La Habana. Año X.
7 al 13 de ENERO de 2012

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Entrevista con Mylene Fernández

"La Habana es una ciudad que te acompaña"

Helen H. Hormilla • La Habana

Foto: R. A. Hdez. (La Jiribilla)

Desde su edificio en el corazón del Vedado, Mylene Fernández Pintado contempla La Habana de las postales. Abajo el bullicio de la escuela, el mercado, la gente que marcha a resolverse la vida, los autos modernos viajando junto con los “almendrones” detenidos en las lentes de los turistas. Pero desde el balcón ella no escucha más que el imaginado sonido del mar. Su mirada ha rebasado las calles y los edificios despintados para llegar a ese horizonte que se ha tragado el alba, donde cualquier fantasía parece posible.

El viento de invierno satura la mañana en la que llego a la puerta de esta escritora. Tal vez por eso me recibe todavía dormida y juntas tomamos el primer café. Tras los cristales, la mañana sigue su curso y es ajena a esta conversación que tal parece de amigas por la sinceridad con que Mylene me va contando cómo empezó a escribir, con que me acerca a su mundo y pasamos de la literatura a la familia, de los problemas de las mujeres a sus experiencias mientras vivía en Miami. Casi dos horas duró la grabación de esta entrevista y ya empezaba la tarde cuando nos despedimos. Después de las preguntas llegaron las anécdotas, las reflexiones sobre la vida cotidiana, las sucesivas historias de su hijo adolescente, las alusiones a la música de los Beatles y de Mozart o a los cuadros que su madre le enseñó a valorar.

Ella fue elegida por la literatura mientras estrenaba su maternidad. Aunque siempre ha sido una lectora vehemente, la palabra escrita le parecía un sitio sagrado, accesible solo para algunos elegidos. Se graduó de abogada y como tal trabajaba en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC); pero la inspiración llegó a buscarla y le hizo escribir uno de las historias más sobrecogedoras de la narrativa cubana contemporánea: “Anhedonia”. El cuento que le hiciera ganar mención en el concurso de La Gaceta de Cuba de la UNEAC en el año 1994, el que da título a su primer libro, el más antologado de su carrera, traducido a varios idiomas y llevado al audiovisual, muestra una eficaz inmersión en la subjetividad femenina y la capacidad autoral de mostrar la hondura psicológica de los seres humanos. Verónica y Sabina, sus dos protagonistas, pudieran ser cualquiera de las mujeres que habitan estas tierras, pues sus conflictos expresan la dualidad espiritual en la que estas se debaten, atrapadas entre el éxito intelectual-público y el familiar-amoroso.

Como narradora ha tenido la osadía de explorar desde esta orilla un tema álgido: la emigración. Varios de los cuentos que completan su primer libro, Anhedonia (1999), tratan sobre los cubanos de Miami y son fruto de su experiencia mientras vivía en esa ciudad entre 1996 y 1997. Aquel viaje le dejaría muchas marcas, allí pudo constatar la verdad de esa “tierra prometida” para muchos jóvenes de su generación, donde, como ha dicho, lo real suma las historias y nostalgias de los que se han ido y de los que deciden regresar, con sus odios, amores, ambiciones y conformidades. A ello aluden aquellas Otras plegarias atendidas que cuenta en su novela (Premio Ítalo Calvino, 2002) dividida en tres partes: Havana- Miami- Havana, donde intentó mostrar el cúmulo de razones que pueden decidir a una persona a marcharse de Cuba y, por otro lado, la cotidianidad de los que por uno u otro motivo se mantienen aquí. La idea nació de una frase de Santa Teresa: “Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por los deseos no concedidos”, porque le pareció encontrar allí la respuesta a las insatisfacciones de algunos de los que conoció en esa ciudad, convertidos luego en personajes como Barbie, Batman o Merlín.

Mylene Fernández es una de las narradoras contemporáneas más estudiadas, ha ganado varios premios, forma parte de antologías, sigue publicando libros y ha sido traducida a distintos idiomas. En la actualidad ya se deshace de esos “primerismos” de sus textos iniciales y busca el placer no solo en el hecho de contar, sino en urdir las técnicas, conflictos y personajes, en una obra que ya no solo es suya, sino de los lectores.

Vive entre La Habana y Suiza, país donde reside su esposo, y por ello lleva siempre a su lado la nostalgia. Es una mujer de modestia y sencillez extremas, a ratos parece un poco etérea o distraída; pero la reflexión la sumerge en razones contundentes a las que llega a través de su enorme sensibilidad. Al conocerla, nada en ella revela los arquetipos que prefijan a las cubanas. Es delgada, habla despacio y sin exaltación, le gustan las verduras y la música de concierto. Sin embargo, aunque a ratos lo abandone, su país significa el orgullo indescriptible por la única tierra en la que se combinan la paz y la creación.

LAS DOS MYLENE…

Su primer cuento, “Anhedonia”, lo escribió a los 31 años. ¿Por qué no antes?

Aprendí a leer desde muy pequeñita, antes de empezar la escuela. Desde entonces soy una lectora incansable, pero nunca pensé en escribir. A lo mejor leer tanto en vez de ganas de escribir lo que me dio fue miedo, porque la literatura se llegó a convertir para mí en una especie de Olimpo. Sentía temor a la palabra escrita, porque estaba convencida de que era algo que yo no podía realizar.

Escribí mi primer cuento a los 31 años porque fue cuando nació mi hijo y no estaba trabajando porque debía cuidarlo. Me había pasado toda la vida estudiando y después de graduarme de abogada empecé a trabajar en el ICAIC; o sea, nunca en mi vida había estado sin hacer nada. No te digo que no me sentía contenta con mi bebé, pero a la vez era muy raro solo dedicarme a calentar la leche, a lavar los pañales. Para dormir, yo le ponía a mi hijo la emisora de música culta CMBF y fue ahí donde escuché la convocatoria del premio de La Gaceta. Nunca había entrado en la UNEAC a pesar de vivir muy cerca, prácticamente no conocía a ningún escritor y ni mi mamá ni mi papá escribían, aunque sí me habían incentivado mucho el gusto por la lectura, como también el teatro, la pintura y la música. El hecho es que cuando oí la convocatoria me dije: “¡Ay!, voy a escribir algo, porque al final ahora no estoy haciendo nada”, y escribir no requería salir de la casa. En fin, hice ese cuento y solo se lo enseñé a mi hermana y a mi mamá, porque fue ella quien lo pasó a la computadora; monté a mi hijo en el cochecito, entré en la UNEAC y luego de dejar el sobre me marché.

