La Habana. Año X.
7 al 13 de ENERO de 2012

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Elogio de la memoria *

Virgilio López Lemus • La Habana

Decía Rainer María Rilke en una carta a Franz Javier Cappuz: “Las obras de arte viven en medio de una soledad infinita, y a nada son menos accesibles como a la crítica.” Sin embargo, varias cartas posteriores, el propio autor de los Sonetos a Orfeo hace justamente eso: crítica literaria, tratando de orientar las lecturas del joven poeta y amigo. Hay que guardar con celo algunas anotaciones de las Cartas a un joven poeta, como aquella en que Rilke recomienda “atenernos a lo difícil”, de manera parecida a como muchos años después lo enunció entre los cubanos José Lezama Lima: “Solo lo difícil es estimulante.” Así inspirado, ningún “prólogo”, ningún comentario en carne de poesía, estaría de más, si un poco desea escarbar sobre lo difícil que es el hecho poético convertido en libro.

Yo no diría que la poesía de Alberto Acosta-Pérez (La Habana, 1957) es “rilkista”, y ya se ve que tampoco lo es “lezamiana”, aunque esta última influencia fuese una verdadera vertiente de la poesía cubana en los años en que él comenzó a publicar, al final de la década de 1980 y durante toda la de 1990. Sí hay en su obra una línea creativa, intelectiva, que se aproxima más al orbe lírico de Gastón Baquero, otro de los poetas cimeros del llamado Grupo de Orígenes. Pero un estudio de literaturas comparadas advertirá sin rodeos lo que puede enunciarse de manera casi intuitiva: en el quehacer de ese puntal poético cubano del siglo xx, abunda la relación, incluso estrecha, con Rilke, y no pocos puntos de contactos pueden ser hallados respecto de la obra y del sistema poético del hermético bardo de la calle Trocadero. Entonces, las fuentes en las que bebe Acosta-Pérez bullen con la contaminación universal de la poesía, pues muchas fueron los veneros de Lezama y no pocos los del alemán de las Elegías de Duino.

Dentro de la poesía cubana, sin escapar de sus márgenes insulares (lo que es bien difícil), adviértase a veces algunos versos que podrían relacionar a Alberto Acosta-Pérez con un Félix Pita Rodríguez muy de paso, con gananciosas lecturas de Eugenio Florit, o encontrar algún contacto siquiera sea circunstancial con lo sentencioso de José Martí, o con el tono elegíaco de Emilio Ballagas. No hay poeta virginal, irrelacionable, “puro”, de una pureza incontaminada. Acosta-Pérez más bien es un autor de la era de la profunda contaminación no solo atmosférica, sino también en los microespacios de la literatura y sus géneros transgredidos, poluidos, intertextualizados.

No obstante los esfuerzos de hallarle sus filiaciones, adviértase en su obra poética un sentido de la originalidad que no es otro que el de la personal percepción, el filtro suyo muy identificable tanto en sus espléndidos versos largos y vibrantes como en sus frases más recoletas. A la poesía intelectual y refinada de un Baquero, él añade un matiz de corte neorromántico que lo lanza sobre la expresión sentimental a lo Luis Cernuda, o reflexiva, a lo Antonio Machado, que le ofrecen esa singularidad de asimilación y ruptura con sus modelos, y un sincero tono discursivo en el que no elude lo conversacional, junto a un refinado aire libresco. El matiz dramático de algunos de sus poemas a veces lo acerca a un coloquialista cubano: Rafael Alcides Pérez.

 

Alberto Acosta-Pérez no va “hacia la poesía”, no la busca para poseerla, sino que es ella quien viene sobre él, lo asalta y lo somete. “Poeta fatal” dice Juan Ramón Jiménez de aquel que no puede resistirse a ese llamado salvífico o arrebatador de la poesía, que traduce la vida en un montón de versos, poemas, poemarios, confesionales o testimoniantes, lúdicos o de afanes estéticos marcados, de lectura a veces difícil y otras luminosas.

