La Habana. Año X.
7 al 13 de ENERO de 2012

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Algunas miradas en la historiografía
y la literatura cubana sobre 
José Antonio Aponte
Félix Julio Alfonso López • La Habana

I

En el año 1809, por las mismas fechas que se organizaban en América del Sur las primeras juntas de gobierno, encabezadas por las elites locales como respuesta al vacío de poder generado en España por la invasión francesa, en la isla de Cuba también se estaban produciendo acontecimientos que inquietaban al poder colonial. Desde la Revolución Haitiana de 1790 los plantadores criollos vivían bajo la zozobra de que los vientos levantiscos de la vecina Saint Domingue llegaran a Cuba, y por esa razón  trataron de impedir el contacto de la población con sus ideas, y hasta físicamente con aquellos generales haitianos que, como Jean François, Biassou y el dominicano Gil Narciso, habían combatido del lado español contra los ejércitos franceses. Entre los que pretendían dar la bienvenida a los oficiales haitianos que en 1796 tocaron la rada habanera camino del exilio, estaba el artesano negro José Antonio Aponte, criollo libre que lideraba una sociedad fraternal llamada Shangó Tedum.1

Años más tarde, en 1808, la burguesía esclavista trató de impulsar un tímido movimiento juntista en la colonia, en cooperación estrecha con las autoridades, y encadenó definitivamente su destino político al de su metrópoli, único poder capaz de defender sus intereses económicos y garantizar la esclavitud en las plantaciones. Por tal motivo, como afirma el profesor Sergio Guerra: “en Cuba las principales conspiraciones del periodo 1808-1826 fueron protagonizadas por elementos sociales ajenos a los plantadores esclavistas: representantes de las capas medias, intelectuales, campesinos, artesanos y esclavos”.2 Una de las primeras conspiraciones de cariz independentista que se produjeron en Cuba estuvo encabezada por Román de la Luz, Joaquín Infante y Juan Francisco Bassave, quienes pertenecían a logias masónicas. Todos eran criollos blancos de familias pudientes y en el caso de Bassave, era capitán de milicias y gozaba de renombre en los barrios populares y entre los batallones de pardos y morenos libres, a uno de los cuales perteneció Aponte como cabo primero. Sin embargo, al ser descubierta la intentona por una indiscreción de la esposa de Luz, el carpintero ebanista que tallaba imágenes religiosas de gran belleza logró evadir a sus captores, no así Luz y Bassave, quienes fueron desterrados y condenados a presidio, mientras que Infante logró huir y desde Venezuela redactaría en 1811 la primera constitución para una Cuba independiente.3

En los primeros meses de 1812, nuevamente se pusieron al día las conspiraciones en La Habana, esta vez encabezadas por José Antonio Aponte, quien junto a sus lugartenientes Hilario Herrera, Francisco Javier Pacheco, Clemente Chacón, Salvador Ternero, Juan Barbier, José del Carmen Peñalver y Juan Bautista Lisundia, vertebraron un vasto movimiento de negros libres y esclavos por toda la Isla, cuyas ramificaciones llegaron hasta Remedios, Puerto Príncipe, Bayamo, Jiguaní, Holguín y Baracoa. El plan en la capital consistía en distraer la atención policial con incendios en las casas de extramuros, mientras los conjurados tomaban los principales cuarteles y castillos, y con las armas obtenidas llamarían a la insurrección a las dotaciones de los ingenios.  Confiaban además en obtener ayuda del rey haitiano Henry Christophe y del general dominicano Gil Narciso.4

El 15 de marzo de 1812, Barbier, Lisundia y Pacheco sublevaron la dotación del ingenio Peñas Altas, en las inmediaciones de La Habana, pero fracasaron en hacer lo mismo con los ingenios aledaños.5 Delatados a las autoridades, pocos días después Aponte y sus seguidores fueron hechos prisioneros y tras un rápido proceso, en los primeros días de abril de 1812 fueron ahorcados y la cabeza de Aponte cortada y exhibida en una jaula, como escarmiento en una céntrica esquina de la ciudad. A partir de ese momento se levantó una leyenda negra en contra del carpintero tallador, dando lugar a una frase en el imaginario popular que identificaba la maldad de una persona tildándola de ser “…más malo que Aponte”.6

