La Habana. Año X.
7 al 13 de ENERO de 2012

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Un libro equivocado
Guillermo Rodríguez Rivera • La Habana

Rolando Rodríguez le pidió prestado a Ilya Ehremburg el título de su novela sobre la noble figura de François Noel Babeuf, —llamado Graco, como el romano “tribuno de la plebe”—, revolucionario que enfrentó en Francia a la llamada “reacción termidoriana”, defendiendo los postulados de 1789. Fue más allá, al promover un radical programa socialista y querer derrocar el gobierno del Directorio, lo que hizo que la derecha francesa lo guillotinara en 1797.

El libro de Rodríguez es un acercamiento a la protesta armada del Partido Independiente de Color, de la que estarán cumpliéndose cien años el entrante 2012. De la protesta armada, y de la masacre desatada contra negros y mulatos por los políticos blancos, liberales y conservadores, bajo el gobierno del general José Miguel Gómez.

Pero la repetición de aquel título —que obviamente pretende acercar los dos movimientos— es un primer error de este libro que, como trataré de hacer ver, no se reduce al título.

La de Graco Babeuf fue una conspiración que pretendió derrocar el gobierno del Directorio. Lo que encabezaron Pedro Ivonnet y Evaristo Estenoz fue el simbólico alzamiento de los integrantes de un partido prohibido, que no tenían armas para constituir un alzamiento verdadero y que no pretendían otra cosa que la derogación de la Enmienda Morúa, que impedía su participación en los comicios de noviembre de 1912.

No fue una secreta conspiración como la de los “iguales” franceses ni como la cubana de Aponte. Fue la abierta decisión de las bases del Partido Independiente de Color, de protestar por su ilegalización.

El Partido Independiente de Color fue la respuesta a la política de discriminación racial que, en Cuba, era la lógica consecuencia de la más que tricentenaria esclavitud que mantuvo en la Isla el régimen colonial español, y del racismo que ella engendró. Esa secuencia de la esclavitud, sería reforzada por los gobiernos interventores norteamericanos, entre 1898 y 1902. Pero sería mantenida, en lo esencial, por los gobiernos plattistas cubanos que le suceden.

La esclavitud fue el fruto y la lógica aliada del colonialismo. Los palenques —las aldeas insurrectas de esclavos cimarrones— proliferaron desde el propio siglo XVI, y eran numerosas cuando Carlos Manuel de Céspedes inició la guerra por la independencia el 10 de octubre de 1868. Según escribe José Luciano Franco, fueron muchos los palenques que se integraron a la lucha independentista. Los líderes e ideólogos de nuestra guerra de 1895, José Martí y Antonio Maceo, fueron inquebrantables enemigos del racismo. La república que debía surgir de esa guerra, al decir de Martí, era una república “con todos y para el bien de todos”. Pero no resultó así.

Martí y Maceo habían caído en la guerra, al igual que los principales líderes del mambisado negro: José Maceo, Flor Crombet, Guillermón Moncada.

La República había sido mutilada por la Enmienda Platt, que fue impuesta a la constitución cubana de 1901 por el gobierno de Washington. El general Leonard Wood, gobernador a la hora de aprobarse la constitución cubana, advirtió que, si la Enmienda era rechazada, no se proclamaría la independencia de Cuba. En verdad, mucho peor hubiera sido que se nos diera el destino que ha tenido Puerto Rico.

La imposición de la Enmienda Platt generó un sentimiento de dignidad herida, de humillación, que quedó en el alma de los cubanos. La humillación venía desde un poco más atrás: desde el momento en que el general Shafter prohíbe a los mambises que mandaba el general Calixto García entrar en Santiago de Cuba, a la hora del triunfo sobre España. Los norteamericanos subrayaron que la victoria era únicamente suya. Pero no puede hablarse aún de una convicción antimperialista generalizada. Lo que generan aquellas humillaciones, es apenas el fundamento sentimental del antimperialismo, que será un pensamiento posterior y claro que mucho más profundo.

