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La situación del negro en los EE.UU.
hacia la época de la protesta armada
de los Independientes de Color en Cuba
Hebert Pérez • La Habana

Uno de los temas que más ha apasionado a los cubanos en los últimos dos siglos ha sido la situación del negro en EE.UU. Razones hay pues, tanto en Cuba como en el país vecino, la esclavitud del africano fue, desde los inicios de la colonización, un pilar de la economía y la sociedad, intensificándose su importancia a partir del último tercio del siglo dieciocho y durante más de la mitad del siglo XIX. Cubanos y norteamericanos descubrirían, a través de conflictos y convergencias, cuán ligada estaba la historia de ambos países por el destino de la peculiar institución. Y luego de la abolición de la esclavitud, el negro siguió siendo un elemento que enlazaba los destinos de Cuba y los EE.UU., aun si no fuera más que por el desprecio y temor racistas que inspiraban las masas libertas pero aún oprimidas, o por los cubanos creer hallar un paradigma social en esta nación. El caso es que en Cuba, para imitar o para censurar, los cubanos han estado pendientes hasta el día de hoy de lo que ocurre con el negro en los EE.UU. El resultado sin precedentes de las últimas elecciones sin duda que habrá de renovar e intensificar la vieja pasión.

Jim Crow, el apartheid norteamericano

Para los cubanos un momento de la historia del negro en EE.UU. que reviste especial interés es el que coincide con la época de la protesta armada de los Independientes de Color en Cuba, o sea, entre 1908 y 1912. La razón es fácil de adivinar: la suposición de influencia de la política racial norteamericana en los acontecimientos de entonces en Cuba. Y nada parece más natural, pues si nos remontamos unos pocos años atrás, a 1898, cuando se produjo la primera intervención norteamericana, sacamos cuenta de que en los 14 años que se extienden hasta 1912, en siete de ellos, o sea, la mitad del período, Cuba estuvo ocupada militarmente por EE.UU., tiempo que se nos antoja suficiente para influir a través de sus soldados, procónsules y colonos en la sociedad cubana. Por otro lado, no es de olvidar que la esclavitud se extendió por casi cuatro siglos en Cuba, y que erigió su propio sistema de racismo y discriminación sin necesidad del modelo norteamericano. Sobre este asunto volveremos luego. Ahora solo interesa dejar sentada la situación del negro en las primeras décadas del siglo XX, época en que se consolidó en el sur de EE.UU. el sistema de opresión y segregación racial conocido por Jim Crow, vigente hasta mediados de siglo, cuando comenzó a desmoronarse. Algunos episodios de la vida real en tiempos de su plena madurez son el mejor medio para conocerla.

Rosa Parks

Uno de ellos ocurrió el primero de diciembre de 1955 en Montgomery, Alabama, cuando la señora Rosa Parks fue arrestada por negarse a ceder su asiento en el ómnibus a un hombre que iba de pie. Lo que explica este extraño proceder es que la señora Parks era negra, y el hombre al que debía cederle su asiento, blanco. Se trataba de una regla que todos obedecían. Sobre el incidente cuenta un escritor negro norteamericano: “La señora Parks [...] tenía que estar de pie mientras que un hombre blanco ocupaba su asiento. Los otros tres negros se levantaron cuando se les conminó; Rosa Parks se negó”.1  

Jackie Robinson

Otro caso tuvo que ver con una de las grandes glorias del deporte: Jack Roosevelt Robinson (Jackie Robinson), y ocurrió siete años antes, en 1948. Jackie Robinson era un excelente pelotero, al que le llegó la oportunidad de jugar en las Grandes Ligas cuando el manager general de los Brooklyn Dodgers, Branch Rickey, lo descubrió y le ofreció un contrato. El problema era que Jack Robinson era negro, y nunca se le había permitido a un negro jugar en las Grandes Ligas. Primero había que ponerlo a prueba. En la primera conversación, Rickey hizo de carpetero de hotel que le niega de forma insultante una habitación; luego de un “fanático” que le empuja en el lobby del hotel o en la terminal de ferrocarril. Simula una situación de juego y le dice:

“Supongamos que estoy jugando contra ti en la Serie Mundial... Me tiro contra ti, con los spikes por delante. Pero tú no cedes. Te quedas ahí y me tocas con la pelota en las costillas y el umpire grita: “out”. Me encolerizo —y lo único que puedo ver es tu cara— esa cara negra encima de mí. De modo que levanto el puño y te doy un piñazo justo en la mejilla”. Un puño blanco de Rickey pasa cerca de la cara sudorosa de Robinson. Este no mueve la cabeza.

