La Habana. Año X.
7 al 13 de ENERO de 2012

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Una Biblia perdida (Fragmento)
Ernesto Peña González • La Habana

7

En la salida del ingenio Santa Ana habían matado a uno de los mayorales, y al otro lo habían dejado malherido. En un paraje del camino de la ciudad eliminaron a dos jinetes que intentaron escapar. Chacón no dejaba de reír, soltando sus carcajadas de filibustero borracho, enrojecidos los ojos y los malos instintos destacados a relieve en su feo rostro.

Sumaban cuatro jinetes, como los del Apocalipsis. Sendos caballos alazanes y capuchas negras, excepto Juan Barbier que vestía casaca azul de botones en los que resaltaba un ancla con un águila superpuesta. Aponte enarbolaba un estandarte de la virgen de Regla, hecho de platilla nueva. Su caballo era el más brioso, y sus botas terminaban en garras de león, como las del preste Galawdewos.

Incendiadas las pequeñas y grandes propiedades que encontraban por el camino, en cada lugar se les sumaban hombres, mujeres, blancos pobres, chinos... Para asombro de todos, del interior de un hermoso cañaveral surgió un chivo grande, blanco y que al correr dejaba tras de sí una suave estela luminosa. «iMátenlo!», ordenó Aponte. Un negro de la hacienda Cuatro Compañeros le arrojó un taburete, pero el chivo luminoso esquivó el mueble con gracia y sin esfuerzo. Otro negro temerario, respetado por los hombres que le seguían, desenvainó su machete y dijo: «Que ahora sabría ese chivo blanco cómo habría de burlarse de los negros». Romualdo persiguió al animal machete en mano hasta perderse de vista. Poco más adelante, la multitud se detuvo. El animal berreaba en medio de una encrucijada como si su voz fuera una burla. De Romualdo ni rastro.

-¿Quieres intentarlo, Morales? -dijo Herrera desde su caballo, a un costado de Aponte, mirando al aludido.

Un negro retinto y muy trabado, picado de viruelas menuditas, se acercó taimadamente al chivo, el cual volteó un ojo, azorado.

-Sólo quiero que desaparezcan todos los abogados -susurró Morales dando un pasito hacia el chivo -; que se quiten las alcabalas; que no venga un extranjero a gobernamos -otro pasito -; que el rey entregue tierras libres a los pobres para que las cultiven.

Al saltar, sólo atrapó una estela luminosa que se le metió en los pulmones, como un polvo corrosivo, hasta asfixiarlo.

Aterrados ante las convulsiones de Morales, muchos de los seguidores se internaron en los montes y otros regresaron a sus amos o a sus oficios. Quienes siguieron fieles a los cuatro jinetes reanudaron la marcha, seguros de la protección de la virgen Negra.

En una pequeña pradera reapareció el animalejo de una blancura sin par. Tras un gesto de Chacón, José María Curazao y Juan José mina cortaron la retirada a la bestia, mientras Gregorio, Cayetano cangá y el jamaicano Presto se situaban a la derecha. Quien se decidió a cerrar el cerco, por la izquierda, fue el jovencito Francisco Fuertes. El chivo se le encaró y habló por vez primera: « ¿Por qué llevas ese machete? Está oscureciendo, ¿pernoctarás fuera de la casa de tu amo?» Presto, el jamaicano, dio un paso. El chivo se volteó hacia él: « ¿Cómo llegaste aquí? Está prohibida la entrada de negros ingleses o franceses». El chivo emitió una risa mitad bestia mitad humana que parecía más bien un chillido de parturienta febril. Los hombres que le rodeaban quedaron convertidos en estatuas de hielo negro.

Chacón y Herrera espolearon sus caballos al mismo tiempo, corrieron tras el animal que se alejaba soltando su risita escalofriante.

Aponte y Juan Barbier seguían a sus amigos a corta distancia.

Mientras se aproximaban a la ciudad, el líder pintor sospechaba que eran conducidos hacia una emboscada. Pero no ocurrió así. Frente a la muralla de La Habana se encontraba, sobre un magnífico caballo azabache, el señor Nicolás de Aponte. El chivo se le acercó como un gato sumiso. Nicolás le tocó la cabeza y recibió la luz que emitía el animal.