La verdad, después de eso me olvidé un poco del cuento, pues sentía que no quedaba nada más por hacer. No tenía ni siquiera esa ansiedad que después me di cuenta de que te surge cuando entregas a un concurso. El día que me llamaron a decirme que era finalista no me lo creía, me acuerdo de que mi hijo estaba dando una “perreta” grandísima en ese momento y me senté en el sillón a llorar y me dije: “¡Pero qué cosa es esto, si yo nunca he escrito nada!”. Después me enteré de que mi cuento estuvo hasta el último minuto en línea para ganar. Me empezaron a llamar gente que yo no conocía más que de oídas, entre ellas Mirta Yáñez, quien me dijo: “Fíjate, soy una persona muy crítica y sí que no le estoy dando méritos a nadie; pero tu cuento es muy bueno”. También Marilyn Bobes lo incluyó en Estatuas de sal1. El cuento tuvo una acogida buenísima y creo que por eso decidí seguir escribiendo, porque “Anhedonia” entró por la puerta grande y, de todos los que he escrito, es el cuento más exitoso. Lo llevaron a la televisión en México, Juan Carlos Cremata tiene hecho un guion para cine, lo han traducido a varios idiomas, en fin, ya tiene vida propia.  

Tal vez sea porque profundiza en varios problemas de la feminidad como la competencia, la renuncia, el éxito y, sobre todo, en la insatisfacción de muchas mujeres por deber dividirse entre lo que realmente desean y lo que de ellas esperan los otros. ¿Qué motivó esa historia?

Era yo misma y mi realidad en aquel momento. Arturo Arango siempre dice que ahí están las dos Mylenes. Y bueno, sí, por un lado está esa parte de mí que es como muy neuronal y por el otro esa persona que tiene una vida por dentro y una por fuera, como una especie de desgarramiento.

Todo sucede de manera inconsciente, porque hay veces que cuando uno escribe los cuentos crecen independientemente de la voluntad propia. Hay quienes han encontrado en esa historia muchas razones de las que yo no me daba cuenta cuando lo escribí. Todavía hay quien le está encontrando aristas. Pero si hubiera querido hacer un cuento concentrado, con muchos ángulos, etc., a lo mejor no me hubiera quedado así. Me acuerdo que una vez me encontré en un restaurante a una italiana y alguien nos presentó y le dijo que yo era la autora de “Anhedonia”. Resulta que se lo había leído y me dijo: “Si tú supieras que cuando me leí ese cuento me sorprendió mucho, porque no somos solamente las mujeres de Milán las que tenemos esos problemas”. Y así, mucha gente, no solo mujeres, se han sentido reflejadas en la historia. La traductora al italiano lloraba cuando lo leyó porque ella había tenido una amiga como Verónica en sus tiempos del Liceo. La verdad es que nunca pensé que iba a resultar así, no sé si en aquel momento era consciente de todo lo que esa historia implica.

Siempre es un reto comenzar a escribir tarde.

Ahí la verdad que no tengo nada que decir. A lo mejor es que no espero demasiado y si te digo que no tengo problemas es nada más porque no soy exigente. Pienso que entré en la literatura con muy buen pie, cuando escribí mi primer libro se ganó el David y la primera novela ganó el Ítalo Calvino; pero si no me gano un concurso, no soy de las que digo que está amañado, me es mucho más fácil y me siento más tranquila pensando que hay alguien que escribió algo mejor que yo. Además, no soy especialmente prolífica porque soy muy distraída, hago muchas cosas y me la pienso mucho antes de sentarme a escribir.

DE NOSTALGIAS Y PLEGARIAS ATENDIDAS

¿Comenzar a escribir en el año 1994, tuvo que ver con la situación del país en ese momento?

Parí en el 94 y estuve mucho tiempo dentro de la casa, por tanto, me encontré un poco más resguardada de lo que pasaba en la calle. Creo que esa fue una etapa de la que nadie se escapó; pero no fui de las que la tuve más dura. Por ejemplo, en el 96 y 97 me fui a unos eventos de literatura en Nueva York y luego me pasaba mucho tiempo en Miami con mi hermana. En el 97, 98, 99 y 2000 estuve casi siempre entre Madrid y La Habana, así que evidentemente no la tenía tan complicada. Tal vez por eso me dediqué, en un tiempo en el cual todo el mundo estaba en el machuque, la jinetera y la gente enajenada, etc. a contar lo que hacían los cubanos de Miami, porque para mí esa era la realidad más cercana. Quizá eso pudiera parecer muy elitista, por lo mal que la estaban pasando la gente aquí, pero empecé a mirar a las personas que habían logrado el deseo de muchos de los que vivían en Cuba. De pronto, me pude encontrar en Miami con un hombre que supuestamente había alcanzado lo que no tenía en Cuba, y me empecé a preguntar qué pasaba con él, lo que esperaba de la vida, cuánto había resuelto en realidad. Así, la mitad de mi primer libro escrito en el año 98 son cuentos sobre la vida de los cubanos en los EE.UU. Supongo que esa sea un poco mi Cuba de los 90, pero vista desde allá.

Usted dijo que Miami es una panetela, la primera capa de fresa, la segunda de chocolate y la tercera de mantecado. Durante su estancia en esta ciudad, ¿qué diferencias generacionales pudo percibir entre los cubanos que viven allí?

En Cuba siempre hubo gente que se quiso ir, pero pienso que el 94 dejó a muchos sin opción. No me acuerdo si lo llegué a escribir en la novela o si después lo taché porque me pareció muy didáctico; pero en Miami hay gente que se fue al inicio de los 60 para quienes este país es como un sueño, porque se fueron siendo niños, y Cuba quedó como una especie de añoranza. Hay gente adulta que se fue en los 60 con mucho odio y ese es uno de los sectores más dogmáticos. Miami es una ciudad muy light, donde te parece que todo puede suceder, pero también está llena de un conservadurismo tremendo.