Rolando Rodríguez no ve la existencia del racismo como una entidad importante en aquella república, condicionada desde sus inicios por la intervención norteamericana. Afirma:

“Por otra parte, Martí y Maceo, uno blanco y otro negro, los dos más grandes próceres de la independencia cubana, habían luchado contra la diferenciación racial y habían condenado que fuera a ocurrir algún roce entre las razas que la poblaban. Es cierto que había un racismo larvado en muchos de sus habitantes, pero las ideas de estos hombres habían penetrado hasta el tuétano de los huesos de no pocos cubanos.”1

Habría que decir que, para entonces, aún era muy poco conocido en Cuba el pensamiento de José Martí, y mucho menos el de Antonio Maceo.

Martí había publicado los trabajos que comprendían su pensamiento, en periódicos inencontrables en Cuba como eran El Partido Liberal, de México; La Opinión Nacional, de Caracas o La Nación, de Buenos Aires. De Martí se conocían apenas sus Versos sencillos y algunos de sus textos de La Edad de Oro, la edición de sus Obras completas, en 15 volúmenes (todavía muy incompletas) concluiría en 1919, incluso después de la muerte de su editor, Gonzalo de Quesada y Aróstegui. La primera generación cubana que empieza a conocer a fondo la obra de Martí, es la de Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Juan Marinello y Jorge Mañach. Mucho menos conocido era el pensamiento de Antonio Maceo.

Los negros militaban, lógicamente, en las filas del liberalismo, y no en las del aristocrático Partido Conservador. Allí estaban las dos más importantes figuras de la intelectualidad cubana de color: Juan Gualberto Gómez y Martín Morúa Delgado.

Negros y mulatos eran una clara fuerza en la vida política cubana. Lo habían sido desde los días de la guerra de independencia y lo fueron igualmente en esos primeros años de la república, aunque tuvieron que enfrentar el arrinconamiento al que, por regla general, los sometían la prensa hegemónica, los propietarios exesclavistas, los exintegristas y autonomistas, y la clase política republicana e, incluso, la policía.

La cúpula del liberalismo, la tendencia que le era más afín, los utilizaba en tiempos electorales y les hacía promesas que se olvidaban en cuanto los políticos se hacían de la posición a la que aspiraban.

El general José Miguel Gómez había protagonizado la llamada Guerrita de Agosto, contra la reelección de Estrada Palma. Se calcula que el 90% de los hombres que se alzaron con él, eran negros y mulatos. El alzamiento motiva la segunda intervención yanqui en la que gobierna por dos años Charles Magoon. Gómez es electo para el cuatrenio 1909-1913 con el decisivo apoyo del electorado de color.

Ya desde entonces existía el Partido Independiente de Color, que había sido inscrito como tal dos años antes, por Evaristo Estenoz y Gregorio Surín, en tiempos de la segunda intervención. Charles Magoon había legalizado su inscripción.

Era un partido nuevo y obtuvo escasos triunfos para sus miembros en esas elecciones. Entonces los liberales no hicieron ningún esfuerzo por desaparecerlo.

Arturo Schomburg (1874—1938), portorriqueño radicado en Nueva York a principios del siglo XX y a quien se considera uno de los precursores de las posiciones ideológicas de lo que será años después el movimiento de la “negritud”, había seguido de cerca la vida del Partido Independiente de Color. Escribe:

“El Partido Negro Independiente fue despreciado desde sus  comienzos, sumiéndose que desaparecería pronto, como una de las tantas novedades empezadas por los negros. A medida que pasó el tiempo atrajo veteranos combatientes de dos y tres guerras y se propagó por la isla. Al año había un club en cada ciudad y el partido contaba con 60 000 votantes negros —una organización capaz de obstruir los planes preconcebidos por los blancos—. Vino a ser cuestión de conveniencia política, de primera intención menospreciar y finalmente aplastar la tentativa de los líderes negros.”2

Para las elecciones de 1912, las cosas parecían muy diferentes a lo que ocurrió en las de 1908. Los afiliados al PIC habían crecido en todo el país y tenían el más coherente y progresista entre todos los programas de los partidos políticos del momento.

Además de la lucha contra la discriminación racial, defendían el empleo para los cubanos —frente a la llegada de una abundante inmigración española, que era un plan para “blanquear” Cuba—, y la jornada laboral de ocho horas. Tenía militantes blancos en sus filas.