Sus hitos son cuatro, pese a que ha publicado numerosos cuadernos líricos: El ángel y la memoria (Soria, España, 1990), Monedas al aire (La Habana, 1996), Música vaga (La Habana, 2002) y ahora este conjunto fuerte de Fotos de la memoria. En la era de la abundancia de premios
¿para ser “poeta reconocido” hay que tener ya carné de premiado?, con el primero obtuvo el Premio Internacional de Poesía Gerardo Diego, y con el tercero el Premio de la Crítica, si bien el segundo lo mereció también con creces en el año en que vio la luz, pero ya se sabe que los azares de los laureles son inefables. Tal currículo, pero sobre todo tal conjunción de buenos libros de poesía, podrían haber catapultado el nombre de Alberto Acosta-Pérez entre lo mejor que en este género podría exhibir Cuba en el ámbito del idioma. El poeta ha preferido el modesto apartamiento, y una desdibujada relación con la suerte de jet set del mundillo intelectual, así como de todo signo oficial o cultivo de las relaciones sociales.

Eso no es lo que busca el poeta: el éxito social. Antes bien, su poesía arde de fiebres, grita o susurra soledades, canta al amor y a la marginación que la sociedad impone sobre los amantes, sobre todo sobre ciertos amantes, aquellos que durante tantos siglos ni siquiera podían “decir su nombre”. “El mejor amigo es la memoria”, dice Alberto Acosta-Pérez al comienzo de Música vaga, mas esa memoria no está hecha solo de simples recuerdos, de fotos fijadas en el archivo mental, de instantes selectos del vertiginoso día a día, sino también desde “la idea del mundo brotando desde dentro”, o ya en Fotos de la memoria, de: “pequeñas gotas de sangre, sueños y tendones lastimados a lo largo del camino”. Es una memoria que implica temporalidad, y grande, grave, es el espacio concedido al curso del tiempo dentro de esta poesía existencial.

A diferencia de Baquero, o Lezama, o Rilke u otros maestros que le llenan de fe en la poesía (Cernuda, Machado, Gil de Biedma, Silvia Plath, Aimátova…), nuestro poeta aspira el aire impuro de un ambiente febril, donde no importa un posible o imposible Más Allá que le conduciría al tono metafísico, porque hay en su poesía una profunda asimilación existencial de su circunstancia, y un matiz sentimental que corroe la intelectivización rilkista o baqueriana, un sufrir callando que prende fuego en los versos, como en aquella poética del dolor que puede hallarse en los orbes martianos. Acosta-Pérez de pronto dice en “Destino”:
 

No son dulces los antiguos recuerdos

sino espadas que se hincan 

y dejan al aire los tendones.

¿Adónde marcha la belleza que se borra?  

¿Adónde voy yo mismo? 

Sólo hay una certidumbre: 

no nos veremos más allá, 

no nos inclinaremos juntos otra vez sobre la hierba, 

nuestros rasgos no se confundirán de nuevo en el espejo. 

Angustia, sed, anhelos corporales de luz, aquí y ahora y dudas ante la existencia brotan todos como una lumbre en esta poesía más corporal que cerebral. El cuerpo sufre y ama. El poeta sabe que el cuerpo dicta sus exigencias de manera patente: físicas, instintivas, pero también se enferma, padece, muere, se destruye. El divino cuerpo, tan amado por los grandes creadores del Renacimiento europeo, es una preocupación constante dentro de la poesía del autor de Fotos de la memoria: “Absorto en la triunfal desarmonía de este cuerpo / que no tiene otro destino que morir…”, “Escuchando en la radio las viejas canciones que me emocionan, / dejo a mi cuerpo creer que todavía tengo tiempo”, “un cuerpo es también algo más que una isla de savia blanca”, “creo ver otra vez tu cuerpo como un poema en busca de una mano que lo acabe”, “este es mi cuerpo cuajado de llamitas y alambres retorcidos / que viene a quejarse de su soledad”. Esta obsesión por el cuerpo, por la dimensión corporal del ser, no es insólita en la poesía cubana, pero es el más alto escalón que en este sentido ella haya alcanzado. Libro tras libro, y sobre todo en estas Fotos de la memoria, Alberto Acosta-Pérez vibra en una sinfonía corporal en la que el “alma” ha cedido terreno a una corporalidad, por cierto espiritualizada. No hay en ello contradicción, pues el poeta siente: “un eco que atraviesa todo y deja sobre la voluble arena de mi alma / la huella columbrada de otro cuerpo”.

