La Habana. Año X.
7 al 13 de ENERO de 2012

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El Apolo Habanero, una rareza bibliográfica dedicada a la música
Cira Romero • La Habana

Una populosa ciudad como La Habana tuvo, desde el primer decenio del siglo xix, publicaciones dedicadas a la música y también al teatro. No podía ser de otra manera. Isla musical por excelencia, había dado, a esas alturas, músicos de cierto calibre, sobre todo en la vertiente popular: buenos rasgadores de guitarra, pianistas que tocaban gracias a su buen oído, o bien oídos ya educados musicalmente que habían podido asistir a alguna que otra academia fundada por criollos o a la reputada de la francesa Madame Loutrard, graduada de piano del Conservatorio de París, que se hacía anunciar en el Noticioso y Lucero de la Habana para ofrecer lecciones a buenos precios, impartiendo una técnica respaldada en Europa por los más afamados pianista. O la ya retirada señora Lombardi, que ofrecía sus servicios como maestra de canto después de pasear su arte por los mejores escenarios del mundo. La Habana era música y ello debía conllevar, necesariamente, la aparición de revistas que enaltecieran este arte, y no esperar a las que, tardíamente, llegaban del viejo continente. Aficionados había muchos, diletantes y petimetres que se paseaban por las marquesinas de los teatros habaneros de entonces —aún el Tacón estaba en planes de construcción—  necesitaban que su ciudad no pasara por el bochorno de no contar, en ese momento, con una revista dedicada a este arte.

Fue a comienzos de 1836, bajo el gobierno del ríspido Miguel Tacón. Dos habaneros desconocidos, pero aficionados a la música, Francisco Montero y Pino y Lorenzo Mier y Terán, pensaron en la necesidad de fundar un semanario y hasta le encontraron un buen título: El Apolo Habanero. No sería el primero en aparecer en Cuba dedicado al arte de combinar los sonidos, pues desde 1812 se registran publicaciones periódicas destinadas a este fin, como bien ha recogido Zoila Lapique Becalli en los dos tomos de su Música colonial en las publicaciones periódicas cubanas (1812-1902). El deseo de ambos tenía un serio inconveniente: carecían de fondos para su empresa. Entonces, como se dará cuenta enseguida, supieron interesar a un hombre de fortuna cuantiosa, dicen que melómano, pero lo cierto es que era dueño de ingenios azucareros y de una buena masa de esclavos. Lograron convencer al mecenas escogido, sin muchas objeciones de su parte, pues dinero había y las ganas de brillar sobraban, de manera que en el  primer número de El Apolo Habanero, aparecido el domingo 10 de enero —el único de los 12 publicados llegado a nuestros días, impreso en los talleres de Terán, sobrino del entusiasta Lorenzo—, dan cuenta ambos devotos de la música, en un mensaje emocionado, dirigido al “Excelentísmo Señor Don José María de la Herrera y Herrera, Conde de Fernandina”, ¡al fin el nombre del benefactor!,  uno de los hombres más ricos del occidente de la isla y propietario de una privilegiada mansión habanera, erguida aún en el entorno de la Plaza de la Catedral, que: “Publicar El Apolo Habanero bajo los auspicios de V. E., es anunciar su más brillante séquito, y presagio de indefectible progreso, pues que una mano benéfica y protectora de las bellas artes, se digna admitir ofrenda, que con particularidad merece su atención. Prevalido de las bondades que V. E. dispensa a las artes y en particular al de la música, es que sometemos El Apolo Habanero a la alta protección de tan digno Mecenas, impetrando su indulgencia. Dígnese V. E. acoger tan pequeño obsequio, y mirarlo con la benevolencia que le es característica, y que admiran por siempre sus más atentos y seguros servidores”.

Auspiciar una publicación de este carácter sin dudas prestigiaba a tan digna personalidad criolla, que se vanagloriaba de dar en los salones de su casa habanera los bailes más sonados de aquellos años, amenizados por acreditadas orquestas donde brillaba el violín de Claudio Brindis de Salas —“El Rey de las octavas”, como lo llamó Nicolás Guillén— quien apenas unos años después, en 1844, se vio envuelto en la llamada Conspiración de La Escalera, más por ser negro que por otra posible acusación de complotado, lo cual, prácticamente, arruinó su brillante carrera.

