La Habana. Año X.
7 al 13 de ENERO de 2012

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Eduardo Torres Cuevas:
“Tengo el sueño y la esperanza
de que dentro de muy poco tendremos en Cuba un pensamiento nuevo, fuerte y crítico”
Astrid Barnet • La Habana

Tengo ante mí a un hombre con una sabiduría que desborda a mares; con un sentido amplísimo del análisis y la investigación y, ante todo, de la observación en cada uno de los enfoques que realiza cuando parte de materias académicas diversas. Con él pareciera que cada momento y cada personaje de la Historia, la Filosofía, la Literatura o de las Ciencias Políticas (por citar algunas disciplinas), han emprendido juntas un camino —para nunca desprenderse—, ante tanto ingenio, y a la vez para continuar cimentando una obra grande: la de Educador, por profesión y convicción, y la de Cubano genuino, por amor. Es el Doctor en Ciencias Históricas, Eduardo Torres Cuevas, quien me atrevería a afirmar que, hoy por hoy, es uno de los más acuciosos estudiosos de nuestra cubanidad. 

El profesor Juan Nicolás Padrón destacó recientemente en nuestro sitio web que “después de la invasión de Europa en 1492, el racismo de los colonialistas españoles trajo consigo tres variantes a América: la aplicación de “la limpieza de sangre”, para los súbditos de la Corona, la discusión de si los indígenas americanos poseían o no alma, y una oprobiosa discriminación racial hacia los esclavos africanos. Partiendo de estas tres variantes, ¿cuál es su criterio?

Estoy de acuerdo con la observación del profesor Padrón. Me gustaría precisar que el tema tiene una periodicidad histórica, es decir, que los motivos y las fundamentaciones del racismo —como aspecto del problema racial—, hay que analizarlos también desde el punto de vista de su evolución en Nuestra América. En un primer período, del siglo XVI al XVIII, el debate es teológico-medieval, en el cual lo civilizatorio no es más que un aspecto de la cristianización; la cristianización combate, con todas sus armas espirituales y materiales, a paganos, herejes y salvajes, enemigos o desconocedores de su Dios; el objetivo de teólogos y religiosos es la salvación de las almas y la conquista del paraíso celestial; detrás de ello está el de los conquistadores: segregar para dominar. Sobre la base de la fundamentación teológico-religiosa, del derecho canónico y del derecho civil, se estructura, paso a paso y según las circunstancias modificadoras, un sistema de dominación en América. La España que llega a nuestro continente es la que ha concluido la conquista —que en la historiografía tradicional fue llamada Reconquista— de la península Ibérica al ocupar, en un proceso de siglos, los territorios que durante generaciones habían estado en manos musulmanas, los llamados “moros” por los castellanos. Hasta entonces, habían convivido tres culturas —tres religiones— en suelo hispano, la cristiana, la musulmana y la judía. Por medio de la fuerza, y apelando al derecho de conquista, los reinos cristianos, no solo despojaron de sus territorios a “moros” y judíos, sino que, además, les ocuparon sus riquezas y, en el mismo año del descubrimiento de América, expulsaron a los judíos y, unos años después, a los “moros”. Todo a nombre de Dios. Solo pudieron quedarse en la península los que se cristianizaron. Por estas razones, para distinguir a los cristianos “viejos” de los “nuevos”, se instauró la “limpieza de sangre”. El traslado a América de este instrumento castellano fue una hipóstasis que sirvió para excluir a indios, negros, mestizos y a otras razas, del acceso a la cultura, a cargos significativos de gobierno civil o eclesiástico y a medios de riquezas. Ello tuvo un efecto estructurante en las sociedades nacientes: la formación de una élite cultural, política, social y económica; de una élite hegemónica. 

“(…) El otro tema, señalado por el profesor Padrón, el de si los indios tenían alma o no, fue el centro de uno de los debates más enconados de los primeros tiempos. Las tendencias simplificadoras suelen ser fatales a la hora de comprender los procesos históricos. Toda época está llena de nichos en los cuales se refugian y actúan las tendencias que las historias-paradigmas precisan olvidar u ocultar. El debate sobre la condición del indio, cruzó todos los aspectos jurídicos, religiosos, culturales y económicos de los primeros tiempos. Señalaré aquí, solo como ejemplo, que una de las primeras polémicas que tuvo lugar, en 1516, fue entre el primer obispo designado para Cuba, fray Bernardo de Mesa, y fray Bartolomé de Las Casas quien, con posterioridad, sería conocido como Protector de los Indios. Para Mesa, los indios eran inferiores a los hispanos —era la etapa de la conquista insular en Las Antillas; aún no se avanzaba en la conquista del continente— porque eran hijos de la luna y el mar, débiles, incapaces de trabajar, lo que los excluía del tratamiento salvador; Las Casas le riposta indicando ¿qué dirían los habitantes de Bretaña, Sicilia y otras islas europeas, con las mismas condiciones que las del Caribe, ante tal tratamiento? Aquí se observa ya un doble rasero para Europa y para América. 

“(…) Desde los orígenes de la presencia hispana en América, varios sacerdotes, entre ellos Antón de Montesinos y Bartolomé de Las Casas, se opusieron al trato inhumano que recibían los indios. Este último elaboró varios Memoriales en los que proponía un cambio del régimen de colonización-cristianización. Pocos años después, en México, tendría lugar una de las polémicas más trascendentes para el futuro cristiano de nuestra América, la sostenida por Las Casas (dominico) con el franciscano Toribio de Motolinia. Para el primero era necesaria una catequización individual,  previa al bautismo, de modo que el asumir la fe cristiana fuese un acto de consciencia. Motolinia actuaba de un modo contrario; recorría el territorio mexicano efectuando bautizos masivos aunque los recién cristianizados desconocieran las bases mismas de su fe. Para Las Casas era una falsa cristianización; sin embargo, la evangelización masiva de Motolinia, permitió una recepción mística del catolicismo a partir de la cual se produjo una sustitución de los “dioses vencidos”, por el que, indiscutiblemente, había demostrado ser el más poderoso, el  “todo poderoso”,  el Dios cristiano. Este proceso no fue racional; fue más profundo, fue mental; se expresó en formas y rituales pero su contenido se refugió en el interior del espíritu: era lo trascendente. Cuando en 1542, la Corona dictó las Leyes Nuevas de Indias, que reconocían al indio como vasallo del rey, ya el daño estaba hecho. En Cuba la medida fue resistida por los encomenderos y, cuando se aplicó, en los pequeños pueblos en que se recogieron algunos pocos indios —Jiguaní y El Caney en Oriente y Guanabacoa en La Habana—, solo se movía en ellos el fantasma de lo que había sido la población pre-hispana de la Isla. Entonces, la “limpieza de sangre” entre los vasallos del rey, jugó un nuevo y discriminatorio papel. 

“(…) A este período de nuestra historia le corresponde toda una etapa de la esclavitud en Cuba pero no se puede reducir el problema del negro al problema de la esclavitud. En primer lugar, la esclavitud ya existía en Europa, y en especial en España y Portugal, antes del encuentro con América. Era una institución bien establecida sobre la base del derecho de conquista. Lo más importante es que no tenía motivaciones raciales sino que estaba sustentada en razones religiosas, de conquista o de comercio. Los primeros esclavos ingleses en el Caribe son los prisioneros de las guerras de religión en Gran Bretaña. En Sevilla, en los momentos de la llegada de Colón a América, un 7 % de la población era esclava. Por tanto, la esclavitud no fue una consecuencia de la conquista de América ni exclusiva para los negros africanos. El proceso que se inició, a partir de entonces, es el que explica los resultados. Los árabes habían desarrollado un fructífero comercio de esclavos en África con la compra de prisioneros de las guerras intertribales y la creación de grupos especializados en la caza humana. Como tenían una porción del territorio ibérico, desarrollaron redes comerciales desde África a estos territorios. Conquistada Andalucía por los castellanos, estos mantuvieron ese comercio. En el momento de la conquista, los reyes hispanos operaron con una clasificación de los esclavos; para venir a América solo autorizaron a los llamados esclavos ladinos, es decir, que entendían el español, estaban cristianizados y podían desempeñar trabajos de cierta complejidad. Estos no venían directamente de África sino de la propia España. Poco después se comenzaron a introducir los llamados bozales (no entendían el español ni estaban cristianizados), que provenían directamente de las costas africanas. Durante el siglo XVI, surgió otro tipo de negros esclavos o libres, los que nacían en  América, por lo que fueron llamados criollos (“el pollo criado en casa”, el que nace o se cría aquí, en Cuba). Los hubo libres y esclavos. Los primeros se destacaron por ser excelentes artesanos. A su desarrollo contribuyó la mentalidad hidalga de los castellanos para quienes el trabajo manual era una degradación social y dañaba el honor. Por cierto, en la “limpieza de sangre” había que jurar y demostrar que no eras tampoco hijo de obrero o artesano. ¿Tendrá algo que ver con la lucha de clases? Es importante observar que este proceso, de bozal a criollo a rellollo, implica dos aspectos de sumo interés: la pérdida de la memoria de los padres y, por tanto, el modo en que desdibuja “la tierra lejana”; la diferencia de patrias del bozal a la del criollo. Esta última implica algo más, mucho más, que un problema de territorio o espacio geográfico; es, ante todo, el surgimiento de hábitos, costumbres, sicologías sociales e individuales, sentimientos e historias nuevas y diferenciadoras. 

