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La escritura me llegó a
temprana edad, en una
época de “guerras”: la
Guerra Civil en la que
se vio sumergido El
Salvador, la guerra que
desató el divorcio de
mis padres y mis guerras
internas. Se me niega la
palabra hablada, tal vez
un mecanismo de defensa,
pero se me da la palabra
escrita, proceso
catártico para una niña
de apenas 12 años. Es
entonces cuando comienzo
a escribir como pura
necesidad de desahogar
todo aquello que me era
imposible decirles a mis
padres. Mediante las
anotaciones que van
tomando forma de relatos
cortos o poemas aparece
una voz, que toma
conciencia de quién es
en ese momento: hija de
padres divorciados. Con
el tiempo esa voz
empieza a hacer eco de
otras situaciones en mi
vida, entre ellas
separarme de mi madre,
quien debido a la guerra
y las consecuencias de
esta, tiene que viajar a
los EE.UU. en diferentes
ocasiones y permanecer
allí largos períodos.
Vengo de una familia
comprometida con la
lucha por construir una
sociedad basada en la
igualdad de todos los
ciudadanos, por lo
tanto, fueron partícipes
de la revolución de los
años 80 y tuvieron, en
varias ocasiones, que
abandonar el país debido
al estado de terror que
se vivía por los
“escuadrones de la
muerte”. Mi madre y
algunos de mis tíos
ejercían su profesión de
maestros y eran miembros
de la gremial ANDES 21
de Junio, la Asociación
Nacional de Educadores
de El Salvador. Debido a
la activa participación
de ANDES 21 de Junio en
el proceso
revolucionario, los
maestros eran amenazados
de muerte, desaparecidos
y encontrados muertos en
los basureros, es en
este contexto en el que
me entero de que mi
maestra de primer grado
había sido secuestrada,
torturada y asesinada y
no es sino en Nueva
York, cuando puedo
contar su historia en un
relato titulado “La seño
Leti”. A este miedo e
intimidación al que
estaban sujetas las
personas que combatían
al gobierno apoyado por
la administración Reagan,
se le añaden los
problemas económicos que
se suman a los motivos
para abandonar el país.
Se da entonces el primer
autoexilio de mi madre.
Su ausencia es mi primer
contacto con el país
norteamericano en el que
nunca pensé que me
tocaría vivir.
A pesar del compromiso
político/social de mi
familia, yo, debo
confesar, carecía de una
conciencia histórica,
social. Mi educación
primaria y secundaria
transcurrió en un
colegio de monjas donde
nunca se comentaba nada
acerca de la situación
política del país, mucho
menos de los procesos
sociales, las masacres,
las dictaduras que El
Salvador había vivido a
lo largo de la historia,
desde su formación como
república. Nombres como
el de Pedro Pablo
Castillo, Anastasio
Aquino, Prudencia Ayala,
Farabundo Martí, Roque
Dalton, por mencionar
algunos, brillaban por
su ausencia. El colegio
era otro mundo, en el
que crear una conciencia
social se basaba y se
limitaba a obligar a las
alumnas a cuidar a los
hijos de las mujeres del
mercado por dos horas
una vez al mes, o
llevarnos a caminar al
mercado central para
ponemos en contacto con
“los más necesitados”.
Por otro lado, me
encontraba en ambos
mundos, hija de
maestros, de una familia
de clase media baja, con
una madre que tenía dos
trabajos para poder
pagar el colegio de
monjas; en un centro
educativo al que
asistían en su mayoría
muchachas de posición
acomodada que al volver
de vacaciones hablaban
de sus viajes a
Disneylandia, podía ver
ambos lados de la
moneda. Ahora bien,
nunca supe de la
participación activa de
mis padres y familiares
en el proceso
revolucionario, tal vez
por motivos de
seguridad. Durante este
período de efervescencia
política yo seguía
escribiendo, esta vez
desde el desamparo,
aparece entonces la voz
de esa niña que se
siente huérfana, a la
que la guerra la ha
distanciado de su madre.
En 1990, dos años antes
de la firma de los
Acuerdos de Paz en
México, viajo a los
EE.UU., a la ciudad de
Nueva York, para
reunirme con mi madre y
comenzar una nueva vida.