Hay otro sector, el de la gente que se fue sobre todo en los 90, que no tiene ningún encono político contra el país. Ellos se fueron porque sencillamente allí pudieron tener lo que aquí no podían, se compraron el carro, tienen su casa, se comen las cosas que querían comer y se compran lo que querían comprar, trabajan en lo que quieren, pasean. Esa gente está un poco en paz con su cuerpo, pero a ellos les falta esta ciudad y les molesta que haya otros que se pasen todo el tiempo diciendo que tienen que declararles la guerra a los que están en Cuba, porque no tienen esa frustración. Son personas que valoran mucho a los que dejaron aquí, no solo a la familia sino a los amigos. Por ejemplo, cuando en Cuba comenzó una epidemia de neuritis y alguien allá dijo que eran problemas de vitaminas, pues se agotaron las vitaminas en las farmacias de Miami. Eso sucedió en realidad, todo el mundo fue a comprar vitaminas para mandar para Cuba. Así, si te pones a pensar en la cadena que existe entre Cuba y Miami, es muy poderosa; y no creo que sea igual entre los inmigrantes de otros países con sus familias. Ahora mismo que Latinoamérica tiene tantos inmigrantes en Europa, me parece que el caso cubano es increíble, la gente está allá y tiene un pensamiento constante para los de aquí, y a veces les mandan cosas absurdas, como si adoptaran a las familias que tienen del lado de acá. Están también los que dicen que no mandan ni un centavo para La Habana porque eso es dinero para el gobierno y los otros que dicen que el dinero es para su familia. Incluso hay personas que odian la Revolución en un sentido abstracto; pero cuando le preguntas cuáles son las diez personas que más quieren, todas viven en Cuba.

En Miami hay de todo. Hay personas con las que sencillamente no se puede conversar, gente que si tú le dices que el Malecón es hermoso se fajan contigo. Mi hermana vive hace años allá y un día, por decir que aquí la medicina era buena y que los  médicos trabajaban con mucho esfuerzo, pues le dijeron que ella era una espía infiltrada por la seguridad del estado. En fin, esa  es una ciudad muy complicada y las últimas generaciones que van llegando la están oxigenando, pero todavía hay muchos dinosaurios.

Los personajes de sus historias sobre la emigración en el fondo están llenos de una tristeza y nostalgia, como si tampoco hubieran encontrado allí la felicidad. ¿Es la emigración otra de esas plegarias atendidas que hacen derramar más lágrimas que los deseos no realizados?

Sí, creo que la emigración es eso. Hay quien está aquí pensando en que se quiere ir, hasta que lo logra, pero en los EE.UU. vi tanta gente llorar porque se había marchado de Cuba, que llega a ser complicado saber si se encuentran totalmente felices. También tiene que ver con las personalidades, porque hay a quienes lo mejor que le pudo pasar fue irse de Cuba. Conocí a una muchacha de Pinar del Río que aquí vivía en una casa muy mala y ahora tiene una casa maravillosa en Miami, una oficina de salud, varios carros. Ella se siente divina y no tiene nostalgias, llegó e hizo su vida sin mirar atrás. Ese tipo de personas resuelve, pero hay otras que se van con una carga más espiritual y la pasan mal.

Cuando estás allí, en primer lugar debes recuperar tu lugar social. Hay quien aquí era un profesional, editor de cine o periodista, y allí tiene que ser camarera o secretaria de un lugar en el que quizá el jefe es un tonto con menor capacidad. Que no vuelvas a encontrar tu lugar social te castiga, como también que no vuelvas a encontrar un buen grupo de amigos como el que dejaste en Cuba, que salgas a la calle y no encuentres urbanamente lo que dejaste aquí. Se puede estar muy bien en otro lugar y creo que a medida que te acostumbras encuentras tu sitio, la nostalgia puede ir pasando. No sé si termina porque nunca me he ido del todo; pero al principio extrañas mucho y siempre hay algo que se te queda en Cuba porque este es el lugar donde naciste y donde, por derecho propio, tú perteneces. Hay quien no siente el desarraigo porque tenía cuestiones urgentes para resolver y las resolvió; y, sí, La Habana es muy linda, pero no tienen la angustia de lo dejado.

Creo que lo de las plegarias es porque uno nunca lo tiene todo, sé de mucha gente que quisiera tener ese carro o esa casa, y la tienda Burdinees; pero aquí. Cuando alguien dice eso es porque naturalmente hay un ingrediente que falta, uno que se quedó de este lado; y a la misma vez, cuando estás aquí, entonces se te olvida el Malecón y solo piensas en las necesidades. Y si te digo que eso sucede en Miami, un lugar que los cubanos han hecho prácticamente a su imagen y semejanza, entonces ponte a pensar que hay cubanos en Suiza, en Dinamarca, en lugares que no tienen nada que ver con nosotros. Si todo el planeta fuera como el Primer Mundo, la gente no se iría nunca del lugar donde vive.

Me llama la atención que en su novela, los nombres de los personajes funcionan como símbolos: Barbie, Batman, Merlín.  ¿Por qué? 

Siempre fui muy apegada a los cuentos infantiles. Si quiero decir que una persona es mala, digo: “es como una bruja de los Hermanos Grimm” y para mí es tan abarcador que cualquiera se tiene que dar cuenta de lo que estoy diciendo. Me ahorra palabras cuando empiezo a identificar las personas. Tal vez esté relacionado con la cantidad de cuentos que me leí de niña.

Barbie, porque es esa muñeca alta, delgada, bien vestida, siempre tan fría que te la imaginas sin alma, y se apegaba mucho a ese personaje declaradamente frívolo y sin remordimientos, porque lo único que le interesaba era quién era ella frente al espejo.

Merlín porque es la especie de mago sabio, el hombre que porque tiene una buena posición se puede permitir realizar ciertas fantasías. Por ejemplo, ponerte a trabajar sin papeles, ayudarte porque tiene un nivel de información evidente sobre la ciudad y más o menos trata de transmitirlo al resto del grupo que acaba de llegar.

Batman es el único superhéroe que no tiene ninguna cualidad especial, es valiente e inventa cosas; pero no tiene nada sobrenatural. Él es esta persona que se quería comer el mundo y desde que llegó allí está pasándola mal y sin recursos sobrenaturales para resolver los problemas.

¿Cómo ha sido recibida su novela por estos cubanos emigrados?