Bastaría con dedicarnos solo a estudiar en su poesía la dicotomía entre cuerpo/alma que bulle en sus versos, que nos golpea a veces con definiciones, enunciados, aseveraciones que parecerían más discursivas, reflexivas o filosóficas que propiamente poéticas, cuando en verdad provienen de una sensibilidad excitada, a veces atormentada, siempre iluminada, sugestiva.

Alberto Acosta-Pérez logra extrañas intensidades en dos vertientes compositivas del texto poético: en el largo poema segmentado o en el breve, concentrado, de uno o pocos versos. Nunca apela a la métrica tradicional hispánica, pero su verso libre tiene un ritmo que lo acerca al semilibre, con acentos bien dispuestos, con encabalgamientos que completan el sentido rítmico de su “música vaga”, a veces sujetos al significado oracional, al contenido del discurso lírico. No es un autor de grandes rupturas experimentales, pero sabe colocar los espacios en blanco, hacer expresivos los silencios, los signos de puntuación, los giros lingüísticos y el frecuente uso de la tropología que, más que decoración, es búsqueda de un decir exacto para lo que se quiere expresar. Pero en materia experimental, algo ha derivado hacia su obra del mundo de la poesía visual, y no poco deja ver su interés por el ámbito de la ruptura antitradicional. Le importan las formas expresivas aunque su poesía sea “contenidista”. Este poeta tiene un qué decir que se sobrepone a los hallazgos formales, al formalismo postvanguardista, porque cuerpo y alma buscan catarsis y emoción, más allá del goce estético del juego de/con las palabras.

Fotos de la memoria no es una “consolidación” de autor que ha marcado un derrotero alto, creativo y personalísimo dentro de la poesía cubana, porque ese momento lo había alcanzado desde Monedas al aire hasta Música vaga. Textos tan intensos como la nueva versión de “California” (uno de sus mejores poemas) o “La balada de Jack y Ennis” deberían atraer más la atención hacia un poeta que no busca posiciones sociales a tenor del prestigio que alcance por su obra, sino que busca su obra como luz en un camino, como testimonio y confesión y delirio de vida.

Dos veces máster en estudios culturales en universidades de Cuba y España, Acosta-Pérez podría exhibir su saber en estrados docentes y salas de conferencias, pero sus conocimientos se encuentran disueltos en la sabiduría de su creación poética, y en función de esta. Con razones propias para ser sentencioso a veces, el poeta tiene dones suficientes para poder también a veces aconsejarnos, con consejos que vienen no de otros saberes que los que dona la poesía:  

No busques la revancha ni el aplauso,

ríete de ellos como de ti mismo:

son puros abalorios y efectos especiales,

bástete saber que el mundo, y el hombre,

están también en ti,

que el tiempo es un anillo redondo y sin estrías,

que el agua de los sueños fecunda el jardín

mejor que el oro o el discurso. 

Ritmo esicástico, diría Lezama, volvamos a empezar, porque la poesía es este corsi e recorsi, este ir y volver, este eterno retorno de las fotos, monedas o músicas vagas.  Como un sueño se rompe a la intemperie y el silencio, al ciclón y la estocada, los anchos espacios, vastos palacios de la memoria dejan ver sus antifaces y figuras disecadas o vivas en el gran muestrario del mundo, libro de las maravillas de Alberto Acosta-Pérez, presto a la grata, honda, difícil lectura.

* Prólogo a Fotos de la memoria, de Alberto Acosta-Pérez. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2009.
 
 
 
 
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