La Habana. Año X.
7 al 13 de ENERO de 2012

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vicente revuelta

De su magisterio nació el Teatro

Helmo Hernández • La Habana

Antes de leer las palabras de despedida del duelo de Vicente Revuelta, una mano imprecisa llevó hasta Helmo Hernández  el epitafio que el teatrista escribió, de su puño y letra:

Salí pero vuelvo pronto.

Mi Alma.

PD: Fui a “parar al mundo”.

 


Amigos:
Vicente ha muerto. Le corresponden los honores de los héroes. Hay muchos modos para el heroísmo, y en todos están presentes la rebeldía, el inconformismo, la capacidad de arriesgarlo todo, de volver siempre a partir de cero. Y también la fidelidad incondicional, para con aquellos principios con lo que se comprometió desde la más temprana juventud. Pero solo en casos muy excepcionales estará, además, la condición de Fundador.

No hubo momento ni hecho trascendente para la cultura cubana de los últimos 60 años en que no haya estado presente.

No habrá futuro para el Teatro entre nosotros si no está recorrido por su aliento rebelde, constructivo e innovador; inteligente y profundamente sensible.

Casi adolescente era ya un actor de posibilidades extraordinarias. Apareció junto a los nombres consagrados por entonces. Fue un activo protagonista de la renovación escénica que de manera muy tímida comenzó a producirse entre nosotros desde finales de la década de los años 40. Entre otras referencias, oí siempre, desde niño, hablar de su aparición deslumbrante junto a Adela Escartín, en aquella mítica puesta de Yerma, que de un golpe los colocó en el primer plano de atención para nuestros teatristas.

Sin que sea este el momento de ajustarnos a rigores cronológicos, resulta imprescindible la referencia a aquella Juana de Lorena, que desde las filas de Nuestro Tiempo, fue para el teatro un equivalente de la experiencia fílmica de El Mégano, por lo que ambas tuvieron de precursoras para futuros agrupamientos institucionales.

Viajó a Europa, y desde allí cultivó una relación muy duradera con Titón y Julio García Espinosa, entre otros entrañables compañeros. 

Desde  joven, comenzó   una   militancia   política   que   de   manera intransigente le acompañó hasta la muerte. 

Junto a un brillante e incansable grupo de colaboradores fundó Teatro Estudio. En la segunda mitad de 1958 aparecieron en escena con aquella puesta memorable del Largo viaje de un día hacia la noche. El público cubano asistió, por entonces, a uno de esos milagros que ocurren en el Teatro muy pocas veces.

Fue un espectáculo que, además de estar muy a tono con la escena internacional, era el resultado de un proceso, inusitadamente largo de aprendizaje y experimentación, y en el que veíamos a nuestros mejores actores y actrices usar, por primera vez, conscientemente, las ideas de Stalisnavsky para representar sus personajes. Hace muy poco tiempo acaba de ponerse de nuevo la obra en un teatro de Broadway. Verla sirvió, sobre todo, para recordarme las conmociones entrañables que me produjo, de niño, la de Vicente en el Hubert de Blanck.

Allí en la calle Neptuno, en los altos de la dulcería Lucerna, estaba por entonces la Academia. Allí estuve con muchos de los que siempre he considerado mi familia verdadera. Allí oí, por primera vez, hablar del Berliner, de Madre coraje y de su creador Bertolt Brecht. Por aquellas aulas, como alumnos o maestros, pasó lo más significativo de la escena cubana contemporánea. Desde allí surgió la puesta en escena del Alma buena de Sechuán con que el Grupo saludó la Revolución en el Teatro de Bellas Artes. Recuerdo el olor del aire de La Habana de noche por entonces, como se recuerdan todos los comienzos. Vicente, soñó, dirigió e hizo posible aquello. De su magisterio nacía el teatro, de su inconformidad las constantes transformaciones, de su acicate el mejoramiento técnico de los actores, de su militancia la entrega del Grupo a la Revolución.

Vendrían después los días de Marianao, y aquel otro empeño utópico que buscaba la raigambre popular del Movimiento que Teatro Estudio quería producir. Por entonces Vicente no solo desarrollaba actores, sino otros directores más jóvenes que, junto a él e incluso a veces dirigiéndolo a él mismo —como en su recordada intrepretación de Willie Loman—, compartían la responsabilidad del Grupo-Escuela.