“¿Qué haces?”, gritó Rickey. ¿Qué haces entonces?

Los gruesos labios tiemblan un instante y entonces se abren: “Señor Rickey”, contestó Jackie Robinson, “Yo tengo dos mejillas”.2 

Jackie Robinson fue aceptado para jugar. Para evitar problemas se le impuso la regla de no ir a lugares de recreación nocturna y al final de los juegos marcharse del estadio por salidas secretas. A Jackie Robinson los hoteles le negaban habitación —solo a él, no a sus compañeros de equipo— y debía quedarse en casa de amigos. Del público le insultaban en los juegos.

Sit-ins

Todavía en tiempos más recientes, en los años sesenta, en Greensborough, Carolina del Norte, unos estudiantes negros quisieron romper la regla de que a los negros no se les daba servicio en los mismos lugares que a blancos, y se llegaron a una tienda de la cadena Woolworth y se sentaron en la barra de la cafetería solo para blancos. La policía los detuvo y aquel incidente fue el inicio del movimiento de los sit-ins, que se extendió por todo el Sur. Una organización negra con sede en Nueva York, el Congress on Racial Equality (CORE por sus siglas en inglés), envió a Carolina del Norte a uno de sus militantes, Len Holt, para ayudar a esos jóvenes a prepararse para la resistencia no violenta. Por lo que nos ilustra de cómo se manifestaba la segregación racial en el Sur, les citamos la descripción del periodista y escritor negro Louis Lomax:

Me puse a observar como Len Holt y sus ayudantes de CORE preparaban a los estudiantes negros en la técnica de protesta no violenta: Sentaban a los estudiantes en una larga mesa parecida a la barra de una cafetería. Holt, o uno de sus ayudantes, hacía el papel del hombre blanco. El hombre blanco caminaba de un lado al otro de la barra echándoles humo de cigarro en la cara de los estudiantes; les decía nombres insultantes: “niche”, “mono”, “negro bastardo”. Cuando no lograban el propósito de provocar alguna reacción, el hombre blanco entonces empujaba y, finalmente, en un acto de desesperación, les pegaba. El estudiante negro que se ponía en ademán de pelear o se encolerizaba, desaprobaba el curso. La única manera de aprobar, y de ese modo permitírsele participar en una situación real de sentarse en una barra, era poder aguantarlo todo sin ira, sin una queja.3

Se pueden contar por miles los ejemplos de conflictos de la vida real que ilustran elocuentemente la pésima situación del negro en EE.UU. hacia mediados del siglo xx. Es conocido el movimiento de los freedom rides (viajes de la libertad), en que militantes negros y algunos blancos simpatizantes viajaban por el sur con el propósito de exigir un servicio igual en las terminales de ómnibus y eran arrestados por usar los baños o sentarse en un salón de espera solo para blancos; se sabe de la historia del negro James Meredith, que intentó ingresar en la Universidad de Mississippi (para blancos) en Oxford, provocando la resistencia de las autoridades estatales, hasta del propio gobernador, y un motín, y la intervención de la Guardia Nacional de los EE.UU. para restablecer el orden; se divulgó mucho lo de jóvenes estudiantes que fueron al sur a inscribir los negros como electores, por lo cual muchos fueron apaleados y algunos hasta asesinados. Todos estos ejemplos apuntan a una realidad innegable de violación de los derechos humanos de los negros en EE.UU. y, sobre todo —pero no únicamente—, en los estados del sur.

