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De deseo somos
La vida, sin nombre, sin memoria,
estaba sola. Tenía
manos, pero no tenía a
quién tocar. Tenía boca,
pero no tenía con quién
hablar. La vida era una,
y siendo una era
ninguna.
Entonces el deseo
disparó su arco. Y la
flecha del deseo partió
la vida al medio, y la
vida fue dos.
Los dos se encontraron y
se rieron. Les daba risa
verse, y tocarse
también.
Caminos de alta
fiesta
¿Adán y Eva eran negros?
En África empezó el
viaje humano en el
mundo. Desde allí
emprendieron nuestros
abuelos la conquista del
planeta. Los diversos
caminos fundaron los
diversos destinos, y el
sol se ocupó del reparto
de los colores.
Ahora las mujeres y los hombres,
arcoíris de la tierra,
tenemos más colores que
el arcoíris del cielo;
pero somos todos
africanos emigrados.
Hasta los blancos
blanquísimos vienen del
África.
Quizá nos negamos a
recordar nuestro origen
común porque el racismo
produce amnesia, o
porque nos resulta
imposible creer que en
aquellos tiempos remotos
el mundo entero era
nuestro reino, inmenso
mapa sin fronteras, y
nuestras piernas eran el
único pasaporte exigido.
El metelíos
Estaban separados el cielo y la
tierra, el bien y el
mal, el nacimiento y la
muerte. El día y la
noche no se confundían y
la mujer era mujer y el
hombre, hombre.
Pero Exû, el bandido
errante, se divertía, y
se divierte todavía,
armando prohibidos
revoltijos.
Sus diabluras borran las
fronteras y juntan lo
que los dioses habían
separado. Por su obra y
gracia, el sol se vuelve
negro y la noche arde, y
de los poros de los
hombres brotan mujeres y
las mujeres transpiran
hombres. Quien muere
nace, quien nace muere,
y en todo lo creado o
por crear se mezclan el
revés y el derecho,
hasta que ya no se sabe
quién es el mandante ni
quién el mandado, ni
dónde está el arriba, ni
dónde el abajo.
Más tarde que temprano,
el orden divino
restablece sus
jerarquías y sus
geografías, y pone cada
cosa en su lugar y a
cada cual en lo suyo;
pero más temprano que
tarde reaparece la
locura.
Entonces los dioses lamentan que el
mundo sea tan
ingobernable.
Cavernas
Las estalactitas cuelgan del techo.
Las estalagmitas crecen
desde el suelo.
Todas son frágiles
cristales, nacidos de la
transpiración de la
roca, en lo hondo de las
cavernas que el agua y
el tiempo han excavado
en las montañas.
Las estalactitas y las
estalagmitas llevan
miles de años buscándose
en la oscuridad, gota
tras gota, unas bajando,
otras subiendo.
Algunas demorarán un
millón de años en
tocarse.
Apuro, no tienen.
Fundación del Fuego
En la escuela me enseñaron que en el
tiempo de las cavernas
descubrimos el fuego
frotando piedras o
ramas.
Desde entonces, lo vengo
intentando. Nunca
conseguí arrancar ni una
humilde chispita.
Mi fracaso personal no
me ha impedido agradecer
los favores que el fuego
nos hizo. Nos defendió
del frío y de las
bestias enemigas, nos
cocinó la comida, nos
alumbró la noche y nos
invitó a sentarnos,
juntos, a su lado.
Fundación de la belleza
Están allí, pintadas en las paredes
y en los techos de las
cavernas.
Estas figuras, bisontes,
alces, osos, caballos,
águilas, mujeres,
hombres, no tienen edad.
Han nacido hace miles y
miles de años, pero
nacen de nuevo cada vez
que alguien las mira.
¿Cómo pudieron ellos,
nuestros remotos
abuelos, pintar de tan
delicada manera? ¿Cómo
pudieron ellos, esos
brutos que a mano limpia
peleaban contra las
bestias, crear figuras
tan llenas de gracia?
¿Cómo pudieron ellos
dibujar esas líneas
volanderas que escapan
de la roca y se van al
aire? ¿Cómo pudieron
ellos...?
¿O eran ellas?
Verdores del Sáhara
En Tassili y otras comarcas del
Sáhara, las pinturas
rupestres nos ofrecen,
desde hace unos seis mil
años, estilizadas
imágenes de vacas,
toros, antílopes,
jirafas, rinocerontes,
elefantes...