II

La historiografía republicana reprodujo en buena medida los prejuicios racistas heredados de la colonia, expuestos en las obras de historiadores integristas como Justo Zaragoza, y lanzó sobre Aponte un manto de silencio, distorsiones y olvido.7 Una de las primeras obras de corte nacionalista publicadas en el siglo XX, fue el libro del ex autonomista Vidal Morales y Morales titulada Iniciadores y primeros mártires de la revolución cubana (1901). En esta obra erudita, dedicada a exaltar el patriotismo cubano, el primer capítulo aborda las conspiraciones de Román de la Luz y la de los Rayos y Soles de Bolívar. Sin embargo, la conspiración antiesclavista de Aponte de 1812 no existe en esas páginas, y tan solo se menciona su apellido, relacionado con la  conjura de Román de la Luz Sánchez Silveira, quien para evadir su compromiso patriótico se atribuyó  haber denunciado aquella tentativa de 1810, como algo tramado “por la gente de color”:

“Dice Román Sánchez, que cuando esperaba que le diesen las gracias por el señalado servicio que hizo en favor de su patria, denunciando al gobernador y capitán general la insurrección que en ella se promovía por la gente de color, se le complicó en la causa, se le sujetó a prisión y se le confinó a la península, después de habérsele  sentenciado a diez años de presidio en Ceuta, con expatriación perpetua de las Américas”.8

Román de la Luz fue indultado por las Cortes de Cádiz de 1812, y pidió a dicho consejo que depurara su responsabilidad en los hechos por los que había sido condenado, lo que  conduce a Vidal Morales a la conclusión falaz de que: “Es, pues, un hecho cierto que Román de la Luz y Luis F. Bassave estuvieron procesados en la causa de conspiración de negros, de la cual era jefe Aponte (sic)”.9

Ramiro Guerra, en su Manual de historia de Cuba (1938), tampoco le dedica mucho espacio a la conjuración de Aponte, vinculando su origen a la desilusión provocada por el fracaso de la moción, presentada por el sacerdote mexicano Miguel Guridi y Alcocer ante las cortes españolas en 1811, en contra de la esclavitud y de la trata de esclavos:

“Cuando la posibilidad de la abolición desapareció prontamente, porque las cortes archivaron el asunto, los negros, burlados en su esperanza, trataron de organizar un movimiento de rebeldía para conquistar por la fuerza una libertad que por otro medio parecía que no había de llegarles nunca. La conspiración, dirigida por el negro libre José Antonio Aponte, asociado con algunos hombres de su raza de igual condición civil y quizás con el concurso de algunos haitianos, llegó  a extenderse entre la población de color esclava de muchos lugares de la Isla, pero fue prontamente descubierta”.10

Sin embargo, la conclusión a la que arriba Guerra en relación con este movimiento es esencial para comprender la actitud posterior de la burguesía esclavista cubana frente a la independencia: “La conspiración de Aponte en 1812 (…) fue un rudo golpe para los planes de independencia, a causa de que avivó entre los criollos el temor de que cualquiera fuerte conmoción en la Isla provocara una rebelión general de los esclavos”.11

En una obra concebida con propósitos pedagógicos, la Historia de Cuba (1492-1898) (1943), de Fernando Portuondo, su autor plantea que Aponte “era un negro libre habanero, carpintero tallador. Como muchos de su clase residentes en la capital y en otras poblaciones de la Isla, había recibido alguna instrucción y estaba al tanto del curso de los grandes sucesos políticos de la época”.12 Según datos aportados por Portuondo, la conspiración fue malograda por la confidencia de un individuo llamado Esteban Sánchez, el 19 de marzo de 1812, miembro del Batallón de Pardos y Morenos, en cuya casa se reunían Aponte y algunos de sus lugartenientes. Llama la atención el lenguaje que utiliza este historiador, cuando dice “en la misma noche del 19 de marzo Aponte y su “estado mayor” fueron a ocupar varias celdas en el Cuartel de Dragones” y que posteriormente  “Aponte y sus principales secuaces fueron ahorcados. Las cárceles se llenaron de negros. Abundaron los azotes. Y, en lo adelante, entre los blancos prevaleció la idea de que cualquier sublevación hallaría a los negros dispuestos a hacerse dueños del país”.13