Hacia 1955, un periodista francés, Daniel Guérin, resumía, a partir de su experiencia personal en EE.UU., la discriminación del negro en los siguientes aspectos: la ausencia del derecho al voto; la imposibilidad del negro a residir fuera del ghetto negro; la prohibición de caminar por parques públicos destinados a los blancos; la separación en las salas de espera en las estaciones de ferrocarril y ómnibus, en el transporte público, en los cines y otros espectáculos, el deporte, las tiendas, las escuelas, hospitales, iglesias, etc.; la prohibición legal de matrimonios interraciales...
4 

En su conjunto, todo este sistema de separación de las razas era conocido por Jim Crow. Se nutría del racismo y los intereses creados, y se sostenía por las costumbres y los códigos legales de los distintos estados. El terror, en forma de apaleamientos de personas, quema de viviendas o sembrados, y la muerte por linchamiento, se usaba pródigamente contra los contraventores de tan rígidos usos. El negro norteamericano estaba condenado a vivir  en una atmósfera de peligro. “Cada negro, escribe el profesor John Dollard, sabe que cierta clase de sentencia de muerte está suspendida sobre él; no sabe cuándo le tocará su turno”.
5 A eso se refiere, como experiencia personal, Louis Lomax en libro publicado en 1962:

En verdad, la violencia siempre estaba en la atmósfera. Pocas veces pasaba una semana que no nos enteráramos de que algún negro había sido apaleado o linchado por las turbas. (Entre 1889 y 1922, el año en que nací, se lincharon unos cuatro mil negros). Y nosotros vivíamos con la conciencia plena de que nuestras vidas no nos pertenecían.6 

En su mayoría, los sucesos referidos son de mediados del siglo veinte, y fueron acontecimientos que dieron paso a una etapa superior de lucha contra la discriminación racial y a cambios en el sistema de Jim Crow. En sí cierran un ciclo de un sistema que se impuso entre los finales del siglo diecinueve y principios del veinte.

El proceso de establecimiento Jim Crow.
El Sur antes del Jim Crow


La estricta segregación racial del negro, característica del Jim Crow, fue hasta cierto punto un fenómeno nuevo en el sur de EE.UU. No es que no hubiera existido racismo, discriminación y opresión del negro con anterioridad, pues otra cosa no podía esperarse de un régimen de explotación en el cual el negro estaba, antes o después de la emancipación de los esclavos, en el último peldaño de la jerarquía social, fuese esclavo, aparcero u obrero. Algunas formas de segregación, particularmente en relación con los negros libres y los esclavos no domésticos, eran corrientes en el período esclavista; e igualmente ocurría en los años posteriores a la Guerra de Secesión, ya fuera antes o después de la retirada de las tropas de ocupación del Norte en 1877, pero tales prácticas no se recogieron en leyes.

En realidad, en época de la esclavitud, la segregación estricta era impracticable. Cuando tantos negros eran sirvientes domésticos —señala el gran antropólogo negro W.E.B. Dubois—, “había lazos de intimidad, afecto, y a veces relaciones de consanguinidad entre las razas. Vivían en la misma casa, compartían la vida familiar, y a menudo asistían a la misma iglesia, y hablaban y conversaban los unos con los otros”.7 Después de la emancipación, en el período conocido como de “Reconstrucción”, tampoco era mucha la segregación entre las razas. El historiador C. Vann Woodward, en un esclarecedor estudio sobre el Jim Crow, señala que:

Un tema frecuente de comentario por los visitantes norteños durante el período era el de la intimidad de contacto entre las razas en el Sur, una intimidad que a veces admitían era desagradable para el visitante. Lugares comunes eran la vista de niños blancos que mamaban de pechos negros, de niños negros y blancos jugando juntos, la vecindad accidental de casas de familias blancas y familias negras, la camaradería entre sirvientas y amas, entre empleador y empleados, entre el cliente y dependiente, y las historias usuales de cohabitación entre hombres blancos y mujeres negras.8

Las particularidades del Jim Crow

El Jim Crow era un código de segregación racial. Se parecía a los códigos negros de la época esclavista, pero era mucho más rígido y le daba la sanción de la ley a todo ostracismo racial, un ostracismo que, como ya hemos visto, se extendió a todo tipo de actividad social en que blancos y negros pudieran entrar en contacto. Tenía, además, el objetivo de dar señales públicas y evidentes de la supremacía blanca. Lo que hizo el Jim Crow fue rebajar aún más el estatus del negro. En palabras de C. Vann Woodward, estableció “la era de verdadera segregación”, la era cuando el principio se aplicó de manera consciente y deliberada en todas las áreas posibles de contacto entre las razas, y cuando el código se convirtió en un dogma invariable de la raza blanca”.9 