En realidad no tengo idea, porque su publicación coincidió con el momento en que mi mamá se enfermó de cáncer y me desentendí de la novela. Cuando salió aquí, yo estaba muy choqueada con la muerte de mi mamá, por eso no le pude dar el seguimiento que hubiera querido. Se la mandé a algunas personas, pero el grupo de gente que yo hubiera deseado que la leyera, el debate que hubiera podido existir, no lo logré. Sé que hay quien se la ha mandado a su familia en los EE.UU.; pero como te decía, todo depende de los lectores. Todavía tengo la deuda con ese público y con mis amigos de allá, que son los personajes de esa novela, porque como dejé de ir, perdí el contacto con ese mundo. Tal vez todavía tenga tiempo, aunque ya la novela no sea tan nueva. Me gustaría tratar de publicarla allá con alguna editorial hispana y tal vez hacer una presentación, aunque no sé si verdaderamente me atrevería porque Miami puede ser muy agresiva.

Te voy a hacer una historia que sucedió hace unos años: cuando iban a presentar una antología llamada Havana Nuá en Chicago, donde participamos la mitad de los escritores que vivían en Cuba y la mitad en la emigración. Te imaginas que la gente contaba lo que puede haber de negro y de terrible en esta ciudad. Pues en la presentación se paró un escocés casado con una cubana y dijo que todos esos escritores eran unos mimados porque estaban contando los problemas sin saber que en Cuba la gente se tenía que sacrificar por la Revolución. Luego se paró una cubana que vive en los EE.UU. y dijo que todos los escritores de ese libro eran de la Seguridad del Estado, porque nadie en Cuba podía escribir un cuento tan crítico sin que estuviera preso en la cárcel de Isla de Pinos. Te das cuenta de que ellos reciben las cosas de una manera muy rara, y a la vez que tú lanzas algo, la gente lo puede interpretar de tantas maneras como no te imaginas.

Escribir sobre este tema sin dejar de vivir en Cuba, resulta un acto audaz.

Con todas las cosas que me han pasado desde que esa novela salió publicada puedo decirte que sí. Pero me gustaría tener el coraje de ir allí con mi novela, a escuchar a todas las capas de la panetela y ver cómo piensan. En mi novela no hay críticas a ninguna persona, no te dice ni vete ni quédate, no te dice aquí estás bien o aquí mal, no hay malos, las personas de Miami que yo describo son las buenas personas de Miami, como las que hay en todas partes del mundo; pero hay gente que sufre porque no está cerca de Cuba y yo quisiera saber si los que aman Miami y piensan que irse fue lo mejor que les pasó, les gustaría saber que hay personas tristes porque se fueron. A lo mejor ellos no son tan críticos, porque necesitan tener la seguridad de saber que obraron bien. Eso es humano, a la gente le cuesta mucho trabajo saber que se equivocó porque es triste desde todo punto de vista, y ellos necesitan creer que escogieron lo correcto.

UN SITIO AL CUAL PERTENECER

¿Qué temas le interesan ahora?

Me sigue inquietando aquello de quedarse y de irse, y también el tema de lo que somos nosotros dentro de este planeta, porque, tal vez por ser una isla, o porque en Cuba las personas viajan poco, nos pasamos la vida como haciendo un batido de nosotros mismos. Mi última novela trata el tema cubano porque transcurre aquí todo el tiempo, pero en ella estoy hablando de lo que es Cuba dentro del mundo, dentro de un mundo que no se puede ignorar y que interactúa con nosotros de alguna manera; para decir que, aunque tengamos orgullo de nosotros y nos queramos mucho, solo somos un pedazo de tierra dentro de un planeta inmenso.

¿Esta dualidad de irse o quedarse que traslada a sus textos, es también expresión de sus propias angustias?

Desde que soy una niña he estado yendo y viniendo, viviendo en otro sitio y faltándome este, estando aquí y acordándome del otro lugar. Cuando digo quedarse o irse, sé lo que se siente, sé todas las cosas que me gustan de aquí y las que me gustan en otros lugares y cómo es el balance, y cuánto de cada lugarcito te quisieras llevar al otro, y también pienso que es tan válida la decisión de quién decide me voy y no regreso, como la del que dice a pesar de todo me quedo.

¿Con cuál de las dos variantes se identifica? ¿Alguna vez se iría de Cuba por completo?

No, y tal vez la decisión tenga que ver con la manera en que vivo. Me gusta mucho la vida que tengo aquí; pero la decisión de irse tiene que ver también con lo que uno espera de la vida. Por ejemplo, el que quiere ser rico y vivir por el dinero, pues este no es el lugar. Y es justo que alguien sea ambicioso y quiera tener una buena casa, un carro, etc.; a pesar de que yo crea que es muy feo pensar eso cuando hay gente en el mundo que no come ni toma agua, pero no cuestiono a nadie. Me gusta saber que me puedo levantar por la mañana y tomarme el café con leche mirando el mar desde mi balcón. A cualquiera puede parecerle una tontería, pero me gusta estar aquí, me gusta el tempo de esta ciudad y la siento muy mía. Cuando estoy en Suiza, por ejemplo, no me termino de integrar a pesar de que allá tengo muchísimos amigos, conozco a la perfección el idioma y soy capaz de entender cualquier cosa que se debata. Pero ese no es mi sitio. Paradójicamente, no soy la cubana típica: no bailo, no me gusta el ron, no como carne de puerco ni chicharrones, ni oigo música salsa. Mirado así pudiera perfectamente vivir ahí y comer espárragos mientras oigo a Mozart, pero soy de aquí, porque hay muchos cubanos a los cuales les gustan los vegetales y escuchan música clásica sin dejar de ser cubanisisisímos. En fin, creo que no podría irme de Cuba, y lo puedo decir con autoridad porque he tenido la oportunidad de hacerlo.

Luego de esa reflexión, ¿pudiera definirme qué implica para usted la cubanía?

Es el orgullo de pertenecer. A veces estamos tan cansados de que nos repitan lo bueno de ser cubanos que hasta llega a parecernos vacío. Sin embargo, cuando estás en otro lugar, decir que eres cubana funciona como una buena carta de presentación. Y parece algo totalmente loco porque somos del Tercer  Mundo; pero al decir que eres de Cuba, aunque hay muchos estereotipos como que todas las mujeres son jineteras o que todos los cubanos se fueron de Cuba porque tenían hambre, pues comienzan a valorar otras razones como que seguramente tienes un buen nivel educacional, que eres una persona con la que se puede hablar de todo, porque saben que los cubanos hemos tenido la posibilidad de estudiar cuanto quisimos y eso es muy valorado en el mundo. El hecho de que somos un país diferente, que no somos el Tercer Mundo clásico, pues la gente nos mira con asombro.

