La Habana. Año X.
7 al 13 de ENERO de 2012

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Sprüngli

 Mylene Fernández Pintado (La Habana, 1963)

                                                                                    Para Peter Bichsel

 
-También a mí me gustaría estar contenta —dijo la Reina— pero nunca puedo acordarme de aplicar la regla. Debes de ser muy feliz viviendo en este bosque y alegrándote a capricho.

-Pero si aquí estoy muy sola!—dijo Alicia con voz melancólica; y ante la idea de su soledad dos gruesos lagrimones rodaron por sus mejillas.

Al otro lado del espejo.

Lewis Carroll 

 

Billetes, por favor —dijo el Revisor del tren, asomando la cabeza por la ventanilla. En un momento, todos le presentaron los billetes.

Vamos, jovencita, enséñame tu billete continuó el Revisor, mirando enfadado a Alicia. Y un gran número de voces dijeron al unísono: “No hagas esperar, jovencita, que su tiempo vale mil francos el minuto”.

Mucho me temo que no he sacado el billete para Sprüngli dijo Alicia en tono asustado. No había ventanilla de billetes en el sitio de donde vengo.

“No hay ventanilla de billetes en el sitio de donde viene” se asombraron los pasajeros a coro.

No me vengas con excusas dijo el Revisor. Y el coro añadió: “No digas nada de nada. El lenguaje vale a mil francos la palabra”.

El Revisor tomó un periódico y comenzó a dividirlo entre los pasajeros. 

Si quieres un ejemplar para ti sola, tendrás que viajar en primera clase le dijo el Revisor en tono casi amable. Aquí, en clase económica, hay un solo periódico para todos los pasajeros. La primera fila lee la primera página y así, los que quieren saber de deportes o cultura se sientan al final, los preocupados por la bolsa, en el medio y los interesados en la política, ocupan las primeras filas. Pero añadió como cogido en falta ya he hablado contigo más de un minuto.

Gracias, ya sé todo lo que deseaba dijo Alicia temerosa.

Bueno, aunque no eres de por acá, se ve que eres una jovencita decente así que te daré una última información gratis. Si pagas una tarifa extra en primera clase, podrás leer las noticias del día siguiente.

¿¡El futuro!? se sorprendió Alicia.

Sí, la verdad es que no es tan impredecible como pensamos y aquí el Revisor hizo un gesto de cansancio y a Alicia le pareció solo un viejecito extenuado y orgulloso de cumplir con su deber.

Alicia se acomodó en su asiento de ventanilla y el tren arrancó. Ante sus ojos desfilaban, como fotogramas, pequeños pueblitos góticos, iglesias, montañas, cascadas, lagos, prados  y bosques. Parece una película, una postal o la portada de una caja de colores o de chocolates pensaba. ¿Será así Sprüngli? 

Alicia no conocía a nadie que hubiera estado en Sprüngli, si bien todos se jactaban de haber comido los famosos chocolates. Contaban que se hacían con cacao y obreros importados y con maestros chocolateros y recetas del lugar, estas últimas, celosamente guardadas en las bóvedas de un banco como secreto bancario. Sprüngli era la ciudad del chocolate.

El tren se detuvo en una estación sin más edificios que la oficina para los billetes, y un gran reloj. El Revisor ordenó a  los pasajeros descender de los vagones durante 31 minutos. Para evitar a sus compañeros de viaje y su coro de sermones, Alicia decidió caminar hacia un prado que parecía salpicado de puntos multicolores. Al acercarse,  descubrió un pequeño ejército de personas que portaban pinceles, brochas y vasijas de pintura de diferentes colores.

El primer grupo pintaba la hierba. Es lo más difícil le dijo el jefe,  interesado en hacerla creer que el trabajo de su brigada era el más importante. La hierba debe ser pareja pero natural, la pintura no debe salpicar la brizna del lado porque entonces, esta quedaría más verde que la otra. Y si mañana llueve, tendremos que regresar a pintarla más oscura y si deja de llover algunos días, hay que buscar tonos ocres para pintar la hierba seca. Como ves, no es una tarea fácil. Yo he sido siempre muy cuidadoso y exigente con este trabajo.  La próxima semana me promoverán a comprador, es el mejor puesto, en vez de estar aquí a pintar cada brizna de hierba, iré a la ciudad a escoger los colores.

Aquel grupo que ves allá continuó explicando, de modo  confidencial pinta las flores, se creen artistas, hasta se autoproclaman impresionistas, son todos mediterráneos, poco organizados y creyendo siempre en la inspiración, en vez de la constancia.

Los “impresionistas” parecían más divertidos. Uno de ellos pintaba unas rosas de azul mientras los otros lo aconsejaban, sentados en medio del prado, y discutían acerca del tono.

Da lo mismo, al final, tendremos que olvidarnos de esto y pintar las flores según las instrucciones, aquí nadie quiere perder el trabajo dijo uno de ellos.

O que te manden a pintar las vacas acotó el del lado.