Entonces el cuerpo de Nicolás empezó a tomar dimensiones extraordinarias. A los pocos minutos la cabeza sobrepasaba la muralla. La risa del chivo se hacía cada vez más insoportable. Sobrecogido por un terror religioso, Juan Barbier se puso a gritar enloquecido, y no se detuvo hasta caer muerto de su montura. Parecía como si lo hubiesen torturado.

El gigante Nicolás dobló su cuerpo sobre los diminutos jinetes. Herrera desenvainó el machete y Chacón disparó su fusil. Ninguna de las dos acciones impidió que el gigante tomara el cuerpecito del líder con dos dedos y, arrancándolo de su cabalgadura, lo llevara a lo alto, a muchos pies sobre el suelo, donde le depositó sobre la palma de su otra mano enorme. Antes de ser petrificados, Chacón y Herrera, el Inglés, vieron caer de las alturas el estandarte de la virgen.

De una sola zancada, Nicolás cruzó la muralla con la facilidad con que un niño cruza un charco pequeño. Aponte miró hacia abajo y vio los cuerpos de piedra, ojos sin vida, expresiones inmóviles de horror en que habían terminado sus más caros amigos de toda la vida.

El gigante colocó a Aponte sobre el techo del Palacio de los capitanes generales y apuntándole con un dedo del tamaño de un barco, le reprendió: «Hijo mío, sigues siendo un canallita».

Aponte abrió los ojos. Estaba sudado y el cuerpo le temblaba levemente. Dentro de su cabeza hervían vagos malestares entremezclados con la voz de su padre «...sigues siendo un canallita». Trató de incorporarse, pero solo logró que se le acentuara la jaqueca. Volvió a la posición horizontal, la mirada hacia esa nada oscura que era el techo de su celda. Fragmentos de la pesadilla emergieron en su campo visual. Rostros. Algunos conocidos, otro no. Todos o casi todos, hombres muertos, sentenciados a la horca o al garrote en distintas épocas.

Pareciera como si dentro de la Siempre Fiel Isla de Cuba no pudiera triunfar una insurrección, como si ocurriera en el cercano Haití, en Caracas, en Buenos Aires.

Ni siquiera el complot dirigido por los aristócratas, en el nombre del Gran Arquitecto.

Herrera le había impedido que se involucrara en una conspiración comandada por blancos. «Esperemos las resultas. Dejemos que sean ellos quienes comiencen los disturbios, y traten luego de apaciguar los ánimos, como los comisionados franceses en Port-au-Prince».

La conspiración de los masones había fracasado. Tal vez por falta de espíritu, o por las nunca previsibles delaciones. Lo cierto era que sus cabecillas más importantes estaban exiliados.

Como contraparte, Herrera celebraba la estrategia de Louverture que había aprovechado el momento justo y demostrado con creces su eficacia. Los hacendados masones, como en su momento los comisionados franceses, habían hecho su necesaria actuación y abandonado el escenario dejando al público con deseos de más espectáculo. Era el momento para la entrada de los protagonistas.

Ante todo, le aconsejaba Herrera a Aponte, era preciso crear una chispa que cayera en la pólvora. Los esclavos anhelaban la libertad, pero al mismo tiempo temían la desobediencia; y sobre todo, la desobediencia al Gobierno y al rey.

Pues bien, si se les hacía creer que el rey había otorgado la libertad a todos los esclavos, en tanto el Gobierno, confabulado con los colonos, se negaba a cumplir la orden real, entonces no habría obstáculo alguno a la desobediencia. Los esclavos, dignos súbditos de su Majestad Católica, saldrían a luchar contra los señores, traidores a la voluntad del rey. En consecuencia, los desobedientes serían los señores, sublevados contra la ley y contra su soberano.

Para impulsar esta artimaña, Aponte contaba con que el mexicano Guridi y Alcocer había solicitado la abolición de la esclavitud en todas las colonias hispanoamericanas, y su propuesta de ley fue aprobada en la Constitución de Cádiz, la Pepa, como la llamaba el pueblo.

En realidad no había ocurrido así. La Constitución solo favorecía a la gente de color nacida libre, pero los esclavos no tendrían modo de corroborar este detalle.

Y una vez que triunfara la revolución, y se alcanzara la libertad y la igualdad de derechos para todos, ¿alguien acusaría a Aponte de haber echado mano a una mentirijilla? ¿Acaso algún antiguo esclavo haitiano reconocía a Louverture como impostor?, inquiría Herrera, frunciendo los labios en el gesto feroz que lo singularizaba.

