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Radicales y moderados en el movimiento reivindicador negro de Santiago de Cuba
Joel Nicolás Mourlot  • Santiago de Cuba

El 14 de diciembre de 1799, una Real Cédula dio a centenares de negros de la villa de El Cobre, la ratificación de su condición de hombres libres. Acto verdaderamente reparador, fruto de la justicia metropolitana española pero, sobre todo, de dos siglos de lucha —con laureles y reveses, por oponerse al desalojo y al sometimiento de la esclavitud. Hasta décadas después, no hubo conquistas tan espectaculares para los negros de la jurisdicción santiaguera mas, a partir de aquel entonces, fueron más frecuentes las “escapadas hacia la libertad”; los actos de asaltos a propiedades rústicas, en busca de recursos, y de defensa armada de los palenques frente a rancheadores y comisionados.

La revolución industrial, la lucha contra la trata de esclavos y la esclavitud misma, dieron nueva dimensión al problema negro y, condicionaron una nueva estrategia para la lucha de los hombres de color, tanto esclavos como libres. El bando abolicionista se amplía, cada vez más, con numerosos y notables hacendados y profesionales, otrora esclavistas —y/o defensores de ese infame modo de explotación humana—, hizo que abolición e independencia fuesen, progresivamente causas comunes, en las cuales tuvieron que comulgar tanto blancos, como negros libres y esclavos. El movimiento reivindicador negro —muy temprano en la jurisdicción santiaguera— encontró en la revolución separatista el cauce natural por el que debía fluir la lucha por su libertad y por sus derechos naturales, sociales y políticos. No es casualidad, en Santiago de Cuba ver a varios negros —encabezados por Petrona Sánchez— integrados en 1848 al grupo conspirativo del licenciado neogranadino Juan Eulalio Godoy; o a Quintín Banderas, “y otros de su clase”, en los complots de 1849 a 1851, liderados por los Valiente, Cisneros Correa y Duany Repilado. Así lo demuestran las dos grandes conspiraciones negras —con presencia blanca demostrada— de 1864 en El Cobre y de junio de 1867 en ese mismo partido, Palma Soriano y la ciudad de Santiago de Cuba, cuyas cabezas visibles fueron Carlos Rengifo, Fernando Guillet y Miguel Betancourt, la cual concluyó con el apresamiento de más de 300 integrantes, sublevados luego en la cárcel santiaguera, el 9 de octubre de 1867, y cuyo epílogo fue la fuga de algunos de ellos, su asesinato, más tarde —¡vaya ironía!—, por varios esclavos de las haciendas donde se escondieron; y un juicio sumarísimo, en el que un consejo militar condenó a fusilamiento y a mayores penas de prisión a otros participantes del motín.

Se entiende, entonces, por qué la revolución del 68 contó desde sus preparativos y liminares de la guerra con la presencia numerosa de los hombres de color, libres y esclavos, quienes vieron en la contienda la oportunidad ideal de alcanzar libertad y derechos, y se entregaron con vehemencia a conquistarlos. No resulta ocioso reconsiderar la trascendencia de aquel cataclismo bélico para el hombre negro, y especialmente —permítaseme significarlo— para los del territorio santiaguero.

En primer lugar: la esclavitud, desacreditada en su criminal, abyecta y ridícula justificación, e inservible, por su ineficiencia económica; sostenida solo por los exponentes más logreros y retrógrados de la sociedad, y que ya venía extinguiéndose lenta pero progresivamente —por caritativas manumisiones graciosas de algunos amos, o compradas por los propios esclavos—, sufrió un mortal resquebrajamiento con la libertad masiva, unas otorgadas por propietarios revolucionarios, antes y después del gesto de Céspedes en La Demajagua, y más numerosas aún, cuando hubo que reconocer libres a los esclavos mambises, al término de la campaña.

En segundo lugar, el hombre de color conquistó un reconocimiento extraordinario, al amparo de haber concluido la contienda como el mayor número de la plantilla del Ejército Libertador, y de buena parte de su jefatura subalterna y oficialidad, aun de la cúpula combatiente, con gran protagonismo en tan longa y cruenta guerra. Durante esta mostró gran talento, afanes de superación cultural, civilidad moderna y justa, nivel de convivencia armónica con otros grupos raciales, especialmente con los blancos, y gran amor a Cuba. Los momentos más altos de tal distinción —podría decirse— fueron el juicio de enaltecimiento que hizo de Antonio Maceo el mismísimo general en jefe español Arsenio Martínez Campos, y más aún su entrevista con los dos más altos jefes pardos de la Revolución: Manuel Titá Calvar Oduardo y el propio Antonio Maceo Grajales, el 15 de marzo de 1878, en los Mangos de Baraguá. Estos hechos multiplicaron la autovaloración de la mayor parte de la “clase de color” a una altura casi sideral; pero tamaño reconocimiento trajeron aparejados, un redivivo racismo visceral y prevenciones viejas y nuevas por parte de muchos blancos —presos de falsos y deletéreos preceptos sobre el negro—, incluidos no pocos miembros distinguidos del independentismo.