¿Esos animales eran pura
imaginación? ¿O bebían
arena los habitantes del
desierto? ¿Y qué comían?
¿Piedras?
El arte nos cuenta que
el desierto no era
desierto. Sus lagos
parecían mares y sus
valles daban de pastar a
los animales que tiempo
después tuvieron que
emigrar al sur, en busca
del verdor perdido.
¿Cómo pudimos?
Ser boca o ser bocado,
cazador o cazado. Esa
era la cuestión.
Merecíamos desprecio, o
a lo sumo lástima. En la
intemperie enemiga,
nadie nos respetaba y
nadie nos temía. La
noche y la selva nos
daban terror. Éramos los
bichos más vulnerables
de la zoología
terrestre, cachorros
inútiles, adultos
pocacosa, sin garras, ni
grandes colmillos, ni
patas veloces. Ni olfato
largo.
Nuestra historia primera
se nos pierde en la
neblina. Según parece,
estábamos dedicados no
más que a partir piedras
y a repartir garrotazos.
Pero uno bien puede
preguntarse: ¿No
habremos sido capaces de
sobrevivir, cuando
sobrevivir era
imposible, porque
supimos defendernos
juntos y compartir la
comida? Esta humanidad
de ahora, esta
civilización del sálvese
quien pueda y cada cual
a lo suyo, ¿habría
durado algo más que un
ratito en el mundo?
Edades
Nos ocurre antes de
nacer. En nuestros
cuerpos, que empiezan a
cobrar forma, aparece
algo parecido a las
branquias y también una
especie de rabo. Poco
duran esos apéndices,
que asoman y caen.
Esas efímeras apariciones, ¿nos
cuentan que alguna vez
fuimos peces y alguna
vez fuimos monos? ¿Peces
lanzados a la conquista
de la tierra seca?
¿Monos que abandonaron
la selva o fueron por
ella abandonados?
Y el miedo que sentimos
en la infancia, miedo de
todo, miedo de nada,
¿nos cuenta que alguna
vez tuvimos miedo de ser
comidos? El terror a la
oscuridad y la angustia
de la soledad, ¿nos
recuerdan aquel antiguo
desamparo?
Ya mayorcitos, los
miedosos metemos miedo.
El cazado se ha hecho
cazador, el bocado es
boca. Los monstruos que
ayer nos acosaban son,
hoy, nuestros
prisioneros. Habitan
nuestros zoológicos y
decoran nuestras
banderas y nuestros
himnos.
[…]
Victorioso sol, luna
vencida
La luna perdió la primera batalla
contra el sol cuando se
difundió la noticia de
que no era el viento
quien embarazaba a las
mujeres.
Después, la historia
trajo otras tristes
novedades:
la división del trabajo
atribuyó casi todas las
tareas a las hembras,
para que los machos
pudiéramos dedicarnos al
exterminio mutuo;
el derecho de propiedad y el derecho
de herencia permitieron
que ellas fueran dueñas
de nada;
la organización de la familia las
metió en la jaula del
padre, el marido y el
hijo varón,
y se consolidó el Estado, que era
como la familia pero más
grande.
La luna compartió la
caída de sus hijas.
Lejos quedaron los
tiempos en que la luna
de Egipto devoraba el
sol al anochecer y al
amanecer lo engendraba,
la luna de Irlanda sometía al sol
amenazándolo con la
noche perpetua
y los reyes de Grecia y Creta se
disfrazaban de reinas,
con tetas de trapo, y en
las ceremonias sagradas
enarbolaban la luna como
estandarte.
En Yucatán, la luna y el
sol habían vivido en
matrimonio. Cuando se
peleaban, había eclipse.
Ella, la luna, era la
señora de los mares y de
los manantiales y la
diosa de la tierra. Con
el paso de los tiempos,
perdió sus poderes.
Ahora solo se ocupa de
partos y enfermedades.
En las costas del Perú,
la humillación tuvo
fecha. Poco antes de la
invasión española, en el
año 1463, la luna del
reino chimú, la que más
mandaba, se rindió ante
el ejército del sol de
los incas.
[…]
Mexicanas
Tlazoltéotl, luna mexicana, diosa de
la noche huasteca, pudo
hacerse un lugarcito en
el panteón macho de los
aztecas.