Historia de la imposición del Jim Crow

El Jim Crow empezaría a raíz de la retirada de las tropas federales del Sur, que dejaba el problema del negro en manos de la gente blanca dominante. Hasta ese momento, el negro —con el apoyo de políticos norteños, del Ejército, de funcionarios que vinieron del Norte, e instituciones humanitarias, del Norte también— había dado algunos pasos importantes de ascenso social y político. En gran medida se había alfabetizado, y también había obtenido el derecho al sufragio. Políticos negros eran elegidos a cargos públicos y se codeaban con políticos blancos en las convenciones de partido, en las legislaturas de los Estados, en los tribunales y en el Congreso de la Unión. Algunos llegaron a senadores y representantes. Con la retirada de las tropas del Sur, el negro quedó indefenso, y su destino, en manos de los blancos del Sur.

La alternativa conservadora

Al principio parecía que al negro se le abrían otras alternativas a la del rígido Jim Crow. Una de estas posibilidades era la que representaban los conservadores. En un plano filosófico general, estos creían que todas las sociedades descansaban en clases superiores y subordinadas, y que cada clase tenía sus obligaciones y sus responsabilidades. En cuanto a la situación concreta de Norteamérica, creían en la inferioridad del negro, pero negaban que tenía que ser segregado o humillado públicamente. En su filosofía, la degradación del negro no era consecuencia forzosa de la supremacía blanca.10

Los conservadores necesitaban del negro y querían contar con ellos. Cuando se retiraron las tropas federales, como parte de un compromiso entre los políticos que representaban a los capitalistas del Norte y los del Sur, que dejaba en manos de estos últimos la dirección de los asuntos internos, los políticos conservadores sureños continuaron la alianza electoral con los negros. No les quitaron el sufragio obtenido durante la ocupación del Norte, sino que defendieron el voto negro mientras pudieran usarlo o manipularlo para mantener sus posiciones hegemónicas. El precio que debían pagar era el nombramiento de negros a posiciones políticas y a candidaturas a las legislaturas. Escribe Woodward:

La ventaja que se obtenía por los conservadores, era el apoyo negro en la política local contra el Partido Independiente constituido por disidentes de los dos viejos partidos [...] Usando estas tácticas, al igual que formas más crudas de fraude y terror, los conservadores vencieron las revueltas de Independientes y de los Greenbacks de principios de la década del 80 [...] Y así, los electores negros fueron cortejados, “adulados”, tratados como señores y estimados por los políticos blancos en la década del ochenta como nunca antes.11

La alternativa populista

Otra alternativa para el negro fue la de los populistas, radicales sureños que trataron de integrarlos a su partido en condiciones de total igualitarismo, “un igualitarismo de necesidad y pobreza”, el acercamiento por reivindicaciones comunes ante un opresor común. La alianza que se planteaba era sobre la base del interés mutuo porque, como decían los populistas blancos, “[e]llos están en el foso igual que nosotros”. El mayor obstáculo que enfrentaban los populistas era el prejuicio racial, común entre los elementos a los que dirigían su mensaje de unión: “las deprimidas clases económicas más bajas”. Conocedor de esta realidad, un dirigente populista, Tom Watson, se dirigió de este modo a las dos razas: “Se les hace odiarse mutuamente porque sobre ese dios descansa la llave del arco del despotismo financiero que esclaviza a ambas”.12

El igualitarismo no fue mera prédica entre los populistas, pues se atrajo al negro y se eligieron a negros para posiciones directoras del partido. En el momento de mayor extensión de la revuelta agraria de los populistas, entre 1892 y 1895, muchos negros llegaron a tener puestos prominentes en varios estados del Sur. De acuerdo con el criterio del profesor C.V. Woodward: “Nunca antes o después se han acercado tanto las dos razas a como lo hicieron durante las luchas populistas”.13  Al final, sobre todo después de las elecciones de 1896, el movimiento populista colapsó bajo el ataque coordinado de las fuerzas que controlaban la economía y el gobierno de la región. Y con él se hundió la última esperanza de que el negro desempeñara un papel político de importancia en el Sur.

