La Habana. Año X.
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Una crítica desafortunada a un libro necesario
Elier Ramírez • La Habana

Hace varios meses que estaba deseoso de escribir acerca de la protesta del Partido Independiente de Color (PIC) en 1912 y de la brutal masacre a que fueron sometidos sus miembros y simpatizantes por las autoridades cubanas de  la época. Después de haber leído prácticamente de un tirón el más reciente libro de Rolando Rodríguez, acerca de esta temática, me sentía impulsado a redactar varias líneas al respecto y hacer al mismo tiempo una valoración de esta obra, como lector permanente que soy de todos los libros de este historiador. Múltiples tareas y responsabilidades me lo habían hecho imposible. Sin embargo, luego de leer la crítica del escritor cubano Guillermo Rodríguez Rivera a este libro, bajo el título “Un libro equivocado” y que apareció en varios blog cubanos,1 me fue imposible evitar dejar todo lo que estaba haciendo y dedicarme a escribir una especie de respuesta al trabajo de Rodríguez Rivera, que me parece muy desajustado en relación con lo que hace muy poco tiempo leí en La conspiración de los iguales. La protesta de los Independientes de Color en 1912.2 Mi mayor preocupación es que algunos lectores se formen un criterio negativo de este libro siguiendo la mala costumbre de no ir a la fuente original de la que se está hablando, para sacar sus propias conclusiones. Mi principal propósito con estas líneas, además de aprovechar para dar mi opinión, es motivar a que se lea el libro y no se conformen los lectores con los juicios de los que ya lo han hecho, incluyendo los míos.

Realmente la crítica que Guillermo Rodríguez Rivera hace al libro de Rolando Rodríguez, la cual transpira, a mi juicio, un sesgo de ataque personal más que de análisis histórico, podría resumirse en una o dos cuartillas. Rodríguez Rivera podía haberse ahorrado las 17 páginas que dedica a describir los infames acontecimientos ocurridos en 1912, los cuales han sido ya tratados por varios investigadores cubanos.

No sé de dónde sacó este crítico que Rolando Rodríguez pretendía hacer una analogía entre el movimiento conspirativo de Francois Noel Babeuf en Francia a fines del siglo XVIII y el alzamiento del Partido Independiente de Color en la Cuba de 1912. El hecho de que el libro del historiador cubano lleve el título La conspiración de los iguales, se debe simplemente a que lo consideró atractivo para su obra. Ciertamente hubiera hecho falta una aclaración del autor en las palabras introductorias, para evitar tan festinadas elucubraciones. Mas, Rolando Rodríguez no es el único escritor que juega con los títulos, Raúl Roa acostumbraba también a esta práctica. Por ejemplo tomó prestado parte del título de un excelente libro de John Reed, Los diez días que estremecieron al mundo, para titular un ensayo suyo: Los diez días que conmovieron a Franco.3 Podrían ponerse muchísimos ejemplos más.   