Ella era la madre
madrísima que protegía a
las paridas y a las
parteras y guiaba el
viaje de las semillas
hacia las plantas. Diosa
del amor y también de la
basura, condenada a
comer mierda, encarnaba
la fecundidad y la
lujuria.
Como Eva, como Pandora,
Tlazoltéotl tenía la
culpa de la perdición de
los hombres; y las
mujeres que nacían en su
día vivían condenadas al
placer.
Y cuando la tierra
temblaba, por vibración
suave o terremoto
devastador, nadie
dudaba:
–Es ella.
Egipcias
Heródoto, venido de Grecia, comprobó
que el río y el cielo de
Egipto no se parecían a
ningún otro río ni a
ningún otro cielo, y lo
mismo ocurría con las
costumbres. Gente rara,
los egipcios: amasaban
la harina con los pies y
el barro con las manos,
y momificaban a sus
gatos muertos y los
guardaban en cámaras
sagradas.
Pero lo que más llamaba
la atención era el lugar
que las mujeres ocupaban
entre los hombres.
Ellas, fueran nobles o
plebeyas, se casaban
libremente y sin
renunciar a sus nombres
ni a sus bienes. La
educación, la propiedad,
el trabajo y la herencia
eran derechos de ellas,
y no solo de ellos, y
eran ellas quienes
hacían las compras en el
mercado mientras ellos
estaban tejiendo en
casa. Según Heródoto,
que era bastante
inventón, ellas meaban
de pie y ellos, de
rodillas.
[…]
Hebreas
Según el Antiguo Testamento, las
hijas de Eva seguían
sufriendo el castigo
divino.
Podían morir apedreadas
las adúlteras, las
hechiceras y las mujeres
que no llegaran vírgenes
al matrimonio;
marchaban a la hoguera las que se
prostituían siendo hijas
de sacerdotes,
y la ley divina mandaba cortar la
mano de la mujer que
agarrara a un hombre por
los huevos, aunque fuera
en defensa propia o en
defensa de su marido.
Durante cuarenta días
quedaba impura la mujer
que paría hijo varón.
Ochenta días duraba su
suciedad, si era niña.
Impura era la mujer con
menstruación, por siete
días y sus noches, y
trasmitía su impureza a
cualquiera que la tocara
o tocara la silla donde
se sentaba o el lecho
donde dormía.
Hindúes
Mitra, madre del sol y del agua y de
todas las fuentes de la
vida, fue diosa desde
que nació. Cuando llegó
a la India, desde
Babilonia o Persia, la
diosa tuvo que hacerse
dios.
Unos cuantos añitos han
pasado desde la llegada
de Mitra, y todavía las
mujeres no son muy
bienvenidas en la India.
Hay menos mujeres que
hombres. En algunas
regiones, ocho por cada
diez hombres. Son muchas
las que no culminan el
viaje, porque mueren en
el vientre de la madre,
y muchas más las que son
asfixiadas al nacer.
Más vale prevenir que
curar, y las hay muy
peligrosas, según
advierte uno de los
libros sagrados de la
tradición hindú:
—Una mujer lasciva es
el veneno, es la
serpiente y es la
muerte, todo en una.
También hay virtuosas, aunque las
buenas costumbres se
están perdiendo. La
tradición manda que las
viudas se arrojen a la
hoguera donde arde el
marido muerto, pero ya
quedan pocas dispuestas
a cumplir esa orden, si
es que alguna queda.
Durante siglos o
milenios las hubo, y
muchas. En cambio, no se
conoce, ni se conoció
nunca, en toda la
historia de la India,
ningún caso de un marido
que se haya zambullido
en la pira de su difunta
mujer.
Chinas
Hace unos mil años, las
diosas chinas dejaron de
ser diosas.
El poder macho, que ya
se había impuesto en la
tierra, estaba poniendo
orden también en los
cielos. La diosa Shi Hi
fue partida en dos
dioses, y la diosa Nu
Gua fue degradada a la
categoría de mujer.
Shi Hi había sido la madre de los
soles y de las lunas.
Ella daba consuelo y
alimento a sus hijos y a
sus hijas al cabo de sus
agotadores viajes a
través del día y de la
noche. Cuando fue
dividida en Shi y en Hi,
dioses varones los dos,
ella dejó de ser ella, y
desapareció.
Nu Gua no desapareció,
pero se redujo a mera
mujer.