España no poseía factorías en África por lo que los esclavos introducidos en Cuba lo fueron por los sistemas de asientos y licencias. Estos eran documentos legales por medio de los cuales la Corona concedió, a través de los siglos coloniales, a comerciantes genoveses, portugueses, alemanes, holandeses, ingleses o franceses, la autorización para introducir esclavos en sus colonias. Por estas razones en nuestro país fueron introducidos esclavos de las más diversas etnias subsahariana. En mi cuenta, más de 87. No menos importante es tener presente el intenso comercio de contrabando, una de cuyas más preciadas mercancías eran las “piezas de ébano”, eufemístico nombre que alguien acuñó para referirse a los negros esclavos.  

“(…) Dos aspectos importantes. Todos los negros en África tenían el mismo color, lo que los diferenciaba y enfrentaba eran las rivalidades étnicas. En América, ante el blanco, surge una identidad-igualdad del color que supera la división étnica, todos son negros. Por otra parte, existía un tronco común desde el punto de vista religioso, de costumbres, artístico… Traían entre ellas elementos diferenciadores pero también comunes. Si, por un lado, existía diversidad, por otro, esas culturas tenían un fondo común que le daba cierta unidad a la par que una gran riqueza de matices. Todas estas etnias se inscribían en una cosmovisión que las integraba en esquemas culturales básicos… con el tiempo, con el aprendizaje obligado entre ellos, con la relación con el blanco diferente, con el ocultamiento de sus prendas más preciadas —religión, costumbres, memoria, entre otras— estas culturas se transculturaron entre sí hasta conformar un nuevo tejido social y cultural. Lo que está aún por estudiar más a fondo es, cómo el nuevo medio natural, social y cultural americano, en el cual nacen y actúan los afrodescendientes, provoca los cambios que los hacen, ante todo, americanos, con un determinado patronímico nacional. Es el americanismo ¿latinoamericano? multicolor, multiétnico y multicultural en vigorosa brotación. Es la brotación americana de una raza cósmica, hecha de todas las razas y de todos los ingredientes universales. 1   

“Lo otro, que no puede pasarse por alto, es que los siglos del XVI al XVIII constituyen el período de la acumulación de capital por las emergentes potencias-imperios europeos. Es el capital comercial y manufacturero el que construye el gigantesco comercio triangular Atlántico (Europa-África-América). Europa acumuló el capital, África aportó la mano de obra y América la materia prima para la manufactura europea. Capital y desarrollo técnico manufacturero crean las vías para la era industrial del capital de las metrópolis que marcará el siglo XIX. Sin el desarrollo del comercio esclavo Atlántico y de la esclavitud en América no se hubiera formado la era del capitalismo. Por tanto, la esclavitud del negro en América tiene un basamento económico. En el universo hispano se le añade el prejuicio contra el trabajo manual. Es, durante este proceso, que la esclavitud oscurece su piel.  

“Las estructuras económicas que provocan ciertas tendencias sociales pueden desaparecer una vez transformadas las causas que las crearon pero lo que más lentamente cambia, la “larga duración” de los procesos sociales, es la mentalidad.  Esta actúa como resistencia al cambio y conforma los prejuicios que pre-juzgan. En estos casos, el juicio y la racionalidad, ya están predefinidos. Actúan para fundamentar y justificar el prejuicio. En consecuencia, las ideas no son un resultado del libre ejercicio del pensar sino de las cadenas impuestas y ocultas en lo profundo de las mentalidades. Lo racional se convierte, en estos casos, en justificaciones prejuiciadas. Su permanencia, la del prejuicio, sutil y, a veces, inadvertido, es asombrosamente larga aunque ya no tenga el sustento originario; en nuevas condiciones, se mueve, oculto en el interior del cerebro, en busca de nuevas bases de sustentación… y las encuentran… y muta como las bacterias frente al antibiótico de nueva generación.                                             

“(…) Tu pregunta me motiva a explicar, aunque sea de modo somero, la evolución posterior del tema. En un segundo período, desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX, se introduce una nueva cosmovisión nacida del debate de la Ilustración, con la conceptualización de la sociedad laica y republicana sobre la base de la soberanía del pueblo y el desarrollo del constitucionalismo. Fundamental para el tema es el debate filosófico sobre la condición humana y el jurídico sobre el derecho de propiedad. La separación de la Iglesia y el Estado, con la consecuente pérdida de poder terrenal de la primera, incrementa los mecanismos jurídicos de compartimentación social. Durante este período, la esclavitud adquiere sus formas más intensas y el comercio Atlántico de esclavos sus cifras más elevadas, ambos procesos, producto del desarrollo de la plantación esclavista. En Cuba, en lo fundamental, esta institución fue azucarera o cafetalera. La plantación esclavista constituye una unidad que, a diferencia de los hatos y corrales medievales anteriores, funciona con conceptos del capitalismo como ganancia, pérdida, préstamo, inversión, productividad. El esclavo es una inversión, una propiedad mercantil. A él debe extraérsele la mayor productividad por lo que se calcula, desde el tiempo de vida útil hasta su rendimiento por jornada.  Este tipo de empresa capitalista desarrolla la explotación intensiva del trabajo esclavo pero, a la vez, promueve el desarrollo tecnológico azucarero, el ferrocarril y las complejas actividades de las ciudades-puertos. En estas últimas, surge un activo artesanado de blancos y negros y mulatos libres. Lo más significativo del debate jurídico es que el esclavo se compra y se vende como una mercancía más; por tanto, su dueño tiene un derecho de propiedad. De ello se derivan dos consecuencias, una filosófica: el esclavo es un objeto no es un sujeto, en consecuencia, no posee la condición humana; la otra, jurídica: toda abolición debe ser indemnizada.  Este racismo que fundamentó el sistema plantacionista era más despiadado que todos sus precedentes. A fines del siglo XVIII, unido con el inicio de la fase industrial del capital, surge el movimiento abolicionista, con una raíz religiosa y otra económica (la necesidad de consumidores en los mercados; el esclavo no tiene capacidad económica). Es en Haití donde el propio negro, sin paternalismos, conquista su libertad y, con ella, demuestra su condición humana.  Pero, lo imperdonable, fue que “no respetaron el derecho de propiedad”. Demostraron que, no eran un objeto, propiedad de “alguien”, sino sujetos de su propia historia.  

“Las independencias americanas se producen en este contexto internacional e ideológico. En ellas, existe otra historia y es aquella de cómo las oligarquías latinoamericanas logran convertirse en la élite hegemónica de las nacientes repúblicas a partir de esa vieja historia de la “limpieza de sangre”, de la segregación legal del indio, de la destrucción de su cultura, de la discriminación social y de la explotación económica. Hubo conquistas y represiones, tan sangrientas como las coloniales. La conquista, por ejemplo, del Arauca, en Chile, o de la Patagonia, en la Argentina, son acontecimientos de extrema crueldad para someter o extinguir a aquellas poblaciones existentes en dichos lugares. Son reproducción y continuación de los métodos de la conquista solo que modernizados y con una justificación decimonónica.   

“(…) En un tercer período, trascendental para el tema, de mediados del siglo XIX a mediados del siglo XX,  el positivismo, la antropología y la antropometría, fundamentan el racismo. Ahora, no será ni desde una concepción teológico-medieval ni desde una jurídico-filosófica; será desde una concepción seudocientífica de las razas y sus características. En la nueva propuesta, junto al surgimiento de la conceptualización y división moderna de las razas surgen las fundamentaciones de las razas superiores e inferiores. Se establecen las cuatro razas —blanca, amarilla, negra y mongólica—  y sus características —medición de cráneos y huesos para determinar superioridad o inferioridad. El darwinismo, una de cuyas tesis más importantes es el evolucionismo, apoya, en ciertas tendencias, una especie de evolución racial y antropológica asociada al llamado darwinismo social. Sobre este paradigma, los tratados teóricos, históricos y científicos desarrollan las tesis que servirán a las nuevas guerras de conquistas, no contra herejes sino contra razas inferiores necesitadas de tutelaje. En consecuencia, se fundamenta la contraposición Civilización vs. Barbarie, en la que la inferioridad de las razas negra, amarilla y mongólica, las hacen incapaces de alcanzar el pensamiento abstracto y complejo de la civilización moderna. Todas estas corrientes fundamentaban la exclusión de lo diferente, descalificándolo como expresión cultural y social, base de toda dominación, dentro y fuera de una misma nación; base del colonialismo, del imperialismo, del neocolonialismo, del fascismo, de la división y segregación social (algo más, más que algo, que la división de clases, porque el racismo es, también, una división al interior de una misma clase social). 

“Entre los hechos más trascendentes de la historia intelectual cubana está la inteligente argumentación martiana contra el esquema de civilización frente a barbarie. Utilizado por Domingo Faustino Sarmiento, como base del predominio civilizatorio del criollo blanco en las nacientes sociedades latinoamericanas, era, también, el argumento “científico” para la fundamentación de una “cubanidad blanca”, excluyente y racista. Martí, previsor del peligro, afirma que no hay verdadera batalla entre civilización y barbarie sino, y obsérvese la profundidad de la idea, entre “la falsa erudición” y la “verdadera naturaleza”; de ahí, su otra idea fundacional, cubano es más que cualquier división de colores pero, la justicia hay que comenzarla por reconocer que el negro ha tenido que vencer y tendrá que vencer mayores obstáculos para ocupar el lugar que le corresponde, que lo que ha tenido que vencer y tendrá que vencer el blanco humilde. La igualdad de los desiguales no es igualdad, es una falacia ignorante. 