En su texto Guillermo Rodríguez Rivera señala que “la imposición de la Enmienda Platt generó un sentimiento de dignidad herida, de humillación, que quedó en el alma de los cubanos”.4 Sin embargo, cuando cita —de manera incompleta y descontextualizada, para tratar de forzar sus preelaborados juicios—  algunos fragmentos de los documentos utilizados por Rolando Rodríguez en su libro que demuestran las comunicaciones que  establecieron erróneamente los líderes del PIC con el gobierno de los EE.UU. pidiendo que mediara a su favor, obvia que el 18 de octubre de 1910 Francisco Caballero Tejera e Isidoro Santos Carrero y Zamora, presidente y secretario, respectivamente, del comité ejecutivo provincial, de Santiago de Cuba, del PIC, en carta enviada al presidente de los EE.UU., William Taft, se refirieron a la Enmienda Platt como una “visionaria medida” introducida por el “prudente gobierno” de los EE.UU. en la constitución cubana.5 ¿Acaso ese planteamiento no constituía una bofetada en el rostro del sector patriótico más avanzado de la sociedad cubana? ¿No significaba eso ahondar la humillación y la dignidad herida de los cubanos? Tampoco hace referencia Rodríguez Rivera al mensaje que el más distinguido líder del PIC, Evaristo Estenoz, envió al Departamento de Estado de los EE.UU. por conducto del cónsul de ese país en Santiago de Cuba, Holaday, en la que señalaba: “…deseo aclarar que antes de ser gobernados por los cubanos como en el pasado, sería mucho más preferible ser gobernados por extraños”.6 ¿Y no sobraría preguntarse si esos extraños no eran otros que los norteamericanos? Estenoz finalizó el mensaje de una manera deplorable al mostrarse partidario de la intervención del gobierno de los EE.UU. en la Isla: “esperamos que el pueblo de los EE.UU. comprenda nuestra posición y estudie el asunto exhaustivamente antes de convencerse de la necesidad de la intervención”.7 ¿No se sabía que en el lenguaje imperial esta intervención era sinónimo de ocupación? Es cierto, como dice Rodríguez Rivera, que no podía hablarse en aquellos momentos de una convicción antimperialista generalizada —aunque el llamado despertar de la conciencia nacional de la década de los 20 fue un proceso paulatino que empezó desde mucho antes—, pero había muchos cubanos que detestaban la intromisión del gobierno de los EE.UU. en los asuntos insulares. Sépase que ya existía un sector revolucionario mucho más avanzado políticamente. Evidentemente, los líderes del PIC no estaban entre ellos, al menos en lo que respecta a la comprensión de lo que era el imperialismo yanqui y el daño que hacía a la independencia de la Isla, la funesta Enmienda Platt, así como la injerencia de Washington en todos los asuntos cubanos. Resulta además inaudito cómo Evaristo Estenoz, que en 1905 había visitado los EE.UU. en compañía del escritor Rafael Serra, para estudiar la situación de los negros en aquel país,8 no comprendió que del racista gobierno estadounidense nada podía esperarse a favor de los oprimidos y discriminados negros cubanos.    

Guillermo Rodríguez ataca el libro de Rolando Rodríguez por cargar la mano contra los Independientes de Color, pero cualquiera que conozca toda la obra de este historiador y la seriedad y profundidad científica con la que aborda la historia de Cuba, se dará cuenta al leer la Conspiración de los iguales, que Rolando Rodríguez no se ciega ante las pasiones y por mucho que le duela en ocasiones la verdad que se desprende de la copiosa documentación que maneja, no puede eludir ponerla por escrito. Él es fiel a la máxima de Lenin de que “la verdad es siempre revolucionaria”. En libros anteriores de Rolando Rodríguez, se puede ver cómo algunas de las personalidades de nuestra gesta libertaria del XIX —aún vistas por muchos cubanos como patriotas inmaculados—, después de tejer sus historias maléficas y conductas taimadas a través de documentos reveladores, recibieron las más fuertes críticas del autor. En ese caso se encuentran figuras como: Manuel de Jesús Calvar —último presidente de la República en Armas durante la gesta del 68—, Gonzalo de Quesada y el General Julio Sanguily.9

Al parecer, Guillermo Rodríguez Rivera se saltó las numerosas páginas que están dedicadas en la Conspiración de los iguales a exponer el profundo racismo y la discriminación racial que se instauró desde los primeros momentos en la república neocolonial burguesa, pues no se explica cómo puede llegar a señalar que “Rolando Rodríguez no ve la existencia del racismo como una entidad importante en aquella república, condicionada desde sus inicios por la intervención norteamericana”.10 Pareciera también que leímos libros distintos cuando categóricamente asevera: “La conspiración de los iguales explica e implícitamente justifica la brutal represión, apelando a lo que cabría llamar motivos de seguridad nacional”. Y más adelante cuando afirma: “El libro no le atribuye al presidente Gómez —máximo responsable de la represión— la culpa en los asesinatos del general Ivonnet y de Evaristo Estenoz”.11 La falsedad de estos planteamientos se demuestra en varios análisis que el autor hace en el propio libro. En este dice:

“Sin duda, aquella guerrita pudiera calificarse de forma contradictoria. No puede dudarse que desde el punto de vista de frenar la bota yanqui, Gómez merece un reconocimiento por tratar de enfrentar la ocupación de EE.UU., que indudablemente amenazaba con destruir la república de Cuba. Pero desde el punto de vista de la atroz represión de los cubanos negros, aun con el error cometido por los Independientes de Color al sublevarse para exigir un derecho, a Gómez se le olvidaba que aquellos negros eran ante todo cubanos y que cubano era más que blanco y más que negro”.12