Para alguien que la abandona a ratos, ¿qué representa La Habana?

Cuando yo era niña viví tres años en Santiago de Chile y cuando era adolescente me iba todas las vacaciones para Europa porque mis padres trabajaban ahí. Después, como te conté, fui mucho a los EE.UU., viví tres años en España y en estos momentos, como mi esposo es suizo, vivo un tiempo aquí y otro allá. Te imaginas entonces qué será para mí La Habana porque yo la pierdo de vista de vez en cuando. La gente me dice que tengo esta ciudad edulcorada y quizá es verdad, porque para mí La Habana es un lugar muy romántico, la quiero porque me falta mucho y porque la pierdo constantemente. Mi Habana también es la que veo desde el balcón de mi casa, y se parece un poco a la de las postales.

Cuando estoy en el avión para viajar a Suiza, me digo: “soy como Alicia y estos son los dos lados del espejo”, todo lo que no hay aquí es todo lo que hay allí y viceversa, incluso en la forma de comportamiento de las personas. Aquí hay mucha bulla, una cuestión casi invasiva con la privacidad, como si la gente no tuviera derecho a tener vida  privada, y eso es totalmente distinto en Suiza. Allá te puedes pasar semanas sin que nadie llame por teléfono. La Habana es un poco el lugar que yo me he inventado, me falta mucho cuando no estoy; pero también supongo que es por el hecho de que de vez en cuando me alejo. Alguien que tenga indigestión de Habana probablemente diría que le gustaría extrañarla y seguro tiene razón. Pero siempre tengo esa añoranza, no digo que no esté llena de problemas, pero es aquella necesidad de pertenecer a algo. Tal vez porque mis padres fallecieron, mi hermana está lejos, casi no tengo familia y cuando pienso en lo que me va quedando, pues me queda la ciudad, que tiene que ver conmigo y que me pertenece. Aquí está mi hijo, que estudia aquí, que nació aquí. Aquí se me ocurre todo lo que escribo, es verdad que cuando estoy en Suiza tengo horas de paz porque no me tengo que preocupar de ninguna de las cosas cotidianas; pero allí lo que hago es perfeccionar el estilo. Recuerdo que una vez iba por el Malecón y tenía una idea trabada y de repente todo lo que iba a escribir me salió de una vez. Y ese estado de inspiración frenético que debo aprovechar porque no soy de las que se sienta ante la máquina a ver si le viene la inspiración, yo solo escribo cuando me surge —y eso seguro es una cosa mala—; esa avalancha creativa me sucede solo en Cuba.

¿Por qué cree que sea así?

Porque uno necesita un poco de seguridad, de mimo, y me siento que soy una escritora de aquí, porque este lugar es excitante por la velocidad en que se mueve esta ciudad, por la cantidad de cosas que pasan y la cantidad de pequeñas trampas, traquimañas e inventos que suceden. Por ejemplo, ayer me levanté esperando al mecánico del refrigerador, entre los dos comenzamos a estudiar el plano y descubrí dos cosas que tenían que ver con la rotura del aparato. Esa fue mi pequeña victoria del día, dos horas después me decía, “¡mira tú, adivinaste los cables!”. Hoy me puse a arreglar el lavamanos, me di cuenta de por dónde se sale el agua, vino el vecino de los bajos, cortó la manguerita y la enganchó. Esos mismos trabajos cotidianos, que son innegables y con mayúsculas, no quiero decir que estas son ricas pruebas que te pone la vida para que te sientas bien contigo mismo, no, es trabajo que te quita el tiempo para dedicarte a otras cosas; pero hacen que siempre estés ocupada. A lo mejor en esos países la gente se deprime tanto porque nunca ha tenido la victoria sobre un teléfono o un refrigerador roto. La cuestión es que uno aquí nunca se siente solo, La Habana es una ciudad que te acompaña, con su bulla y el sol y el megáfono del agro, el himno de los niños en la escuela, la gente que se grita cosas en el edificio, los parqueadores. Todo eso, aunque a veces te agreda, es como la banda sonora de la vida.

LA MUJER…

En sus textos hallamos referencias tan diversas como Disney, Carroll o Proust. ¿Cuáles son las influencias que le ha dejado esa prolija capacidad lectora?

Los libros que más me gustan en el mundo son Alicia en el país de las maravillas y Peter Pan, porque pienso que tienen lecturas infinitas. Me encantan Truman Capote y la short story norteamericana. Después he ido cambiando de dioses. Me gustaba mucho Kundera; pero luego pasé a Raval y a Kafka y digo, ese es el que más dio a todos los demás. Catherine Mansfield y Dorothy Parker me parecen excelentes, muy bien para tomar la sensación femenina. Ahora, no creo que haya llegado a parecerme a ellos, ojalá. He devorado mucha literatura y me imagino también hay mucho de mala. Aunque los libros no sean particularmente buenos, trato de encontrarles algo interesante. Me imagino que de toda esa arenilla que viene de múltiples corrientes y autores, algo se te va pegando.

¿Piensa que la escritura de mujeres sea diferente?

No sé decirte con seguridad, pero me imagino que si existen tantas diferencias biológicas que se reflejan en cómo las mujeres reaccionamos frente a muchas cuestiones, a la hora de contar una historia también tendremos nuestra manera peculiar. Por ejemplo, una escritora que no te dije fue Carson McCulers. Su libro El corazón es un cazador solitario tiene una perspectiva muy femenina. 

¿Cuáles son aquellas cuestiones que la distinguen como mujer?

No sé si me lo habré preguntado alguna vez, para nada me hallo inconforme con mi sexo. No te digo que soy una de las envueltas en el feminismo y que voy haciendo las cosas siempre con las mujeres. Tengo muchos amigos hombres y me encanta conversar con los hombres. Quizá lo bueno que tiene para mí ser mujer sea el contacto con ellos.

Esa es una pregunta complicada, supongamos que lo femenino es un modo biológico diferente que quizá, o consecuentemente, te da un modo de comportarte distinto. Por ejemplo, la relación con los hijos; pero conozco padres maravillosos. También el mito de que las mujeres son las que cocinan se acaba porque ahora hay hombres cocineros, peluqueros y las mujeres se han vuelto tremendas científicas. Los roles están cambiando, hay padres amantísimos que cuidan a los niños mientras las mujeres trabajan. Y cuando ya, felizmente, hemos empezado a compartirnos e intercambiarnos un montón de tareas, creo que va quedando esa cosita más recóndita que tiene que ver por ejemplo con la forma en que nos sentamos, con nuestros gestos. Pero cada vez nos entregamos más, cambiamos cosas, y eso está muy bien.   