En otros tiempos, ella
había sido la fundadora
de todo lo que vive:
había cortado las patas
de la gran tortuga
cósmica, para que el
mundo y el cielo
tuvieran columnas donde
apoyarse,
había salvado al mundo de las
catástrofes del fuego y
del agua,
había inventado el amor, echada
junto a su hermano tras
un alto abanico de
hierbas,
y había creado a los
nobles y a los plebeyos,
amasando a los de arriba
con arcilla amarilla y a
los de abajo con barro
del río.
Romanas
Cicerón había explicado
que las mujeres debían
estar sometidas a
guardianes masculinos
debido a la debilidad de
su intelecto.
Las romanas pasaban de manos de
varón a manos de varón.
El padre que casaba a su
hija podía cederla al
marido en propiedad o
entregársela en
préstamo. De todos
modos, lo que importaba
era la dote, el
patrimonio, la herencia:
del placer se encargaban
las esclavas.
Los médicos romanos
creían, como
Aristóteles, que las
mujeres, todas,
patricias, plebeyas o
esclavas, tenían menos
dientes y menos cerebro
que los hombres y que en
los días de menstruación
empañaban los espejos
con un velo rojizo.
Plinio el Viejo, la
mayor autoridad
científica del imperio,
demostró que la mujer
menstruante agriaba el
vino nuevo, esterilizaba
las cosechas, secaba las
semillas y las frutas,
mataba los injertos de
plantas y los enjambres
de abejas, herrumbraba
el bronce y volvía locos
a los perros.
Griegas
De un dolor de cabeza,
puede nacer una diosa.
Atenea brotó de la
dolida cabeza de su
padre, Zeus, que se
abrió para darle
nacimiento. Ella fue
parida sin madre.
Tiempo después, su voto resultó
decisivo en el tribunal
de los dioses, cuando el
Olimpo tuvo que
pronunciar una sentencia
difícil.
Para vengar a su papá,
Electra y su hermano
Orestes habían partido
de un hachazo el
pescuezo de su mamá.
Las Furias acusaban.
Exigían que los asesinos
fueran apedreados hasta
la muerte, porque es
sagrada la vida de una
reina y quien mata a la
madre no tiene perdón.
Apolo asumió la defensa.
Sostuvo que los acusados
eran hijos de madre
indigna y que la
maternidad no tenía la
menor importancia. Una
madre, afirmó Apolo, no
es más que el surco
inerte donde el hombre
echa su semilla.
De los trece dioses del
jurado, seis votaron por
la condenación y seis
por la absolución.
Atenea decidía el
desempate. Ella votó
contra la madre que no
tuvo y dio vida eterna
al poder macho en
Atenas.
[…]
Colón
Desafiando la furia de
los vientos y el hambre
de los monstruos
devoradores de barcos,
el almirante Cristóbal
Colón se echó a la mar.
Él no descubrió América.
Un siglo antes habían
llegado los polinesios,
cinco siglos antes
habían llegado los
vikingos. Y trescientos
siglos antes que todos,
habían llegado los más
antiguos pobladores de
estas tierras, a quienes
Colón llamó indios
creyendo que había
entrado al Oriente por
la puerta de atrás.
Como no entendía lo que
esos nativos decían,
Colón creyó que no
sabían hablar; y como
andaban desnudos, eran
mansos y daban todo a
cambio de nada, creyó
que no eran gentes de
razón.
Aunque murió convencido
de que sus viajes lo
habían llevado al Asia,
Colón tuvo sus dudas.
Las despejó en el
segundo viaje. Cuando
sus naves anclaron en
una bahía de Cuba, a
mediados de junio de
1494, el almirante dictó
un acta estableciendo
que estaba en China.
Dejó constancia de que
sus tripulantes lo
reconocían así; y a
quien dijera lo
contrario se le darían
cien azotes, se le
cobraría una pena de
diez mil maravedíes y se
le cortaría la lengua.
Al pie, firmaron los
pocos marineros que
sabían firmar.
[...]
Fundación de América
En Cuba, según Cristóbal
Colón, había sirenas con
caras de hombre y plumas
de gallo.
En la Guayana, según sir
Walter Raleigh, había
gente con los ojos en
los hombros y la boca en
el pecho.
En Venezuela, según fray
Pedro Simón, había
indios de orejas tan
grandes que las
arrastraban por los
suelos.