Pero el mismo Herrera había dicho que La Habana no era Haití. A veces las dudas sobre el éxito de la sublevación acosaban a Aponte. Él y sus aliados habían compilado gran cantidad de información, lo que les daba seguridad y la ventaja de la sorpresa, pero se preguntaba si no sería más razonable mantenerse fuera del partido, como un simple espectador, como un artista, en vez de convertirse en una pieza que podría ser desechada en el momento oportuno por aquellos que poseían la totalidad de la información.

Sí, su bando conocía las calles, la rutina de las tropas y los cuarteles; contaría en el momento oportuno con el apoyo del gobierno haitiano, pero ¿qué otros países tendrían como aliados, con cuáles fuerzas armadas contaba el enemigo en otras geografías, qué agentes secretos trasladaban información fidedigna?

Y en fin, ¿cómo superar a ese ejército invisible y bien pagado que ofrecía al capitán general tomar decisiones oportunas?

Por otra parte -era esto lo que más le angustiaba-, no estaba seguro de que los esclavos, una vez liberados, quisieran crear una sociedad ordenada, de campesinos y artesanos laboriosos.

Herrera pretendía alejar este último temor de Aponte asegurando que Louverture había conseguido ahuyentar el fantasma de la vagancia y la miseria decretando que los administradores, capataces y cultivadores se comportaran como militares, obedientes de sus jefes en todo. Que quienes incumplían las órdenes superiores eran severamente castigados, como militares que se apartan de sus deberes. Por ejemplo, un cultivador no podía dejar su hacienda para trasladarse a otra so pena de ser despedido o enrolado en el ejército. Lo mismo ocurría con los administradores.

-¿Y quienes no fueran administradores o cultivadores? -se interesó Aponte que pensaba en los negros curros y los vagos habituales, e incluso, en los esclavos que una vez liberados se negarían a trabajar.

Herrera respondió que quienes no profesaran un estado útil que les permitiera subsistir y pagar una retribución a la República serían inmediatamente detenidos para ser incorporados en uno de los regimientos del ejército si son estimados culpables; en caso contrario, se les enviaba al cultivo donde eran obligados a trabajar.

¿Obligados a trabajar?, pensó Aponte. ¿No sería el retorno a la esclavitud, a las viejas formas practicadas por los señores durante siglos?

-¿Quiénes los obligarían trabajar en caso de que se negaran?

-Los soldados, desde luego -dijo Herrera.

A continuación Herrera describió al detalle la política de control del gobierno de Toussaint, decretada el 20 vendimiario del año IX.

Los conductores y capataces de distrito estaban obligados a dar cuenta al comandante militar de su vecindad, y al comandante militar de sus respectivos distritos sobre las conductas de los cultivadores a sus órdenes; a su vez, los comandantes de distrito debían rendir cuentas a los generales a cuyas órdenes estuvieran.

Aponte se azoró al escuchar el artículo 13 de este decreto:

Herrera se lo recitó íntegro, ufano de la inteligencia de su jefe:

«Encarguemos a los generales que mandan en los departamentos, a los generales y oficiales superiores que mandan en los distritos, que velen por la ejecución del presente reglamento y de cuya ejecución los hago personalmente responsables. Quiero persuadirme de que su devoción en secundarme en pro de la prosperidad pública no será momentánea, ya que ellos están convencidos de que la libertad no puede subsistir sin el trabajo».

Como conclusión Herrera proclamaba:

-El trabajo es una virtud, maestro Aponte. Con el esfuerzo de todos, nuestra patria recuperó su riqueza anterior a la guerra: siete millones de libras de madera, entre campeche y gayac; seiscientos cincuenta mil libras de cacao, dieciséis mil libras de azúcar, noventa y nueve mil libras de mieles. ¡Somos ricos y libres!

Pero los ojos de Herrera no traslucían una felicidad ingenua. Aponte se preguntaba, ahora con mayor angustia, si valía la pena arriesgar la vida contra la tiranía extranjera para imponer luego un gobierno, que en cuanto aboliera la esclavitud, crearía una nueva forma de represión, un militarismo tal vez más brutal que el impuesto por la monarquía, ya que perjudicaría a ricos y pobres por igual.

-¿Nadie se rebeló contra el reglamento? -preguntó.

-Solo unos pobres diablos descontentos que no querían el bien de todos -dijo Herrera y pestañeó para no bajar la vista.