De regreso en el Hubert de Blanck, ya Teatro Estudio estaba consolidado como uno de los grupos profesionales más importantes de la Nación. Tenía todo lo necesario, no solo para producir un teatro de calidad, sino, además, para poder dirigir su capacidad creativa en varias direcciones simultáneamente. Y vino una larga lista de puestas en escena con las que él mismo y otros directores fueron contribuyendo de manera sustancial, para dar cuerpo a lo mejor y más representativo del teatro cubano de entonces. Fuenteovejuna (en el Mella), nos dejó literalmente sin aliento. ¡Tal fue el encandilamiento! O sus actuaciones en El círculo de tiza caucasiano, o en aquella extraña congregación de estrellas que fue Vassa yellesnova; y sus puestas del Perro del hortelano, Madre coraje y otra vez del Alma buena, o El cuento del zoológico, entre otros muchos recuerdos de juventud que atesoramos, mientras dirigía un proyecto que daba cabida al trabajo de otros directores muy talentosos, fueron un proceso que tuvo su clímax en La noche de los asesinos. Otro de esos milagros a que nos hizo asistir durante su vida. Junto a Lalo, todos, de algún modo gritamos con espanto, desconsuelo y alguna esperanza, por ahí escondida: ¡Ay! Hermanas mías, si el amor pudiera, solo el amor... porque, a pesar de todo, ¡YO LOS AMO! De algún modo, ese grito parecía cerrar un camino. Así lo sintieron muchos por entonces. Algunos se fueron al Escambray, mientras Vicente convocó a la experiencia de los DOCE. Nuevamente emprendió, desnudo, un camino desconocido. Le acompañaban algunos de los grandes que aún están entre nosotros. Aquellas experiencias del Peer Guynt, fueron el resultado parcial que todos pudimos apreciar en el tabloncillo del Lyceum. Duró poco la experiencia y Vicente regresó al Hubert de Blanck, para darnos aún muchas renovaciones necesarias y a menudo inesperadas. Primero fue la experiencia terrible de la “parametración” de sus compañeros. Raquel, imbatible, mantuvo el Grupo y el Teatro para la Revolución y el futuro de Cuba. La creación del Ministerio de Cultura trajo más posibilidades para el grupo, y Vicente siguió respondiendo con ímpetu irrefrenable. Las hermanas de Chejov, había sido una aventura dolorosa, después la Duodécima noche, un suceso teatral innegable. A saltos recordamos otro momento de intensa experimentación y jugosos resultados con su Galileo Galilei, en que de vuelta a Brecht, y con mucha mayor madurez, atrajo muchos jóvenes estudiantes y su experiencia le dio el coraje para volver a partir de cero, e integrar jóvenes artistas plásticos que, como Leandro Soto, estaban de lleno inmersos en una renovación de la visualidad que resultaba muy envidiable para la escena de entonces.

La experiencia del Precio, en la Casona de Línea, adquirida por Raquel en medio de la Parametración, recuerda otros proyectos que aún sin alcanzar resultados definitivos, ponen en claro su pasión por la experimentación, el riesgo, y aquella búsqueda de lo esencial Martiano, en la que creo que estuvo enfrascado toda su vida. Pienso en el proceso de la Dolorosa historia de José Jacinto Milanés. Esas búsquedas, como las más recientes de aquella extraña Zapatera prodigiosa (también en la casona), ese espíritu imbatible del que había quedado desterrada toda certidumbre, y daba solo cabida a la aparición de nuevos problemas y nuevas preguntas cada vez... Esa voluntad empeñada en una belleza que jamás se dio por alcanzada, ni conoció de satisfacciones ni vanaglorias estériles... Son la mejor caracterización de su vida. Su mejor legado.

Porque quién, sino un artista verdadero, puede siempre mirar hacia adelante. Enseñar con humildad lo que ha descubierto o aprendido, actuar la ambivalencia emocional de la verdad, mostrarnos lo invisible, y las posibilidades de todo aquello que creemos inalcanzable. Quién sino ese artista podría hacernos reír ante lo pretencioso, amar lo que odiamos y abrazar lo que nos espanta, quién podría ponernos, finalmente, ante nosotros mismos, y contagiarnos de la valentía necesaria para seguir en el camino... ESE, que nos corresponde.
 

Demos a nuestro HÉROE, a Vicente, lo que podemos, este, nuestro aplauso final.

Palabras en la despedida de duelo de Vicente Revuelta. La Habana, enero 11 de 2012.

 
 
 
 

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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.