Para apoyar al liberalismo, ya los Independientes no aceptaban promesas que después se olvidaban: aspiraban a pactar ciertos acuerdos que debían fijarse de partido a partido, si es que —y así era— la cúpula del liberalismo quería su apoyo. Realmente, lo necesitaba.

Pero el viejo cacique tramposo que era José Miguel Gómez —no por gusto lo apodaban “Tiburón”—  tenía otros planes, que no le obligarían a compartir el poder con negros y mulatos, o hacerles reales concesiones.

Su asesor y fiel colaborador Martín Morúa Delgado se encargó de presentar una enmienda a la ley electoral que prohibía la existencia de partidos políticos integrados por ciudadanos de una sola raza. Morúa era uno de los dos senadores mulatos que había en ese cuerpo legislativo: el otro era Nicolás Guillén Urra, el padre del poeta.

Durante la discusión de la enmienda en el senado, el presidente Gómez ordenó detener a los principales líderes de los Independientes. Fueron acusados y se les fijaron muy altas fianzas para que no pudieran salir y actuar contra su aprobación en el senado. Inmediatamente después, fueron liberados.

Después de la aprobación de la enmienda que ilegalizó al Partido Independiente de Color, Morúa fue recompensado, convirtiéndose en el primer ministro mulato de la República. Desempeñó las carteras de Agricultura y Comercio. Ese mismo año moriría, y no pudo comprobar las sangrientas consecuencias que derivaron de su enmienda dos años después. 

Los militantes del PIC, si no querían que el partido desapareciera, debían cambiarle el nombre: ello era lo más sensato pero, por amplia mayoría, las bases del partido decidieron protagonizar una “protesta armada” para reclamar la abolición de la Enmienda Morúa.

Serafín Portuondo Linares, militante comunista y autor de la primera historia del PIC3, afirma que Evaristo Estenoz no estuvo de acuerdo con la idea de la “protesta armada”, pero decidió apoyar lo que había aprobado la amplia mayoría de las bases del partido.

Los negros y mulatos habían sido mayoría en el Ejército Libertador pero, desde la intervención norteamericana fueron sistemáticamente apartados de los aparatos del estado y el gobierno —específicamente de sus cuerpos militares— y los presidentes plattistas que sucedieron a la intervención norteamericana, mantuvieron en buena medida el esquema racista que habían introducido los gobernadores estadounidenses.

En la propia vida civil, a un hombre de color le era difícil encontrar trabajo, como no fuera manual.

Nicolás Guillén ha contado cómo, al morir su padre en el alzamiento de La Chambelona, en 1917, quiso buscar un empleo en las oficinas de los ferrocarriles de Camagüey, cargo para el que estaba más calificado que los empleados que allí había. Le fue imposible obtenerlo, pese a que su familia tenía amigos en los ferrocarriles. Para un mulato, allí únicamente había trabajo manual. Lo que había en ciertos ámbitos cubanos, era mucho más que un “racismo larvado”.

Obviamente, el autor de La conspiración de los iguales ha tenido a la vista documentos provenientes de fuentes de difícil acceso para un historiador cubano. El problema está en la interpretación y valoración de la información así obtenida.

La conspiración de los iguales hace una grave acusación a los líderes del PIC. Los acusa de confiar, para la solución de sus problemas, en el gobierno de los EE.UU. Al principio pareciera ser únicamente para detener la represión que el gobierno del general Gómez ordena contra ellos, pero el libro va ampliando esa idea. Por ejemplo, inculpa a:

“Estenoz, Ivonnet, Batrell, Caballero Tejera y Santos Carrero, y cuantos creyeron que de allí [los Estados Unidos] vendría la solución de la igualdad de los negros cubanos cuando esta solo podría ser hija de la propia Cuba.”4 

En otro momento, señala:

“La confianza [de los Independientes] en el gobierno de Washington se puso de manifiesto en que, el 29 de mayo de 1912, el Ministro de Estados Unidos hizo llegar a su gobierno una carta que le había enviado el general Pedro Ivonnet, dirigida a él y al presidente Taft,  en la cual declaraba que la guerra no era racista.