Aponte entendió que los «pobres diablos» tal vez fueran hombres de confianza, familiares o grandes generales de Louverture. Sintió entonces que su alma se escapaba por un pozo seco sin final.

¿La sociedad no tendría cura? ¿Bastaba con expulsar a un gobernador para colocar a otro? ¿Para qué arriesgar la vida? ¿Valía la pena perder amigos y familiares?

Por otra parte, ¿dónde encontrar seguidores fieles? La mayoría de la población libre no creía en los asuntos políticos. Ante sus ojos, estos eran meros juegos de intereses donde los poderosos, sin ningún ánimo de mejorar la vida de los ciudadanos, pretendían engrosar sus fortunas y adquirir mayores privilegios. La Avaricia, la Avaricia, la boca babeante de la Avaricia.

Sin embargo, la situación en Cuba debía transformarse, como había sucedido en los dos continentes. El gobierno de Louverture era un paso hacia la libertad. Tal vez poco a poco, educando a los hijos y a los nietos en los principios de libertad, igualdad y fraternidad, arrancando las malas hierbas con cuidado, con muchísimo cuidado, no pagarían justos por pecadores; tal vez, algún día, educando, educando... Pensó en sus hijos pequeños. A los tres varones les impediría formar parte de los batallones de morenos. Benito, el mayor, sería herrero, y viviría y trabajaría honestamente en Santa María del Rosario. Ya se imaginaba Aponte que le había dado la alegría de dos nietos maravillosos. En su ensoñación, Aponte veía a Justo José que se ocupaba como dependiente en la tienda de Joaquín Corona; y Juan de Paula era un excelente sastre, que pese a sus escasos dieciocho años ya había confeccionado varios pequeños vestidos a la Fefita y un traje de gala para su padre.

Aponte consideraba que los había educado bajo los preceptos del honor personal y la lealtad a la familia y los amigos. Su abuelo Joaquín habría añadido «la lealtad a la Patria», pero Aponte entendía que «la Patria y el rey» eran palabras muy usadas por los señores con el exclusivo fin de alcanzar sus propósitos personales.

- …la grandeza de la patria común -Herrera se interrumpió -…José Antonio, te has distraído -dijo, contrariado.


8

-¿Qué día acordaste con Hilario Herrera para empezar la insurrección? -dijo Nerey.

Sonriendo, Aponte negó con la cabeza. Por delante de su rostro pasó una nube fría que Nerey percibió por el modo en que Aponte aspiraba el aire entre los dientes, como quien ve acercarse la cuchilla del cirujano.

-No conozco a ese hombre.

-Me temo que no es cierto. Es un nombre sonoro: Hilario Herrera, el Inglés.

-¿Un inglés en La Habana? -ahora Aponte exhibía un permanente mohín.

-Sólo el Inglés. Un apodo. Tal vez sea francés, ¿haitiano? ¿Tu oficial de enlace con el rey Christophe?

Aponte siseó imperceptiblemente, esforzándose en parecer relajado.

-No habla en serio el señor licenciado.

-Pues este Hilario Herrera asegura conocerte -Nerey desenrolló un pliego-. Según esta carta enviada por el gobernador Kindelán desde Santiago de Cuba, el mencionado Herrera es un negro robusto, de gran estatura, como de cincuenta años de edad, barba cerrada, cabeza algo canosa ceñida con un pañuelo -levantó la vista hacia el acusado-. ¿Corresponde?

¿Habían atrapado a Herrera, al invisible Herrera?, se dijo Aponte. ¿Estaba todo perdido o se trataba de una nueva artimaña del licenciado?

-Si hubiese conocido a alguien así lo hubiera recordado -dijo.

-¿A alguien así? -el licenciado no perdía el mínimo gesto del rostro de Aponte.

-Sabe que yo soy pintor, y usted describe a un hombre grande y robusto, pero canoso. Un hombre cercano a la vejez, pero que conserva una efigie juvenil -miró con el rabillo del ojo a la panza de don Ambrosio-. Es algo no común.

Era común entre los negros laboriosos si no habían sufrido ninguna herida, pensó Nerey, pero no insistió en ese punto. Era un asunto de arte pictórico y dentro de esas aguas su acusado se movía en plena libertad.

-Pues la carta refiere que este Herrera, a quien le dicen el Inglés, detuvo los alzamientos de Puerto Príncipe y Bayamo en espera de un momento oportuno. Menciona que aquí en La Habana también estaba dispuesto un plan de insurrección. ¿Todavía niega conocerle? -dijo Nerey elevando un poco la voz. Ya tenía la cabeza llena de diminutos latidos. Comenzaba a incubar una jaqueca que se haría persistente durante varios días.