Una revaloración de la figura del carpintero rebelde se produce en la década de 1940, en las obras y conferencias de Raúl Cepero Bonilla y Elías Entralgo. En su estudio sobre las ideas y movimientos abolicionistas en la historia de Cuba, titulado Azúcar y abolición. Apuntes para una historia crítica del abolicionismo (1948), Cepero Bonilla afirma:

“Los hacendados sabían que las dotaciones de esclavos eran material inflamable, que ardería en el primer disparo cruzado contra el poder colonial. La Conspiración de Román de la Luz abortó, pero los comprometidos en la Conspiración de Aponte, conectada  a la anterior, realizaron actos de guerra y en algunos ingenios aplicaron la tea. Aponte reclamó la colaboración de los esclavos en su empeño revolucionario. Blancos y negros se aprestaron a pelear por la libertad y la independencia. El ejemplo que sentaba el intento de José Antonio Aponte alarmó profundamente a los hacendados cubanos”.14

En la obra del historiador Elías Entralgo, La liberación étnica cubana, se recoge la conferencia leída en el club Atenas de La Habana el 23 de abril de 1942 y en el Centro de Estudios Superiores de Oriente el 21 de agosto de 1944, titulada “La liberación étnica cubana: los hechos negros”.15

En dicha lectura, el autor censura los resabios racistas de Calcagno en su malintencionada novela sobre Aponte, se duele de que no exista de aquel ni un humilde grabado,  y compara a Aponte, no con Rómulo como hace Calcagno, sino con Espartaco, esclavo tracio que se sublevó contra el Imperio Romano: “Por analogía con la memoria pública del precipuo gladiador númida, la del insigne criollo ha padecido unas veces el silencio, otras la detracción y siempre la incapacidad de los historiógrafos”.16 Añade Entralgo con amarga ironía, que en Cuba la figura de Aponte “únicamente ha servido de título para un club de recreo en Santiago de Cuba”.17

El oficio desempeñado por Aponte, carpintero ebanista, lleva a Entralgo a plasmar una idea de su carácter imbuido de un talento director. Dice que “estaba dotado de una mentalidad que podríamos llamar geométrica. El tenía un exacto conocimiento de la verdadera situación intelectual y cultural de los que continuaban bajo la esclavitud; y en consonancia con la misma, utilizó los argumentos más convenientes y oportunos (…) para ganarse la volición de aquellos seres humanos cuya vida era una perenne asfixia espiritual”.18

Unido a lo anterior, Entralgo destaca las capacidades organizativas del negro tallador, y enumera varias de sus virtudes: calma, paciencia, valor, intuición, habilidad, observación atenta y cuidadosa de personas y cosas, sutileza. Apoyado en esta última cualidad, la sutileza: “El tejió e hiló; y aplicando sus artes de carpintero procuró machihembrar el tejido con el hilado. Para el gobierno tejía y destejía un manto de Penélope, con tales primores, que solo por un accidente muy fortuito le descubrieron la conspiración. A sus mismos partidarios los manejó con el hilo de Ariadna, tendido por él a lo largo de todo el laberinto cubano de 1811 y 1812”.19

Al decir de Entralgo, a pesar de su fracaso:

“Lo más admirable de esta conspiración fue su poder aglutinante. Logró que cesaran las pugnas entre las varias sub-razas africanas, pugnas atizadas en la superficie por los contramayorales —seleccionados ex profeso para colocarlos al mando de la sub-raza opuesta— y en el fondo por el interés divisor de los amos. Confundió a los negros esclavos con los libres. Acercó los mulatos a los negros. Sacó de sus casillas a los chinos. Contó con los blancos como dirigidos y como dirigentes. Infiltró entusiasmo político y calidez de inquietud en las mujeres. Congregó a individuos de los más diversos oficios. Zapateros, caleseros, macheteros, carboneros, bagaseros, talabarteros, cargadores de cañas, bueyeros, carpinteros, campaneros… Lo trascendente de todo eso es que traspasa los límites de una insurrección anti-factoril para ampliarse con las dimensiones precursoras de la revolución patriótica y nacional”.20

Otro elemento positivo de aquella gesta era que las armas se las arrebatarían al enemigo, para lo cual planeaban tomar el Castillo de Atarés y el Cuartel de Dragones. Para Entralgo, Aponte triunfó como conspirador y fracasó como insurgente. Su insurrección, fallida en sus propósitos, debía en su opinión ser analizada como una “columna truncada de la liberación racial cubana” y “un valor positivo de la libertad étnica”.21

III

Al triunfo de la Revolución Cubana, la figura de José Antonio Aponte fue objeto de una definitiva revalorización de su imagen histórica, debida al reclamo realizado por Walterio Carbonell y a las investigaciones del acucioso historiador José Luciano Franco. Carbonell, en su libro de 1961 Cómo surgió la cultura nacional, denunciaba cómo algunos panegiristas que pasaban por radicales elogiaban a Arango y Parreño y a Saco, “en tanto que silencian el nombre de José Antonio Aponte, el primer gran batallador por la nacionalidad sin esclavitud ni coloniaje”, y enfatizaba: “Aponte, que preparó una conspiración para barrer con el sistema esclavista y la dominación y sus consejeros letrados, conspiración que de haber triunfado nos hubiera ahorrado casi un siglo de colonialismo y de incultura, su nombre es silenciado; es silenciado en tanto que los maestros y forjadores del sistema esclavista que se esforzaron por todos los medios de apuntalar la dominación colonial, son glorificados”.22

A reparar esta colosal maniobra de olvido realizada por la historiografía burguesa, contribuyó de manera decisiva el libro de Franco, titulado La conspiración de Aponte y publicado por el Archivo Nacional de Cuba en 1963. Esta obra abrió un nuevo derrotero en las pesquisas sobre Aponte al examinar el expediente militar en su contra, fechado en los meses de marzo-abril de 1812, en cuyos interrogatorios el historiador descubrió insospechadas facetas de su biografiado.

En la obra de Franco nos encontramos que Aponte fue un hombre culto, respetado y de ideas radicales. Pertenecía a la cofradía de carpinteros de San José, con sede en el convento de San Francisco de Asís, y al mismo tiempo era miembro de una sociedad secreta africana de origen yoruba, entre los cuales la talla en madera ocupaba un lugar importante.23

Se sabe que terminó en 1811 una imagen de la Virgen de Guadalupe que fue colocada en una iglesia de Extramuros. Estaba casado y tenía seis hijos, tres hembras y tres varones. En su morada, ubicada cerca de la Calzada de San Luis Gonzaga, tenía junto a sus herramientas de carpintería una talla de un águila engullendo una serpiente y las paredes estaban adornadas con imágenes católicas, propias del sincretismo afrocubano.
24

Al registrarse su casa se encontró entre sus pertenencias un cuaderno de pinturas donde aparecían numerosas vistas de La Habana, ejércitos en combate, imágenes de palacios, castillos, iglesias, calzadas, almacenes y muelles de la ciudad, junto a láminas de temas bíblicos y mitológicos.25 Entre sus libros, destacaban una historia natural, el Arte de Nebrija, la guía de forasteros de La Habana, Maravillas de la ciudad de Roma, un formulario de escribir cartas, catecismo de la doctrina cristiana y un tomo del Quijote, junto a historias del reino etíope y del Preste Juan, “todos viejos y usados” según la policía.26 Tenía además un autorretrato y pinturas de Christophe, Louverture, Dessalines y George Washington, junto a cédulas reales que otorgaban privilegios a los batallones de pardos y morenos. De hecho, Aponte había acompañado en diversas ocasiones a dichos batallones en el servicio en San Agustín de la Florida y en 1782 participó en la expedición mandada por el general Cagigal que tomó la isla de Providencia, durante la guerra de independencia de los Estados Unidos.