“Como se desprende de algunos pasajes de los documentos de la época sobre las relaciones entre Cuba y EE.UU., como es el caso de algunos mensajes cursados durante la sublevación de los Independientes de Color, el gobierno de Gómez no se comportó como un subordinado de los EE.UU. y distó un buen trecho de la actitud a favor del protectorado de la administración de Estrada Palma. Mas, esto no nos hará perdonar su culpa, cuando pudo haber detenido aquella lamentable guerrita y evitado la muerte de tantos dignos cubanos, de tantos hermanos, y no lo hizo”.13 

Guillermo Rodríguez Rivera demuestra poca profundidad en el conocimiento de la historia de la Cuba republicana, especialmente del período presidencial de José Miguel Gómez (1909-1913), cuando para justificar las solicitudes de los líderes del PIC pidiendo la intervención y mediación del gobierno de los EE.UU. manifiesta: habría que decir que el jefe del imperio era entonces el “juez supremo” de los asuntos cubanos.14 Parece el crítico criticado decir que solo a este podían reclamar los Independientes de Color. Esto es un criterio totalmente equivocado, los Independientes de Color podían haber recurrido a sus propios esfuerzos y con una táctica y estrategia suficientemente inteligentes unir a todos los cubanos negros y blancos más progresistas de la nación y luchar por sus derechos y de paso por una Cuba mucho más libre y soberana de los EE.UU., sin pedirle que fueran mucho más allá de las circunstancias históricas que estaban viviendo. Tómese en cuenta que esa posibilidad existió desde 1908, cuando la dirección de la Junta Patriótica: Salvador Cisneros Betancourt, Manuel Sanguily y Carlos García Vélez, visitaron a Estenoz para proponerle una unión de las fuerzas de dicha junta y las que integraban en ese momento la Agrupación Independiente de Color —aún no habían tomado el nombre de PIC—, pero al final no se llegó a nada.15 La Junta Patriótica era un grupo político que propugnaba la lucha contra la ocupación de la Isla y la Enmienda Platt y había sido fundada por Salvador Cisneros Betancourt.

El  programa del Partido Independiente de Color fue el más revolucionario y avanzado desde el punto de vista social que se había presentado por partido político alguno en la República, pero haber puesto su confianza en el mayor enemigo de la independencia cubana, no fue el único error del PIC. Como bien señaló Portuondo Linares: el nombre del partido y las limitaciones que practicaron en lo referente al ingreso y la promoción a cargos dirigentes (…) de ciudadanos blancos y otros sectores de la población cubana a quienes apuntaba su programa y recogía sus reivindicaciones, fueron sectarias, limitadoras y dieron al partido la fisonomía de entidad de una raza y no el carácter ampliamente popular, que era lo que cabía frente al mero electoralismo característico de los partidos Liberal y Conservador”.16 Al respecto, apunta Rolando Rodríguez: “Desde luego, haber cambiado el nombre y admitir más blancos en la dirección hubiera constituido un beneficio neto para Cuba y los cubanos tanto los de piel negra, como los blancos. De esa forma, hubieran conseguido acercar el partido a convertirse en un movimiento popular, con un programa atractivo que, tal vez, hubiera podido desplazar a los partidos tradicionales y atraído a los negros de renombre que les comenzaron a hacer oposición, como Juan Gualberto Gómez y Silverio Sánchez Figueras”.17 

Es cierto que la independencia de Cuba había sufrido profundos y lamentables recortes con la Enmienda Platt y Cuba había sido convertida en una neocolonia yanqui en la cual los presidentes de turno debían ser simples marionetas del imperio, pero de lo que quisieron los yanquis a lo que realmente sucedió en muchos ocasiones hay un buen trecho. José Miguel Gómez y, sobre todo, su secretario de Estado, Manuel Sanguily, se convirtieron en figuras muy incómodas para el gobierno de Washington, pues su actuación en varias oportunidades atentó contra los intereses estadounidenses.18 Por eso los EE.UU. apoyaron abiertamente a Mario García Menocal cuando este se postuló para la presidencia. Sabían sería un presidente mucho más dócil y pro gringo, con intereses económicos muy ligados a los norteamericanos. “Gómez estaba a años luz de Sandino”, pero no era un Estrada Palma o un Menocal, y los reproches que le hizo a Washington —escritos evidentemente por Manuel Sanguily—, no fueron nada suaves a la hora de defender la dignidad cubana, ahí están como constancia de eso los documentos citados en La conspiración de los iguales. “José Miguel Gómez gobernó en lo posible alejado políticamente de los imperialismos”, destacó Julio Antonio Mella en 1925 en su trabajo “Cuba, un pueblo que jamás había sido libre”.19 