Los agradecidos Montero y Mier, en el “Discurso preliminar” aparecido en la primera entrega, se encargaron de precisar: “La necesidad de ilustrarse agita el mundo entero, el estado de cultura toma rápidos progresos, nadie gusta en la época actual ignorar las cuestiones que a su presencia se ventilan, y esto nace del estado de educación que se mantiene. [...] De las ciencias y artes que administran a la facultad imaginativa los más grandes placeres, es uno la música, pues que, siendo don de la misma naturaleza, no necesita para su percepción, sino el agente que la da, y he aquí la causa porque todo ser por medio del órgano sensitivo concibe el sonido con más o menos exactitud, de que nace tener la música su fundamento en la naturaleza”. Alabando así la importancia de este arte, concluían: “En vista de esto, ¿quién se resistirá a admitir tales verdades? ¿Quién dudará de la indispensable necesidad de aprender la música, de sentir la música y de patrocinar la música? Veo que todo ser racional se apresura a este fin, y empeñan mi pluma a esforzar mis trabajos por si logro el intento, y por tanto imploro la protección de nuestro superior Gobierno, de todas las autoridades que nos dirigen, de todos los grandes y señores del Reino, de todos los señores suscriptores sabios e ilustrados, de los beneméritos artistas, socorran con sus luces las insuficiencias de las mías, a fin que con tales auxilios pueda llevar el deber que me he impuesto al término propuesto”.

La publicación prometió una división de los componentes a incluir: “Conocimientos técnicos de la música. Análisis de obras, óperas, misas y otras de su clase, argumentos de ópera y cuantos conciernen al arte, obras que se publiquen, autores, compositores, invenciones, representaciones y remitidos en la materia técnica”.

En el número visto aparece un artículo titulado “Música” y una noticia sobre la llegada a Cuba de una compañía de ópera italiana, una más de entre las muchas que procedentes también de España y Francia, llenaban nuestros espacios teatrales, que debutó con “Los Capuleti y los Montecchi”, poema en tres actos del célebre poeta Felipe Romani, basado en la célebre tragedia Romeo y Julieta, de William Shakespeare, y música del compositor Vicente Bellini.  Asimismo el compositor y pianista Nicolás Muñoz Zayas, muy conocido en esta época,  publicó en este número la partitura de su célebre contradanza titulada «Mi agradable sueño».

Refiere Antonio Bachiller y Morales que el objeto de El Apolo Habanero fue “el tecnicismo y dio a la luz varias composiciones musicales en papel de colores, por ejemplo ‘La Canción de la rosa’. La parte crítica la desempeñaba haciendo el juicio de obras, óperas y otras composiciones. El epígrafe del prospecto, en papel azul, pues eran inclinados a los colores los redactores, fue el siguiente: ‘Civilízate y pensarás’. En este periódico se publicaron algunas de las preciosas danzas que compuso el aficionado filarmónico D. N. Muñoz y Zayas, del cual se imprimió poco, y debía haberse conservado la colección de sus composiciones, que el atraso de la época ha hecho se pierda para la historia del arte. El autor de los “Recuerdos de Bellini” merecía esa ofrenda grata de sus compatriotas”.

En la época en que se publicó El Apolo Habanero la capital cubana bullía de entusiasmo ante la música. Los negros libres, los mulatos y, en general, el llamado “pueblo bajo”, se reunía para gozar de la danza y las interpretaciones orquestales en los llamados “bailes de cuna”, como bien se puede leer en nuestra novela por excelencia del siglo xix, Cecilia Valdés o La loma del Ángel, donde al compás del violín del propio Brindis de Salas, los ignorados mutuamente como medios hermanos, Cecilia Valdés y Leonardo Gamboa, se estrechaban en una armónica contradanza. Pero los desposeídos no podían contar con una revista como esta, entre muchas otras razones, porque la absoluta mayoría era analfabeta. Entonces, el mecenazgo o la “culta” ostentación ponían a disposición de un reducido número de lectores revistas como El Apolo Habanero, cuya significación en la historia musical de Cuba está aún por dilucidar completamente.

Un largo viaje de placer por Europa de los condes de Fernandina fue la causa, al parecer, de la desaparición de la publicación. Si ellos, en particular el conde, no estaban para recibir elogios cada vez que veía la luz un número, ¿para qué pagar por los que otros disfrutarían? Sus oídos no recibirán halagos, mientras que su bolsillo estaba obligado a soltar los reales. Entonces, los señores Montero y Mier debieron ir a tocar a otras puertas en busca de apoyo. ¿Lo recibirían?

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.