Los diversos motines de esclavos habían pasado sin penas ni glorias. Muertos, heridos, líderes desorientados... Entristecido por los sucesivos fracasos, Aponte entró en la iglesia de Santa María del Rosario. Su mirada se posó en una de las pechinas pintadas sobre tela y recordó el día que vio por vez primera a Santo Domingo y la noble familia de Casa Bayona. La tela había sido creada, según le confiara el padre de la iglesia, por el señor José Nicolás de Escalera, maestro excelentísimo, contratado por el primer conde de Casa Bayona.

En aquella época Aponte preguntó al sacerdote quién era el negro que aparecía en la tela junto al señor conde. «Según se refiere», dijo el padre, «el señor conde quiso perpetuar la memoria de este esclavo, pues el buen negro puso en conocimiento de su amo enfermo las cualidades terapéuticas de unos manantiales desconocidos que brotaban en la hacienda».

-El esclavo ¿era brujo o médico? -inquirió Aponte.

-A tanto no alcanzo, hijo.

Desde entonces Aponte se alegraba por el destino de ese esclavo. Fue fiel a su amo, y eso le dispensó el agradecimiento del señor y la inmortalidad entre los hombres. Al menos mientras la obra del maestro José Nicolás perdurara.

¿Qué era lo conveniente entonces, lo que Dios realmente quería? ¿La lealtad a los señores que los esclavizaban o la insurrección como proclamaban los generales haitianos? ¿O huir, al igual que los cimarrones? ¿Podría huirse hacia algún sitio donde no existieran los que quieren prosperar a costa del sufrimiento ajeno?

Aponte contemplaba el lienzo del maestro Escalera. ¿Huir hacia la belleza?, se dijo, y se le humedecieron los ojos. ¿Era una respuesta del Señor? ¿Debía tomar refugio en el arte, convertirse en un cimarrón, en un apalencado de la Belleza, el único lugar donde todos los hombres podrían ser iguales?

La Belleza era también un camino hacia la Gloria. Para él también podía abrirse ese camino.

Una vez más se sumergió en el recuerdo de aquel lejano día en que indagó por la dirección donde el maestro Escalera tenía su taller. Desde luego, no acariciaba la esperanza de que el maestro le aceptara como discípulo. Quería saber si la fe en Dios y el arte podría conducirlo por el camino correcto. Le ardía la pregunta en la garganta.

-Sin duda -dijo el maestro prudentemente, al tiempo que se preguntaba quién era ese joven negro con inquietudes teologales.

José Nicolás de Escalera se acariciaba las manos debido al constante temor de todo artista que depende de ellas. Había enfermado después de pintar Nuestra Señora del Rosario y había ocultado celosamente su estado, con el propósito de pintar un Cristo de la humildad y paciencia con Nuestra Señora de los Dolores, tal vez su última obra antes que el Señor lo llamara a su presencia.

-Creo por fe que el Señor me ha concedido el don de pintar su gloria y la gloria de sus santos -dijo Escalera, mirando a las manos del entonces joven Aponte-. O al menos intentarlo -hizo una pausa y cambió de asunto-: Me dices que embelleces la madera.

-Mi padre me enseñó el oficio.

-El maestro Nicolás Aponte, un excelente ebanista.

José Antonio se irguió, admirado. El maestro Escalera había llamado «maestro» a su padre. Le conocía.

-Algo perezoso -añadió Escalera.

Esta vez Aponte soportó el agravio con paciencia. Su padre debía alternar el arte de la talla con sus deberes en las milicias, en la cofradía y sus compromisos como carpintero. Amén de que, no obstante su reconocido talento, no siempre las iglesias contrataban los servicios de un ebanista negro.

-A la posteridad no le interesará si el artista enfermó o nació pobre -enfatizó Escalera, interpretando el rostro de su interlocutor, repentinamente endurecido-. Esa mentira puede repetirla, pero al final el artista engañará a todos menos a sí mismo. Hay que meditar todo el tiempo en la luz y en las sombras, en las texturas...

Entonces Aponte se fijó en las manos de Escalera. Eran las manos de un arcángel guerrero: huesudas y alargadas. Las manos de tratar con la gloria de Dios. Manos de sacrificio, de movimientos rápidos y breves, de pinceladas diminutas. Las manos del maestro Escalera no conocían el descanso.

