis padres y familiares en el proceso revolucionario, tal vez por motivos de seguridad. Durante este período de efervescencia política yo seguía escribiendo, esta vez desde el desamparo, aparece entonces la voz de esa niña que se siente huérfana, a la que la guerra la ha distanciado de su madre.

En 1990, dos años antes de la firma de los Acuerdos de Paz en México, viajo a los EE.UU., a la ciudad de Nueva York, para reunirme con mi madre y comenzar una nueva vida. Mi mundo cambia por completo, no solo porque me encuentro en una ciudad ajena, sino porque empiezo a cuestionarme, a escudriñarme, emprendo una búsqueda que me valide como individuo, como mujer, como hija, pero sobre todo como inmigrante. Es en Nueva York donde tomo conciencia de quién soy, dónde me deconstruyo para volverme a construir, para edificar ese yo, que se mira en otros espejos, en las distintas nacionalidades que encuentro a mi paso, en la variedad de idiomas, en el mismo idioma español en sus diversas modalidades. Es Nueva York el lugar desde donde me concibo salvadoreña, y emprendo el viaje por “mi” historia, las luchas de “mi” pueblo; y puedo ver “El Salvador” que me tocó vivir no como un momento particular o aislado, sino como una consecuencia de todos los eventos que han constituido el pasado político, social y cultural de este. El “yo” construido a partir de lo vivido se vuelve un “nosotros” al sumarme a los salvadoreños que tuvieron que emigrar (sea cual fuese la razón). El “yo” inserto en esta sociedad pluralista, me lleva a identificarme, no solo con los salvadoreños, sino también con aquellos grupos afines y cercanos a mí, ya sea por la historia política o la identidad cultural, en este caso me refiero a los centroamericanos. Ahora bien, ese “nosotros” al que me adhiero, deja de ser un grupo homogéneo para abarcar una multiplicidad de acentos y culturas englobadas en la palabra “latinos”, laconismo recurrente en el discurso de los estadounidenses. Si bien en El Salvador era simplemente una niña de clase media, de padres divorciados y una familia política y socialmente comprometida; en los EE.UU. soy salvadoreña, centroamericana y latina. Mi escritura parte de esta base, es en Nueva York donde escribo. La experiencia neoyorquina es un tema recurrente como ese sitio amable que me acoge, pero que a su vez me muestra un lado inhóspito, un tanto hostil, que me empuja a una búsqueda de pertenencia. Me sustraigo de un “todos” (es una ciudad de inmigrantes) y me refugio en lo que me separa de ese conjunto, en mi “latinoamericanidad”. Escribo ya no solo como una necesidad de desbordar en el papel mis frustraciones, sino también para reflexionar sobre el pasado y el presente de mi país, y de Latinoamérica, en tanto que nos atañen y nos aquejan problemas similares para denunciar, poner en evidencia aquellas situaciones que entorpecen los cambios sociales y muy importante, con el fin de publicar.