Unido a esto, Aponte era por su origen un ogboni del cabildo Shangó Tedum y en el orden religioso lucumí tenía la categoría de Oni-Shangó. Para Franco: “las innegables dotes de organización y la posición privilegiada que ocupaba entre los africanos y sus descendientes, libres o esclavos, permitieron a Aponte dar al cabildo Shangó Tedum una singular fisonomía social y política, de marcado matiz revolucionario”.27 Otro acierto de Aponte sería el haber reunido: “bajo su liderato a hombres procedentes de otras zonas culturales africanas, denominados en Cuba: Mandingas, Ararás, Congos, Carabalíes, Macuá, Bibís, etc. Y además incorporar a la bandera libertadora que intentaba enarbolar con el triunfo de su postulado, a los grupos de negros y mulatos emigrados de Haití, Santo Domingo, Jamaica, Panamá, Cartagena de Indias, Estados Unidos, que permanecían en Cuba burlando las Reales órdenes que obligaban a expulsarlos”.28

En un penetrante ensayo sobre las ideas en torno a la esclavitud entre 1790 y 1878, la historiadora Mildred de la Torre se refería al movimiento encabezado por Aponte como “el más elevado exponente de todos aquellos que emanaron de los sectores populares de las capas medias”, y destacaba como hecho indiscutible que:

“El gran mérito de Aponte consistió en incorporar a la rebeldía popular la lucha por la independencia y la abolición de la esclavitud. No estuvo lejos de ello cuando se apoyó en el movimiento sublevacionista de esclavos, bien fuera utilizando la explosión de las dotaciones o bien propugnándolas. No olvidemos lo distante que estaban las dotaciones de esclavos, por sí mismas, de perseguir objetivos políticos separatistas o independentistas”.29

En fecha más reciente, la historiadora Gloria García ha realizado nuevos aportes historiográficos a los estudios sobre la conspiración de Aponte, apoyándose en fuentes primarias del fondo Asuntos Políticos del Archivo Nacional de Cuba. García confirma en su pesquisa la notable organización de este movimiento y el papel decisivo que las delaciones tuvieron en su desarticulación y posterior captura de los principales promotores: Aponte, Clemente Chacón, Juan Bautista Lisundia y el congo Juan Barbier, quien se hacía llamar Juan François. Todos ellos, afirma la autora: “Eran figuras reconocidas en su medio social: libres, miembros de los batallones de pardos y morenos, capataces de cabildos de nación, artesanos y pequeños comerciantes”. La conspiración, frustrada en sus comienzos:

“Por su organización, fines y extensión no tenía paralelo con otras abortadas en épocas pasadas. El plan concebía el alzamiento de los ingenios que rodeaban la ciudad con el asalto simultáneo al cuartel de Dragones y de Artillería, misiones que encabezarían Salvador Ternero y José Sendiga respectivamente, mientras Clemente Chacón se apoderaría del castillo de Atarés, para lo cual disponía de un plano de la fortaleza. Juan Bautista Lisundia, hijo de este último, y Juan Barbier, Juan François, tenían a su cargo la organización de las dotaciones para ejecutar la rebelión el 15 de marzo”.30

La represión al movimiento conspirativo fue de una violencia inusitada. La horca, el garrote, la prisión y el destierro fueron las penas aplicadas a aquellos que habían sido capaces, por primera vez, de mancomunar la rebeldía de negros y mulatos libres con los esclavos de las plantaciones en la búsqueda de un ideal libertario. En tal sentido:

“El proceso judicial contra los implicados sacó a la luz indicios poco tranquilizadores para las autoridades y para la plantocracia. No solo la unión alcanzada entre los esclavos y los negros libres para luchar por objetivos comunes era inédita y representaba un peligro difícil de exagerar, sino que toda la trama de la conspiración mostraba una gran capacidad organizativa en sus jefes y una conciencia política apreciable. Sus dirigentes estaban al tanto de los acontecimientos internacionales y habían seleccionado para la sublevación una coyuntura que les era, sin duda, favorable”.31