Pero además, cómo se puede tratar de justificar la actitud del PIC respecto a Washington, señalando que ese país era el “juez supremo”, cuando por otra parte el pueblo cubano, en su inmensa mayoría, no aceptaba que los EE.UU. fuera quien rigiera los destinos de la Isla y desafiaba constantemente su hegemonía. Acaso se le olvida a Guillermo Rodríguez Rivera que la segunda ocupación de los EE.UU. en la Isla de 1906 a 1909, había lacerado hasta lo más hondo el alma de los cubanos patriotas y que estos no podían ya aguantar otra humillación como esta. Pero, además, ¿sería incierto decir que los dirigentes del PIC, los negros cubanos, se estaban dirigiendo al país más racista del mundo?

No obstante, hay que señalar que si bien el alzamiento de los Independientes de Color fue un error, así como su confianza en el gobierno estadounidense, la represión a la que fueron sometidos los integrantes del PIC por el gobierno de Tiburón, más que un error, fue una masacre infame, un crimen horrendo que jamás cubano alguno podrá perdonar. Esta idea también la defiende Rolando Rodríguez en La conspiración de los iguales.

Como mismo Rolando Rodríguez alaba como dignas las cartas enviadas por el gobierno de José Miguel Gómez a Washington rechazando su injerencia en la Isla, no deja de hacer una aguda crítica al seguramente redactor de estas misivas: Manuel Sanguily, cuando en una de ellas, este injuria a los negros cubanos alzados: “La carta a ratos muy digna, en otros resultaba condenable, cuando acudía a denigrar a los negros cubanos; por ejemplo, cuando hablaba de la explosión de barbarie de aquella insurrección de hombres que, aunque de forma equivocada, solo habían acudido a la insurrección para reclamar derechos que les habían sido conculcados por ambiciones de políticos blancos. ¿Por qué se olvidaba que la tozuda obstinación de mantener la Enmienda Morúa había provocado la insurrección de los Independientes de Color? Incluso, injustificadamente, con dejos racistas, el secretario de Estado llegaba a afirmar que los negros habían sentido “rencor de la raza hacia sus compatriotas blancos, que tanto y tan imprevisora como afectuosamente los habían halagado y enaltecido”.

¿Sanguily desconocía que los negros no tenían apenas derechos a ocupar puestos honrosos en la administración y, por ejemplo, en el mismo servicio exterior que manejaba su secretaría no había prácticamente negros, si no era en puestos subalternos? ¿Era esa la forma en que se halagaba y enaltecía a los ciudadanos negros?20

La seriedad de Rolando Rodríguez como investigador histórico y su abnegación por no dejar de la mano ninguno de los matices a la hora de valorar a una personalidad, acontecimiento o proceso histórico, hacía imposible que dejara de hacer ese análisis sobre la postura de Manuel Sanguily, digna por un lado y condenable por racista por el otro.

Según Rodríguez Rivera el libro La conspiración de los iguales, “reclama a los Independientes una visión que no podían tener y que muy pocos cubanos podían tener entonces”.21 Es cierto que no podía buscarse en ellos un Villena, un Mella, un Guiteras, pero lo que Rolando Rodríguez les reclama en La conspiración de los iguales, no es la visión que llegaron a tener estos últimos, sino al menos que estuvieran en sintonía con el pensamiento promedio de los cubanos que se indignaban con la injerencia yanqui en nuestros asuntos22 y que hubieran utilizado medios más clarividentes para unificar al sector patriótico de la sociedad cubana. Si desde hoy se les puede reclamar esta visión es porque en su época otros hombres la tuvieron. No fue nada fortuito que ningún dirigente negro destacado, entre ellos Juan Gualberto Gómez, Rabí, Cebreco, Pedro Díaz, brindara su apoyo al PIC, tampoco que el Club Aponte, de La Habana, después de un fuerte debate sobre la pertenencia de sus integrantes al partido y para evitar se les acusase de racistas, optara por expulsarlos de esa sociedad.23 El Consejo de Veteranos y Patriotas tampoco apoyó la causa de los Independientes de Color y sus gestiones para lograr que el PIC cambiara el nombre del partido para evitar se le condenara de racista, fueron todas infructuosas. No obstante, la participación que algunos veteranos tuvieron en la represión a los alzados me parece execrable, en todo caso debían haberse enfrentado al gobierno para que levantara de una vez la Enmienda Morúa, que había ilegalizado la existencia del PIC y presionar para una salida negociada lo antes posible. Todos estos elementos que negaron el apoyo al PIC consideraban —ya fuera de manera sincera o por puro oportunismo político— que la existencia de un partido de raza dividía a la sociedad cubana.