No me atrevería a decir que no lo hubo antes, ni que solo se dio en esta zona del país; pero se puede ver claramente que, a partir de todas esas consecuencias positivas que trajo la Guerra Grande para el hombre negro, en Santiago de Cuba —mayor exponente de los grandes protagonistas mambises de esa raza—  donde la instrucción primaria pública del negro, al menos, fue notable, desde 1839, por obra del más grande héroe civil de la ciudad, de todos los tiempos, Juan Bautista Sagarra—, cobraron fuerza inusitada los prejuicios, el odio y, con renovada vigencia, las tesis racistas contra el hombre de color; todo manipulado por las autoridades españolas del Departamento Oriental; pero en los que comulgaron muchos blancos separatistas: “el negro como ser inferior al blanco”, “creado por Dios para servir al blanco”, “su naturaleza proclive”, “sus afanes para cobrar revancha contra los blancos”, “hacer una Cuba africana” y otros absurdos, muy digeribles en aquel ambiente.

No bastaba dividir a blancos y negros; el funesto general Camilo Polavieja, desde los recovecos de su alma torcida y temerosa, promovió, asimismo, la de los pardos y morenos. En enero de 1879, causó la disolución del Casino Popular de Santiago de Cuba, en el que se recreaban, superaban, compartían ideas y razonaban, negros y mulatos, bajo el liderazgo de Néstor Rengifo, Pedro Antonio Domínguez, José Teodoro Prior, José Agustín Lafourié, Rebollar, Emiliano Lino Gómez, Francisco Audivert Pérez y Lucas Mesa (de lo más culto y esclarecido, entre la “clase de color”, en la sociedad civil de Santiago de Cuba). La fraccionó en una sociedad de pardos, y otra para morenos. El malvado genio de Polavieja, orquestó esa “propaganda atrabiliaria” —como la calificó Maceo—, que propagó la falacia acerca de que los hombres de color —bajo la conducción de los Maceo, Guillermón, José Medina Prudente, Pepillo Pereira, Lacret, Quintín, Garzón y otros— preparaban una guerra de razas, para practicar horrenda venganza en contra de los blancos, y que procuraban instaurar una república negra, para unirla a Haití, en una supuesta confederación. Ese general carnicero fue quien cribó la revolución del 79 de los jefes blancos, para hacerla aparecer como obra de los negros; quien llevó a cabo una horrenda represión contra civiles en los campos orientales, quien —de acuerdo con el capitán general— traicionó las capitulaciones establecidas con Guillermo Moncada y José Maceo, se burló de los cónsules garantes (de EE.UU., Francia e Inglaterra), apresó a cientos de mambises en altamar y los mandó sometidos a prisiones españolas en la costa norte africana y del Mediterráneo. Asesinó a decenas de negros y mulatos y deportó a más de 300 hombres  —sin vínculos evidentes con la Guerra Chiquita— hacia Fernando Poo y las prisiones del norte de África, y quien seleccionó a sus principales adalides para asesinarlos (Rengifo y Rebollar, entre otros) y para deportarlos, como lo hizo con Prior, Domínguez y Mesa: únicos hombres de color miembros de la Junta Directiva del Partido Liberal de Santiago de Cuba, en 1878, y fallecidos ambos en 1881, en Ceuta, durante la deportación. Persuadidos —o confundidos— por aquella propaganda infame, no se alzó en la jurisdicción ninguna voz señalada de rechazo a tanta sevicia. Parece acertado afirmar que la generalidad de los pardos y morenos santiagueros se percataron, desde aquel entonces, de que la batalla por la plena libertad y el goce de todos los derechos del hombre negro, iba mucho más allá de la lucha por la independencia del país; esto es: también contra el racismo y la discriminación racial. 