Manifestaba: “Señor Presidente de la República y Señor Ministro Plenipotenciario de los Estados Unidos de Norteamérica: queremos hacerle constar al mundo Civilizado que al defender nuestros derechos, con las armas en las manos, no lo hacemos por odio a los blancos y sí porque sentimos toda la desgracia que contra nosotros se ha acumulado, hace más de trescientos años. […] Por eso la guerra no es de razas, porque sabemos que todos los cubanos somos hermanos.”5

Yo no creo que esa carta sea otra cosa que un recurso desesperado para tratar de impedir la brutal represión que se les venía encima, cuando ya el presidente Gómez había echado sobre los Independientes toda la fuerza pública. Repárese en la fecha de la carta.

Tres días antes de que Ivonnet escribiera la carta enviada al gobierno de EE.UU., el órgano del Partido Conservador, el periódico El Día, decía editorialmente, con fecha 26 de mayo:

“Se trata de un alzamiento racista, de un alzamiento de negros, es decir, de un peligro enorme y de un peligro común […] [A estos movimientos  racistas], los mueve el odio y sus finalidades son negativas, siniestras y no se conciben sino concibiéndoles inspirados por cosa tan negra como el odio. No tratan de ganar sino de hacer daño, de derribar, de hacer mal, no tienen finalidad y se despeñan por la pendiente natural de toda gente armada sin objetivo y animadas de atávicos, brutales instintos y pasiones: se dedican al robo, el saqueo, el asesinato y la violación. Esas son en todas partes y en todas latitudes las características de las contiendas de raza.”6

Y, enseguida, los conservadores de El Día, que expresaban las ideas de su cúpula, llegaban a conclusiones y encontraban la sabia solución al problema.

“Los alzamientos de raza son […] el grito, la voz de la barbarie. Y a ellos responde y tiene que responder en todas partes la voz de los cañones, que es la voz de la civilización.”7

La dicotomía “civilización y barbarie”, que venía desde Sarmiento y había sido ya desacreditada por Martí, es usada aquí para hacer de la brutal represión desatada por José Miguel Gómez, pero apoyada resueltamente por los conservadores, un acto civilizatorio.

Además de esa carta de Ivonnet, RR comenta otra misiva con fecha 18 de octubre de 1910, que quiere hacerle saber al presidente Taft que el PIC había sido legalmente inscrito como partido bajo el gobierno “de vuestro ilustre conciudadano el Sr. Magoon”. Al final, se le pedía a Taft que diera al “Honorable Señor Presidente de la República de Cuba, un amistoso alerta de que no sería prudente celebrar las elecciones del PRIMERO DE NOVIEMBRE próximo8, hasta que el derecho al sufragio sea concedido igualmente y garantizados a todos los CIUDADANOS CUBANOS.

Al final de la obra, RR le impugna a los militantes de PIC que todavía están en prisión en noviembre de 1912, que dirijan una carta al presidente Taft, en la que, sin explicitarlo, demandan su liberación. Le dicen también los encarcelados al presidente de los EE.UU.:

“Esta tiene también por objeto, hacerle saber el estado deplorable que atravesamos pues de los dos mil quinientos presos más o menos que existen en las distintas cárceles de la república, duermen en el suelo más de mil quinientos, la comida que se nos da es tan mala como indigna de cárceles a seres civilizados. Ahora por lo aglomerado que nos encontramos en las distintas galeras faltos de higiene, ha dado origen al gran número de enfermos que aquí existen, de los cuales hasta ahora lamentamos nueve desaparecidos.”9

La carta sigue describiendo maltratos y luego elogiando la civilización norteamericana, lo que es lógico si se le está pidiendo a su presidente que interceda a favor de los presos. El autor de La conspiración de los iguales se indigna no por lo que la carta dice sino por la existencia de la misiva misma. Escribe:

“Como se observa, los exrebeldes seguían concediéndole el papel de juez supremo de los asuntos cubanos al jefe del imperio. Era obvio que debían desconocer el trato horroroso a que eran sometidos los negros en Estados Unidos.”