La reconciliación supraclasista de los blancos y la derrota política de los negros

En realidad, el prominente desempeño político del negro, después de la Guerra de Secesión, fue consecuencia de las divisiones entre los blancos. Primero fue con la victoria del Norte sobre el Sur, cuando el Partido Republicano le garantizó el sufragio al negro y forjó una alianza entre blancos pobres, negros y funcionarios venidos del Norte (carpet baggers) para asegurar el control político del Sur y los votos en el Congreso que le permitieran empujar el programa de desarrollo industrial. Luego del compromiso de 1877, que dejó el gobierno del Sur a las fuerzas locales, el Partido Demócrata de los antiguos plantadores, reforzado con los intereses de los comerciantes, corporaciones ferrocarrileras y la banca, se alió con los electores negros para garantizar su predominio. Finalmente, los populistas, partido radical de pequeños campesinos, hicieron un espacio a los negros para luchar contra la oligarquía terrateniente, ferrocarrilera y financiera. Y todas estas luchas políticas, en las que el negro se convirtió en un elemento esencial de coaliciones partidarias, se dirimieron en un contexto de postguerra, de grandes crisis económicas y sociales, y de corrupción, que enconaban aún más el debate político. No es de extrañar que el racismo invadiera el discurso político, que fuera este dominado por los extremistas y oportunistas, y que cada vez se hiciera más violento y fuera de control. Tampoco sorprende que la oligarquía sureña, una vez vencido el desafío populista a finales de siglo, decidiera, con la aquiescencia de otras fuerzas, privar de los derechos al sufragio al negro, como un seguro contra coaliciones entre los pobres y oprimidos. En fin, el negro pagaba los platos rotos de la reconciliación supraclasista de los blancos. De este modo lo ve Lomax:

Frustrados sus sueños agrarios, los campesinos pobres blancos aceptaron la realidad y se aliaron a la estructura de poder blanco Borbón. Y fue durante esta época que los demagogos blancos cogieron el control de las instituciones políticas del Sur. Su gambito principal era atacar (“go’ niggering´”) a los negros entre los electores. Es decir, se iban a la campaña política y cortejaban a los blancos pobres haciendo acusaciones bajas contra la raza negra. Mientras los Borbones blancos mantenían un silencio aprobatorio, estos políticos se embarcaron en veinticinco años de denuncia del negro como criatura inferior incapaz de aprender o carentes de vitalidad moral. El ataque al negro era desde luego una gran descarga sicológica para los blancos pobres, quienes no tenían otra cosa que una existencia sub humana y lúgubre a que aspirar, y sus gritos resonaron en los palacios de justicia de todo el Sur. Sin embargo, dentro de esas audiencias la verdadera subyugación del negro —y hasta de los blancos pobres— estaba ocurriendo. Los cerebros jurídicos del Sur estaban aprobando leyes que le privaba de los derechos electorales al negro y permitían votar al blanco igualmente ignorante [...].

Esto era el nacimiento de la Alianza Sureña, la unión de los conservadores “borbones”, políticos oportunistas y campesinos empobrecidos en una atmósfera de pánico con el propósito expreso de convertir una aberración sicológica en una institución social.14 

Lógicamente, el proceso por el cual se privó al negro de derechos políticos y se impuso el régimen de segregación racial conocido por Jim Crow no se logró en un día ni estuvo exento de la peor violencia. A finales de siglo y por más de una década después de la intervención norteamericana en Cuba, en algunos estados se mantenía alguna resistencia, como se evidencia en un texto de 1898 del periódico de Carolina del Sur, el Charleston News and Courier, contra una propuesta de ley de segregación (Jim Crow) en los ferrocarriles. El editor se oponía a la medida señalando las consecuencias absurdas a que podía conducir si se concedía el principio que la informa:

