La Habana. Año X.
7 al 13 de ENERO de 2012

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Vicente Revuelta: nuestro Galileo

Norge Espinosa • La Habana

Foto: Cortesía del autor

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Sobre la mesa enrejada de un cabaret en penumbras, mientras sucedía la fiesta de clausura del Festival de Camagüey de 1997, bajo los acordes de una orquesta humilde y algunos sorbos de cerveza barata, Vicente Revuelta escribió, con tinta roja, unas palabras al dorso del diploma que me identificaba como ganador de un premio. Hechizo y profecía, conjuro en el marasmo, auguraba destinos y reencuentros en aquellas líneas, que firmó con su letra tan singular. Cuando años más tarde lo entrevisté con motivo de sus 80 años, no me atreví a recordarle aquel gesto. No hacía ya teatro, al menos no en las tablas, y en ese otro momento, cercano a un balcón que dejaba ver el Vedado: su paisaje, hablaba de poesía. Buscaba la poesía. Quién sabe si ahora, cuando nos deja solo su recuerdo, no la haya encontrado al fin. O acabe él mismo volviéndose eso: un aroma, un paisaje, un sonido al fondo. Poesía respirable en esta Habana.

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En el teatro era todo lo que no podía ser en la realidad. Joven, flaco, feo, Vicente descubrió muy pronto que tenía otras artes para seducir. El escenario fue su cámara de encantamiento, y adolescente aún, se arriesgó con papeles complejos, a fin de obtener aplausos que demostraran, siquiera por unos minutos, que podía ganar la imagen de roles más atractivos que el ofrecido por su propia vida: de ahí quizás su temprano éxito en la Cándida de Bernard Shaw. El cine fue otro espacio donde halló modelos, rostros de los cuales se enamoró, y a los que, en algunos casos, como Gerard Philippe, pudo ver luego tan cerca. Su hermana era también actriz, pero a diferencia de él, tenía un porte y una fotogenia que la identificaban más allá incluso de los personajes que encarnaba en la naciente televisión de la Isla, o en algunos escenarios habaneros. El y Raquel son un par inolvidable en la escena, en la cultura cubana: una dinastía que uniéndose a la presencia de Silvia Planas, provenía de lo más humilde, y acabó siendo la realeza del teatro nacional: los Revuelta. Una realeza sin más brillo que el de las luces en el tablado, pero asegurada en una concepción de lo teatral que aún nos alimenta. Un mito. El muchacho delgado que se reclina en una silla para mirar a la cámara con estudiada pose quizás soñaba con todo eso. La realidad, que como dijo Oscar Wilde, imita al arte, le permitió superar esos anhelos y hacernos parte de todo ello. Un teatro en La Habana se dedicará a la memoria de Raquel. Habría que unir, cuando se abra finalmente esa sede en la calle Línea, por la que tanto Vicente transitó, sus nombres otra vez, para que bajo ese techo podamos recordarlos, en una misma foto. El, cargado de delirios. Ella, con un perfil que la misma Habana extraña todavía.

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El encuentro con Adela Escartín fue decisivo. La actriz española traía el aura de una profesional, y acabó convirtiéndolo en parte del elenco de Yerma, dirigida por Andrés Castro con Las Máscaras. El la condujo en La voz humana, le enredó al cuello el cable del teléfono que dejaba oír los susurros finales de un amor. Esa línea ambigua y explosiva que puede enlazar a dos caracteres se dilató entre ellos, y marcó sus destinos. Cuando dirige Recuerdos de Bertha, sobre el texto de Tennessee Williams, comienza su lucha como creador para la escena. Conocía y participaba del movimiento del teatro de arte que en pequeñas salitas quería renovar la Habana de aquellos años 50; tenía, también, relaciones tensas con algunos de sus líderes, aunque se pusiera a la orden de ellos en busca de aprendizaje y nuevos aplausos. Se forjó viendo trabajar al propio Andrés Castro, a Francisco Morín, a Modesto Centeno. Prometeo, el Patronato del Teatro, la sala Talía, Arlequín, la Hubert de Blanck. Allí levantaría, en 1956, su Juana de Lorena. Raquel Revuelta fue una vez más cómplice y protagonista. Con Julio García Espinosa, el Vicente recién llegado de su primer viaje a Europa, se confabula para adaptar la pieza de Maxwell Anderson a fin de acercarla a esa Cuba que iba a aplaudir a una de sus más celebradas actrices. Raquel ganó premios, se consagró, demostró que la pantalla televisiva no iba a descerebrarla. Vicente obtuvo sus propios lauros, y el título de sospechoso que le endilgó el aparato represivo de la policía batistiana. Titón, cercano a la Sociedad Nuestro Tiempo, vuelve a atraerlo, y Vicente imparte conferencias, edita cuadernos sobre el ámbito de las tablas, se acerca a Stanislavski desde una perspectiva entendida como método. Prepara el camino para Teatro Estudio.