Pero RR no permitirá ni siquiera debatir lo que afirma. Con airados signos de admiración —que son el grito de la escritura— advierte:

“¡Que no venga nadie a decir que la desesperación de su situación los llevó a clamar por la intervención de los Estados Unidos!  Desde los primeros momentos, los más altos líderes del Partido Independientes de Color creyeron ver la solución de los problemas cubanos en el país de Lynch y del Ku Klux Klan. Esa era la verdad y una aberración monstruosa a la vez.”10

A pesar de que RR quiere taparle la boca a todo el que pueda disentir de sus afirmaciones, habría que decir que el jefe del imperio era entonces el “juez supremo” de los asuntos cubanos.

Eso lo reconocían no solo los encarcelados negros y mulatos hambreados y enfermos en las prisiones, sino el presidente de la república cuando lo más que podía hacer era reprocharle suavemente a Taft que mandara sus tropas, pero las iba a aceptar sin chistar, porque Gómez estaba a años luz de Sandino.

Desde los verdaderos “primeros momentos” los líderes de los Independientes de Color habían confiado en su compatriota, hermano de armas en los días de las luchas independentistas y correligionario en el liberalismo, el general José Miguel Gómez.

Lo habían apoyado en su insurrección de agosto de 1906, contra la fraudulenta reelección de Estrada Palma. Dos años después habían promocionado su candidatura a la presidencia de la república.                     

En febrero de 2010, Gregorio Surín publicaba un artículo en Previsión, el órgano de los Independientes, en el que recordaba a Gómez que no hubiera sido presidente sin el voto de los electores negros y mulatos:

“… en su alma debe de estar grabada indeleblemente la gratitud hacia los negros de Cuba, pues sin el concurso directo de ellos y del general Estenoz, que se decidió a trabajar su candidatura cuando el mismo Morúa Delgado confesaba a Juan Gualberto que el General José Miguel Gómez era hombre muerto para la presidencia de la República, hubiera permanecido en la oscuridad, de donde jamás lo hubiera sacado el voto de sus paisanos blancos.”11

Con respecto a las cartas de los Independientes al gobierno de EE.UU., comenta RR:  

“Por supuesto, el gobierno de Estados Unidos no les hizo el menor caso a aquellas cartas de ‘negros’.”

José Miguel Gómez tampoco les hacía el menor caso a lo que decían los Independientes, aunque eran cubanos. Pero eran cubanos negros, de los que se había valido en su momento, pero a los que ya no necesitaba.

Si los Independientes apelaron —inútilmente, como se vio— a la acción del gobierno norteamericano, es porque Gómez los había engañado y les había cerrado todas las puertas, menos la de la total subordinación. 

Después de todo tanto los Independientes, como el propio presidente sabían que, en verdad, el jefe del imperio era el juez supremo de los asuntos cubanos: Estábamos en la recién estrenada neocolonia que iba a mostrarnos, en esta, una de sus más siniestras y trágicas historias.

Al señalar que la protesta armada había comenzado el 20 de mayo de 1912, RR señala que:

“…se inició una lucha cruel entre un ejército bien armado y unos pobres campesinos casi desarmados.”12

Mal podría llamarse lucha a lo que fue en verdad una masacre. Las tropas del general Jesús (Chucho) Monteagudo, más los voluntarios que las acompañaron, iniciaron una cacería de negros y mulatos.

Los líderes, obviamente, fueron asesinados al ser capturados, como apunta el libro al describir la muerte del general Pedro Ivonnet, invasor del occidente cubano con las tropas de Antonio Maceo. Ivonnet se dio a la fuga, afirmó el ejército, y murió de un balazo en la frente. El autor prefiere alejar al presidente Gómez de la fea escena del crimen. Apunta: “La falta de imaginación del ejército no daba para más”.

A pesar de que Rodríguez afirma que la existencia del PIC fue bien vista por los conservadores, la reacción del más derechista de los partidos cubanos fue aunar fuerzas con los liberales en el poder para aplastar con toda la violencia posible el movimiento.

