La Habana. Año X.
7 al 13 de ENERO de 2012

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

La editorial Arte y Literatura reedita la Ilíada, de Homero
Un libro muy antiguo
Justo Planas • La Habana

¿Por qué la Ilíada a estas alturas? ¿No fue ese un libro que se escribió —creen algunos— en el siglo VIII antes de Nuestra Era? Con preguntas similares inicia su prólogo a esta edición, la helenista Elina Miranda. Quién mejor que ella que se ha dedicado en Cuba a estudiar y a enseñar la Grecia clásica, sus géneros poéticos, sus autores y sus variantes lingüísticas.

Debe ser Homero un gran escritor —si existió al final—, y debe ser la Ilíada un gran libro para que alguien dedique su vida, su profesión a conocerlo. Existe por ahí incluso un Club de lectores de la Ilíada, con miembros de todas partes del mundo que se reúnen y discuten sobre los misterios filológicos de este libro:

¿Cuándo fue escrito? ¿Existió o no Homero? ¿Dónde nació? ¿Es la Ilíada fiable como documento histórico? ¿Es la Odisea del mismo autor? Pero comenzar a explicar los encantos de la Ilíada por estas preguntas sería hacer un poco de trampa. A ellas se llega después de mucho estudio, y sobre todo después de que la historia desde una primera lectura nos haya atrapado para siempre.

Había una vez un niño que se llamaba Heinrich Schliemann y vivía en Alemania a principios del siglo XIX. Una vez escuchó a un molinero de su pueblo recitar de memoria unos versos en un lenguaje para él desconocido. “...no había olvidado a Homero, pues aquella noche en que entró en la tienda, nos recitó más de cien versos del poeta, observando la cadencia rítmica de los mismos. Aunque yo no comprendí ni una sílaba, el sonido melodioso de las palabras me causó una profunda impresión. Desde aquel momento nunca dejé de rogar a Dios que me concediera la gracia de poder aprender griego algún día.”

Al final de su vida, este pequeño, hijo de un humilde pastor protestante, dominaba casi 20 idiomas, poseía una gran fortuna (por cierto, tenía un cañaveral en Cuba), y había sido protagonista de una de las aventuras arqueológicas más ambiciosas y arriesgadas de la historia: el descubrimiento de Troya. Una parte considerable de la riqueza que había reunido durante años la invirtió en encontrar la tierra sobre la que había cantado Homero. Fue para él una especie de regreso a los orígenes del mundo, y de su infancia; y para suerte de la cultura universal encontró no ya el sitio mitológico sino el lugar histórico en que se inspira la epopeya.

Tanto así puede tocarnos Homero —o quien(es) sea(n) —, que, como recitaba sus poemas en vivo frente a un público durante días enteros, no olvidó nunca que lo importante es saber contar una buena historia. Pero a la Ilíada se llega siempre por caminos propios. Recuerdo como si fuera ayer los días en que mis compañeros de aula en décimo grado discutían sobre la valentía de Héctor, su destreza en el campo de batalla, y su combate con Aquiles.

No sabíamos en aquel entonces que el héroe de la epopeya era Aquiles, ni que para los griegos existía una cosa que se llamaba areté (αρετή) que, salvando distancias, ellos valoraban como nosotros la valentía o el honor... o la riqueza o la belleza o el poder.

Para nosotros, el héroe no podía ser otro que Héctor. Él, que iba al campo de batalla por su familia, por su patria; él, que aunque tenía momentos de miedo lograba superarlos. Aquiles era para todos demasiado arrogante, no tenía en aprecio la vida de sus compañeros de lucha, solo la de su amigo Patroclo. Aquiles no sabía resolver sus asuntos personales sin tramar grandes, sangrientas e inútiles venganzas.

Por eso, quizá la Ilíada sigue conquistando, y sus personajes parecen vivos después de casi 30 siglos. Porque siempre encontramos una puerta propia, nuestra, y a la vez única, de resolver sus misterios.

 
 
 
 
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.