Volviendo a algunos de sus personajes que funcionan un poco como variantes de esa amalgama que significa ser mujer: Barbie, la feminista, Verónica, Sabina o la propia narradora de su novela. ¿Le ha interesado favorecer con su literatura las reivindicaciones femeninas?

Partir de una diferencia para guerrear, pues nunca lo he hecho. Pronto saldrá un libro de cuentos que quizá es mi libro más “femenino” porque es muy interior, muy de sensaciones, a veces recónditas2; en el que te das cuenta de que las protagonistas siempre son mujeres. Desde ese punto de vista ese es un libro femenino y también por las cosas que ahí cuento. Si escribo sobre un grupo de feministas que están contra los hombres, pues estoy entrando en el tema de esas mujeres, pero si te das cuenta lo llevo a un nivel en el que ellas prácticamente se están automarginando.

¿Piensa que el feminismo significa automarginación?

Mira, hay muchos niveles de feminismo y yo no sé con claridad discernirlos. Todo depende. Hay algunas culturas en las que las mujeres llevan una vida terrible, que no valen nada y eso merece todas las luchas feministas del mundo. Supongo que todavía las mujeres no han logrado llegar al lugar que les toca, pero nunca me he puesto a escribir un cuento en el que me proponga analizar las diferencias y decir: somos las mujeres y nos pasa esto. Si ha sucedido, es inconscientemente.

Las mujeres de su generación crecieron con un discurso social en el que se hablaba de igualdad y conquistas femeninas.

Cuando nací, mi mamá tenía 19 años, trabajó siempre en la calle y tenía una vida profesional intensa. O sea, lo de la mujer emancipada lo vi desde que abrí los ojos. De todas maneras, mi mamá hacía todo aquello, pero seguía ocupándose de las labores de la casa porque mi papá en eso representaba una absoluta nulidad. En ese sentido, mi mamá puede ser el paradigma de lo que hizo la Revolución con las mujeres, ellas empezaron a hacer todas las cosas que hacían los hombres más las que antes hacían ellas. Eso fue lo que nos ganamos. En esta casa si mi mamá no llegaba a cocinar no había comida, pero ella era Licenciada en Historia, tenía un trabajo intelectual interesante, era una mujer muy inteligente que si no planchaba la ropa se quedaba estrujada. No era que mi papá hacía algunas tareas que le tocaban a ella, sino que ella hacía las suyas y muchas más.

No sé cuántas estarán todavía paradas en ese punto. Las mujeres de esta ciudad son heroínas como de cuatro o cinco guerras mundiales, porque están haciendo lo mismo que supuestamente hacen los hombres: estudia, supérate, trabaja, acepta los cargos, las responsabilidades, demuestra que intelectualmente estás al mismo nivel, que eres capaz de procesar la información, de dar soluciones; pero después llega a tu casa y son tuyos los niños, la lavadora, la cocina. En fin, la Revolución les ha dado muchas posibilidades a las mujeres, pero poca educación a los hombres para que se acaben de enterar de que todo lo que se ha hecho, si ellos no ponen de su parte, no llega a otro lugar que a una mujer que hace cosas de hombres y de mujeres.

En el período especial por ejemplo, las que se despertaron fueron las mujeres, porque tenían una mentalidad más práctica porque eran las que abrían el refrigerador y sabían que no había comida, porque muchos hombres decían: “No, ya yo te di el dinero y no me molestes con eso”.

¿Cree entonces que la crisis incidió de manera distinta en las mujeres?

Dicen que en los momentos difíciles las personas se crecen, y si esa frase es cierta, pues las mujeres de este país se crecieron muchísimo. En el período especial fueron las mujeres las que decidieron con más fuerza sobrevivir al naufragio. Yo sé de casos de mujeres universitarias que de pronto se vieron alquilando la casa, lavando y planchando para los extranjeros. Las mujeres tienen la capacidad de ajustarse a lo que hace falta en el momento, quizá porque asumen más la familia, y la economía cotidiana es casi por entero su responsabilidad. Tienen menos inhibiciones para cambiar de vida. Si una mujer ingeniera tiene que cambiar de rol para convertirse en la que alquila la casa o le prepara el jugo de frutabomba a los extranjeros, para ella es menos complicado.

Incluso, encontraron estrategias distintas para salir de la crisis económica.

Claro, eso mismo de decir: vamos a vender coquitos en la calle, abrir una cafetería. Son ellas las que están casi siempre en la cocina, las que están administrando los recursos familiares. Esto no quita que fue un momento difícil para todo el mundo, pero estoy segura de que las primeras en ponerse la mano en la cabeza y decidir que había que hacer algo para sobrevivir, fueron las mujeres.

Según lo que usted ha visto, ¿se comporta distinta la emigración para ellas?

Si seguimos el curso normal de que son las mujeres las que más rápidamente reaccionan a los problemas, pues pienso que serán las primeras en buscar soluciones cuando llegan a otros lugares. A la hora de buscar los trabajos, pienso que una mujer está más dispuesta a tener un trabajo humilde desde el principio, porque hay que pagar el alquiler y la comida. Pero no puedo decirte que eso sea constante. En Miami me encontré lo mismo a hombres que mujeres haciendo lo primero que apareciera, no sé en el caso de Europa donde muchas mujeres que están allí se han casado con personas de esos países. Creo que una mujer en cualquier lugar va a hacer lo que sea necesario, le guste o no le guste, porque ven la vida con menos dramatismo.

LA LITERATURA ES UN OFICIO DISFRUTABLE

¿Cuál es el lugar de lo cotidiano en sus cuentos?

La realidad cotidiana está ahí. Ahora, a veces uso un mecanismo que es tratar de volverlo absurdo, ¡como si la realidad no fuera bastante absurda en sí misma! Me dedico más a escribir sobre cómo reaccionan las personas ante la realidad que las circunda y no a hacer el recorrido físico cotidiano, sino el recorrido mental que provoca la cotidianidad y cómo uno la asume, porque en ese momento la realidad deja de ser una para convertirse en tantas como personas habiten las calles.