IV

A casi 200 años de su muerte, nuevamente la figura de Aponte y su rebelión antiesclavista es elegida como argumento de una novela, escrita por el joven narrador Ernesto Peña González (Santa Clara, 1976), la que resultó ganadora del prestigioso premio Alejo Carpentier de Novela 2010 bajo el título de Una biblia perdida.32 La novela histórica goza de muy buena salud en Cuba actual, y el premio antes citado ha contribuido mucho a hacerla visible, como en los casos de las también premiadas La visita de la Infanta, de Reinaldo Montero (2005) e Inglesa por un año, de Marta Rojas (2006). El Aponte que Peña nos ofrece es un ser que logra saltar las barreras del color de su piel y su clase social desde niño, apoyándose en el prestigio familiar (“Su padre y su abuelo lucharon contra los ingleses y fueron condecorados por sus méritos”, p. 19) y en su infinita curiosidad y predisposición a la lectura, entre las cuales figuraba en un lugar preeminente la Biblia. Pero no son las Sagradas Escrituras la “biblia perdida” de la novela, sino un proyecto menos ambicioso pero igual de perturbador: el célebre cuaderno desaparecido con las pinturas de Aponte.

Partiendo de una minuciosa investigación histórica en fuentes de archivo y bibliográficas, Peña logra reconstruir la personalidad de Aponte y su rebelión con realismo y acierto, sin falso historicismo ni anacronismos, en una prosa que se despliega con agilidad y limpieza. En la novela se mezclan personajes ficticios y reales, quienes van tejiendo la intriga en torno al significado de las imágenes pintadas por Aponte. Así, el investigador Nerey aduce:

“Y mientras algunos torpes se afanaban buscando indicios de la preparación y articulación de planes  para crear turbulencias, el licenciado intuyó que debía comprender de qué manera se articulaban todas las imágenes del libro, a primera vista inconexas entre sí. Aquello tenía el aspecto de una historia bíblica pero en imágenes. Tal vez las biblias de los primeros cristianos fueran semejantes a este libro. Historias en imágenes”. (p. 24)

El libro citado constaba de 72 folios, divididos en tres partes donde se contaba la gloria de la raza negra, desde los reyes etíopes hasta el batallón de pardos y morenos libres de La Habana, y la sospecha de que se trataba de una obra misteriosa, cabalística, en la que cada imagen tenía un significado en relación con las demás, sirve como hilo conductor de una trama construida con una mezcla inteligente de suspenso y estilo de época.

El Aponte de Peña es una criatura sensible al arte, un visionario de imágenes plásticas al que se compara con Nicolás de la Escalera, ávido del contacto de sus manos con la madera sin pulir o el lienzo virgen. En una imagen onírica de gran fuerza, no exenta de ironía, Aponte sueña que pinta un baile en el Palacio de los Capitanes Generales, al que asisten los miembros de la oligarquía criolla acompañados por sus mujeres, y en medio del baile irrumpe Toussaint Louverture con una arenga antiesclavista, provocando la estampida de las señoras y el estupor de sus maridos. (pp. 31-32)

Toda una genealogía de héroes, reyes, patriarcas y próceres negros pueblan el universo simbólico del carpintero ebanista, sin embargo, el novelista sugiere que no era un racismo negro el que impulsaba a Aponte, sino su “interés por la historia y las relaciones entre blancos y negros. Relaciones que él deseaba pacíficas como lo ilustraba el estandarte blanco que confeccionó con dos varas de platilla nueva y la imagen de María santísima”. (p. 38)

La formación de la personalidad de Aponte, sus rasgos sicológicos de persona curiosa, devota, independiente y combativa, ocupan algunas de las mejores páginas de esta novela, algo que el lector agradece tratándose de un personaje del que sabemos relativamente poco de su biografía. Su afán justiciero queda registrado en la defensa de un esclavo humillado por jóvenes blancos, en una escena de enorme valor alegórico, pues el negro agraviado resulta ser un esclavo que prefiere el dinero de sus amos al orgullo de rebelarse contra ellos. La interiorización de la dominación, como elemento sustancial al régimen esclavista, se expone aquí en toda su crudeza. (p. 60)