Imbuidos por la conciencia que les asistía, por la cuota de sacrificio aportado a la causa patriótica común (más después de la Guerra del 95) y por contar con la pertenencia —o simpatías— de los principales líderes del separatismo y de la futura república, y de gran número de jefes y oficiales negros en el Ejército Libertador, tenían la absoluta convicción de que merecían esa libertad y todos esos derechos, y si se les privaba, los reclamarían —y aun los conquistarían— por la fuerza. 

Exiguo fue, sin embargo, el número de quienes se dieron cuenta de que, en el entramado de la sociedad cubana, el enfrentamiento racial —aunque le asistiese toda la razón a una de las partes— iba a ser el peor de los males para la nación, para la república que se iba a instaurar, y para sus habitantes todos; que los blancos no debían intentar someter al negro, ni podían eliminarlo de la faz del país; y que ni los negros más locos o aviesos podían siquiera pensar en una Cuba negra, o donde tuviera preponderancia el negro, y que, incluso, la “clase de color” —lo mismo por carencia de recursos que de preparación, así como por otras circunstancias nada despreciables—  no estaba en condiciones de forzar a la clase dirigente del futuro país a otorgar y garantizar el ejercicio de todos los derechos del negro. Mínimo, pues, el número que pudo prever que la verdadera batalla de la raza, no ya en la independencia y el rechazo al racismo y la discriminación racial, sino que, igual habría que librarla dentro de la propia clase de color: con la elevación del hombre negro por medio, principalmente, de su propia y múltiple superación, ganándole al racismo espacio tras espacio, en la sociedad cubana. Así pues, el movimiento reivindicador del negro se vio en el territorio santiaguero —en otros sitios, también, por supuesto— abocado ante dos tendencias, dos corrientes: la radical y la moderada.

Un factor que favoreció la prelación por la corriente más tajante fue el fin de la Guerra de 1895-1898, en cuya epopeya —conjuntamente con muchos héroes blancos—  llegaron al pináculo de la gloria muchos representantes de la raza negra, mártires y sobrevivientes; tales como: los hermanos Antonio y José Maceo Grajales, Guillermón Moncada Veranes, Jesús Sablón (Rabí) Moreno los hermanos Agustín, Juan Pablo y José Candelario Cebreco Sánchez, Pedro Díaz Molina, José Francisco Lacret Mourlot, Quintín Banderas Betancourt, Vidal y Juan Eligio Ducasse Revé, Florencio Salcedo, José González Planas, Alfonso Goulet, Luis Bonne, Prudencia Martínez Hechavarría, Victoriano Garzón, Manuel La’O Jay, Pedro Ivonnet Dofourt, José Francisco Camacho Viera, Guillermo Pérez, Valeriano Hierrezuelo, Alfredo Despaigne, José Dolores Asanza Millares, Ramón Risco Cisneros, Evaristo Lugo, Lorenzo González, Juan de León Serrano, Félix Ruenes y tantos otros, generales y coroneles que harían una lista casi interminable. Esa gran ofrenda patriótica reforzó su creencia de que Cuba libre, soberana, republicana y democrática haría justicia a la raza negra, favoreciéndola con el ejercicio de todos sus derechos.

No fue así: si alcanzaron unos; muchos otros, no; algunos negros llegaron más alto y más lejos; otros quedaron en el subsuelo y hasta retrocedieron; como fueron los casos de centenares de mambises — “de color”, en su inmensa mayoría—, que beneficiados en 1878-79, cuando la “mensura que hizo Guillermón”, y por otras entregas, con el usufructo de algunas parcelas, padecieron desalojos y retaliaciones de geófagos y del gobierno. Los ejemplos son numerosos: decenas de vecinos de El Dorado, Palma Soriano (1903); de la familia del capitán y mártir invasor Anselmo Cáyamo, a la entrada de El Cobre; de los vecinos de San Leandro, que sufrieron las usurpaciones del integrista Cástulo Ferrer, entre 1878 y 1895, y de los Almeida, en los liminares de la República; los 200 veteranos mambises del propio El Dorado, Santa Bárbara y Monte Dos Leguas, liderados por el coronel Nicolás Lugo, que tuvieron que enfrentar los intentos de desalojo, en 1911, como lo estaban haciendo otras decenas de veteranos libertadores de Songo y de La Maya; por solo señalar esos casos concretos.