¿Cuáles son los dilemas de la escritura cuando se vuelve oficio, cuando hay que escribir para un concurso o para un editor?

Escribo cuando tengo tiempo, cuando puedo terminar. No me gusta escribir para un concurso o para un editor porque empiezo a sentir presiones que no son interiores y eso me desestabiliza. No puedo escribir pensando: ¿le gustará que el personaje sea homosexual o ladrón o que tenga cuatro manos? No tengo ese mecanismo, y no porque sea terrible, pues finalmente hay que adecuarse a las reglas del juego; pero pensar que estoy escribiendo por un objetivo que no sea sentirme bien conmigo y con lo que estoy contando, se vuelve un ruido.

¿Cuánto limita la cotidianidad su desempeño en la escritura?

Imagina, vivo en esta casa sola con mi hijo. No tengo nadie cerca, así que ponte a pensar en la vida cotidiana asumida por una sola persona. Así es con todo, desde buscar la comida hasta recibir al plomero. Evidentemente tengo todas las limitaciones del mundo porque no se trata de ponerse a escribir cuando uno no tenga nada mejor que hacer, porque constantemente debo estar atendiendo pequeñas cuestiones cotidianas. Ahora que soy más madura, que tengo una idea más clara de qué es lo que quiero contar y cómo, que tengo mejor arquitectura de lo contable y lo no contable, pienso que para mí el factor tiempo me dificulta un poco. No obstante, eso no puede ser una condicionante. O eres buena o no eres buena, o te metes en este mundo o no, y si te decides, debes estar dispuesta a hacerlo tan bien como el mejor aunque con menos tiempo; pero no puedes pedir permiso para escribir un poquito más porque yo soy mujer, ni los lectores ni la crítica te van a dar ese permiso. Cojo un libro y no me interesa cuánto tiempo tenía la persona que lo escribió y no le puedes poner arriba: “este libro fue escrito mientras mi hijo lloraba y yo hacía la cola”; si no puedes hacerlo bien, pues dedícate a otra cosa. 

¿La escritura sigue siendo motivo de pánico?

Un cuento es como un golpe de inspiración en el que debes ser muy cuidadoso con las poquitas páginas que tienes para contar. Una novela es como una maqueta, como un rompecabezas que debes orquestar desde diferentes partes y a pesar que todo tiene que estar muy bien escrito, tener su juego de engranaje, y eso no fue tan fácil al principio. Ya en mi segunda novela me empecé a dar cuenta de que sí, que es disfrutable ya no solo el proceso de inspiración sagrada en que empiezas a contar un personaje, sino en el momento de idear cuándo debe entrar el otro, y que el de acá lo tengo que retomar después. Eso sería un poco la picardía procesal y también se aprende.

A medida que empiezas a dominar esas cosas, le tienes menos miedo a la escritura, aunque cuando termino, sí la tengo que dejar un tiempo tranquila porque le cojo miedo, no a lo que tengo que escribir sino a lo que está escrito, a lo que pueda haber allí y no me guste.

¿Cuáles son esas insatisfacciones o “primerismos”, para usar sus mismas palabras, que le traen a la mente sus primeros textos?

A veces uno se enamora de lo que escribe y puede haber una frase maravillosa; pero que no aporta nada más que la vanidad. Entonces, hay que saber cancelar sin piedad, es bonito pero no sirve. Uno mismo en ocasiones es un mal juez porque es muy difícil tomar distancia, pero tú misma debes tratar de estar lo suficientemente cerca de lo que has escrito para saber lo que quieres, y lo suficientemente lejos como para saber que en eso que has escrito hay cosas que no valen la pena.

La literatura, una vez que se decide escribir para otros, es también un acto de comunicación. ¿Qué lugar ocupa el lector en sus textos?

Eso tiene que ver con lo que te iba diciendo. Cuando te enamoras de tu propio texto estás escribiendo para ti, pero debes pensar que estás contando una historia para los demás. Comunicación es una palabra mucho más moderna que la literatura y aunque no lo había pensado en ese sentido, eminentemente es eso que dices; pero, si se toma la distancia de tu texto y te conviertes en tu lector, no hay por qué pensar en otras cabecitas mientras escribes. Primero que todo, la tuya debe ser lo suficientemente exigente. Cuando eres capaz de decir qué está mal, arrancar cinco páginas y volver a empezar; estás escribiendo también para los demás. Pienso que escribir es un acto muy privado, en el cual se asume un montón de estados interiores y en la cual es muy difícil pensar en los otros. Pero cuando logras alejarte lo suficiente de ese arrebato interior y empezar a organizar las palabras y los adjetivos, se piensa en los otros. Cuando se suprimen esas vanidades de autor, inconscientemente te estás convirtiendo en un lector.

¿Se siente parte de alguna generación?

Empecé a escribir a los 31 años y caí como del cielo en un grupo que estaba escribiendo desde mucho antes. Nunca fui a talleres literarios, no estudié Letras, no tengo familia en la literatura. Hay un grupo de escritoras que figuramos juntas, tal vez por edad, en antologías de literatura femenina, por ejemplo Marilyn Bobes, Laidi, Ena Lucía, Karla, Ana Lidia, Nancy, Susana Haug, que es un poco más joven, pero también la incluyen en ese tipo de selecciones. Ahora, como ves, todas escribimos cosas bastante diferentes. Y generacionalmente creo que estoy un poco desfasada entre mi edad y mis intereses literarios. Con este grupo tengo cosas en común: somos mujeres,  somos escritoras, escribimos cuentos y casi todas vivimos en el Vedado.

Hay personajes de su novela que ya aparecían en el libro Anhedonia. ¿Piensa regresar a ellos en otros textos?

A esos personajes siempre los pensé dentro de la novela; pero después había historias que me parecían demasiado cerradas en sí mismas y que se podían convertir en cuentos. Luego de escribir ese libro y la novela, hice dos cuentos más con esos personajes: Vivir sin papeles y otro que hice para una editorial italiana que publicó un libro llamado Con La Habana en el corazón3, y se me ocurrió escribir un cuento de La Habana que no transcurriera en La Habana, y son esos mismos personajes en la casa de Merlín, en una sesión de nostalgia. O sea, es la ciudad que está y que a la vez no está. Después no han vuelto a aparecer, y no sé si es que no he recibido más retroalimentación de Miami porque no he regresado desde el 2001, aunque esa no es la razón porque si quisiera pudiera buscar la información.

