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Lo voy a decir —porque
es sincero—, aunque sea
uno de los más comunes
lugares comunes de que
se tenga noticia: que me
halaga que nuestros
amigos de La
Jiribilla hayan
pensado en mí para
presentar este número 90
dedicado especialmente a
los medios digitales
como plataformas
liberadoras en nuestras
sociedades.
Sin más preámbulos, y
considerando mi rol esta
tarde, desde ahora mismo
les digo a toda voz que
no pueden dejar de
llevarse una de estas
“jiribillas” bajo el
brazo.
No podía llegar en mejor
momento esta edición
dedicada a los asuntos
siempre urgentes de los
desequilibrios y las
desigualdades
comunicacionales, ahora
que al fin parece que el
imperio de Rupert
Murdoch caerá pieza a
pieza, y este planeta
podría convertirse en un
mejor lugar para vivir.
La primera consecuencia
de envergadura de este
escándalo en plena
evolución es que ha
dejado a muchas personas
la enseñanza de que no
hay poderío
inexpugnable. Ni
siquiera el de Murdoch,
considerado uno de los
amos mayoritarios del
flujo simbólico en las
sociedades
contemporáneas, en este
mundo de globalidades.
Quiero decir con esto
que por muchas razones
nosotros en La Habana,
tan alejados
aparentemente de estos
avatares, deberíamos
estar muy entusiasmados
por la adversidad que la
News Corporation
atraviesa hoy. No está
en descrédito
solo una megacorporación
mundial que actúa
delincuencialmente para
conseguir sus
beneficios; no se trata
solo de un ricachón
avaro que somete a
políticos, fuerzas
militares y de
inteligencia, y a
ciudadanos inocentes a
sus mecanismos de
extracción de plusvalía.
Se trata esta vez de que
con Murdoch pudiera
empezar a caer, si al
fin llegara a tocar
fondo la aventura
imperialista del viejo
australiano, todo un
Orden mundial de la
Información y la
Comunicación, signado
por la concentración
extrema de la propiedad
y la consecuente y feroz
expropiación extrema de
la voz de los otros.
Como condición para que
eso ocurra, para que
caiga el imperio, habría
que mundializar la
denuncia y la protesta;
pero solo estas llegarán
si somos capaces de
entender cómo en
cualquier “oscuro
rincón” —citando ya
saben a quien—, y no
solo en Londres o Nueva
York, somos todos
víctimas de este dueño
de la palabra global; de
este magnate de las
imágenes y las
representaciones del
mundo; de este jefe del
“sentido de las cosas”.
Y la verdad, no estoy
muy segura de que seamos
conscientes de cuánto
Murdoch ha hecho en la
modelación de nuestras
mentes. Sí, incluso de
nuestras mentes,
crecidas bajo la
sombrilla tutelar de la
Revolución aquí en La
Habana, Cuba. No sé si
estamos conscientes de
cómo somos, también
nosotros, portadores y
reproductores de la
hegemonía del capital.
Por eso no soy tan
optimista.
Pero les decía que casi
nunca una presentadora
tuvo mejor oportunidad
de beneficiar con un
buen saludo a la
publicación a la que
damos la bienvenida.
Este es justamente el
momento de leer con más
detenimiento lo que nos
trae La Jiribilla
y de discutir acerca de
nuestras alternativas
comunicacionales, ahora
que estamos en mejores
condiciones para
impulsar miradas
contrahegemónicas desde
las redes digitales cada
vez más baratas,
ubicuas, accesibles y,
además, abiertas a las
nuevas “expresividades”.
Me atrevo a afirmar que
con solo leer el dossier
de este número 90, uno
puede llevarse a casa
los puntos más
controversiales y por
eso mismo, generativos,
que atraviesan la
discusión teórica y el
esfuerzo práctico de la
comunicación alternativa
en pleno siglo XXI.