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Incluso hoy, cuando ese grupo fundacional es cosa más bien de la memoria (la delgada y vulnerable memoria del teatro cubano); Teatro Estudio sigue siendo un cardinal. Una rosa de los vientos que agita desde la nostalgia o el cruce de anécdotas la verdad escénica que somos, o a la que aspiramos. Sus herederos, aquí o en cualquier lugar del mundo: los actores, actrices, dramaturgos, técnicos, que fueron Teatro Estudio, pasan por encima de rencillas, broncas, desavenencias, para enorgullecerse de poder reconocer sus rostros en las fotos de los mejores espectáculos de esa agrupación. Marcados con el fuego de las tablas, y del éxito y los fracasos, Ernestina Linares, Berta Martínez, Ana Viña, Myriam Acevedo, Isabel Moreno, Leonor Borrero, Marta Farré, Roberto Blanco, Sergio Corrieri, Lillian Llerena, Alicia Bustamante, Manolo Barreiro, Adria Santana, Micheline Calvert, Miriam Learra, Pancho García, Eduardo Vergara, Flora Lauten, Mónica Guffanti, Paula Alí, Adolfo Llauradó, Marta Valdés, Carlos Repilado, Alberto Oliva, Julio Rodríguez, Michaelis Cué, Abelardo Estorino, Reinaldo Montero, Alina Rodríguez y tantos más se agrupan en esas fotografías. Se les ve reír juntos en una imagen de La duodécima noche. Tensos, ante la presencia de Raquel como Madre Coraje. Algunos no están en las fotos de los primeros años 70, aunque en Las tres hermanas dirigida por Vicente, se anuncie un aire renovador que la década luego iba a mostrar como un destello solo intermitente. Algunos vinieron de Teatro Universitario, de Prometeo, del movimiento de aficionados, de las Escuelas de Arte creadas tras el 59. En los 80, la foto vuelve a ampliarse, y Vicente, que ha sudado las fiebres de varias etapas, los reúne en Historia de un caballo, los empuja a un segundo Galileo Galilei que concibe como terreno de batalla de los veteranos y los más jóvenes, o se concentra en los talentos de Adolfo y Alina para imaginar una larga noche de desenmascaramientos En el parque. Las coordenadas de lo que somos en la escena cubana siguen contenidas, contaminadas y multiplicadas en la historia de Teatro Estudio, donde se programaba El becerro de oro y Contigo pan y cebolla, La noche de los asesinos y En la parada llueve; La casa vieja y La vuelta a la manzana; Todos los domingos y un recital de poemas a cargo de Virgilio Piñera, La toma de La Habana por los ingleses y se anunciaba Los siete contra Tebas, en vísperas de cambios y crisis que el grupo enfrentó amparado en la sabiduría y los arranques de Raquel, combatiendo oleadas de falso moralismo para que hoy, en esos sitios del planeta, los que recibieron aplausos por esas puestas en escena se sepan acogidos en una historia que deberá contarse otra vez, hasta que aprendamos de ella la última gota de cuanto puede alimentarnos. Fundado en 1958 por Vicente, Raquel y un puñado más a los que nunca hemos agradecido lo bastante, Teatro Estudio combinó los aprendizajes de las décadas anteriores para revolucionarlos, literalmente, en otro sentido de coexistencia de nuestra realidad con el arte de la escena. Nos dio una noción del teatro, que en sus mejores instantes, incorporaba una verdad crítica como músculo y no simple acompañamiento. Fiel a su condición de Géminis, Vicente palpitaba dentro del grupo alternando períodos creativos que podían ser delirantes y etapas en las que expresaba una abierta incomodidad ante la desidia de sus colegas, el acomodamiento ante la idea de un nuevo tipo de entrenamiento o riesgo, lejanos los primeros días del compromiso que acrisoló al grupo, establecido a partir de 1964 en la sala Hubert de Blanck tras una fase intensa en Marianao. Trabajó a partir de esas contradicciones, y ya desde el inicio se atrevió a contraponer el depurado logro de técnica stanislavskiana que fue su Viaje de un largo día hacia la noche, con el siguiente montaje: El alma buena de Se Chuan, nuestro primer Bertolt Brecht. Cuando sale a dirigir Peer Gynt con los que deciden abandonar la matriz y crear Los Doce, cuando da inicio a un proceso que no culminaría en estreno a partir de La conquista de América, cuando trae a los muchachos irreverentes del ISA para replantear Galileo o ya, al final, en 1998, al convocar a una oleada de adolescentes para dirigir La zapatera prodigiosa; Vicente estaba proponiendo también un acto crítico a Teatro Estudio, exigiéndole sacudirse la garantía de su sitio cimero en la cultura teatral cubana. Quería cambiarlo todo; quería que, en la vida, lo cambiáramos todo.