¿Las vacas? dijo Alicia ¿Cómo es que alguien pinta una vaca?

¡Oh, eres una jovencita muy ignorante! Se nota que no eres de por acá respondió el que pintaba las flores de azul sin dejar admirar su trabajo—. Es muy simple, debes convivir con la vaca las 24 horas hasta que se acostumbra a tu presencia, cada día te acercas más hasta que te permite acariciarla. Una vez en este punto, estás en condiciones de caminar a su paso y pintarle las manchas negras o carmelitas, según se te indique. Pero es muy aburrido. Las vacas hablan solo holandés y son tacañísimas, nunca te ofrecen un vaso de leche. Ese trabajo lo hacen siempre los que vienen de las zonas elementales, como tú. Solo que eres muy bajita para andar entre vacas.

¿Hacen esto durante todo el año? atinó a preguntar Alicia en medio de su estupor.

Claro que sí, solo que en invierno usamos solamente el blanco para dar la cobertura de la nevada a la superficie. Los de las vacas se quedan sin trabajo porque las llevan a sitios cerrados y como allí nadie las ve, no importa qué color tengan.

A Alicia le habría gustado saber si pintaban también los ocasos y los amaneceres, el cielo y las nubes de la lluvia y si  al final resultaba que las cascadas eran solo agua que alguien vertía desde la cima de las montañas, pero temía que el tren partiera sin ella. Despidiéndose del grupo, que continuaba ensimismado en las flores azules, corrió hacia la estación.

El tren viajaba sin esfuerzo, los pasajeros leían sus páginas y los altavoces indicaban las paradas sucesivas y las ya superadas. También, la hora y la fecha, la estación del año y la temperatura, la marea y la fase de la luna. Los índices de la bolsa y el cambio monetario del día.

Al llegar a Sprüngli, le llamó la atención que todos los carteles comenzaran con la palabra PROHIBIDO. La lista de  prohibiciones era infinita. Incluía desde PROHIBIDO COMER O BEBER EN LA CALLE hasta PROHIBIDO PISAR LAS RANAS O LOS ERIZOS.

Luego de leer atentamente los letreros, Alicia sintió alivio. No estaba vedado comprar chocolates, solo que no veía ningún cartel que anunciara una pastelería. Las calles estaban flanqueadas por edificios majestuosos y grises, con nombres que no dejaban entrever nada goloso o divertido.  Finalmente, decidió entrar en uno que anunciaba la cabeza de un gato con una gran sonrisa de felicidad.   

Buenos días, ¿es esta una pastelería? se dirigió a un señor delgado que no sonreía como en el cartel de la entrada.

Buenos días, ¿estás asegurada? inquirió el señor, sin sonreír.

No, no estoy segura, por eso le pregunto dijo Alicia.

No te pregunto si estás segura sino, si estás asegurada. Esta es una compañía de aseguración. La más grande del mundo, así que también nuestro trabajo es el más importante del mundo. Por ejemplo, yo podría demandarte por hacer preguntas estúpidas y hacerme perder: tiempo, concentración en mi trabajo, dinero y hasta el puesto. Con lo que, si yo me quedase desempleado por atender tus estúpidas preguntas en vez de mi importantísima labor, podría pedir además una indemnización por  perjuicios y entonces te verías obligada a pagarme también el alquiler de la casa, las facturas, los seguros y los impuestos. Pero, si tú estuvieras asegurada contra daños y perjuicios ocasionados a terceros en ocasión de preguntar estupideces, tu compañía aseguradora se ocuparía de todo esto.

No sé que es una aseguración, pero parece algo muy importante dudó Alicia.

Claro que es importante, ¿sabes que la memoria trabaja en dos direcciones? preguntó el señor con aire satisfecho.

 Veo que también aquí hacen chistes pensó Alicia con alivio y se acodó en el mostrador, ya más confiada. No, no tenía idea. Creo que la mía solo trabaja hacia atrás.

Eso es porque no eres de por acá, y tu memoria es tan mala que solo trabaja en una dirección. La nuestra trabaja también hacia adelante y ese es el principio de la aseguración. Recordar lo que ocurrirá.

Asegurarte es cubrir todos los riesgos de tu vida futura, estar a salvo de todos tus errores, ser perdonada de antemano por los pecados que puedas cometer comenzó el discurso el señor, muy inspirado. Por ejemplo: te hago una póliza por daños a especies en extinción en latitudes polares y tú, me pagas todos los meses una cifra por si algún día hieres un pingüino emperador en la Tierra del Fuego.

No creo que iré nunca a La Tierra del Fuego y mucho menos le haría daño a un pingüino, ¿por qué debería pagar por algo que nunca cometeré? continuaba a preguntarse Alicia, luego de despedirse del señor, aún muy serio.

La tienda de chocolates estaba al lado, y nadie sonreía en el cartel de la entrada. 

 ¿Qué quieres comprar? dijo la vendedora.

Todavía no estoy muy decidida dijo Alicia en tono amable. Antes me gustaría echar un vistazo alrededor, si puedo.