“Es importante destacar que, cuando estas tendencias del racismo científico estaban en boga, se estaba produciendo la extinción de la esclavitud en Cuba (el decreto final se promulgó en 1886). Era necesario sustituir la frontera legal que significaba la esclavitud, por una nueva, la social, que sirvió de base para la república enajenada surgida en 1902.  Agregaría un cuarto período, de los años 30 del siglo XX a los 70, donde destacaría la obra de Fernando Ortiz, en particular El engaño de las razas, y los debates de los años de las décadas de los 40 y 50, y lo que significaron La Antropología estructural y El pensamiento salvaje de Levi Strauss, el funcionalismo y otras escuelas de pensamiento social. Y, por último, el período actual, donde los pueblos de diversos orígenes, hasta ahora sin voz sonora y con intérpretes externos, ganan el espacio social, político e intelectual del que estaban excluidos. No es un tiempo triunfal; es un tiempo de debates y luchas inteligentes donde no se pueden subestimar los refugios oscuros en los cuales se preparan los dominadores de hoy, herederos de los que construyeron imperios, para la recuperación de espacios perdidos, contando a su favor con una acumulación de inteligencias, capitales y altas tecnologías. Ello exige la responsabilidad del debate porque todo presente no es más que un acumulado selectivo de lo histórico con el cual se pueden construir nuevas historias, historias distintas pero siempre con intención desde un saber limitado, intereses reales y actuantes y cosmovisión ya estructurada.  

Don Fernando Ortiz expresó: “La Cubanidad no está solamente en el resultado, sino también en el mismo proceso complejo de su formación desintegrativo e integrativo, en los elementos sustanciales entrados en su acción, en el ambiente que se opera y en las vicisitudes de su transcurso…” Razas y Cubanidad, ¿qué elementos y vicisitudes las accionan? ¿Cómo operan o interactúan actualmente? 

Si Fernando Ortiz hubiera nacido en Europa hoy tendríamos un método y una corriente del pensamiento universal que llamaríamos Orticismo. Como fue cubano sus teorías no fueron tan conocidas como tampoco la evolución de su pensamiento, algo que hubiera sido muy importante para los estudios sociales en universidades y en lugares donde se estudian temas como los que él abordó. Pero lo que sí sería imperdonable entre nosotros es hablar o estudiar ciertos temas sin el conocimiento de la obra de Ortiz. No solo porque es una obra fundacional de las ciencias sociales cubanas sino porque en ella está la base, el punto de partida, de todo estudio sobre la sociedad cubana, sin apologías ni esnobismos, una base sólida que permite dirigir acertadamente el estudio o la investigación.  

“Lo más importante en Ortiz es su evolución y cómo va descubriendo los espacios ocultos de la sociedad cubana que no solo nadie quería estudiar, sino que ni siquiera se querían mencionar. Por otra parte, existe una tendencia a hablar de él como antropólogo, historiador, etnólogo, musicólogo, lingüista… Ortiz, con esa impresionante cultura que desplegó, tuvo que desarrollar todas estas disciplinas para aproximarse en profundidad a su objeto de estudio, la sociedad cubana. Si no fuera por lo maltrecho y politizado del concepto, pudiéramos decir que fue el primer cubanólogo (estudio científico de lo cubano) pero, como sabes, el mal uso de los conceptos, les hace perder su valor gnoseológico; Ortiz fue el primero que estudió en forma transdisciplinaria nuestra sociedad, sus sociabilidades, sus capas profundas, su historia —no solo política sino social y cultural; la cultura como generadora de actitudes sociales y primera instancia de la política—; fue el primero en supeditar el discurso político-ideológico al discurso científico-ideológico; no fue un simple folclorista, reductor de la cultura a folclor, sino todo lo contrario, colocó lo folclórico en el espacio cultural que le corresponde. Se le ha llamado el tercer descubridor de Cuba. De los tres, Colón, Humboldt y Ortiz, él era el único cubano. Hacia el interior de Cuba hubo otros descubridores de nosotros mismos y de nuestra naturaleza física, social y humana, y sin embargo, han sido muy poco investigados con la profundidad que merecen. Entre ellos están: Morel de Santa Cruz, Varela, Poey, Saco, Luz, Varona, por solo nombrar algunos de los más destacados. Es en esta última corriente de pensamiento científico donde coloco a Ortiz. Sin esa tradición de pensamiento, Ortiz no hubiese sido el Ortiz que conocemos. Pero si tuviera que definirlo, porque habría que precisar en qué consiste su mayor descubrimiento, yo diría que fue el descubridor del alma, o del espíritu si se quiere, que nutre y anima lo cubano, de las, dirían los filósofos, esencias cubanas. No como espacio final y determinado, sino como realidades complejas, vivas y activas, en permanente permutación y siempre en construcción. Y en esto incluyo lo material y lo inmaterial. Lo material, que es la envoltura y el espacio físico de la espiritualidad: que te identifica según los sentidos; lo espiritual, que le da sentido a la construcción material y a la vida misma. Lo material como envoltura de lo espiritual como contenido. 

“Pero además, lo extraordinario, lo que siempre me ha impresionado de Fernando Ortiz, es que logra cubrir a fondo componentes diversos de nuestra cultura como la religión y la música. Es algo impresionante. Sin su pensamiento transdisciplinario, jamás hubiera podido ofrecer todo el conocimiento orientado y las visiones penetrantes, ricamente informadas y documentadas, que se expresan en sus artículos, trabajos, en su obra en general. Definió cuestiones esenciales como es la de ser cubano. Su lema: Ciencia, conciencia, paciencia, demuestra su cultura cubana. Con anterioridad, en el siglo XIX, José de la Luz y Caballero calificó la obra patriótica de todo cubano verdadero como obra de Ciencia y conciencia. Según Luz, ciencia para crear conciencia; conciencia para hacer ciencia; ciencia y conciencia en el ciudadano para construir a Cuba. He ahí retratado a Ortiz. Entre José de la Luz y Fernando Ortiz, otro destacado científico y patriota cubano, Vicente Antonio de Castro, convirtió el binomio lucista en tríptico patriótico y científico, Ciencia, conciencia, virtud. Fernando Ortiz, que vivió una época muy complicada,  adoptó el de Ciencia, conciencia, paciencia, sobre el entendido que en la conciencia estaba la virtud. Escribió libros muy valiosos e interesantes como, por ejemplo, Contra la anexión que, supuestamente era una recopilación de escritos de José Antonio Saco, pero que se convierte, de hecho, en una obra de Ortiz, por la selección, el prólogo, el ultílogo y las notas. En ciertos terrenos, Ortiz fue considerado el “Saco del siglo veinte”. 

“Considero, asimismo, que la esencia del pensamiento de Ortiz es la comprensión de lo complejo y multidireccional de nuestra sociedad (como cualquier otra pero específica) y lo fatal que pueden ser las visiones unidimensionales porque dividen, ocultan o discriminan, conscientes o no. En Ortiz, hay, también, una hermenéutica del conocer a Cuba: estudiar para comprender porque, sin verdadero conocimiento, no hay comprensión de lo real; comprensión de lo real, para rectificar y ajustar el pensamiento; pensar para crear; pensar y crear, para dar vuelo a la imaginación. ¿Recuerdas el libro de Einstein La física aventura del pensamiento? A mí me gusta decir que la historia es la más aventurera, y no siempre la más afortunada, de las aventuras del pensamiento. A veces surgen tendencias a lo absoluto o mirar hacia una sola dirección y no observamos el conjunto que es el que ofrece la riqueza contradictoria de lo real, la interrelación y la interacción de todos los componentes en una sociedad dada.  Lo importante no es aislar un fenómeno o hecho social sino que, una vez estudiadas sus características, se establezca la dinámica multivectorial en la que está insertado. Es por ello que cuando Ortiz habla de la formación del sentimiento cubano lo presenta como un proceso de fusiones, de asimilaciones, de combinaciones… Por eso es que el concepto de transculturación tiene tanta importancia en el sistema de pensamiento orticiano. Usted va a Europa, a un país en donde existe una gran cultura de base étnica, lingüística, religiosa y usted, proveniente de un universo cultural diferente, para ser aceptado, tiene que aculturarse, es decir, perder su cultura original, o marginarla, para adquirir o asimilarse a la de ese país. Para Ortiz, en el caso cubano, lo que ocurre es una transculturación; todos los elementos culturales que llegan, se mezclan y decantan, por lo que van alterando la composición original sobre la que actúan.  Del proceso de mezcla de ingredientes, donde aún puedes separar sus componentes, se pasa a una segunda fase, en la cual surge un producto nuevo, una nueva cualidad y calidad, ya no como mezcla sino como combinación, fusión, en la cual son inseparables sus componentes constitutivos; ya no es solo un problema de orígenes sino del cuerpo vivo, palpitante y presente de un pueblo-nación. Ese producto nuevo es lo cubano, claramente identificable por sus cualidades propias. Por cierto, cualidades tanto constructivas como destructivas. Alguien las llamaría positivas y negativas. Es mucho más. Apelar a los orígenes, por otra parte, puede ser una negación de quien soy hoy, de quienes serán mis hijos e, incluso, de quienes eran nuestros bisabuelos. 