Escribir desde mi experiencia de vida y de las vidas de aquellos que como yo han dejado su patria. Y es que Nueva York es el lugar donde me tocó vivir, pero no es mi hogar. Camino las calles de mi barrio, busco el café en la tienda de la esquina, actividades que he repetido por muchísimos años, pero no dejo de sentirme extraña, una forastera. Después de 21 años, Nueva York sigue siendo un espacio ajeno, que no acabo de asimilar. Paradójicamente, es el lugar que me mostró el camino para llegar a mí, el que me ofrece un sinnúmero de experiencias que aparecen en mis textos, frecuentemente con una distancia prudente. Es también desde donde le escribo a El Salvador con mirada nostálgica, pero siempre vigente. Escribo en un espacio que la distancia prudente y la mirada nostálgica han creado, porque si bien no hallo ese sentido de pertenencia en Nueva York, tampoco lo encuentro en El Salvador de hoy, tan distinto al que dejé hace dos décadas. Dicho espacio es una forma de resistencia a un país cuya política externa ha marcado y sigue marcando en gran parte el destino de mi nación, mi propio destino; y una forma de resistencia a mi país, el de hoy, el de una economía dolarizada en cuyas venas se acelera el poderío extranjero (yanqui), donde no hay una propuesta política que ofrezca soluciones a un pueblo castigado por la injusticia y desigualdad social. Ese espacio de distancia y de nostalgia desde donde escribo no es otra cosa que un profundo desarraigo, porque inevitablemente he cambiado, he adquirido otra visión del mundo; pero sobre todo este exilio me ha dado la oportunidad de “ver” a mi país, por lo tanto, escribir sobre él y lo hago no con el fin de ser portavoz de mi gente, sino porque el trayecto recorrido desde mi partida despertó en mí una responsabilidad que no puedo pasar por alto. Pero el desarraigo en mi escritura no solo se perfila en la mirada crítica a los problemas sociales, también se manifiesta como nostalgia, desamparo y urgencia de “ser parte de”. Siempre he visto mi permanencia en Nueva York como un hiato, como una pausa necesaria porque las circunstancias lo exigen, porque debo concluir un ciclo, y una vez concluido volver a mi patria, donde me espera mi gente. Esa es la utopía, el regreso a lo que dejé, pero ya no es posible. El país que persiste en mi memoria ya no es más. Para los que se quedaron no soy solo una compatriota, soy una “hermana lejana”, eufemismo que se utiliza en El Salvador para referirse a todos los que han emigrado, y me resisto a ser “lejana” porque en la distancia geográfica es donde solidifico el deseo de conocer, explorar y profundizar en la historia de mi país. Es esa distancia la que propicia el acercamiento a mi patria.

La búsqueda de pertenencia se encarna en el lenguaje. Escribo en un país cuya lengua oficial es el inglés, instrumento que me ayuda a desenvolverme en mi trabajo y en mi vida cotidiana, que utilizo en los ámbitos en que es exigida y que a su vez es una lengua que nunca será mía, que a pesar de conocer y manejar bien, me resulta áspera, acartonada, rígida. En mi escritura creativa no hay cabida para el inglés, porque es en ese tipo de escritura donde logro hacer contacto conmigo, desnudarme, y en el inglés no encuentro la llave para abrir mis puertas. Por el contrario, con frecuencia me sirve para enmascararme, para distanciarme. No obstante, he convivido con él mitad de mi vida y hay ciertas cosas que he aprendido en inglés y que no puedo articular debidamente en español. Tal hecho, desata en mí una lucha interna, una necesidad de evitar interferencias, de permanecer fiel a mi lengua. Sí, escribo en Nueva York, pero lo hago en español porque es mi lengua materna, porque me permite mostrarme tal cual soy y sobre todo porque en ella encuentro mi “hogar”. Es una especie de cordón umbilical que nutre mi identidad: como latinoamericana y salvadoreña. En mi vida cotidiana, en la oralidad y en la escritura, puedo decir que la experiencia neoyorquina me ha enriquecido en el aspecto lingüístico, el tener contacto con diferentes nacionalidades, otras variedades del español, me ha llevado a incorporar palabras, frases que no se usan en El Salvador y con las que me siento cómoda, pero también a reforzar y fortalecer mi propia identidad lingüística. Así, “hablar o escribir salvadoreño” no es otra cosa que utilizar aquellas voces que entendemos propias o peculiares de El Salvador, pero que no son exclusivas del país, que se extienden a Centroamérica que a su vez está en América Latina. Desde donde se vea, el resultado es el mismo, una interconexión que consolida esa latinoamericanidad de la que hablé antes. Es a través de la lengua donde encuentro mi patria, la que se va con el que emigra, la que no se puede perder.

Escribir desde la experiencia latinoamericana es, para mí, partir de una mirada íntima que se desborda, que se descubre y se cuestiona, que mira hacia el pasado y cuenta las historias de los que fueron silenciados, es hacerlo en mi lengua materna, es incorporar a mi escritura a todos aquellos con los que comparto la lengua y el sentido de no pertenencia, es escribir desde la distancia, pero con una conciencia histórica, social y crítica.

 
 
 
 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
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Información sobre el resultado del Debate
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.