Si es que vamos a tener coches Jim Crow (separados) en los ferrocarriles, también habrá que tener coches Jim Crow en los tranvías… Y también en todos los buques de pasajeros... Además, si tenemos coches Jim Crow, entonces debe haber salones de espera Jim Crow en todas las terminales, y restaurantes Jim Crow. Tendremos secciones Jim Crow de los jurados, y lugares separados para los testigos en los juicios, y una Biblia Jim Crow para que los testigos negros la besen. También sería conveniente tener secciones Jim Crow en las oficinas de hacienda del condado para que los negros paguen sus impuestos, ya que las dos razas se mezclan tremendamente en estas oficinas durante semanas de cada año, particularmente por los días de Navidad... Deberá haber un departamento Jim Crow para llenar los documentos y pagar los privilegios y bondades de ser ciudadano. Tal vez lo mejor sería, después de todo, coger un atajo y establecer dos o tres condados Jim Crow y dárselos a nuestros ciudadanos de color para su uso exclusivo.15

No se imaginaba el editorialista del Charleston News and Courier que lo que él combatía con el recurso retórico de reductio ab absurdum, muy pronto sería —con la excepción de la creación de un estado solo para negros— la realidad de todo el Sur de EE.UU., y en no menor medida de los restantes estados de la Unión. Para la fecha en que se produjo la masacre de los Independientes de Color en Cuba, en 1912, culminaba el proceso de implantación del sistema Jim Crow. Lo que vino después —hasta los años cuarenta por lo menos—, fueron solo detalles de actualización, es decir, de extensión de la segregación a situaciones nuevas que surgían con el transcurso del tiempo.

Sobre la influencia norteamericana

En lo que concierne al negro y la relación entre las razas, en Cuba y en EE.UU. se produjeron de forma paralela procesos históricos de grandes consecuencias. En los dos se abolió la esclavitud como resultado de guerras; en los dos se produjo un proceso de ascenso del negro, y en los dos se dio luego un proceso inverso de retroceso desde las posiciones más avanzadas.

Sería osado sugerir que fueron procesos semejantes y con iguales resultados, o que pudieran estar determinados por la influencia del uno sobre el otro. Pero es lícito y, más que eso, necesario, que el investigador se proponga conocer los grados de semejanza entre los dos procesos, y por qué, y la influencia que pudo tener EE.UU. en el dibujamiento del cuadro racial cubano.

No es nuestro propósito profundizar en las características de las relaciones raciales en Cuba, tema al que no le faltan muy buenos especialistas, como Tomás Fernández Robaina, quien ha registrado muchas formas de discriminación y segregación vigentes en Cuba en el siglo XX. Sin ánimo de cerrar ningún debate, sino más bien de motivarlo, vale señalar que la experiencia de los Independientes de Color contiene aristas impensables para ese momento en EE.UU.: la fundación de un partido de negros, el carácter independiente y, sin embargo, nacionalista de su programa, la existencia de una prensa de Partido, la acción proselitista abierta, la discusión en el Congreso, las declaraciones en defensa de la existencia del Partido Independiente de Color por destacados políticos blancos, etcétera.16 

En cuanto al tema de la influencia o impacto de los EE.UU. en la agudización del racismo en Cuba, queda mucho por investigar, particularmente en la historia de las distintas localidades y regiones de Cuba, para poder profundizar en la dinámica y naturaleza de las relaciones entre EE.UU. y Cuba. No obstante, en el nivel actual de los estudios sobre el tema, creemos se puede afirmar sin lugar a duda que la hegemonía de EE.UU. en Cuba ayudó a consolidar el racismo y a adoptar algunas formas agudas de discriminación más propias del modelo norteamericano. Como ha apuntado el historiador Louis A. Pérez,17  la intervención norteamericana en la guerra de independencia de Cuba, impidió la revolución social implícita en el programa de la guerra, y EE.UU. se erigió en el salvador y el protector del régimen colonial en Cuba. En primer lugar, hay que destacar que la disolución del Ejército Libertador, propiciada por la intervención —en el que los negros constituían mayoría y 40 % de los oficiales superiores—, y del Partido Revolucionario Cubano —en el cual también los negros desempeñaron un papel importante— fue un duro golpe al ascenso social de las masas de color. En segundo lugar, EE.UU., en su afán de dominar la Isla sin sobresaltos, se alió con el sector más conservador de la élite cubana, y con ello rompió el equilibrio social y político en Cuba. También EE.UU. influyó mucho con el modelo racista de las fuerzas armadas que crearon en Cuba, las millonarias inversiones de sus monopolios, la inmigración del Norte y los enclaves coloniales, las iglesias y las escuelas nortea-mericanas. En última instancia, sin embargo, todo esto no era más que el contexto en el que tuvo que vivir y luchar el cubano. El cubano no era un ser pasivo sin responsabilidad por su historia. Su verdadera historia —la historia transformadora de hombre libre— es la que día a día en cada pulgada del territorio nacional hacían, con aquellas limitantes, los hombres y mujeres de este país. Esa historia está por contar.