“En ocasiones, este proceso se pierde de vista porque no es lo español ni lo africano, ni dentro de España lo catalán, lo castellano, lo andaluz, lo gallego, ni dentro de África lo congo, lo lucumí… sino que lo cubano es el resultado de estas fusiones, diferente a todos y cada uno de sus componentes originales. Lo cubano es resultado de una dinámica histórico-cultural singular, del diálogo y las vivencias callejeras, del nexo afectivo al interior del hogar, de la evolución de un ritmo y de un sonido musical diferente, pero también y fundamental, de una historia en construcción, de un pensamiento propio y de una sociabilidad surgida de la composición social de base universal. Esa es su riqueza y autenticidad. Ortiz se pregunta: ¿Qué cosa es ser cubano? Y se responde: La conciencia y la voluntad de serlo.  Lo primero, es conocernos; después asumirnos con virtudes y defectos; por último, decidirnos a ser lo que somos; se trata de no tener que descubrirnos ante el diferente ni querer ser lo que no somos. La conciencia de lo que somos nos hace sentir respeto por lo diferente y respeto por nosotros mismos. Ni vanidades de aldea ni complejos de inferioridad.  

“Hay quienes se rigen por leyes inalterables de la historia pero a la hora de estudiar situaciones como las que presenta la evolución histórica, social y cultural cubana —diferente a la de los centros productores de saberes e ideologías—, no las comprenden y las esquematizan. Este proceso lleva a lo suprahistórico y a la pérdida de la riqueza de la historia verdadera; más grave aún, lleva a la pérdida de la historia verdadera. Quien haya vivido y estudiado la Historia de Cuba  entiende que estos fenómenos propios, como la transculturación o la irregularidad de “las regularidades”, responden a una realidad específica. No es solo un problema teórico es, ante todo, un problema práctico. Es difícil que alguien pueda sentir o defender lo que desconoce; si desconocen los elementos culturales que lo definen, no podrá ser él ni su propio creador. Hablo de la necesidad de conocer nuestra cultura no solo en sus superficies sino, también, en sus profundidades: como pensamiento, descubrimiento, creación de un imaginario colectivo propio y trascendente, como construcción e idea de “un deber ser”, como búsqueda más que como realización.  No nos podemos dar el lujo de no pensar nuestra realidad. El no pensar o pasar por alto nuestro propio pensamiento es condenarnos a no ser. Y así pasó en los tiempos de Varela, de Céspedes, de Martí, de Ortiz; en los años 50, y así continúa pasando. Porque, y es la idea de Ortiz que está en tu pregunta, Cuba y lo cubano siempre es una idea en construcción,  es una permutación permanente del casco obsoleto, duro y resistente, por el nacimiento de nuevas creaciones. Lo que se da por terminado se estanca y muere. Un cuerpo vivo, genera y regenera, integra y desintegra, construye-destruye-reconstruye, todo en la finita indefinición del tiempo de permanencia de la raza humana en un planeta, por ahora, nada seguro. 

“En otro sentido, el pensamiento cubano no es un pensamiento único, sino múltiple, rico, contradictorio dentro de sí mismo, pero, si es auténtico, siempre en busca de una superación de situaciones. Si a mí me preguntaran acerca de una característica del pensamiento de Ortiz, diría que es un pensamiento antitradicional. Es heredero de la tradición antitradicional cubana porque lo tradicional, en nuestro pensamiento, es el pensamiento electivo, el pensamiento crítico del enquistamiento y la dogmatización a que es sometido todo pensamiento constructivo. De lo que se nutre el pensamiento creativo es del pensamiento vivo de nuestros grandes muertos. Es por ello que a Ortiz hay que descubrirlo desde el conocimiento de sus predecesores, desde la filosofía de Varela, la poesía de Heredia o de la Avellaneda, o el pensamiento político de Luz o el pensamiento educacional y filosófico desarrollado en Cuba … Porque, lo contrario, es un absurdo; es como decir que no existió nada antes de mí. Puede haber pueblos que presenten esta triste situación; pero no es la nuestra, herederos de una impresionante historia del hacer y del pensar. Un pensador francés (Foucault) expresó que la “Historia es presente”. Digamos que no es lo que pasó, es lo que se recuerda de lo que pasó y la forma en que se organiza el conocimiento que se tiene de lo que pasó. Pero somos producto de esa historia y, como producto de ella, nuestro presente no es más que un momento de la historia. Tenemos, por una parte, el proceso real que transcurre independientemente de mi voluntad y del grado de conocimiento del mismo, por otra, la imagen-ilusión que con la escasa información que tengo, me hago del presente y de la historia. Como problema conceptual, no puede aislarse el hoy de los componentes del pasado que contiene y de los gérmenes del mañana que ya brotan en su interior. 

“El principio griego: Conócete a ti mismo, pensado desde Cuba, es, ante todo, el conócete a ti mismo del cubano. Después que te conoces —porque sin conocerte no sabes lo que eres—, tienes que tener la voluntad de ser lo que eres. Como también lo puedes negar. Puede darse el caso que quieras ser español y, cuando llegues a España, te percates de la diferencia o que, como toda sociedad establecida, te haga sentir la diferencia. Entonces, puede ocurrir que, allí, ante el diferente, descubras quién eres. Y eso es tremendamente doloroso. Por ello es tan imperioso conocernos a nosotros mismos. La voluntad de serlo tiene que partir del conocimiento. Esto lo dice Martí, de modo muy sencillo, en una frase: ser culto para ser libre. 

“Por último, es importante distinguir la ‘cubanía’ como ‘sentimiento de lo cubano’ de la ‘cubanidad’ como ‘racionalidad de lo cubano’. Sentir no es conocer, es amar y se ama lo que es tuyo, lo que te pertenece y a lo que tú perteneces. No es una decisión voluntaria ser quien eres, no puedes dejar de ser lo que eres, pero sí es decisión personal decidir lo que amas. La cubanidad, por otra parte, no es un sentimiento; es la comprensión racional de los procesos que te dan vida. Por ello, políticos como Ramón Grau San Martín, banalizaron el término que con tanta fuerza se debatía al interior de las nacientes ciencias sociales cubanas. Adulteraron el producto científico al politizar la superficie de las ideas sociales. 

Tras más de 50 años de Revolución, ¿qué valoración usted realizaría acerca del tema del racismo en la etapa actual? 

“Por suerte conozco bastante bien cómo se desarrolló la sociedad anterior y cómo se ha desarrollado la actual. Hay cuestiones que son referencias. No es lo mismo lo que tú lees en un artículo a lo que vives en la calle. El artículo está matizado por las visiones y experiencias personales. Vivir es lo más importante y lo más difícil es transmitir lo vivido. A mis estudiantes les digo que nuestro peligro mayor está en que las generaciones actuales no tienen la memoria histórica del pasado; e insisto mucho en que la memoria no es genética, no se hereda. Lo que aprendió mi generación no tiene ni remotamente que conocerlo la de mis hijos. Existieron cosas que, para ellos, no son imaginables porque, simplemente, no existen. 

“No obstante, sí quisiera recordar dos o tres “detalles” perdidos por… “la desmemoria” —aunque pudiéramos hablar de muchas cosas—, que son mucho más que “interesantes”. Por ejemplo, en el parque central de la ciudad de Santa Clara, capital de la entonces provincia de Las Villas, los negros no podían pasearse por su centro antes de enero de 1959; en el Prado de la occidental ciudad de Pinar del Río, los negros tan solo podían llegar hasta determinados lugares; existía un pueblo en la entonces provincia de La Habana cuyos habitantes se vanagloriaban de que allí no habían negros; a determinadas escuelas, sociedades o clubes de recreo, los negros no tenían derecho a pertenecer.  Hay algo que me llama la atención. Casi todo el mundo recuerda ciertos hechos históricos sobre los que reiteradamente se escribe y, sin embargo, apenas puede reconocerse el contexto social —particularmente racial—  en que se produjeron, lo cual permite las más variadas interpretaciones.  

“Por ejemplo, en el siglo XIX ocurrió la Conspiración de la Escalera que, más que una conspiración, fue una represión dirigida al sector de los negros y mulatos libres. En ella fueron asesinados o torturados, entre otros, el hacendado Pimienta, el poeta Plácido, el doctor Dodge, el músico Brindis de Salas padre. Todos reunían ciertas condiciones: negros o mulatos libres; hacendados, artistas o poetas; y, lo más notable, miembros o relacionados con una naciente y poderosa clase media negra y mulata. Este movimiento era, también, generador de una nueva expresión cultural “cubanísima”, que no excluía ni el “sarao” ni el salón de baile. Porque es muy importante recordar que el baile de salón originó nuestra orquesta típica, evolución de la agrupación de la contradanza francesa. Y esas orquestas fueron formadas por negros y dirigidas por negros. Esta represión no fue por problemas clasistas sino por problemas racistas. Más que el hecho histórico en sí, lo importante es que sentó un precedente y, a la vez, quedó trazado el límite de lo permitido a los negros económica, social y culturalmente. Esto, ya no es el hecho histórico, sino un importante componente de la sociedad real, de la sicología social.  En el siglo XX ocurre otro hecho semejante solo que no es culpa del colonialismo sino de las estructuras discriminatorias de la república “democrática e independiente”. Me refiero a la represión, en 1912, del movimiento de los Independientes de Color. Al margen de los orígenes, de las causas, de los muertos, fue el impacto social de aquella represión lo que permitió agudizar las fronteras sociales, al asentar, como parámetros de conducta, el temor y el miedo. Y todo ello resulta muy importante a la hora de analizar lo que pasó a partir de 1959. La sociedad cubana no pudo cambiar todo lo que se intentó cambiar; las intensiones de cambios políticos resultaban más factibles que las transformaciones de las mentalidades soldadas durante siglos; esas mentalidades, no precisamente desde la prensa sino en la calle y en lo profundo del hogar, auparon, solapadamente, al racismo, entre otros males, y es uno de los mejores ejemplos del origen y mantenimiento de la llamada “doble moral”, en realidad “una moral alienada”, vergonzante y vergonzosa generadora del disimulo y la hipocresía.  