La conspiración de los iguales explica e implícitamente justifica la brutal represión, apelando a lo que cabría llamar “motivos de seguridad nacional”. Cito a RR:

“Theodore Roosevelt había proclamado que Cuba no podía seguir en el juego de las insurrecciones, porque si se producía otra, ellos tenían el deber de ocuparla y ya no bajarían más su bandera del mástil del morro de La Habana.”13 

A pesar de que en EE.UU. siempre hubo quienes quisieron anexarse Cuba, no lo intentaron tras su intervención en 1898.

Después de todo, la Joint Resolution que autorizó la declaración de guerra a España, afirmaba que “Cuba es, y de derecho debe ser, libre e independiente”, y los cubanos habían combatido largamente por su independencia.

Garantizaron, eso sí, convertir a la Isla en el protectorado en la que la dejó transformada la Enmienda Platt. Nuestros presidentes iban a ser sus administradores cubanos.

No se puede olvidar que los EE.UU. son, en ese momento y gracias a la vigencia del apéndice constitucional, un poder efectivo colocado por encima de las autoridades del gobierno cubano. Por algo hemos hablado de una “seudorrepública”.

Lo que estaba tratando de hacer la carta de Ivonnet era quitarse de encima la bárbara represión que la dirigencia política liberal y sus pariguales conservadores habían organizado para “aleccionar” a unos negros que querían más de lo que los blancos habían decidido darles, y no tenían armas para defenderse.

No es fiel a la verdad histórica la contracubierta del libro, cuando quiere explicar el proceso de los Independientes afirmando:

“Como no se logró echar abajo la desigualdad de raza, los hombres del partido prohibido (Partido Independientes de Color) comenzaron a conspirar para lograr con las armas en la mano la restauración de la legalidad y, sobre todo,  para alcanzar su gran objetivo: la igualdad racial.”

Este párrafo es equivocado: tiene razón RR cuando afirma que las ideas solo pueden combatirse con ideas. Los Independientes protagonizaron una protesta que quería conseguir solo que el presidente Gómez negociara con ellos, derogara la Enmienda Morúa y les permitiera actuar como un partido político. Es absurdo creer que pensaran que con esa protesta —que no era ni un verdadero alzamiento—,  podrían alcanzar la igualdad racial. A pesar de que reconoce que el PIC nunca debió ser ilegalizado y que de ahí parte todo el conflicto, en un clásico blame the victim, La conspiración de los iguales carga la mano contra los martirizados negros y, a la vez, habla de la forma “muy digna y firme” en que el presidente Gómez “le censuraba” en un telegrama, a su homólogo Taft, que “se tomara la medida de enviar tropas a la Isla”. El libro alaba una “firmeza” que tiene el cuidadoso detalle de impersonalizar la decisión de Taft, que no tomó él, sino que “se tomó”. José Miguel Gómez no hizo nada para evitar la intervención de 1906 que le beneficiaba ante la reelección de Estrada Palma.

El libro no le atribuye al presidente Gómez —máximo responsable de la represión— la culpa en los asesinatos del general Ivonnet y de Evaristo Estenoz.  

En su libro La masacre de los Independientes de Color en 1912, Silvio Castro cita la siguiente nota de prensa, que publica Diario de la Marina en su edición del 28 de junio de 1912, al recibirse en palacio la noticia de la muerte de Evaristo Estenoz. Está colocada bajo el encabezado “Hubo champagne”:

“Tan pronto se supo la noticia de la muerte de Estenoz, el general Gómez la celebró tomando champagne con los secretarios de Justicia y la Presidencia, así como con  el representante de la Associated Press; únicas personas que se hallaban presentes en el momento.”14

A mí, la actuación de José Miguel Gómez me parece absolutamente indefendible. Su conducta doble, tramposa, fue el fundamento de toda la tragedia. Su brutal represión de los Independientes para evitar que esa nueva insurrección provocara que “la patria se perdiera”, no tiene ningún asidero, ninguna coherencia con el proceder del tiburón villareño, que había protagonizado la guerrita de 1906, que determinó la segunda intervención norteamericana.