Así pues, persuadida por varias razones, refugiada en la épica del papel de los negros durante las tres guerras separatistas y de los merecimientos consecuentes, sobreestimando en mucho su propia fuerza, e inspirada, a no dudar, por el “Movimiento Niágara” de los negros norteamericanos (inicios y estructuración 1905-1908), que postulaba y promovía un activismo que validaba hasta la violencia en el reclamo de los derechos; por todo eso y más, una gran masa de los reivindicadores negros en Santiago de Cuba, optaron por la línea radical en los reclamos y/o conquista de derechos, ante los grandes abusos y abrumadores olvidos a inicios de la República.

Militaron o concomitaron con esa tendencia, muchos mambises surorientales, entre ellos algunos ilustres, como fueron los casos de los coroneles Pedro Ivonnet Dofourt y Enrique Fournier Leuville, así como el teniente coronel Julián V. Sierra, el comandante Carlos Pillot Blaterau, los cuatro invasores a occidente con el general Antonio Maceo; el capitán Saturnino Cos Riera, los tenientes Evaristo Estenoz, Julio Antomarchí y Antomarchí, el sargento Juan Bell, y los veteranos Loreto Vega, Isidoro Santos Carrero, Agapito Savón, Abdón Rispoll y Germán Luna, cuyas graduaciones no han podido establecerse. Casi todos salieron de las filas de los partidos Conservador (Moderado) y de las varias fracciones del Liberal, arrastrando consigo a miles de seguidores. No se le integró la mayoría del mambisado negro, ni sus jefes más brillantes, e, incluso, dos de esos relacionados —Fournier y Sierra— se apartaron de la corriente radical tras la aprobación de la Enmienda Morúa. Tampoco les secundó la mayor parte de la población negra, aunque gozó de gran simpatía entre esta.

Estos líderes militares y otros civiles de cultura y arraigo —incluso de varias zonas del país, especialmente de la capital—  estuvieron bajo la dirección de Evaristo Estenoz Coromina, el máximo promotor de la agrupación y del Partido Independiente de Color, que para él significaba: “independientes de los liberales y de los conservadores”. Hijo de una negra criolla y de un francés, nació en la jurisdicción de Guantánamo —según algunas fuentes; otras señalan la de Santiago de Cuba— hacia 1860. Residía en la emigración cuando respondió a la exigencia patriótica, y vino como expedicionario del Three Friends, que bajo el mando del entonces coronel Rafael Portuondo Tamayo, desembarcó por la playa de Baconao (50 km al este de Santiago de Cuba), el 30 de mayo de 1896, sirvió en las filas del 1er. Cuerpo, bajo el mando del general José Maceo Grajales; pero, finalmente, pasó a servir al Quinto Cuerpo del general José María Aguirre, en cuyo Cuartel General concluyó la guerra, con el grado de teniente del Ejército Libertador. Dedicado al negocio (contratista) de la construcción en la capital, se tiene la certeza de que, desde 1907, intentaba formar un partido de morenos y pardos cubanos, lo que al fin pudo lograr el 7 de agosto de 1908 en consonancia con varios de los mambises negros citados arriba y varias figuras civiles de color, como Gregorio Surín, Antero Valdés y Juan Coll, entre otros, con quienes fundó, además, el órgano de la agrupación, el periódico Previsión, y con quienes presidió el primer mitin, una semana más tarde, desaforadamente boicoteado por entes del Partido Liberal en La Habana. Él fue la voz principal del Programa del Partido Independiente de Color y, por ende, de su contenido, tan progresista como demasiado abarcador y pretencioso; por demás, inviable para su época; una carta de intención, y no una hoja de ruta.

También fue él, ante las numerosas calumnias de la propaganda oficial y oficiosa —tan sucia y venenosa como cuando las campañas de Polavieja—, quien, al denunciar la negativa de los dueños de un hotel capitalino de servir a un negro, escribió en el Previsión: “Todo hombre de color que no mate instantáneamente al cobarde que lo veje en un establecimiento público, es un miserable indigno de ser hombre, que deshonra a su patria y a su raza.” Desatino exagerado y peligroso,  craso error que alejó demasiado de su causa a los reivindicadores negros moderados, que sirvió como justificación al gobierno de José Miguel Gómez para clausurar, confiscar el periódico y arrestar al propio Estenoz; así como para alentar mayores odios del racismo blanco, insuflado por “nuevas”, “sorprendentes” y “apodícticas” revelaciones, condensadas en viejísimos y falso estereotipos; tales como: “Resuelto el misterio: el negro es una bestia”, “el negro más superior debe ser considerado inferior al blanco”, “el propósito de los negros es acabar con la civilización blanca”, etcétera, etcétera, etcétera... No menos erróneo —ya como cálculo político, ya por la herida que iba a infligir— fue llevar al PIC a un alzamiento, so pretexto de que se habían cerrado todas las demás vías, y no obstante las declaraciones de sus principales líderes de que no era una guerra contra los blancos. No importa si fue más como factor de presión que como guerra en sí; o si se hizo para provocar —quizá— un estado de cosas tal, que condujese a una nueva intervención norteamericana, con la esperanza —tal vez— de que esta suprimiese la Enmienda Morúa, toda vez que fue el gobierno interventor de Charles Magoon el que reconoció al PIC. Serían rasgos de puro infantilismo creer que, en medio de aquella aberrante propaganda, el alzamiento se quedaría en una mera algarada y ya, o que los EE.UU., salido de una reciente intervención en la Isla, la acometerían de nuevo, sin alentar antes al gobierno nacional la más ruda, masiva y eficaz represión contra el movimiento insurgente negro.