En el río Amazonas,
según Cristóbal de
Acuña, había nativos que
tenían los pies al
revés, con los talones
adelante y los dedos
atrás.
Según Pedro Martín de
Anglería, que escribió
la primera historia de
América pero nunca
estuvo allí, en el Nuevo
Mundo había hombres y
mujeres con rabos tan
largos que sólo podían
sentarse en asientos con
agujeros.
[...]
Artigas
La arquitectura de la
muerte es una
especialidad militar. En
1977, la dictadura
uruguaya erigió un
monumento funerario en
memoria de José Artigas.
Este enorme adefesio fue
una cárcel de lujo:
había fundadas sospechas
de que el héroe podía
escaparse, un siglo y
medio después de su
muerte.
Para decorar el
mausoleo, y disimular la
intención, la dictadura
buscó frases del prócer.
Pero el hombre que había
hecho la primera reforma
agraria de América, el
general que se hacía
llamar ciudadano
Artigas, había dicho
que los más infelices
debían ser los más
privilegiados, había
afirmado que jamás iba a
vender nuestro rico
patrimonio al bajo
precio de la necesidad,
y una y otra vez había
repetido que su
autoridad emanaba del
pueblo y ante el pueblo
cesaba.
Los militares no
encontraron ninguna
frase que no fuera
peligrosa.
Decidieron que Artigas
era mudo.
En las paredes, de
mármol negro, no hay más
que fechas y nombres.
Dos traidores
Domingo Faustino
Sarmiento odió a José
Artigas. A nadie odió
tanto.
Traidor a su raza, lo llamó, y era verdad. Siendo blanco y de ojos claros, Artigas
se batió junto a los
gauchos mestizos y a los
negros y a los indios. Y
fue vencido y marchó al
exilio y murió en la
soledad y el olvido.
Sarmiento también era
traidor a su raza. No
hay más que ver sus
retratos. En guerra
contra el espejo,
predicó y practicó el
exterminio de los
argentinos de piel
oscura, para
sustituirlos por
europeos blancos y de
ojos claros. Y fue
presidente de su país y
egregio prócer, gloria y
loor, héroe inmortal.
Constituciones
La principal avenida de
Montevideo se llama 18
de Julio, en homenaje al
nacimiento de la
Constitución del
Uruguay, y el estadio
donde se jugó el primer
campeonato mundial de
fútbol fue construido
para celebrar el primer
siglo de vida de esa ley
fundacional.
El magno texto de 1830,
calcado del proyecto de
la Constitución
argentina, negaba la
ciudadanía a las
mujeres, a los
analfabetos, a los
esclavos y a quien fuera
sirviente a sueldo,
peón jornalero o simple
soldado de línea.
Solo uno de cada diez
uruguayos tuvo el
derecho de ser ciudadano
del nuevo país, y el
noventa y cinco por
ciento no votó en las
primeras elecciones.
Y así fue en toda
América, de Norte a Sur.
Todas nuestras naciones
nacieron mentidas. La
independencia renegó de
quienes, peleando por
ella, se habían jugado
la vida; y las mujeres,
los pobres, los indios y
los negros no fueron
invitados a la fiesta.
Las Constituciones
dieron prestigio legal a
esa mutilación.
Bolivia demoró ciento
ochenta y un años en
enterarse de que era un
país de amplia mayoría
indígena. La revelación
ocurrió en el año 2006,
cuando Evo Morales,
indio aymara, pudo
consagrarse presidente
por una avalancha de
votos.
Ese mismo año, Chile se
enteró de que la mitad
de los chilenos eran
chilenas, y Michelle
Bachelet fue presidenta.
[…]
La avenida más larga
Una matanza de indios
inauguró la
independencia del
Uruguay.
En julio de 1830, se
aprobó la Constitución
nacional, y un año
después el nuevo país
fue bautizado con
sangre.
Unos quinientos
charrúas, que habían
sobrevivido a siglos de
conquista, vivían al
norte del río Negro,
perseguidos, acosados,
exiliados en su propia
tierra.
Las nuevas autoridades
los convocaron a una
reunión. Les prometieron
paz, trabajo, respeto.
Los caciques acudieron,
seguidos por su gente.
Comieron, bebieron y
volvieron a beber hasta
caer dormidos. Entonces
fueron ejecutados a
punta de bayoneta y
tajos de sable.