El Gómez “patriota” se lanzó en 1912 a aniquilar a sus connacionales negros para acabar con el “juego de las insurrecciones” que el emperador Roosevelt impugnaba, pero cinco años después hubo otro alzamiento que no motivó una represión como la que se echó sobre los negros y mulatos en 1912, ni mucho menos motivó la ocupación yanqui: fue la guerrita de La Chambelona, convocada por el mismísimo José Miguel Gómez contra la reelección de Menocal. ¿No temía entonces “que se perdiera la patria”? ¿La patria únicamente la perderían los negros? ¿No sale el racismo claramente a la superficie de esa actitud?  

La brutal represión de 1912 acabó con la carrera política de José Miguel Gómez, quien intentó reelegirse al año siguiente. La victoria fue para el conservador Marío García Menocal. No creo que los negros y mulatos cubanos votaran por el mayoral del Chaparra, pero seguramente se abstuvieron de apoyar al Tiburón. Si no hubo un voto de castigo, sin duda, hubo una abstención de castigo.

José Miguel fracasó en el alzamiento de La Chambelona, para impedir la reelección de Menocal en 1917 y fue derrotado en las elecciones de 1920 por Alfredo Zayas. Un año después, en 1921, se fue a morir… a  Washington.

En Cuba quedó un espíritu racista dominando en la política y en la cultura.

Todavía en la década de los 20, aparece un libro del maestro Eduardo Sánchez de Fuentes en el que señala que la música en la que se hace evidente la ascendencia africana, nada tiene que ver con nuestra idiosincrasia.

Un caso patético, porque Sánchez de Fuentes es el autor de “Tú”, la más famosa de las habaneras, género en el que está la herencia rítmica africana, aunque su autor no lo supiera o no quisiera saberlo.

Una nueva generación estaba saliendo a la palestra.

En julio de 1925, Alejo Carpentier publica en el diario habanero El País un artículo titulado “La música cubana”, precursor del iluminador trabajo posterior del gran novelista en el estudio de nuestra música. Carpentier reivindica y señala incluso su importancia para la música culta cubana, los mismos ritmos que Sánchez de Fuentes presentaba como supervivencias bárbaras. En noviembre del mismo año, el joven compositor mulato Amadeo Roldán, escandaliza a la cultura oficial del momento al estrenar su “Obertura sobre ritmos cubanos”, que llevaba al pentagrama lo que Carpentier reclamaba en su artículo. A partir de entonces, y con la ingente obra del sabio Fernando Ortiz, empieza a comprenderse plenamente lo que es Cuba.   

No me explico como un estudioso con múltiples trabajos de valor y que ostenta los premios nacionales de historia y de ciencias sociales, haya escrito un libro tan históricamente descontextualizado como La conspiración de los iguales, colmado de una rica documentación que su autor no ha sabido leer bien.

El libro, desde una óptica actual, les reclama a los Independientes una visión que no podían tener y que muy pocos cubanos podían tener entonces.

El alzamiento, ese “juego de las insurrecciones” que RR califica como tal en su libro, era una manera de negociar en esos primeros años de la república. Si alguien lo conocía bien era el propio José Miguel Gómez. Lo que ocurría es que ese juego solo lo podían jugar los blancos.

Los Independientes de Color no protagonizaron un alzamiento ni una conspiración, sino organizaron una “protesta armada” para negociar, pero los políticos blancos no iban a permitirles algo así a los negros. Sabían que los Independientes no tenían en sus filas, más que pobres campesinos sin armas ni pertrechos, y repelieron la protesta como si fuera un auténtico alzamiento… o la “conspiración” de la que escribe Rolando Rodríguez.

Los Independientes apelaron a los EE.UU. creyendo que sus fuerzas iban a evitar una masacre. Las autoridades norteamericanas nunca iban a intervenir en Cuba para evitar la muerte de negros y mulatos. Si eso era lo que estaba haciendo el gobierno de Gómez, que lo hiciera de una vez.

Pero me parece inusitado en un historiador revolucionario y marxista, que sea capaz de echarles en cara a los Independientes, entre los que hay hombres asesinados (estoy pensando en Ivonnet y Estenoz) en 1912, unas palabras del poeta Nicolás Guillén, escritas 40 años después de su martirologio, sobre el racismo y la discriminación racial en los EE.UU.