“Pero,  también me gustaría trazar una ‘frontera’ a partir de los años de 1987 a 1991, inicios de la crisis de la sociedad cubana (el llamado período especial), cuando personas, muy cuidadosas del lenguaje que empleaban, comenzaron a introducir frases abiertamente racistas y asumir actitudes que implicaban una nueva posición hacia el otro, hasta entonces su igual y, ahora, su diferente. Cuando, junto a aspiraciones y gustos generados en ciertas latitudes, estas personas quieren distanciarse y diferenciarse, por condiciones económicas, de los que, hasta entonces, habían sido, formalmente, sus iguales. Lo peor es que el prejuicio tiende a trasmitirse, como el VIH, y vemos personas muy humildes con cargas racistas que dan pena. Porque muchos prejuicios discriminatorios, como el machismo y el racismo, anidan, justamente, en la pobreza cultural, matrona de la pobreza moral.  Esto a mí me dio la señal de que el racismo, junto a otros graves problemas, no solo sobrevivía, cosa que todo el mundo sabía, sino, lo más preocupante, cómo y con qué rapidez puede recuperar los espacios perdidos en cualquier sociedad. Porque el racismo no desaparece, se reduce, se oculta, pero en condiciones propicias, vuelve a florecer. Por tanto, la lucha contra el racismo es una batalla permanente, sistemática pero, sobre todo, inteligente. No se logró, durante estos años, todo lo que se quería acerca de su superación. Cuando Ortiz hablaba acerca de ‘lo cubano’ y trataba las zonas marginadas, no creo que pensara que la marginalidad iba a tener la fuerza que tiene un siglo después. La marginación se mantuvo pero se incrementó durante el período especial. Así, todo joven que tiene menos de 20 años nació durante dicho período y, para muchos de ellos, el socialismo, la realidad, es esta. Lo otro, lo otro es una historia que hacen los viejos. 

“¿Cómo se fueron agudizando, en las últimas décadas, los problemas de la sociedad cubana? Fíjate que te digo agudizando porque es importante destacar que siempre estuvieron; en muchos casos eran problemas no resueltos o mal resueltos. Sus causas, desde el origen, es una extraña mezcla de incapacidades, oportunismos, burocracia con cuotas repartidas de poder, poder con cuotas de prepotencia, doble moral con un discurso ético y una práctica corruptora, imposibilidad burocrática de creación y, por tanto, temor paralizante a todo riesgo. Todo ello combinado, genera la marginalidad de diversas características como una de sus manifestaciones; y está unido, también, a que es fácil trabajar el prejuicio, aunque esté escondido en lo último del cerebro. Estos son problemas que nuestra sociedad debe y tiene que eliminar si aspira realmente a ser ella y, de no ser ella, la que venga va a venir con esas mismas cargas racistas a las que se sumarán las que existen en otras partes”. Prejuicio-racismo-segregación- marginalidad-discriminación forman un proceso de tumoración maligna que puede destruir el más hermoso proyecto de dignidad humana. 

Problema inmigración-racismo en el mundo, ¿cómo resolverlo? 

Actualmente, el problema de la inmigración lo veo sin solución alguna pues, ante todo, tendrían que producirse verdaderas reformas de fondo en las sociedades capitalistas del norte y en las sociedades dependientes del sur. La inmigración es un resultado de complejas composiciones y dinámicas sociales. Si no se resuelven las causas, no solo se mantendrán las migraciones con las características actuales sino que, posiblemente, se incrementarán.  Es lo que se llama migración económica, o sea, en la medida en que la riqueza se ha ido concentrando en determinadas zonas del mundo, las poblaciones más desfavorecidas tienden a emigrar a ellas, por razones económicas. 

“Desde los años 90 del pasado siglo existen datos que evidencian dicha situación. Por ejemplo, el 80% de la producción mundial la consume el 20% de la población mundial, que está, precisamente, en el Primer Mundo; y, el 20% de la producción mundial queda para el 80% de la población mundial que está, precisamente, en el Tercer Mundo. Es natural esa migración del sur al norte. 

“¿Cuál es el gran cambio de los últimos tiempos? Pues que esas emigraciones de los más desfavorecidos ya son millonarias y son capaces de cruzar el desierto del Sahara o de lanzarse al Mediterráneo o atravesar Centro América y México como ríos humanos e incontrolables, por una causa: pobreza, desnutrición, hambre; falta de fuentes de trabajo para lograr condiciones mínimas de existencia. Al vaciar las economías del sur, al saquear sus recursos naturales, al limitar su desarrollo —proceso especialmente agudo en los últimos 50 años—, a las poblaciones de esos países no les queda más remedio que migrar. Según estadísticas de organismos internacionales como Naciones Unidas, UNESCO, UNICEF… en estos  momentos existen en el mundo un porcentaje notable de zonas que padecen de hambrunas. A ello se unen importantes factores subjetivos como son los sueños y las esperanzas: la búsqueda, en el llamado Primer Mundo, de la realización personal, según la imagen televisiva y cinematográfica de la sociedad de la abundancia, es motivo suficiente —aunque la gran mayoría no lo logra—, para lanzarse a las más peligrosas e inciertas aventuras; al mismo tiempo, el ofrecimiento a personas intelectualmente capacitadas de condiciones de vida a las que no pueden aspirar en sus países de origen, ofrece a esas sociedades primermundistas una corriente nutricia de alta calidad. Lo significativo de esto último es que el saber de esas personas va a contribuir al enriquecimiento de los países ricos, y no al de los suyos que siempre tendrán el consuelo de una mejor o peor remesa. Pero, y no se olvide, son los países receptores de inmigrantes los que escogen a quienes reciben legalmente. Por una parte, les interesa la captación de “cerebros”, necesarios para mejorar sus niveles de desarrollo. En estos casos, el interés científico-tecnológico prima sobre el aspecto racial. Por otra, está la necesidad de “brazos” —mano de obra barata— cuya abundancia hace que la oferta supere las necesidades de países con serias crisis económicas. Aquí, en los “brazos”, la discriminación racial y cultural es mucho más directa y presenta todo tipo de sistemas de explotación, desde la esclavitud, la migración ilegal, las fábricas de bajos costos y clandestinas. En fin, todos los horrores que albergan las sociedades. Migran “cerebros” y “brazos” pero el corazón, ¿emigra o se queda? O ¿Debe partirse en dos?” 

En nuestro continente ya se perfilan en algunos países, en especial miembros del ALBA, la puesta en práctica de algunas medidas favorecedoras de la presencia e historia de nuestros pueblos y comunidades autóctonas. En su criterio, ¿este siglo XXI nos deparará un final de centuria mejor al anterior, en relación con el tema del racismo? ¿Se atreve a preconizarlo? 

No, resulta muy difícil hablar con o sin una bola mágica del destino y los accidentes futuros de la historia humana. Decía Engels, ahora casi olvidado y antes tan citado, que la sociedad era como un paralelogramo de fuerzas y la resultante, en mi opinión, no es como en las Matemáticas, donde usted toma todos estos vectores de fuerza, los va sumando y, al final, tienes la resultante. En ciencias sociales, el vector aparentemente menos importante, puede ser decisivo. Podríamos citar decenas de ejemplos históricos de sucesos que parecían que no podían ser y fueron. 

“Al respecto podría citar el teórico marxista italiano Antonio Gramsci, ahora tan de moda y antes obviado, quien en una de sus cartas —que estimo genial—, escribió que “lo único predecible es la lucha”. Lo predecible es que hay que continuar luchando por lograr lo mejor del ser humano y de la sociedad humana. Pero ello siempre va a encontrar resistencia; fuerzas de resistencia, enemigas de ese proceso que, por lo general, también concentran riquezas e inteligencias. Por tanto, la batalla nunca va a ser fácil aunque se tengan razones y, más que razones, realidades brutas. 