Claro que es fácil desde la actualidad señalar los errores que cometieron, esa es la ventaja que posee el historiador cuando analiza un acontecimiento o proceso histórico en el devenir del tiempo, pues las consecuencias de los mismos muchas veces no llegan a ser conocidas por los sujetos participantes. No podemos renunciar a esa prerrogativa. La idea de que no se puede juzgar el pasado con criterios del presente fue uno de los axiomas universales establecidos por la historiografía burguesa que por suerte la historiografía marxista ha ido venciendo. Si no conocemos y analizamos los errores cometidos de las generaciones que nos antecedieron, cómo salvarnos de no cometerlos nosotros mismos.

Los medios que emplearon los Independientes de Color para alcanzar sus objetivos, sumado a su ingenuidad política de confiar en los estadounidenses, llevaron a que la causa justa que defendían, la igualdad racial, lejos de avanzar, se retrasara —al menos por un tiempo— y ello lo sufrió la sociedad cubana en su conjunto, blancos y negros. Todavía hoy, a más de 50 años de Revolución Cubana, estamos luchando por eliminar definitivamente el racismo y cualquier forma discriminatoria en nuestro país. Esa lucha debe continuar con ahínco y decisión, estamos en los mejores momentos para ello, pero las columnas históricas para esa batalla trascendental debemos seleccionarlas bien para que no se nos caiga el hermoso edificio que estamos empeñados en construir. 

El destacado investigador cubano Esteban Morales Domínguez, que ha hecho extraordinarios aportes al estudio de la problemática racial en Cuba, escribió un excelente ensayo sobre este tema titulado: Frente a los retos del color como parte del debate por el socialismo, donde distingue dos posiciones enfrentadas entre sí ante el problema racial cubano en la contemporaneidad:

Una posición considera que los problemas raciales en Cuba, son  responsabilidad del gobierno cubano, supuestamente, debido a la ausencia  de una política de derechos humanos, democracia y libertades civiles para los negros. Para esta línea  de pensamiento, los líderes de la Revolución son racistas, particularmente Fidel Castro, que según estos, no ha atendido el problema racial con vistas a solucionarlo. Comparten el tema racial,  dentro de posiciones políticas más generales, llamadas “disidentes”, y como podría observarse con claridad, al leer sus documentos, montan la crítica del tratamiento del racismo en Cuba, sobre los mismos pilares de la crítica de la política norteamericana hacia la Isla. Se observa en ellos, cierta tendencia  a no reconocer la obra de la Revolución con los negros y mestizos y sujetan la solución del problema racial a la posibilidad de un cambio del régimen político en Cuba. Lo cual, esencialmente, los convierte en partidarios de la confrontación  política que EE.UU. despliega, en su búsqueda de un cambio de régimen en la Isla.” 

La otra posición parte de los avances logrados por la Revolución, critica sus errores en el tratamiento del tema: como la falta de un debate más amplio, la ausencia del tema en la educación, el no haber considerado, desde el principio, a la variable ‘Color de la Piel’, como una variable de diferenciación social en Cuba, lo cual habría permitido una política social más ajustada a las desigualdades que aún permanecen; la falta de un sistema estadístico que refleje mejor los problemas sociales y económicos según el color, permitiendo hacer mejores investigaciones. Sin embargo, al  mismo tiempo, los partidarios de esta línea, consideran que los negros han avanzado mucho y que si no hubiera habido una Revolución en Cuba, estos últimos habrían tenido que hacerla para haber alcanzado lo que han logrado hasta hoy. Por lo que consideran que el camino de  las soluciones, está en profundizar el socialismo, desarrollando dentro del mismo un debate, en  el que los problemas de la “raza”, formen parte del proceso de perfeccionamiento de la sociedad cubana actual. No aceptando, bajo ningún principio, que un cambio del régimen político cubano pudiera beneficiar a los negros y mestizos, al no considerar que existan razones, ni un paradigma, que  justifique  una posición  política de esa naturaleza”.24