Mi mundo cambia por
completo, no solo porque
me encuentro en una
ciudad ajena, sino
porque empiezo a
cuestionarme, a
escudriñarme, emprendo
una búsqueda que me
valide como individuo,
como mujer, como hija,
pero sobre todo como
inmigrante. Es en Nueva
York donde tomo
conciencia de quién soy,
dónde me deconstruyo
para volverme a
construir, para edificar
ese yo, que se mira en
otros espejos, en las
distintas nacionalidades
que encuentro a mi paso,
en la variedad de
idiomas, en el mismo
idioma español en sus
diversas modalidades. Es
Nueva York el lugar
desde donde me concibo
salvadoreña, y emprendo
el viaje por “mi”
historia, las luchas de
“mi” pueblo; y puedo ver
“El Salvador” que me
tocó vivir no como un
momento particular o
aislado, sino como una
consecuencia de todos
los eventos que han
constituido el pasado
político, social y
cultural de este. El
“yo” construido a partir
de lo vivido se vuelve
un “nosotros” al sumarme
a los salvadoreños que
tuvieron que emigrar
(sea cual fuese la
razón). El “yo” inserto
en esta sociedad
pluralista, me lleva a
identificarme, no solo
con los salvadoreños,
sino también con
aquellos grupos afines y
cercanos a mí, ya sea
por la historia política
o la identidad cultural,
en este caso me refiero
a los centroamericanos.
Ahora bien, ese
“nosotros” al que me
adhiero, deja de ser un
grupo homogéneo para
abarcar una
multiplicidad de acentos
y culturas englobadas en
la palabra “latinos”,
laconismo recurrente en
el discurso de los
estadounidenses. Si bien
en El Salvador era
simplemente una niña de
clase media, de padres
divorciados y una
familia política y
socialmente
comprometida; en los
EE.UU. soy salvadoreña,
centroamericana y
latina. Mi escritura
parte de esta base, es
en Nueva York donde
escribo. La experiencia
neoyorquina es un tema
recurrente como ese
sitio amable que me
acoge, pero que a su vez
me muestra un lado
inhóspito, un tanto
hostil, que me empuja a
una búsqueda de
pertenencia. Me
sustraigo de un “todos”
(es una ciudad de
inmigrantes) y me
refugio en lo que me
separa de ese conjunto,
en mi
“latinoamericanidad”.
Escribo ya no solo como
una necesidad de
desbordar en el papel
mis frustraciones, sino
también para reflexionar
sobre el pasado y el
presente de mi país, y
de Latinoamérica, en
tanto que nos atañen y
nos aquejan problemas
similares para
denunciar, poner en
evidencia aquellas
situaciones que
entorpecen los cambios
sociales y muy
importante, con el fin
de publicar.
Escribir desde mi
experiencia de vida y de
las vidas de aquellos
que como yo han dejado
su patria. Y es que
Nueva York es el lugar
donde me tocó vivir,
pero no es mi hogar.
Camino las calles de mi
barrio, busco el café en
la tienda de la esquina,
actividades que he
repetido por muchísimos
años, pero no dejo de
sentirme extraña, una
forastera. Después de 21
años, Nueva York sigue
siendo un espacio ajeno,
que no acabo de
asimilar.
Paradójicamente, es el
lugar que me mostró el
camino para llegar a mí,
el que me ofrece un
sinnúmero de
experiencias que
aparecen en mis textos,
frecuentemente con una
distancia prudente. Es
también desde donde le
escribo a El Salvador
con mirada nostálgica,
pero siempre vigente.