El retrato espiritual de Aponte, en la ficción de Peña, nos sitúa ante un hombre de “memoria exacta, una astucia de sierpe, e infinitos deseos de morirse que depuraban su personalidad de mezquinos propósitos, como obtener el favor de las mujeres y la embriaguez de la bebida”, todo lo cual lleva a su interrogador a la conclusión de que “Aponte padecía de una mentalidad de mártir”. (p. 66) Aquí aprovecha el autor para poner en labios de sus captores la famosa frase de que su memoria sería escarnecida por una frase odiosa: ser “más malo que Aponte”, y le insinúa que peor que la infamia sería el olvido. Ante el ardid de quebrar su resistencia acudiendo a sutiles maniobras sicológicas, el personaje de Aponte reflexiona con lucidez y amargura:

“Sabía que los poderosos podían falsear la historia  a su antojo. (…) Cuán fácil no sería vilipendiar a un simple carpintero. Bastaría hacer desaparecer su ‘Libro de pinturas’ y propagar los peores rumores entre el populacho y los historiadores. Nada se contaría de su amor por las artes, su afición a la Cartografía y la Geometría. Se ignoraría su admiración por los antepasados, su sentido de la justicia y su dolor de hombre íntegro que, por desgracia, debe tomar partido”. (p. 67)

Otros personajes muy vinculados a Aponte como Clemente Chacón e Hilario Herrera, El inglés, también son actores importantes en la novela, en el caso del primero como contrapartida de Aponte por su falta de resolución y débil pasión libertaria, y el segundo porque introduce en la trama la experiencia de la Revolución Haitiana, de la que fue protagonista, y es quien le habla al carpintero de sus grandes figuras como Louverture, Dessalines y Christophe. También se narra un encuentro entre el futuro conspirador y el pintor Escalera, en el que este le trasmite algunos secretos de su  oficio y la pasión por el arte religioso, y se describen sus amores con Catalina, la virgen negra que fue su esposa, a quien conoció simbólicamente un seis de enero, en la Fiesta del Día de Reyes, y que constituyó en su imaginario erótico la representación de un placer guerrero. Ella era codiciable y peligrosa. (p. 131)

En un momento de humana debilidad, ante la imperiosa súplica de Catalina para que desista de la conspiración, el protagonista se debate entre la grandeza de su proyecto emancipador y lo que representa para la raza negra, y la realidad escéptica de que: “Entre los negros no era más que el ‘maestro Aponte’. Y entre los blancos, había sido cabo 1º de las milicias habaneras y participado en la expedición comandada por el general Cagigal que se apoderó de la Isla de Providencia durante la guerra de independencia de los Estados Unidos. Un simple miembro de la cofradía de San José…” (p. 150)

Pero el carpintero tallador, el negro criollo y libre, hijo y nieto de milicianos habaneros, era mucho más que eso y sus inquisidores lo sabían. No tuvieron más remedio que envilecer su memoria y exponer su cabeza cercenada como ejemplo de perversidad suprema. Sin embargo, en el final de su vida que es también el epílogo de la novela, el licenciado Nerey, el representante del poder opresor, lo recuerda con nostalgia y hasta quizás conmiseración: “El licenciado no había encontrado en toda su vida a un negro tan astuto y fiel a sus hombres, amén de su excelente obra pictórica, aquella especie de Biblia, por desgracia desaparecida. En otras circunstancias, en otras vidas quizás, Nerey lo hubiese elegido como su amigo”. (p. 204)

Final sin rencor, abierto a las más misteriosas interpretaciones, y espléndida manera de incitar al lector a penetrar en la vida de aquel hombre práctico, sensible y temerario, precursor de la independencia de Cuba, que fue José Antonio Aponte.

La Habana, noviembre de 2011.