-Es el precio de haber recibido un don... El Señor nos medirá con esa vara.

Aponte miró al suelo. No creía que el Señor midiera al maestro Escalera con la misma vara que a su padre.

-La luz y la sombra, ¿y el color, don José, no es importante? -preguntó Aponte con expresa ambigüedad.

Pasaron varios meses antes que el maestro Escalera contestara de forma convincente la pregunta de José Antonio. Las visitas del joven aprendiz le habían devuelto el ánimo al viejo pintor, y el deseo de retomar el oficio. Al principio pensó en convertir al joven en su ayudante, pero pronto se percató de que José Antonio poseía un extraordinario talento para la composición y la distribución espacial de los volúmenes, pero no se las arreglaba bien con las luces y las sombras. Sin la luz y la sombra era imposible entender el color.

Un día, Escalera se incorporó y pidió a José Antonio que le siguiera. Entraron en una habitación más pequeña que Escalera abrió con llave. Enseguida encendió veinte o treinta velas que se encontraban en distintos ángulos de la habitación. El lugar parecía una mecería llena de pigmentos por doquier, botes de pinturas y trozos de lienzos pintarrajeados en un absurdo cromatismo. Sin embargo, daba la impresión de que todo hubiese estallado de repente y los pigmentos se hubieran adherido a las paredes y al techo, intensificados por la luz de las velas. Aponte miró aquella habitación con desconfianza, como un loco receloso que se resiste a creer en la existencia del arco iris.

-Aquí entro a contemplar la belleza pura de Dios y a descansar del gris diario.

La habitación en nada recordaba el sobrio colorido de los lienzos del maestro. Aponte no entendía nada.

-Una vez me preguntaste: « ¿Y el color, don José, no es importante?» ¿Lo recuerdas?

Aponte asintió, sin que lo abandonara todavía la confusión.

-Pues el color no existe, José Antonio.

En un lienzo aparecía un manto ondulante sin figura humana. Era de un azul insoportable. Escalera interpuso sus manos entre la luz de las velas y el lienzo.

-En el equilibrio entre la luz y la sombra el color adquiere su humildad. ¿Lo aprecias?

Aponte asintió. Luz y sombra. Equilibrio. Humildad. Entonces entendió y miró a los ojos del maestro. Este le puso una mano en el hombro.

-Debo prescindir de tus servicios, muchacho. Creo haberte enseñado todo lo que sé.

Aponte regresó a su casa, pensando en la última frase del maestro Escalera: «No hay que ser un Licenciado Gamarra, como decía mi abuelo, para nacer en la gracia de Dios. Ocúpate en el arte, José Antonio. Medita en lo que se preguntaba el sabio: "¿Puede el etíope cambiar el color de su piel o el leopardo quitarse sus manchas?"»

Desde entonces José Antonio vivió embebido por un placer que hasta ese momento desconocía. Todo cuanto le rodeaba era deleitable. Las luces y las sombras jugando entre las pequeñas cosas. Ondulaciones de los tejidos de lana, seda y lino que se exhibían en las tiendas de la calle de los Mercaderes, las mujeres que los apreciaban, los rostros alegres o con expresiones de precaución; las muchachas paseantes exhibiendo sus trajes de linón o muselina; los helechos que buscaban una breve grieta entre los muros; las cortinas de cañamazo que protegían del sol a los buhoneros apretujados en los portales del Rosario; el color del agualoja ¿sabría a su color?; el cuadro de devoción, al cual por las noches encendían lámparas de aceite... Todos los objetos y pequeños movimientos que antes pasaban inadvertidos a su mirada aparecían ahora como seres vivos que reclamaban cuidados personales. Aponte llegó a creer que las cosas, como los hombres, también vivían sus momentos de gloria, en el equilibrio entre la luz y la sombra; y que a menudo el esplendor de los hombres dependía del esplendor de las cosas, lo cual parecía un contrasentido, pero bien sopesado, era parte de la tradición. La historia lo demostraba con incontables modelos.

Uno de los objetos más llenos de significado, siempre iluminado y frente al que muchas personas ocupaban sus horas, eran las imágenes de los santos en las iglesias.

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Una Biblia perdida es Premio Alejo Carpentier de novela 2010.
Editorial Letras Cubanas. La Habana, 2010.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.