“Lo que sí hemos observado —desde finales del siglo XX y principios del actual—es un fenómeno nunca visto con anterioridad y es la fuerza con que han ido resurgiendo las comunidades indígenas, el pensamiento de América, la propuesta de sociedades americanas, e incluso, cómo los sectores populares han ganado en espacio político. Esto es una gran esperanza para pensar que el siglo XXI —por lo menos, claramente para nuestro continente—, es una centuria de desarrollo y de construcción de la verdadera América Latina, entendiendo por tal, la que nace sangrante del interior de sus entrañas. No debemos olvidar que la sociedad latinoamericana estaba cimentada en esa discriminación racial y social del indio, del negro, de espacios dominados y dominantes de las élites políticas y, evidentemente, lo que hemos visto en Venezuela, Ecuador, Bolivia, Perú… es la ruptura de ese esquema de dominio. Esto no quiere decir que en esas sociedades no se mantenga solapada, la cultura del dominador, pero sí este esquema se ha quebrado y, en estos momentos, está sujeto a importantes reajustes que no pueden ser subestimados. A esto hay que agregar la presencia, cada vez más consciente, de las grandes comunidades latinoamericanas. Es en ellas donde radica la construcción de la futura América Latina, de aquella que expresa la pluralidad, la riqueza y todo lo que significa el mundo de tantas y tantas etnias y composiciones sociales que, en lugar de hostilidad, crean colaboración y cooperación. En este sentido van ganando un espacio impredecible para el futuro. Pero, son fuerzas muy difíciles y muy duras —estructuradas y perfeccionadas sistemáticamente en el ejercicio del poder político y económico durante siglos— las que hay que combatir. Debido a ello, lo más importante es la lucha inteligente; es la conciencia de que lo que se logre se ha de lograr luchando. No hay otra variante. Nada va a caer del cielo, ni va a ocurrir inevitablemente, una teoría que desafortunadamente muchos marxistas sostuvieron. La lucha inteligente, comprometida con lo mejor del ser humano, culta e informada es la única que va a garantizar un buen contendiente en la lucha por un porvenir mejor”. 

Antiguamente, se presentaba a las religiones de origen africano como manifestaciones de barbarie, que conducían al delito. Se incluían también en esto manifestaciones de la música y de la danza (rumba, guaguancó…). ¿Cree usted que este criterio persiste aún en nuestro país? 

Un problema que tenemos los cubanos es la tendencia a lo absoluto, a descalificar lo que no está en mi visión o en mi línea de intereses. Lo cierto es que en Cuba, lo más generalizado, es que el “creyente religioso” no excluye sino que incluye en su cosmovisión todo tipo de creencias. Lo normal, hace 50 años, en casi todos los pueblos y ciudades cubanos, era la presencia del cura del pueblo, o del pueblo vecino, del masón, de los espiritistas —muy abundantes hace 50 años, y ahora algo escasos y no siempre confiables—, de alguna que otra denominación protestante —no muy generalizadas por tener un cierto sello norteamericano, sobre todo en sus himnos y juegos dominicales, hoy, como una de las expresiones de los sentimientos religiosos cubanos— y las sincretizadas religiones de origen africano. Era un verdadero entramado, con numerosos vasos comunicantes, de creencias entre las cuales, tú armabas la tuya. Lo que cada cual le atribuye a lo que cree, no siempre es resultado de un conocimiento; muchas veces lo es más de la imaginación y el deseo de que sea así. Así que no importaba lo que se dice en tribunas y púlpitos, porque la práctica religiosa no es un problema intelectual es la interioridad autoconstruida de mi universo trascendente; se trata de las garantías para esta y la otra vida. Por ello, la religiosidad del cubano es tan rica y compleja, porque escapa a los esquemas reductores de las estructuras formales de una iglesia o de una secta. ¿Sabes?, he pensado que son pocos los universos religiosos tan libres y democráticos como el nuestro. En este proceso, pudo ser condenado o estigmatizado, en una época u otra, por una razón o por la contraria, tal o mas cual creencia religiosa, pero lo que ocurre es que solo se retrae, para, en condiciones propicias, volver a ser reconocible en el vitral religioso cubano. En la doctrina cristiana, se les llamó a las creencias de origen africano, bárbaras, pertenecientes a una etapa inferior del desarrollo humano. Fíjate que ello juega con el racismo al unir razas inferiores con barbarie y con creencias precristianas y politeístas.     

“En lo referente a la música, ocurre otro tanto. La presencia de conceptos y actitudes excluyentes y que, a veces, se atribuyen la expresión exclusiva de lo cubano.  Por ejemplo y, en lo que respecta a la música cubana, en especial la del género lírico y a la cancionística, a autores como Ernesto Lecuona costó trabajo escucharlo durante un buen tiempo en nuestros medios de difusión. Piezas creadas por él como “La Comparsa” y “Siboney” son símbolos extraordinarios, acabados y exquisitos, representativos de nuestra cultura, de su amplitud y larga evolución. Igualmente, ocurrió con José White —extraordinario músico negro cubano que vivió y murió en Francia—, que compuso otro símbolo dentro de nuestra música, “La bella cubana”, con una imbricación increíble en géneros como la contradanza y la habanera. Otro ausente —ausencia que no justifica las críticas a determinados criterios que él pudo expresar— lo es Eduardo Sánchez de Fuentes. Su habanera “Tú”,  o su “Mírame así” o “Corazón”, constituyen tres expresiones universales de la cultura cubana. Nada justifica su ausencia. Igual ocurre con otros autores de esta Isla como Manuel Saumell Robredo
, Amadeo Roldán, Ignacio Cervantes… ¿Dónde están? ¿Enclaustrados para el disfrute de un escaso y selecto grupo de oyentes? ¿Dónde los puedo escuchar? En los años 50 existía un programa de televisión, El Álbum Phillips, que divulgó y popularizó este tipo de música. Después del triunfo de la Revolución Esther Borja continuó, durante décadas, esa amorosa labor. El programa se llamó, desde entonces, Álbum de Cuba. Ello para decirte que, en mi opinión de oyente, la música cubana, en cualquiera de sus expresiones, contiene todos los colores, signos y notas, inscritos en nuestro pentagrama social.

“Tengo la impresión de que los jóvenes cubanos de hoy apenas si tienen noción de la impresionante herencia que les pertenece. Cuando pienso en la década de los 50 del siglo pasado, tengo la impresión de que fue la verdadera década maravillosa o fabulosa de la música cubana. Pero ella es apenas conocida. Cómo hablar de nuestro universo musical solo haciendo referencia a cuatro o cinco personalidades que se repiten hasta el cansancio; o restringiendo el conocimiento de ciertas figuras o acontecimientos musicales a la celebración de centenarios y cincuentenarios que solo tienen la validez de un día de recordación como se hace con lo muerto. Es un modo de ratificar su defunción. Un simple recuerdo. La radio, la televisión, el teatro, el mundo sonoro, lo vuelve a colocar en el olvido.  Hemos creado una cultura de fechas y homenajes pero eso es una falsa cultura. La verdadera cultura es la que nos acompaña día a día; la que hace sonar una melodía en el interior de nuestras mentes porque la tenemos incorporada. No solo están ausentes muchos de los que se fueron, o de los que hicieron su carrera fuera de Cuba desde antes de la Revolución. Incluso, están ausentes muchos de los que se quedaron, con el mérito de hacerlo a pesar de lo bien cotizado que estaban en ese momento, y perdiendo el mercado internacional. Solo algunos nombres: Barbarito  Diez (la voz del danzón, y cuya interpretación de “La mora” marcaba la herética Noche Buena cubana), la Orquesta Aragón (dueña absoluta de la preferencia bailable cubana),  Ramón Veloz (la voz más popular de la música campesina), El Jilguero de Cienfuegos, Esther Borja (la intérprete cuidadosa de la cancionística cubana), Rosita Fornés (la vedette por excelencia), el Conjunto Casino (que, con sus cantantes no fue segundo de nadie), y tantos otros, a quienes pido disculpas por no incluirlos en esta referencia. No es hacerle el homenaje de un día, es llevarlos a nuestra vida cotidiana. Del mundo bailable cubano ¿Qué nos queda? Quiénes son los que recuerdan la música de las orquestas Sensación, Melodías del 40, Sublime, Neno González o la Riverside, Hermanos Castro, Ernesto Duarte, Bebo Valdés, Pérez Prado, Chico O”Farrill o de compositores como René Touzet, Juan Bruno Tarraza, José Antonio Méndez, César Portillo de la Luz, Frank Domínguez, Osvaldo Farrés (autor de “Quizás, quizás”, el número musical cubano más interpretado en el mundo); o las voces de los que se fueron como Rolando la Serie, Olga Guillot, Blanca Rosa Gil, Orlando Vallejo, Orlando Contreras, Panchito Riset, Vicentico Valdés, ídolos de los escuchadores de boleros, sobre todo en las vitrolas de esquinas y bares y en las noches de los barrios menos lujosos de La Habana. Y, lo interesante, es que respondían a gustos musicales diferentes. Solo he mencionado aquellos que me han venido a la mente en esta entrevista, faltan muchos. Pero lo importante es que, sin sumergirnos en esa riqueza musical, es imposible reconocer nuestro pasado; resistente a todo cambio superficial o por decreto, pero irremisiblemente perdido si no llegara a estar en la memoria de las jóvenes generaciones. Y es un mito racista excluir a los negros de cualquiera de las expresiones musicales cubanas o restringirlos a determinados géneros.   