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No todas las imágenes se unen en el mismo espejo. Vicente, con su renombre, con su aureola de hombre delirante, con su capacidad para seducir a los jóvenes y guiarlos a procesos que, en dependencia o no de sus depresiones, lograban estrenarse o se estiraban para concluir abruptamente dejando a esos discípulos en un limbo del cual algunos nunca consiguieron retornar, podía ser difícil. Que lo digan sus colaboradores y amigos. Vivió en tensión con lo teatral, con las ideas preconcebidas de lo teatral, y eso lo animaba o desanimaba por temporadas. Solo la persistencia de algunos de sus fieles relacionados con el cine lo condujo a ese medio, de ahí sus escasas apariciones en pantalla, aunque valga recordarlo, sobre todo, en Los sobrevivientes, de su bienamado Titón, quien le solicitó la dirección de actores en Una pelea cubana contra los demonios. La televisión, en la que llegó a tener un programa de figuras animadas (su relación con el arte titiritero ha sido investigada por Freddy Artiles y Rubén Darío Salazar), no le interesaba ya en los 60. Se sabía un animal teatral. Desde esa postura, pidió ver a Mei Lan Fang en su viaje a China, trató infructuosamente de dialogar con Jerzy Grotowsky, y no se atrevió, mientras viajaba por Europa con su extraordinaria puesta de La noche de los asesinos, a fugarse con los hermosos, agresivos y desarrapados actores del Living Theatre. Cuando empieza a dar clases en el ISA, ser parte del grupo que él guiaba devino una suerte de privilegio, que algunos de sus alumnos lucían con la frivolidad de un abrigo caro mientras otros sí supieron aprovechar la experiencia. “Al ISA, a estudiar con Vicente”, se decían en cualquier provincia los muchachos que esperaban con ansiedad las pruebas de aptitud, imaginándose ante el hombre que podría recibirlos con la simpatía y agudeza del Bufón de La duodécima noche, con la carga filosófica y vulnerabilidad de su Galileo, con el halo poético de su Duque en Medida por medida, o con la sonrisa escéptica y desgarrada de su Lalo o su Jerry.  A través de sus gestos se recombina el teatro cubano, incluso sin su participación directa, como demostró Víctor Varela al recuperar, con La cuarta pared, el camino interrumpido en los 70 que Vicente había abierto con La noche de los asesinos: espectáculo liberador de fuerzas que desencadenaron happenings, performances, otros textos, y muchos riesgos que algunos pagaron caro. O influye con su puesta sobre el original de Mark Ronovski al que años después volvió Antonia Fernández, para debutar como directora con su Historia de un caba-yo, espejo replanteado desde otras sintonías de aquel montaje de Teatro Estudio, ya a tono con los aires del 2000: homenaje y secuencia a lo heredado a través de Félix Antequera, uno de los actores a los cuales, como Alexis Díaz de Villegas o Caterina Sobrino, marcó para siempre Vicente Revuelta. Trató siempre de que ningún montaje suyo se pareciera al precedente: del esplendor y el gran formato de Fuenteovejuna se iba a lo minimal en El cuento del Zoológico; del Shakespeare opulento de La duodécima…, se iba a replantear un Bertolt Brecht, o conducía entrenamientos con vistas a su Historia de un caballo. Podía ser genial e impredecible, y en sus anécdotas se mezclan lo memorable y lo crispado. En la inauguración del Festival del Monólogo de 1994, debía compartir la escena con Elena Huerta e Hilda Oates, a quienes exasperó diciendo sus textos desde cualquier sitio menos desde el escenario, demostrándome su desapego radical hacia las formalidades. Ya en 1998, cuando ofrece su última aparición como actor, elige, tras haber revisado La zapatera prodigiosa, textos dispersos de Brecht para que, en una función única, lo reconociéramos como un mendigo, un marginal, un hombre que transpiraba el teatro desde su rechazo a cualquier clase de convención. En el patio de la Casona de Línea, allí donde ensayó y ensayó y ensayó el Milanés de Estorino para luego no estrenarlo jamás, recibió sus últimos aplausos. Dijo así adiós al teatro en cierta forma, pasando a la imagen final de su vida, sobreviviendo incluso a la muerte de Raquel, sobreviviéndose. “Teatro Estudio fue mi campo de lucha”, me dijo. Le faltaron medallas por las muchas contiendas que supo ganar en tantas guerras.