Langston Hughes: Cuban Color Lines, 1930

En cuanto a los controversiales temas del grado de semejanza entre el racismo cubano y el norteamericano o la influencia de los EE.UU. en Cuba en el área de las relaciones entre las razas, puede ser útil punto de partida para cualquier análisis el testimonio que dejó el gran poeta negro Langston Hughes de su visita a La Habana en 1930.18  Hughes era uno de los principales exponentes del movimiento cultural conocido por Renacimiento de Harlem. En su fina poesía integró el jazz y los blues, como Guillén —de quien fue amigo— integró el son a la suya. Hay que destacar la fecha, 1930, menos de veinte años después de la masacre de 1912, apenas unos años después de consolidado el Jim Crow en EE.UU.

En sus notas de viajero, Hughes señala que en Cuba, al igual que en el resto del Caribe, existía una triple barrera del color que separaba los negros, los mulatos y los blancos. Sin embargo, aclara que:

En Cuba, aunque existen estas tres claras divisiones, las líneas no están tan estrechamente dibujadas como en algunas de las otras islas del Caribe. En este aspecto las islas británicas son las peores. Las islas latinas son más o menos descuidadas en lo concerniente a las cuestiones raciales.
 

Pero en Cuba uno rápidamente se da cuenta de que casi todos los dependientes en las tiendas más grandes son blancos o casi blancos; que en los diarios casi todas las fotografías de los líderes de la sociedad son blancos, o lo suficientemente claros para pasar por blancos; que casi todos los caballeros que representan al pueblo y se sientan en comités del gobierno y proveen de personal los consulados y ministerios cubanos en el extranjero son blancos, o por lo menos “meriney” (como llaman los negros americanos esa línea fronteriza entre los de color y blanco). Pero esta escala no es válida en un cien por ciento. A veces un negro muy prieto ocupa una posición muy alta en Cuba. Es eso lo que confunde a muchos visitantes de los EE.UU. —en particular los visitantes de color que andan buscando con ansiedad un país donde puedan decir que no hay barrera del color— porque la barrera del color en Cuba es mucho más flexible que la de los EE.UU., y mucho más sutil. No hay, desde luego, coches Jim Crow [segregados] en Cuba, y en las reuniones oficiales y en los carnavales y celebraciones menos oficiales, los ciudadanos de todos los colores se encuentran y se mezclan. Pero, definitivamente, hay divisiones sociales basadas en el color, y entre más prieto sea un hombre, más rico y más célebre tiene que ser para romper estas divisiones.19 

Hughes luego da su opinión sobre la influencia norteamericana en la situación racial de Cuba:

El uso de La Habana como lugar de recreación de invierno por los turistas norteamericanos ha traído, desde luego, su cuota de prejuicios raciales sureños desde el continente. Hoteles que antes eran laxos en la aplicación de la barrera del color, ahora desalientan hasta a los mulatos cubanos, de este modo buscando la aprobación de su clientela norteamericana.

Pero los hoteles puramente cubanos que no reciben turistas, sirven a huéspedes de todos los matices del color de la piel y su servicio es de lo más cortés.20