“La compositora Martha Valdés se definió, en una oportunidad, como alguien que formaba parte de la clase de los oyentes. No soy musicólogo pero sí pertenezco a esa clase de los oyentes y bailadores para quien creo que se hace la música. Mi buena memoria me permite recordar que hubo una época en que solo en la ciudad de La Habana había más de 20 emisoras de radio; en ciudades como Cienfuegos, más de cuatro. La música estaba en todas partes, llegaba al hogar desde la vitrola de la esquina, desde el radio del cuarto o desde el televisor de la sala. Como siempre hemos sido dadivosos la hemos puesto lo suficientemente alto como para que la disfruten nuestros vecinos. Emisoras como CMBF permitieron escuchar a Tchaikovsky, Beethoven o Mozart. Pero a la vez la música popular ocupaba los espacios de emisoras, algunas como Radio Musical, Radio Nacional, Radio García Serra, Radio Mambí, Radio Suaritos, para no mencionar intencionalmente las más famosas. El público era el que imponía la música que se tocaba a través de sus peticiones. Usted podía oír lo mismo un guaguancó, que un paso doble español, que una ranchera mexicana o un tango argentino. Existían emisoras especializadas en música norteamericana pero, lo más generalizado, era que en todas las emisoras podías escuchar lo mejor, o por lo menos, lo que estaba de moda por allá, por el norte. Sin embargo, fueron los grandes ritmos cubanos los que ocuparon la mayoría de los espacios. El mambo, cha cha cha se impusieron en todo el mundo, este último, justo cuando surgía con fuerza el Rock and Roll. Se entabló un diálogo musical, lleno de influencias mutuas, de nuevas formas de orquestación y de interpretación. La Aragón puso de moda un cha, cha, cha, “En la Capital”, donde se decía que “en el interior o en la capital, me divierto más con el cha, cha, cha”. Por eso considero que no tiene sentido imponer ningún criterio excluyente. Boleros de letras muy diversas en su calidad, rumbas, congas, todo formaba parte de un universo que determinaba no solo el ritmo de la vida cubana sino hasta una cierta filosofía popular de la vida. Piezas como el “Negrito del Batey”, “Espíritu burlón”, “Negro de sociedad”, “El Brujo de Guanabacoa”, “Tiembla tierra”, para solo mencionar algunas, reflejan el sentido crítico de la vida musical cubana. 

“Hay momentos en la vida en los que necesitas escuchar un tipo de  música porque mantiene el espíritu tranquilo, y existen otros en los que deseas que vibre todo tu cuerpo. En mi caso, confieso que siempre he sido bailador —aunque ya no lo hago como antes—, pero sigo bailando y he bailado todos los ritmos cubanos. Recuerdo que me pasaba la vida cazando a la orquesta Aragón (comenta que posee 480 piezas de dicha orquesta) para bailar con ella. Casi todas las emisoras de radio tenían programas de media hora, e incluso, de una hora, con esa orquesta. Mi esposa es fanática al dúo Buena Fe, y adquiere, aún antes de que se lance oficialmente, cuanto disco nuevo crean. Por la calidad de su letra, su mensaje, su interpretación, su valor, su ritmo, forman ya parte de la riqueza creativa de nuestro tiempo y, diría sin temor a equivocarme, de todos lo tiempos, porque son la genuina expresión de su época. Entonces, ¿cuál es la diferencia entre White, Lecuona, Lay, Portillo de la Luz, José Antonio Méndez,  Tarraza, Touzet, Silvio, Pablo, Juan Formell, Adalberto Álvarez, José Luis Cortés y Buena Fé, o las interpretaciones tan extraordinarias de la Camerata Romeu, Ars Longa, del Ballet de Litz Alfonso o las voces de Elena, Moraima y Omara? Para mí no existen, a la hora de hablar de lo que ha hecho grande a nuestro pueblo, diferencias en sus expresiones musicales, solo en los gustos personales.  

“Francamente, me considero kantiano  —seguidor de Kant— en cuanto a estética, o sea, el gusto se crea, no nace determinado; el gusto se amplía si se cultiva, o se reduce, si se le abandona. Lo que sí da pena es que existan personas con gustos reducidos, o que nazcan y mueran sin disfrutar de los acontecimientos extraordinarios que hacen sublime parte de nuestra existencia, que permitan tensar todas las capacidades humanas de sentir, imaginar y soñar.

“Me gustaría decirte que la década de los 60, también fue extraordinaria. Estuvo marcada por una amplia inquietud por transformar toda la calidad de la vida y del arte motivada por el proyecto revolucionario. Fue la época mayor del filling, la de César Portillo, Frank Domínguez, José Antonio Méndez, la de Freddy, Moraima, Elena, Omara y Gina León. La época de los grandes cuartetos como los Modernistas, los Bucaneros, los Meme y los Zafiro; pero fue, sobre todo, donde surgió lo más auténtico de la nueva expresión musical generada por la Revolución, la Nueva Trova con sus letras críticas, poéticas y comprometidas con el amor y el hombre. Los nombres de Silvio, Pablo, Noel Nicola, Lázaro García, Leo Brouwer, llenan esta época extraordinaria donde pensar y cantar se hicieron poesía. “Oda a mi generación” o “Debo partirme en dos” de Silvio definen la actitud de una generación. El título de una canción de César Portillo de la Luz: “Canto luego existo”. Siento que en el mundo artístico cubano actual existe un renacer de muchas cosas; pero ello se verá en poco tiempo. Existe una generación muy buena, de extraordinaria calidad humana y artística, que respira en un mundo que invita a pensar y a sentir, a recrear la realidad. En suma, donde haya arte, cultura, inteligencia, sensibilidad, gusto… siempre habrá un pedacito de Cuba que hay que salvar y proteger; y Cuba es multicolor.” 

Teniendo en cuenta el actual programa de cambios o reformas que se realizan en el país, ¿considera usted algún tipo o basamento de línea programática que pudiera contribuir no solo a eliminar la pobreza en el país, sino que también contribuyera a la eliminación de los prejuicios raciales y, por consiguiente, al ejercicio de la discriminación? 

Existe una razón básica de toda discriminación que es la situación y condición económica: mientras existan diferencias en las posibilidades y potencialidades, habrá discriminación. No hablo de igualdad en el sentido de igualitarismo, sino de igualdad de oportunidades... Este es un punto fundamental en esos lineamientos para el logro de la estabilidad real de la sociedad cubana. Todos tenemos iguales posibilidades, porque sabemos que podemos desarrollar lo mejor de nosotros mismos en nuestras propias perspectivas de trabajo y de vida. Pero no todos tenemos las mismas oportunidades. La ecuación debe resolver la relación entre posibilidad y oportunidad. Y todos los lineamientos trazados durante el pasado Congreso del Partido Comunista de Cuba se encaminan a ello. Mis mayores expectativas están en la Asamblea que se celebrará en enero próximo, donde se discutirán problemas sociales y políticas esenciales. Aspiro a que todos seamos capaces de discutir todo lo que sea necesario, con la profundidad y seriedad que amerita y buscando las soluciones más inteligentes aún cuando parezcan ser arriesgadas. La base para todo ello es un amplio ejercicio democrático sin restricciones  y limites apriorísticos”. 

En relación con este tema, en nuestra enseñanza educacional en general ¿qué nos falta? Igualmente, la creación de cátedras de estudios relacionadas con la afrodescendencia, ¿no podrían tenerse en cuenta en nuestros programas actuales de estudios universitarios? 

Nos hace falta corazón. Saber que un aula es un templo sagrado; cuando usted le habla a un grupo de alumnos saber que les está comunicando valores y conocimientos. Por tanto, usted no puede ser un farsante, ni un ignorante. Saber que tenemos una tradición pedagógica que nos sirve de asidero para cualquier empresa educacional y me atrevería a decir, que poseemos  una tradición pedagógica a la altura de la mejor del mundo. Al respecto hablo de Félix Varela, de José de la Luz y Caballero, de Enrique José Varona, de Aguayo, de Baldor, de Dihígo, de los Vitier (Medardo, padre y Cintio, hijo)… de todos los grandes pedagogos cubanos. 

“Estimo que, en lugar de estarnos desgastando en la confección de libritos,  hay que poner en manos de los maestros los libros que enseñaron al Maestro cubano una ética, una profesión y un modo de transmitir el conocimiento. El principio de Ciencia y conciencia, es el principio que todos los pedagogos cubanos debieran trazarse. “Ciencia para crear Conciencia, y Conciencia para hacer Ciencia”. 

“Recuerdo a una tía abuela que empezó siendo maestra cuando se inició la etapa de la República neocolonial en nuestro país y, en su aula, siempre estuvo presente un retrato de José Martí, al igual que en su casa. A un lado del retrato, siempre hubo un florero al cual cada día le ponía una rosa blanca. Era una maestra de Primera Enseñanza de escuela pública a quien incluso, a veces, ni le pagaban. Y esa imagen para mí siempre ha sido inolvidable. 

“El maestro es la base de toda sociedad. Es quien realmente construye una sociedad porque construye ciudadanos, forja hombres y mujeres que son los ciudadanos que hacen que el país se desarrolle y crezca; de aquí salen los científicos, intelectuales, obreros, campesinos… La escuela primaria es el primer eslabón de toda construcción social; es la forja del ciudadano, con deberes y derechos, que ejerce democráticamente su acción cotidiana y permanente. Por tanto, lo que se necesita es corazón, como punto de partida de toda razón.  

“En relación con la creación de cátedras de estudios relacionados con la afrodescendencia, estimo que debiéramos tener varias cátedras. Más que una cátedra de problemas relacionados con la afrodescendencia, es crear una cátedra de Cubanía. Si logramos entender que ser cubano, no tiene nada que ver con el color; si logramos decir que todos los cubanos nos relacionamos —independientemente del color o sobre el color—, habremos ganado la batalla, porque ninguno puede discriminar a nadie. Para mí esta sería la batalla número uno, pero también habría que crear unas cuantas cátedras de formación de comportamiento ciudadano. No solo para exigirle a ese ciudadano un correcto comportamiento social sino, sobre todo, un ejercicio acertado, inteligente e informado de la democracia colectiva que sería la única que podría conformar un siempre creciente desarrollo humano, en lo espiritual y en lo social. 