Puedes mirar si lo deseas delante de ti y a ambos lados dijo la vendedora, pero no todo a tu alrededor, a menos que tengas ojos en la nuca.

Como Alicia no los tenía se contentó con dar vueltas y mirar los anaqueles a medida que se acercaba a ellos. La tienda parecía estar atestada de chocolates de todos tipos, tamaños y formas, pero cada vez que Alicia se detenía ante un estante para ver en detalle su contenido, estaba completamente vacío, mientras los de alrededor estaban abarrotados hasta arriba.

Es un nuevo método de ventas, así regresarás siempre en busca de más chocolates, porque el que realmente desees, desaparecerá ante tus ojos explicó la vendedora.

Es muy agotador vivir en Sprüngli dijo Alicia y se conformó con mirar los que estaban detrás del mostrador, sin intentar tomarlos.

No es agotador, es caro acotó la vendedora.

Alicia pagó una caja pequeña de chocolates que le pareció la más barata. Salió, caminando entre edificios severos y gente preocupada con las manos enguantadas que sostenían portafolios y celulares.

Buscó un cesto donde botar el celofán que aprisionaba la caja. Encontró un grupo de bidones metálicos, herméticamente cerrados por compuertas también metálicas, en las que unos letreros digitales anunciaban: “Recogida de basura diferenciada. Licencia exclusiva para los vecinos de los Números 1234 al 2341”.

¿Cómo harán para saber que solo los vecinos de esos números botan la basura aquí? se preguntó Alicia.

La respuesta llegó enseguida. Una señora, cargada con bolsas de diferentes colores, colocó la mano sobre un ángulo de la superficie de cada uno de los bidones y esperó hasta que algo se iluminó en la pantalla. Luego introdujo una tarjeta y leyó otra información. A continuación, depositó cada bolsa de basura en un contenedor diferente.

Disculpe. ¿Dónde puedo encontrar un cesto para botar este envoltorio? dijo Alicia, luego de haber observado toda la ceremonia con asombro.

¿Eres ciudadana? ¿Residente? ¿Becaria? ¿Trabajadora al negro? ¿Con contrato de frontera? inquirió la señora.

Me llamo Alicia, y no, no creo ser nada de eso, vine solo a comprar chocolates a Sprüngli.

Entonces eres una turista. Debes pasar por el cajero de alguno de los bancos y pagar la tasa de inquinamento, es una tarjeta que te reservará el derecho a ensuciar nuestra ciudad con los envoltorios de tus alimentos. Luego, buscarás los depósitos adecuados, que dirán turista pero solo podrás usar el que tenga en su listado digital, el número de la tarjeta que te dieron en el banco. A continuación, controlarás cuantos centímetros cúbicos has gastado de los que tienes derecho según la tarjeta. Así sabrás cuánta basura puedes botar durante tu estancia en Sprüngli. La segunda tarjeta te costará el doble, la tercera el triple y así sucesivamente. Comprenderás que es el mejor modo para que los turistas no envenenen Sprüngli con los papeles de sus chocolates.

Gracias dijo Alicia, sintiéndose aludida. Buscaré un banco para comprar esa tarjeta.

Si necesitas ayuda, no dudes en llamarme, estoy en la línea de información turística, puedes conseguir abonarte si vas al banco y pagas una tarjeta de crédito para llamadas.....

Alicia continuó asintiendo ante la avalancha de instrucciones, si bien no las oía. Cuando la señora le dio la espalda y comenzó a alejarse, Alicia caminó en la dirección opuesta para estar segura de que no la encontraría de nuevo. Esta ciudad no parece ser muy grande pensó mientras se sentaba en un banco, atesorando el estuche con los chocolates.

Abrió la caja y comenzó a degustar cada praliné, metiéndose los envoltorios en los bolsillos. Cuando terminó el último de los bombones, luego de haber probado sabores que nunca pensó que existirían, vio que los bolsillos de su abrigo estaban repletos de pequeños papeles: plateados, dorados, rojos, azules, naranjas, verdes, violetas, marrones, rosados y  grises, todos con una gran S en el medio.

Miró a su alrededor, buscando un cesto para turistas pero no lo encontró.

Bueno, no es el fin del mundo concluyó. Ya  los botaré cuando regrese a mi casa. Y la palabra casa se derritió, dulce y cálida, en su boca, como el mejor de los chocolates de Sprüngli.

Abril, 2010.

 


Mylene Fernández Pintado (La Habana, en 1963) Escritora, narradora y Licenciada en Derecho. Sus relatos han recibido premios y menciones dentro y fuera del país, e integran diversas antologías de la cuentística cubana actual. En 1999 obtuvo el Premio David para escritores inéditos.  Entre sus publicaciones se encuentran Anhedonia (Premio UNEAC, 1999); Otras plegarias atendidas, su primera novela, que obtuvo el premio Italo Calvino en 2002 y de la Crítica Literaria en 2004 y Vivir sin papeles, Editorial Oriente, 2011.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218—0869. La Habana, Cuba. 2012.