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En la noche particularmente luminosa de 1998 en que subimos a las alturas de la Fundación Ludwig para nombrar a Raquel Revuelta y a Abelardo Estorino como Maestro de Juventudes, los que en ese entonces éramos la tropa de la Asociación Hermanos Saíz no dejamos de fotografiarnos con la gran actriz y su hermano. Cerrando con ello un evento dedicado al centenario de Bertolt Brecht, miramos a la cámara con la doble alegría de recordar al alemán esencial y estrepitoso junto a dos de sus defensores más febriles en la Isla. Ahí está Raquel, con el escepticismo que a pesar suyo le daba un raro aire de esfinge; y Vicente, con su mueca acostumbrada, negado a reír ante el lente. Roxana Pineda se aferra a su brazo como quien busca, más que un instante que pudiera animarnos años después en medio de nuevas batallas, asegurarse en la compañía de alguien a quien podría nombrar entre sus parientes más queridos. En la imagen, que he rescatado ahora para combatir el dolor de esta pérdida, éramos jóvenes arriesgados. Nos enlazamos en un conjunto que hoy, como cualquier otra familia, ha encontrado sus propios cardinales, pero sigue hilvanado en ese raro segundo que la cámara eternizó.

Esa cordialidad falta tanto en el teatro cubano, como para unirla a las sempiternas carencias materiales y al desdén con el cual se le trata en tanto expresión cultural, cuando de discutir y agitar ciertas verdades se trata. Prueba de ello fue la escasa cantidad de personas y artistas que se unió al cortejo en el cementerio, cuando el féretro estaba a punto de hundirse ante nosotros, y cuando muchos debieron haber estado allí para otorgar a Vicente Revuelta,  el fundador de no poco de lo que somos y a lo que debemos fe, oficios y empeños, una ovación final. Ya sé que muchos de sus colegas y amigos habrán combatido con la angustia, negándose a verlo reducido a un ataúd. Pero no dejo de preguntarme dónde estaban tantos, incluidos los alumnos de la ENA o el ISA que ya no podrán contar, ni siquiera, el haber estado cerca de este hombre en las últimas horas de su estancia entre nosotros. Los irreverentes que hoy se dicen animados a remover el teatro cubano, a experimentar, repitiendo los gestos que él organizó y lanzó al aire por vez primera, tampoco estaban. No pude tomarlos de la mano, como hice para que Antonia Fernández no se deshiciera en lágrimas. La Cultura Cubana debió haber estado mejor y más fielmente representada allí, aunque el entierro de este héroe, como lo llamó acertadamente Helmo Hernández en sus palabras de duelo, no haya aparecido en la portada del diario de mayor circulación. A lo que le debimos en vida, se une esto también: ojalá que los modos de rescatarlo en la memoria sean menos ingratos.

No fui uno de sus alumnos, no fui su amigo, fui su espectador. Del Vicente en la escena y del Vicente que él elegía ser en plena calle. Como mi amiga Marilyn Garbey puedo discutir con él sus manías, para respetarlo desde una distancia que no significa rechazo, sino otra manera de admirarle. Un saludo, unas palabras, un par de entrevistas, unas fotos. Su voz en mi grabadora. La memoria de sí mismo en el libro que le dedicó Esther Suárez Durán, y en las páginas de rescate que aún nos debe Roberto Salas como fe de sus testimonios. Eso conservo y eso espero aún de Vicente Revuelta. Ni siquiera sé por qué me duele tanto su desaparición. O tal vez sí, porque sin él y sin los maestros a los que ya hemos despedido y los que por desgracia nos tocará despedir, se esfuman algunas brújulas, ciertas señales, estímulos que nos hacían más ligero el siempre arduo camino de inventar un país teatral sobre el otro país. Los más jóvenes, ¿estarán conscientes de ello, del legado que les corresponde salvaguardar cuando, como al final del día extraño en que lo enterramos, arrecie sobre nosotros la tormenta? Vuelvo a las palabras escritas por Galileo/Vicente/Galilei/Revuelta: cábala, broma, verbo juguetón en su retórica, juramento, tratando de encontrar en ellas, en las líneas rojas del brujo, el chamán, el hechicero, el maestro, una profecía alentadora que me haga menos duro el viejo e imprescindible acto de recomenzar.

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“En la azarosa búsqueda del sentido, sentados ante un mandala de hierro forzado (no forjado) en el término medio del sentido, sintiendo mucho el vacío de sentido y ante dos reales botellas de cerveza, juro recordar este diálogo dentro de cinco años.”

Vicente.

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Nos dijo en su epitafio: vuelvo pronto. Que así sea, Galileo.

 
 
 
 

LA JIRIBILLA Nro. 98
Cuarenta y cinco años
de Teatro Estudio

LA JIRIBILLA Nro. 422
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de la cultura cuban
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.