SU PEQUEÑO SITIO EN EL PLANETA

La protagonista de su cuento “Infiel” dice: “El hogar es una buena posesión, una virtuosa o vanidosa prolongación de nosotros mismos”. ¿Cómo se construye su hogar? ¿De qué se compone?

El hogar es mi pedazo de ciudad, mi sitio en el planeta. Mi hogar es mi casa, el lugar donde se pueden reunir las cosas que espiritualmente me sirven. Se pueden tener pésimos días en la calle, pero el hogar es cuando cierras la puerta y hallaste tu sitio, donde puedes poner tu vida en orden, reprocesar todo lo que te pasa afuera, donde puedes prepararte para salir al otro día a la calle. Es el pequeño mundo que de alguna manera te puedes construir, o el mundo que de alguna manera puedes evitar.

Su madre es una presencia reiterada cada vez que le hacen una entrevista, como también lo es su hijo. ¿Cómo valora la maternidad desde la hija y la madre?

Mi mamá y mi hijo tenían una relación muy intensa en la que yo mediaba. Para mi hijo por ejemplo, yo era mamá y mi mamá era mami. Cuando él se sentía enfermo en vez de ir a mis piernas venía a las de mi mamá, porque él se sentía que ella era su madre. Ella era una abuela joven, la que llevaba a Mauricio al teatro, la que le enseñaba los videojuegos y a andar con la computadora, a hacer las tareas; pero también era la abuelita que hacía los flanes y las natillas. Tenía la paciencia de los viejos y la vitalidad de la gente joven. Durante mucho tiempo yo parecía una madre un poco extraña porque había también otra madre para mi hijo.

Cuando ella murió, mi hijo se quedó muy deprimido y nadie entendía que era como si también él hubiera perdido a su mamá. Entonces creo que empecé a ser la madre de Mauricio cuando mi mamá murió y supongo que todavía estoy en ese proceso de aprendizaje que coincide con su adolescencia. Pienso que yo tenía el papel de hija al 90%, y el de madre también porque yo lo quiero mucho; pero sin oficio. Ahora es que lo estoy aprendiendo, imagino que me esté equivocando mucho y espero que mi hijo no lo esté sufriendo tanto.

Lo digo porque muchas mujeres sublimamos ese rol materno.

Mientras existía mi mamá nunca me cohibí de nada, ella y Mauricio siempre estaban aquí y yo era la que entraba y salía. Por eso no creo que tenga sublimado el rol de madre, y a veces temo no ser buena porque me doy cuenta de que aquellas conductas que tenía mi mamá, no las tengo tan incorporadas. Soy muy mala cocinera, por ejemplo.

¿Qué la hace sentir realizada como mujer?

Primero mi hijo, me da mucha alegría ver cómo ha crecido, aunque sea un joven con todas las rebeldías de su edad. Lo veo crecer y me doy cuenta de que mucho de lo que he hecho para él tiene resultado. Por ejemplo, siempre estoy enseñándole, buscándole libros de pintura, tratando de explicarle cosas nuevas. Y a veces pienso que todo eso le entra por un oído y le sale por el otro. Pero un día Mauricio se sentó a explicarle a su papá de esos cuadros y de cuando hemos ido al teatro. Por eso me doy cuenta de que nada de lo que yo le digo es en vano y de que aunque él esté en la música y la pelota de fútbol, todo lo que le digo le queda. Eso es una satisfacción, la manera en que estoy criando a mi hijo. Él no va a decir nunca “mi mamá me hizo un pollo o un dulce muy rico”; pero todo lo que le puedo dar a mi hijo de espiritual, de conocimiento, de sabiduría, es un logro en mi vida.

Escribir es otra satisfacción, tanto cuando lo estoy realizando como cuando leo algo que ya terminé y me gusta. Es un placer muy privado que me mejora el día.

¿Por qué estudió Derecho?

Yo quería estudiar Arquitectura pero dibujaba muy mal. En primer año me cambié de carrera y me dijeron que podía elegir entre Derecho, Historia o Historia del Arte. Me lo preguntaron por teléfono y dije Derecho, no sé todavía por qué. La ventaja es que en esa carrera debes leer y escribir mucho lo que me dio un conocimiento de la historia que no está en otras carreras, porque se estudia desde el punto de vista de las relaciones de poder, y eso me sirvió sobre todo para delimitar lo mismo las cuestiones personales que cómo se mueve el mundo. Creo que estudiar Derecho te da la posibilidad de saber que cualquier verdad es como la verdad de Rashomon, que todo está lleno de pequeñas verdades, que nada es monolítico, y que lo que se estudia como agravantes y atenuantes no es más que las pequeñas partes de un todo. Te enseña a mirar desde varios puntos de vista, a estar en el lugar de todo el mundo, porque las personas no son ni buenos, ni malos.

Creo que en la escritura la carrera me ha ayudado. Hay gente que dice que escribo limpio, como que las cosas pesan lo que tienen que pesar. Eso viene de saber que cada palabra vale, y tratar de no desperdiciarlas porque tienen ese sentido de que transmitan mensajes fuertes.

En la escritura halló su verdadera vocación

Creo que sí, no pienso enterarme ya de que quiero hacer otra cosa porque además no voy a tener tiempo. A lo mejor se me ocurre ser piloto de guerra, pero seguro es demasiado tarde. A veces digo, por qué no estudié algo científico si me gusta mucho la física, o una de esas carreras consagradas que exijan un trabajo diario; pero eso también lo puedo hacer escribiendo. Creo que en la escritura he encontrado algo con lo que me siento feliz.

 

Notas:

1- Primer panorama de la narrativa femenina cubana, compilado por las escritoras Mirta Yáñez y Marilyn Bobes quienes recogieron allí toda una tradición de mujeres escritoras en Cuba. Estatuas de sal contribuyó al reconocimiento de la literatura femenina en la Isla, pues demostró la existencia de una continuada labor de las mujeres en las letras cubanas, muchas veces soslayada por el canon predominante y por las editoriales.

2- Se refiere a Little woman in blue jeans (Ediciones Unión, 2008).

3- Estos cuentos fueron publicados recientemente en el libro Vivir sin papeles (Editorial Oriente, 2010).

 

Febrero, 2008

 
 
 
 
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.