Escribo en un espacio
que la distancia
prudente y la mirada
nostálgica han creado,
porque si bien no hallo
ese sentido de
pertenencia en Nueva
York, tampoco lo
encuentro en El Salvador
de hoy, tan distinto al
que dejé hace dos
décadas. Dicho espacio
es una forma de
resistencia a un país
cuya política externa ha
marcado y sigue marcando
en gran parte el destino
de mi nación, mi propio
destino; y una forma de
resistencia a mi país,
el de hoy, el de una
economía dolarizada en
cuyas venas se acelera
el poderío extranjero
(yanqui), donde no hay
una propuesta política
que ofrezca soluciones a
un pueblo castigado por
la injusticia y
desigualdad social. Ese
espacio de distancia y
de nostalgia desde donde
escribo no es otra cosa
que un profundo
desarraigo, porque
inevitablemente he
cambiado, he adquirido
otra visión del mundo;
pero sobre todo este
exilio me ha dado la
oportunidad de “ver” a
mi país, por lo tanto,
escribir sobre él y lo
hago no con el fin de
ser portavoz de mi
gente, sino porque el
trayecto recorrido desde
mi partida despertó en
mí una responsabilidad
que no puedo pasar por
alto. Pero el desarraigo
en mi escritura no solo
se perfila en la mirada
crítica a los problemas
sociales, también se
manifiesta como
nostalgia, desamparo y
urgencia de “ser parte
de”. Siempre he visto mi
permanencia en Nueva
York como un hiato, como
una pausa necesaria
porque las
circunstancias lo
exigen, porque debo
concluir un ciclo, y una
vez concluido volver a
mi patria, donde me
espera mi gente. Esa es
la utopía, el regreso a
lo que dejé, pero ya no
es posible. El país que
persiste en mi memoria
ya no es más. Para los
que se quedaron no soy
solo una compatriota,
soy una “hermana
lejana”, eufemismo que
se utiliza en El
Salvador para referirse
a todos los que han
emigrado, y me resisto a
ser “lejana” porque en
la distancia geográfica
es donde solidifico el
deseo de conocer,
explorar y profundizar
en la historia de mi
país. Es esa distancia
la que propicia el
acercamiento a mi
patria.
La búsqueda de
pertenencia se encarna
en el lenguaje. Escribo
en un país cuya lengua
oficial es el inglés,
instrumento que me ayuda
a desenvolverme en mi
trabajo y en mi vida
cotidiana, que utilizo
en los ámbitos en que es
exigida y que a su vez
es una lengua que nunca
será mía, que a pesar de
conocer y manejar bien,
me resulta áspera,
acartonada, rígida. En
mi escritura creativa no
hay cabida para el
inglés, porque es en ese
tipo de escritura donde
logro hacer contacto
conmigo, desnudarme, y
en el inglés no
encuentro la llave para
abrir mis puertas. Por
el contrario, con
frecuencia me sirve para
enmascararme, para
distanciarme. No
obstante, he convivido
con él mitad de mi vida
y hay ciertas cosas que
he aprendido en inglés y
que no puedo articular
debidamente en español.
Tal hecho, desata en mí
una lucha interna, una
necesidad de evitar
interferencias, de
permanecer fiel a mi
lengua. Sí, escribo en
Nueva York, pero lo hago
en español porque es mi
lengua materna, porque
me permite mostrarme tal
cual soy y sobre todo
porque en ella encuentro
mi “hogar”. Es una
especie de cordón
umbilical que nutre mi
identidad: como
latinoamericana y
salvadoreña. En mi vida
cotidiana, en la
oralidad y en la
escritura, puedo decir
que la experiencia
neoyorquina me ha
enriquecido en el
aspecto lingüístico, el
tener contacto con
diferentes
nacionalidades, otras
variedades del español,
me ha llevado a
incorporar palabras,
frases que no se usan en
El Salvador y con las
que me siento cómoda,
pero también a reforzar
y fortalecer mi propia
identidad lingüística.
Así, “hablar o escribir
salvadoreño” no es otra
cosa que utilizar
aquellas voces que
entendemos propias o
peculiares de El
Salvador, pero que no
son exclusivas del país,
que se extienden a
Centroamérica que a su
vez está en América
Latina. Desde donde se
vea, el resultado es el
mismo, una interconexión
que consolida esa
latinoamericanidad de la
que hablé antes. Es a
través de la lengua
donde encuentro mi
patria, la que se va con
el que emigra, la que no
se puede perder.
Escribir desde la
experiencia
latinoamericana es, para
mí, partir de una mirada
íntima que se desborda,
que se descubre y se
cuestiona, que mira
hacia el pasado y cuenta
las historias de los que
fueron silenciados, es
hacerlo en mi lengua
materna, es incorporar a
mi escritura a todos
aquellos con los que
comparto la lengua y el
sentido de no
pertenencia, es escribir
desde la distancia, pero
con una conciencia
histórica, social y
crítica.
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