“Quiero apuntar algo que aún no he podido acabar de asimilar, y es el concepto de Educación formal. Siempre he preguntado: ¿Desde cuándo la educación ha sido formal? La educación se refleja de una determinada forma, pero es algo que se lleva muy adentro y debe llevarse de manera natural. Por tanto, usted forma a un ciudadano, a una persona que expresa su educación a partir de un buen comportamiento, de una forma. Mientras usted no toque el interior del otro, todo lo demás es un absurdo porque ahí se genera la hipocresía social: cuando yo me comporto como no pienso. Quiere decir que yo pienso de una forma, y me comporto de otra; puedo cumplir con la educación formal, y continuar pensando de otra forma. Es por ello que nunca he asimilado el concepto de educación formal. 

“Existe también otro concepto que, en lo personal, creo que se utiliza equivocadamente. Y es el de creyente y no creyente. ¡Todos somos creyentes! La esencia del ser humano es la esperanza, y esta implica una creencia. Creer en que es posible un mundo mejor; en que es posible un hombre mejor. Despojar al hombre de sus creencias es despojarlo de la condición humana, de razonar para construir un sueño; de tener fe en lo que cree. No puede vaciarse de ese contenido al ser humano porque solo quedaría una masa amorfa desposeída de toda fuerza vivificadora. Otra cuestión o tema es ser religioso o no religioso. Pero… іcreyente! Yo me declaro creyente, y no soy religioso. Y este es un problema conceptual”. 

Pensemos que aquí, con nosotros, se hallan dos figuras de nuestra Historia: José Martí y Juan Gualberto Gómez. En su reflexión, muy personal, ¿qué opinión en la actualidad sustentarían estos dos Grandes acerca del problema de las razas en EE.UU. y Cuba, teniendo en cuenta que ambos conocieron la nación norteña? 

En cuanto a EE.UU. analizaría que la evolución ha sido extraordinaria —hay que reconocerlo—, pero al estilo norteamericano. Recuerdo un serial televisivo norteamericano transmitido por la televisión cubana hace años atrás, llamado Raíces, de una lectura sumamente profunda, y en el que se planteaba la evolución del africano que llega a la fuerza a ese país y quiere retornar a su patria en África, y luego, sus descendientes, negros de clase media ubicados en la sociedad norteamericana y formando parte de ella; un sector triunfante.  

“En EE.UU. existe una historia doble, múltiple, referida a la evolución del fenómeno racial, pero a la vez la historia de un sector desenvuelto que ha logrado ocupar determinados espacios. Por tanto, en Obama, existen varios componentes que no se diferencian de ningún presidente norteamericano blanco. Primero, la referencia a los Padres de la Patria, o la consecuente posición de heredero de una nación forjada por aquellos; segundo, la búsqueda de la realización del sueño americano; tercero, la visión del destino manifiesto de EE.UU. con respecto al resto del mundo; cuarto, Obama mostró como un “sello” (propio) que él era norteamericano, y su orgullo sería que, siendo negro, cumpliera a cabalidad el “sueño americano”. Por tanto, el “sueño americano”, en esta versión no tiene color, sino nacionalidad. En este sentido, no es Obama el único caso. No olvidemos a la secretaria de Estado, Condollezza Rice, al lado del presidente George W. Bush. Ella, como cerebro pensante de muchas cuestiones en la política exterior de una de las Administraciones más ultrarreaccionarias y agresivas que hayan existido en ese país. 

“Considero entonces que, en esta misma relación, habrían analizado este tema tanto Martí como Juan Gualberto. O sea, EE.UU. tiene un presidente negro que encabeza la ofensiva imperialista en cualquier parte del mundo. Simplemente, se comporta tal y como debe corresponder a un presidente norteamericano. No se trata de si es negro o blanco, pues no es un problema de razas; se trata de que es un norteamericano. Esta lectura sería bueno que la hicieran también muchos cubanos, en lo referente a que es el ser cubano. 

“En el caso de Cuba, cuando Juan Gualberto murió, él estaba bajo la presión de uno de los momentos más racistas de nuestra Historia, y de la frustración de muchas cosas que tanto él como Martí quisieron y no fueron. Martí no vio la República, pero el presente, consecuente con sus ideas, es una lucha con los negros y los pobres por la eliminación del racismo y la pobreza. Si estuvieran ambos hoy aquí lo más importante para ellos sería la lucha por los desfavorecidos de siempre”. 

¿Desearía profundizar en algún otro aspecto?

Recordemos que la República neocolonial surgida en 1902, pese a declarar en su Constitución que todos los cubanos son iguales y otorgar el  derecho al voto a los ciudadanos negros y analfabetos, creó una instrumentación del racismo que no es legal —como lo fue en otra época la esclavitud al existir la propiedad sobre el esclavo—,  sino que desarrolló  otro tipo de mecanismo sustitutivo que, en lugar de establecer una frontera legal, establece una frontera social. De manera que: “no tengo el instrumento legal, pero sí tengo los instrumentos sociales para rechazarte”. 

“Así y más allá de las limitaciones sociales y de las eliminaciones legales —por ejemplo, nuestra Constitución de 1940 enfatiza en que es punible el racismo—, el racismo se hace evidente en todas las esferas de la vida. Por ejemplo, si apreciamos fotos de claustros de profesores y de grupos de estudiantes universitarios durante las primeras tres décadas del pasado siglo, nos percatamos de que en su mayoría son blancos; con el cuerpo diplomático sucedía igual… Distinguiríamos igualmente áreas de trabajos donde el prejuicio social, avala al racial. A la vez, e independientemente de lo social y de lo legal, existe lo mental. O sea, aquello que se siembra generacionalmente desde la cuna: los prejuicios. El prejuicio está antes del juicio: prejuzga. Por tanto, no juzga. Y finalmente, el juicio se altera por el prejuicio. 

“Por otra parte y no obstante el triunfo de una Revolución en Cuba, que abre infinidad de caminos a los humildes, este problema continúa. Las leyes no alteran las mentalidades, y estas funcionan directamente a partir de donde puedan ejercer o se les brinde un pequeño o un gran espacio de poder. Lo cierto es que uno de los temas más importantes a estudiar en estos momentos es cómo esa mentalidad pudo fortalecerse dentro de un proceso revolucionario… Las medidas igualitarias no son las que requiere un problema sembrado desde hace siglos. 

“Diría que dentro del período revolucionario hay que también distinguir generaciones. Tengo la impresión de que la instauración de becas en nuestro país en otra época ayudó a romper fronteras en una generación de jóvenes —los muchachos en su contacto cotidiano y con todos los colores de esta sociedad, crean amistades, relaciones mucho más sólidas—, no así en los padres que vienen con una carga histórica del problema y, por ende, les resulta mucho más difícil desarraigar prejuicios.  

“Un aspecto que no quiero obviar es el referido a la marginalidad. Al respecto, sí hubo marginalidad en nuestro Socialismo, no como cuestión de política de marginación, sino de cómo se logró preservar, dentro de esa mentalidad, el mantener un sector importante de la sociedad marginado de las grandes opciones que presenta el país… Esto se observa en algunas carreras universitarias (selectivas), como las de Ciencias Sociales, Humanidades, a las que llegó un número menor de negros. 

“Necesitamos ahondar en el pensamiento. Dejar un poco la emotividad, para ser cada vez más inteligentes en las respuestas. Necesitamos pensar, pero pensar bien. Para ello se requiere de cultura verdadera, información amplia y conocimiento profundo que permitan análisis certeros; tener una mayor exigencia con nosotros mismos, y una crítica cada vez mayor. Y aquí está el punto de partida de todo conocimiento. Cuba lo necesita y no tiene tiempo que perder. Y necesitamos también que nuestros jóvenes cada día estén mejor preparados desde el punto de vista del pensamiento. 

“Hay algo que me alegra mucho y es que me encuentro constantemente a personas muy jóvenes, y otras que ya no lo son tanto, quienes están estudiando, trabajando, indagando, investigando y preguntándose con inteligencia. Por ello es que tengo el sueño y la esperanza que dentro de muy poco tendremos en Cuba un pensamiento nuevo, fuerte y crítico. Y esto no es más que la herencia de una tradición de pensar y, al mismo tiempo, de la necesidad de pensar”.

 

Notas:

1. En este complejo proceso se fue conformando uno de los componentes de la cultura y la nación cubanas, generalmente llamado afrocubano —término que confunde más que aclara al presentar lo negro como africano, permanente e independiente de lo cubano. Así, el componente negro de la cultura y la sociedad cubanas, no será, en el decurso del tiempo, el resultado de la permanencia de las multicultural africanas, sino que constituirá en sí mismo una manifestación cultural nueva; distinta, en primer lugar, de los diferentes elementos africanos originales, y de todos en su conjunto y, en segundo lugar, integrado, interactuado e interdependiente de la evolución de la cultura del blanco que, a su vez, también se transforma de lo español a lo criollo. (Torres Cuevas, Eduardo. Historia de Cuba 1492-1898. Editorial Pueblo y Educación. La Habana, 2006)

 

Entrevista concedida por el Doctor en Ciencias Históricas, Profesor Titular y ensayista Eduardo Torres Cuevas al Foro digital de CUBARTE: El engaño de las razas.
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.