Estas consideraciones podrían ser suficientes para condenar la guerra declarada por el Partido Independiente de Color, el 17 mayo de 1912, como el mayor sin sentido que se pudiera cometer entonces; mucho más, si se analiza el escenario de las acciones y se toma en cuenta que tan solo eran cientos de negros provistos de pocas y obsoletas armas, sin municiones casi, con la oposición —o la indiferencia, en el menor de los casos—  de la mayor parte de los de su raza, y frente a un ejército y milicias más numerosos, disciplinados, mejor armados (comprendidas artillería pesada y modernas ametralladoras) y municionados; todo lo cual trajo como consecuencia la derrota, y una retaliación carnicera, con miles de asesinados —alzados o no, sospechosos o no— por parte de las fuerzas gubernamentales y de los “voluntarios”, que incluyó la eliminación física deliberada de Estenoz (28 de junio), del general de división del Ejército Reivindicador (ER), Pedro Ivonnet (12 de julio), su ayudante, el comandante mambí Domingo Romero Quintana, y de otros jefes alzados, cual fueron los casos de Loreto Vega y Juan Bell, en Songo y La Maya, y otros lograron salvar la vida con sus presentaciones con garantes de vida; entre ellos el brigadier (ER) Julio Antomarchí, en El Cobre, y del coronel (ER) Carlos Pillot, en Palma Soriano.

Decir que tan horripilante masacre no tuvo razón de ser, que se pudo debelar la asonada con la fuerza, sin llegar al extremo de asesinar entre tres mil y cinco mil negros, de apresar a cientos de inocentes y reconcentrar a miles de pobladores, es señalar algo tan razonable como alejado de los presupuestos políticos de aquella brutal represión, porque —no importa cuán inhumano resultara, al cabo— el objetivo era ese: la masacre que aterrorizara a los hombres de color, y los desalentara en cualquier aspiración de exigencia. Y si, a favor de una duda razonable, se admitiera que la meta no hubiese sido tal, es innegable que las pasiones desenfrenadas por la propaganda gubernamental y de todos los racistas blancos liberaron de todo escrúpulo los más bajos instintos y entronizaron los rencores, habidas cuentas los odios, en general, y los sociales, en particular, nunca son racionales y suelen concluir en orgía de sangre.

El racismo blanco fue culpable de aquella matanza horrible, estúpida e injustificable; pero no pueden eximirse de responsabilidad histórica los directivos del PIC, por la descabellada decisión del alzamiento, precedida por declaraciones muy provocadoras y siniestras, desde las páginas de Previsión, y en algunos discursos de portavoces de esa colectividad, con los cuales dieron alimento suficiente al fanatismo criminal de los blancos racistas; como tampoco —aunque en menor grado, claro está— los centenares de miles de negros —comprendidos muchos moderados— que, en su correcto distanciamiento de la insurgencia racial, fueron, a la vez, demasiado indiferentes ante la terrible matanza. En tal sentido, los jefes mambises: Jesús Rabí, Agustín y Juan Pablo Cebreco, Valeriano Hierrezuelo, Alfredo Despaigne Bonne, Evaristo Lugo, Ramón Risco, José de la Cruz Puente Sánchez, Eusebio Magaña, Miguel Balanzó, Adeodato Carvajal, José Dolores Asanza Millares, Emilio Guillart, Ruperto Portes Mena, Aniceto Serrano, Manuel Ferrer Cuevas y los Nápoles Vivar; así como también los más destacados talentos negros en la sociedad civil: Juan Tranquilino y Juan Bautista Letapier Rengifo, José Agustín Lafourié, José Diego Prudencio Dupín, Francisco Audivert Pérez y sus hijos: Francisco, Santiago y Juan Antonio Audivert Tibeau; José Canuto Vantour, Santiago y Benjamín Bonne, Fidel Núñez Jústiz, José Teodoro Prior, José Guadalupe Castellanos González, Longino Alonso Castillo, Américo y José Gregorio Portuondo Hardy, Gonzalo Cabrales, José Fatjó Spech, Pedro Duany Méndez (“Saulo de Tarso”), fueron los elementos negros más visibles e influyentes de los primeros tres lustros de vida republicana en Santiago de Cuba, y tal vez pudieron desempeñar un papel para intentar contener en parte aquella barbarie, sin medir el riesgo de ser reprimidos también.