Los partidarios de la primera posición referida anteriormente, dentro de la cual por suerte no se encuentra incluido el escritor Guillermo Rodríguez Rivera, no le perdonarán jamás a Rolando Rodríguez haber escrito este libro, pues al poner al desnudo la ingenuidad de los Independientes de Color al confiar en el gobierno de los EE.UU. como supuesto defensor de sus intereses, está condenando a los que hoy están haciendo lo mismo, pero en este caso sin ingenuidad política alguna.

Por último, puede decirse que Rolando Rodríguez buscó demostrar que por los caminos de violencia de los Independientes de Color y por el acercamiento a los yanquis, solo se lograría la división de la sociedad cubana. Esa que los agentes del imperialismo, desde su Oficina de Intereses, tienen impuesta como primera tarea para lograr destruir la Revolución Cubana.
 

Notas:

1- Véase Guillermo Rodríguez Rivera, Un libro equivocado, en: http://segundacita.blogspot.com/2011/12/un-libro-equivocado.html

2- Rolando Rodríguez, La Conspiración de los iguales. La protesta de los independientes de Color en 1912, Imagen Contemporánea, La Habana, 2010.

3- Véase Raúl Roa, Diez días que conmovieron a Franco, en: 15 años después, La Habana, 1950, p.524.

4- Guillermo Rodríguez Rivera, Ob. Cit.

5- Rolando Rodríguez, Ob. Cit., pp.10-11.

6- Ibídem, p.13

7- Ibídem.

8- Ibídem, p.100.

9- Véase en obras de este autor como: Bajo la piel de la manigua, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1996, La forja de una nación, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2005, (tres tomos), Cuba: las máscaras y las sombras. La Primera Ocupación, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2007 (dos tomos) y República de Corcho, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2010 (dos tomos)

10- Guillermo Rodríguez Rivera, Ob. Cit.

11- Ibídem.

12- Rolando Rodríguez, Ob. Cit., pp.350-351

13- Ibídem, pp.351-352.

14- Guillermo Rodríguez Rivera, Ob. Cit.

15- Rolando Rodríguez, República de Corcho, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2010, tomo 1, pp.666-667.

16- Citado por Rolando Rodríguez en Ob. Cit., pp.126-127.

17- Rolando Rodríguez, Ob. Cit., p.166.

18- Para ampliar al respecto véase Rolando Rodríguez, República de Corcho…, Ob. Cit., tomo 2.

19- Ibídem, p.206.

20- Ibídem, pp.287-288.

21- Guillermo Rodríguez Rivera, Ob. Cit.

22- Téngase en cuenta que en agosto de 1912 el joven periodista cubano, reportero de la Lucha, Enrique Mazas, abofeteó y retó a duelo al secretario de la legación de Estados Unidos en La Habana, Hugo Gibson, en el café del hotel Miramar, en Prado y Malecón, porque había proferido injurias contra Cuba. El incidente levantó creo un gran revuelo y provocó una ola de sentimientos antiestadounidenses en el pueblo cubano. También que, al año siguiente, Salvador Cisneros Betancourt al frente de la Junta Patriótica llevó adelante una fuerte campaña contra la Enmienda Platt y la injerencia de los Estados Unidos en los asuntos cubanos.

23- Rolando Rodríguez, Ob. Cit., p.135.

24- Véase Esteban Morales Domínguez, Frente a los retos del color como parte del debate por el socialismo en: http://estebanmoralesdominguez.blogspot.com/2011/05/frente-los-retos-del-color-como-parte.html.
 


  Palabras en la presentación
La Conspiración de los Iguales; la protesta de los Independientes de Color en 1912 ,
   por Rolando Rodríguez


   Ensayo de Rolando Rodríguez sobre la masacre de negros y mulatos que tuvo lugar en Cuba en 1912

• Historia de una infamia, por Pedro de la Hoz
 
 
 
 
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.