En este tema del impacto de las costumbres raciales norteamericanas, Hughes cuenta la única experiencia desagradable que tuvo en Cuba. Trató de entrar a La Havana Beach, un trozo de playa que había sido alquilado a una empresa norteamericana, donde esta hizo algunos pabellones y casas de baño para turistas. La empresa estableció una barrera racial, la cual no siempre podía aplicar a los cubanos, y la playa a menudo era visitada por “políticos y plutócratas mulatos” porque, explica el poeta de Harlem, “en La Habana es muy difícil hasta para los norteamericanos erigir una barrera racial”. “La entrada a la playa parecía depender entonces —explica Hughes—, en si uno tenía suficiente influencia política o prestigio social para obligar a la administración a venderle un ticket para toda la temporada”. A Hughes y su compañero se negaron a venderles un ticket por un día, y cuando, a pesar de las advertencias, estos insistieron en quedarse en los alrededores, los guardias de seguridad norteamericanos llamaron a la policía, que los arrestó y los condujo a la estación. La estación, cuenta Hughes, “estaba a cargo de un capitán negro, un hombre de color muy prieto, quien escuchó los cargos de los oficiales contra nosotros, los anotó en su libro —y se negó a encerrarnos—. Esperen aquí por sus amigos, dijo suavemente. Esto es ultrajante, pero es lo que pasa a la gente de color en Cuba cuando los norteamericanos tienen el control. No es la primera vez que ha habido problemas en la Havana Beach”.21 

Al día siguiente fue el juicio, con la presencia de varios “testigos” que representaban a la administración de la playa. Hughes lo resume con estas palabras:

El juez, un viejo caballero mulato —que habría sido negro de vivir en EE.UU., pero que era “blanco” en La Habana— miró a los empleados de la playa con el ceño severo, desestimó las acusaciones de los empleados de la playa y concluyó con estas palabras: “Lo que ustedes han hecho está contra todos los principios de la hospitalidad cubana y contra la ley de Cuba, que no reconoce diferencias de raza o color. Estos huéspedes en nuestras tierras han sufrido bastante a manos de ustedes y merecen una disculpa. El caso está concluido.22

Conclusiones

Al señalar en sus notas de viajero que en Cuba “definitivamente hay divisiones raciales basadas en el color”, el poeta Langston Hughes está subrayando un elemento común de la Isla con los EE.UU. y los demás países del Caribe. Pero Hughes, observador de detalles y con pupila para los matices, también anota diferencias que no le parecen menos importantes. Acaso el fino poeta está llamando la atención sobre la necesidad de conocer las particularidades de las relaciones raciales en cada país y su contextualización en la historia y la cultura nacionales como manera de obtener una comprensión más profunda y exacta del problema. Solo así, añadiríamos nosotros, el conocimiento puede servirnos de instrumento metodológico para el análisis de este tema en la actualidad. Hacer hincapié en la importancia de caracterizar y contextualizar la experiencia cubana, sin aplicar mecánicamente modelos que no se ajustan exactamente a nuestras realidades, es —y no más— el propósito de este breve ensayo, motivado por el debate sobre el tema racial que comienza a animarse en Cuba.

 

Notas:

1- Louis E. Lomax: The Negro Revolt, p. 17.

2- Eric F. Goldman: The Crucial Decade and After, America, 1945-1960, pp. 50-52.

3- Louis E. Lomax: Ob. cit., p. 135.

4- Citado por Daniel Guerin: “’Jim Crow’, en USA. El problema negro, en Revolución y Cultura, no. 8, abril 15 de 1963.

5- Ibídem.

6- Louis E. Lomax: Ob. cit., p. 64.

7- C. Vann Woodward: The Strange Career of Jim Crow, p. 14.

8- Ibídem, pp. 23-24.

9- Ibídem, p. xvii.

10- Ibídem, pp. 29-31.

11- Ibídem, pp. 39-40.

12- Ibídem, pp. 42-43.

13- Ibídem.

14- Louis E. Lomax: Ob. cit., p. 39.

15- C. Vann Woodward: Ob. cit.,  pp. 49-50.

16- Véase: Serafín Portuondo Linares: Los Independientes de Color. Historia del Partido Independiente de Color; y “El negro espacio del negro. Raza y nación en Cuba”. Entrevista con Tomás Fernández Robaina, en Julio César Guanche: La imaginación contra la norma. Ocho enfoques sobre la República de 1902.

17- Louis A. Pérez: Cuba Between Reform and Revolution, pp. 191-193; Cuba and the United States: Ties of Singular Intimacy, pp. 113-117

18- Langston Hughes: “Cuban Color Lines, 1930”, en John Jenkins (editor): Travelers´ Tales of Old Cuba, Ocean Press, Melbourne-New York, 2002, pp. 128-132.

19- Ibídem, pp. 130-132.

20- Ibídem.

21- Ibídem, p. 132.

22- Ibídem.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.