Los Independientes de Color fueron crédulos, ingenuos por partida doble. Primero, cuando creyeron que el general José Miguel Gómez aceptaría tratarlos como socios políticos y no como subordinados; creyeron que iba a pactar con ellos, que era la inevitable consecuencia de la existencia del PIC; después, cuando al ver que Gómez les había echado encima todo el peso de la fuerza pública, al saber que no podían defenderse, apelaron a los EE.UU. para salvar sus vidas y conseguir el regreso a la legalidad. Gómez los engañó, y los norteamericanos nunca hicieron nada por socorrerlos en los días de la protesta, ni cuando los sobrevivientes guardaban prisión.

Acaso las palabras de Guillén que cita RR, si hubieran podido llegar desde donde todavía no se habían escrito, les hubieran valido a Ivonnet y Estenoz para entender que los yanquis no harían nada por ellos si el general José Miguel Gómez había ordenado que los asesinaran. Eso es lo que en ese momento les iba a dar la plattista Cuba oficial, a través del honorable señor presidente de la república. Y acaso el poeta comprendiera —porque él sí lo pudo ver—  que Lynch y Crow tenían excelentes discípulos en Monteagudo y Arsenio Ortiz. Pero fue imposible que las palabras del poeta llegaran desde el porvenir a los oídos de los cadáveres martirizados de Estenoz e Ivonnet.

Es mucho más probable que experiencias como la de los Independientes alimentaran el aliento revolucionario del poeta de “El apellido”.

Guillén, marxista de veras, era capaz de pedirles a los hombres lo que podían dar, con arreglo al tiempo en que vivieron.

Aunque Juan Gualberto Gómez fue un liberal ajeno al miguelismo, que era la filiación de su padre, Guillén fue capaz, “cuando pude pensar con cabeza propia”, dice, de remontar aquellos recuerdos de infancia donde Morúa ocupaba el lugar de honor. Guillén, comunista, comprendió a Don Juan, admirador de Thiers, el hombre que ahogó en sangre la Comuna de París. Lo sabía, lo escribió, pero también sabía que a cada hombre hay que juzgarlo dentro del tiempo que le tocó vivir. Juan Gualberto, que no entendió a los comuneros, contribuyó a diseñar la patria, junto con Martí.

Es triste que los Independientes, que varias veces se equivocaron queriendo alzar a sus oprimidos hermanos, tengan, a los cien años de su martirologio, este libro como recuerdo.                    

                        “Pero vosotros,

                        que surgiréis de la corriente

                        en que  nosotros perecimos,

                        cuando habléis de nuestras flaquezas,

                        considerad también el tiempo oscuro

                        del que habéis escapado.”

Son versos de Bertolt Brecht.

No hay otra manera de hacer justicia en la historia.
 

Notas:

1- Rodríguez, Rolando: La conspiración de los iguales, Imagen Contemporánea, La Habana, 2010, p.6.2- Schomburg, Arturo: “El general Evaristo Estenoz”, en Del Caribe, Casa del Caribe, Santiago de Cuba,  No. 54, año 2010,  pp. 61-62.

3- Portuondo Linares publicó su libro El Partido Independiente de color, en 1950  y se reeditó en 2002. Silvio Castro Fernández  publicó La masacre de los Independientes de Color en 1912, Editorial de Ciencias Sociales, 2002. Un tercer libro es el de María de los Ángeles Meriño Fuentes: Una vuelta necesaria a mayo de 1912, Pinos Nuevos, 2006.

4- Rodríguez, Rolando: La conspiración de los iguales, Imagen Contemporánea, La Habana, 2010, p. 18.

5- Ídem., p. 10.

6- El Día, La Habana, 26 de mayo de 1912.

7- Ídem.

8- Las elecciones generales eran en 1912. ¿Eran elecciones parciales estas de 1910?

9- Rodríguez, Rolando, Ob. Cit., pp. 354-355.

10- Ídem., p. 356.

11- Surín, Gregorio: “Manifiesto al país”, en Poumier, María: La cuestión tabú, p. 177.

12- Ídem., p. 10.

13- Ídem., p. 5. 

14- Cf. Castro Fernández, Silvio: Ob. Cit., pp. 206-207.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.