Las “Palabras para
entrar en materia”, de
Pascual Serrano son una
síntesis muy lúcida y
hasta didáctica de los
retos “digitales” que
encaramos los animadores
del “cambio”; que no
podía tener mejor
compañía que el artículo
de Santiago Alba, en el
que el autor se acerca a
un posicionamiento
epistemológico radical
—que buena falta nos
hace—, para pensar la
red no como mero
instrumento o medio de
comunicación, sino como
el ecosistema cultural
en el que nos
desenvolvemos (y
luchamos).
Incontestables son, por
su parte, las
observaciones que
Frabetti, Kaplún, Betto,
la Ceceña, Pérez y Vidal
nos hacen a los
“alternativos”. Todas
giran en torno al
problema de cómo “usar
las armas del enemigo”
(Frabetti).
¿Cómo convertir en
contrahegemónico un
discurso construido con
el instrumental y desde
las matrices culturales
de la comunicación NO
alternativa? ¿Cómo
construir públicos
críticos y al mismo
tiempo satisfechos con
una propuesta
comunicacional que no
renuncie a la belleza, a
la estilización, a lo
lúdicro?
“Lo panfletario tiene un
público muy reducido.
Hay que rechazar el
artesanalismo de la peor
calidad”, indica Kaplún.
“Debemos partir de lo
que motiva a la gente y
no de las convicciones
dogmáticas de nuestras
ideas revolucionarias”,
dice Betto.
“No se trata de hacer
contranarrativas (…)
sino narrativas
diferentes, pensadas
desde otros lugares. Las
contranarrativas se
construyen dentro del
marco conceptual y
argumental del poder, lo
reproducen afirmando su
contrario”. Esto nos
dice Ana Esther Ceceña,
quien indica
rotundamente la
necesidad de “pensar
desde otro lugar
epistemológico”.
La Ceceña
nos dice: “Hoy los
medios —los nuestros—
están en la obligación
de despojarse de
ingenuidad y asumir la
enorme tarea de
reconstruir, ‘junto con
los pueblos en lucha’
los sentidos de
realidad…”.
Todos estos autores
merodean la idea de que
la comunicación
alternativa debe
“acompañar” las
prácticas emancipatorias
en el proceso de la
confrontación clasista,
y de la lucha por la
conquista de los poderes
(sobre “las tierras y
los cuerpos”).
Y si bien este es el
plano común de la lucha,
por lo menos de modo muy
evidente en el contexto
latinoamericano, sigue
pendiente, para nosotros
los cubanos, pensar
nuestra comunicación
alternativa en el
contexto de una sociedad
que ha conseguido —a
veces solo formalmente—
derechos iguales y
soberanía popular; y
donde los medios de
comunicación se han
vuelto —muchos de
ellos—, por arte de la
“magia negra”
burocrática, en
fortalezas del
dogmatismo, la censura,
el antidiálogo, y
también de la banalidad
y la ruina ideoestética.
Nada de esto apunta a la
recreación
revolucionaria, y parece
más que todo favorecer
la hegemonía que la
estirpe Murdoch ha
venido consagrando como
herencia fundamental del
capitalismo en el plano
de las ideas y de los
sentimientos: el
egoísmo.
¿Cómo reconquistar para
Cuba, para nuestro
pueblo, para nosotros,
la motivación por
“alternativizar” la
comunicación? Esta es
nuestra lucha,
emparentada con aquella
por la decisión de
construir una nueva
hegemonía que sea
anticapitalista, y que
hoy, valga decirlo,
padece una profunda
crisis.
¿Qué es lo alternativo
en nuestro contexto y
cómo se operacionaliza
en nuestros todavía
precarios y poco
concurridos espacios
digitales?
Si los editores de La
Jiribilla me lo
permiten, me atrevo a
sugerirles esa como una
futura pregunta
generadora de próximos
debates.
Y parafraseando a
Eliseo, antes de
terminar digo: Lo
demás es la sombra…
apetecibles lecturas
para jóvenes cultos y
voraces. Disfrutemos,
pues, todos de esta
noble Jiribilla de
papel que le hace
honores a los bits.
Gracias.
19 julio de 2011 |