Notas:

1- José Luciano Franco, La conspiración de Aponte, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2006, p. 4.

2- Sergio Guerra Vilaboy, Historia mínima de América, La Habana, Editorial Pueblo y Educación, 2003, p. 101.

3- Véase: José Luciano Franco, Las conspiraciones de 1810 y 1812, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1977. Cuenta con un extenso apéndice documental sobre los hechos, provenientes del Archivo de Indias y del Archivo Nacional de Cuba.

4- María del Carmen Barcia, Los ilustres apellidos: negros en La Habana colonial, La Habana, Ediciones Boloña, 2008, pp. 292-293.

5- Gloria García, Conspiraciones y revueltas. La actividad política de los negros en Cuba (1790-1845), Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2003, pp. 66-74.

6- Así lo señala el historiador integrista español Justo Zaragoza en su obra Las insurrecciones en Cuba, publicada en 1872: “Al frente de los levantados y como principal iniciador figuró, en aquella formidable conspiración, un negro libre llamado José Antonio Aponte, de capacidad no común en los de su raza, y de tan perversas condiciones de carácter, que dio origen al adagio de Más malo que Aponte, con que aun hoy se indica en Cuba a los malvados”. Citado por José Luciano Franco, La conspiración de Aponte, p. 21.

7- La figura de Aponte, denostada y olvidada por la historiografía republicana, no corrió mejor suerte en la narrativa, pues inspirándose en su figura el intelectual autonomista Francisco Calcagno produjo una obra de dudoso mérito literario, donde reproducía la imagen racista de un hombre bárbaro que intentaba aniquilar la población blanca e instaurar un imperio negro, a imagen y semejanza del Haití pos revolucionario. Véase: Francisco Calcagno, Aponte, Barcelona, Tipografía de Francisco Costa, 1901.

8- Vidal Morales y Morales, Iniciadores y primeros mártires de la revolución cubana, La Habana, Editorial Nacional de Cuba, 1963, tomo 1, p. 32.

9- Ibídem.

10- Ramiro Guerra, Manuel de historia de Cuba, La Habana, Editorial Pueblo y Educación, 1989, p. 237. Este mismo párrafo fue reproducido por Guerra, sin cambiarle una coma, en el tomo III de la Historia de la nación cubana, La Habana, Editorial Historia de la Nación Cubana, 1952, p. 37. Fue todo lo que pudo decir sobre Aponte en esa obra monumental y erudita.

11- Ídem, p. 234.

12- Fernando Portuondo, Historia de Cuba (1492-1898), La Habana, Editorial Pueblo y Educación, 1975, p. 267-268.

13- Ídem, p. 268.

14- Raúl Cepero Bonilla, Escritos históricos, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1989, pp. 37-38.

15- Elías Entralgo, La liberación étnica cubana, La Habana, 1953, pp. 13-31. Desde la década de 1930 Entralgo había incursionado en la figura de Aponte, en una conferencia del curso impartido por radio Introducción a la historia de Cuba, dirigido por Emilio Roig de Leuchsenring, luego recogido en libro en 1938.

16- Ídem, p. 24.

17- Ídem, p. 25.

18- Ibídem.

19- Ídem, p. 26.

20- Ídem,  p. 27.

21- Ídem, p. 28.

22- Walterio Carbonell, Cómo surgió la cultura nacional, La Habana, Ediciones Bachiller, 2005, 2ª edición corregida, p. 35.

23- José Luciano Franco, op. cit., p. 26.

24- Ídem, p. 24.

25- María del Carmen Barcia, op. cit., pp. 295-298.

26- José Luciano Franco, op. cit., p. 97

27- Ídem, p. 27.

28- Ídem, pp. 27-28.

29- Mildred de la Torre, “Las ideas sobre la esclavitud (1790 y 1878)”, en: La esclavitud en Cuba, La Habana, Editorial Academia, 1986, p. 49.30-  Gloria García, op. cit., pp. 69-70.

31- Ídem, p. 72.

32- Ernesto Peña González, Una biblia perdida, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2010.

 
 
 
 
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.