No era fácil desestimar su potencial, pues no solo tenían, los primeros, los grandes méritos y glorias de la guerra, y el peso de algunos cargos públicos importantes, sino que los segundos, también, eran personajes de cualidades, estimación y mucho arraigo. Por ejemplo: Juan Tranquilino Letapier, capitán mambí, sobresaliente también en la emigración revolucionaria, fue el primer negro graduado de abogado en Cuba; Lafourié seguía siendo uno de los principales mentores de la raza, conjuntamente con Prior, Audivert, Dupín, Vantour, Santiago Bonne y Fidel Núñez Jústiz, quienes desde los salones del Casino Popular, primero; luego, desde la Filarmonía Provincial, el Casino de Santiago de Cuba, la sociedad El Progreso (cuyo lema era: “Por la Escuela”), El club La Idea, el gremio de Tabaqueros, y, ya en la República, Luz de Oriente, aportaron el apostolado de la superación racial y la lucha por la igualdad, por medios moderados y pacíficos. El propio Audivert había sido no solo presidente del Casino de Santiago de Cuba (1890), sino concejal en la República, tercer teniente alcalde y representante a la Cámara. Sus hijos Francisco y Santiago eran jóvenes abogados —como Américo Portuondo Hardy— y dirigente tabaquero, el otro, Juan Antonio. Teodoro Prior (hijo) era destacado y reconocido educador y abogado; Castellanos González y José Gregorio Portuondo Hardy, a su vez, eran médicos; Alonso, agrimensor y político local, y Fatjó, Cabrales y Duany Méndez, escritores muy distinguidos, entre no pocos más. Tampoco era sencillo para ellos, en medio de tanta ebriedad racista, tanta arbitrariedad oficial y saña  general, enfrentar esos prejuicios sociales sin comprometer la posición moderada.

Independientemente de todas esas consideraciones anteriores, ellos, habidas las cuentas, eran los portadores genuinos del ideario y del apostolado de Antonio Maceo, quien no vio obstáculo alguno en expresar abiertamente el orgullo de ser negro: “Y como el exponente pertenece a la clase de color, sin que por ello se considere valer menos que los otros hombres […]”, o, 14 años después: “El día en que los negros —porque en realidad no tienen otro color— no se pongan bravos porque les digan negros, ese día […]  quedará salvada la raza” y, a la vez, defender la integración y unidad de las razas: “La unión cordial, franca y sincera de todos los hijos de Cuba […] el ideal de mi espíritu y el objetivo de mis esfuerzos.” A los blancos, les decía: “Ved lo que los hombres de la raza negra hacemos a vuestro lado: ayudaros con esta obra de abnegación y patriotismo, para la conquista de la libertad y los beneficios de la democracia”. Y a los negros, a sus congéneres de raza, les decía: “—Vais a crecer y os vais a desarrollar con la libertad, pero por vuestro propio esfuerzo y merecimiento; tenéis que conquistar la admiración de vuestros hermanos, para que os den, después de esa admiración, el cariño, y así es como se establecerá entre vosotros el imperio de la confraternidad—.” Y, también: “No pidan nada por el color de su piel; todo es preciso obtenerlo por imperio de las virtudes”.

En otra ocasión dijo a Martí: “[…] condenaré […] todo paso que se pretenda dar fuera de la órbita de las leyes, que estamos todos en el deber de respetar y hacer cumplir. Protestaré asimismo, y me opondré hasta donde me sea posible, a toda usurpación de los derechos de una raza sobre otra.” Maceo, verdadero inspirador —junto con Juan Gualberto Gómez y (por qué no) a Martín Morúa Delgado— del ala moderada en el movimiento reivindicador del negro en Cuba, tuvo ese sueño, 80 años antes que Martin Luther King…

 
 
 
 
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.