Esta traición se llamó
batalla. Y se llamó
Salsipuedes, desde
entonces, el arroyo
donde ocurrió.
Muy pocos hombres
lograron huir. Hubo
reparto de mujeres y
niños. Las mujeres
fueron carne de cuartel
y los niños, esclavitos
de las familias
patricias de Montevideo.
Fructuoso Rivera,
nuestro primer
presidente, planificó y
celebró esta obra
civilizadora, para
terminar con las
correrías de las hordas
salvajes.
Anunciando el crimen,
había escrito: Será
grande, será lindísimo.
La avenida más larga del
país, que atraviesa la
ciudad de Montevideo,
lleva su nombre.
Martí
Paseaban el padre y el
hijo por las calles
floridas de La Habana,
cuando se cruzaron con
un señor flaquito,
calvo, que caminaba como
si estuviera llegando
tarde.
Y el padre advirtió al
hijo:
—Ojo con ese. Es
blanco por fuera, pero
por dentro es negro.
El hijo, Fernando Ortiz,
tenía catorce años.
Tiempo después, Fernando
iba a ser el hombre que
supo rescatar, contra
siglos de negación
racista, las ocultas
raíces negras de la
cubanía.
Y aquel peligroso señor,
el flaquito, el calvo,
el que caminaba como si
estuviera llegando
tarde, se llamaba José
Martí. Era hijo de
españoles el más cubano
de los cubanos, el que
denunció:
—Éramos una máscara,
con los calzones de
Inglaterra, el chaleco
parisiense, el chaquetón
de Norteamérica y la
montera de España.
Y repudió la falsa
erudición llamada
Civilización, y exigió:
—Basta de togas y de
charreteras,
y comprobó:
—Toda la gloria del
mundo cabe en un grano
de maíz.
Poco después de aquel cruce en La Habana, Martí se echó al monte. Y
estaba peleando por Cuba
cuando, en plena
batalla, una bala
española lo volteó del
caballo.
[…]
Fundación de Cuba
Revolución, revelación:
los negros entraban en
las playas, antes
prohibidas para quienes
teñían el agua, y todas
las Cubas que Cuba
escondía estallaban a
plena luz.
Sierra adentro, Cuba
adentro, niños que nunca
habían visto cine se
hacían amigos de
Carlitos Chaplin, y los
alfabetízadores llevaban
letras a perdidos
lugares donde esas cosas
raras no llegaban ni de
visita.
En pleno ataque de
locura tropical, la
Orquesta Sinfónica
Nacional viajaba
completa, con Beethoven
y todo, hacia pueblitos
caídos del mapa, y los
eufóricos lugareños
garabateaban carteles de
invitación:
-¡A bailar y a gozar con
la Sinfónica Nacional!
Andaba yo por el
oriente, allá donde los
caracolitos de colores
caen en lluvia desde los
árboles y las montañas
azules de Haití asoman
en el horizonte.
En algún camino de
tierra, me crucé con una
pareja. Ella venía a
lomo de burro, bajo un
paraguas que la defendía
del sol. Él, a pie. Los
dos vestidos de fiesta,
reina y rey de esos
parajes, invulnerables
al
tiempo y al barro: ni
una arruga, ni una
manchita perturbaban la
blancura de esas ropas
que habían estado
esperando años o siglos,
desde el día de la boda,
en el fondo de algún
armario.
Les pregunté adónde
iban. Contestó él:
-Nos vamos a La Habana.
Al cabaret Tropicana.
Tenemos entradas para el
sábado.
Y se palpó el bolsillo,
confirmando.
Selección de fragmentos
del libro Espejos.
Una historia casi
universal. Premio de
Narrativa José María
Arguedas, Casa de las
Américas 2011. Sobre la
presente edición: Fondo
Editorial Casa de las
Américas, 2011.
Eduardo Galeano:
Periodista y
escritor uruguayo.
Sus libros han sido
traducidos a varios
idiomas. Sus
trabajos trascienden
géneros ortodoxos,
combinando
documental, ficción,
periodismo, análisis
político e historia.
Comenzó su carrera
como periodista a
principios de los
años 1960 como
editor de Marcha
(1960-64), un
semanario que, bajo
la dirección de
Carlos Quijano,
ejerció fuerte
influencia en el
pensamiento uruguayo
de la época y que
contó con
contribuciones tales
como las de Mario
Vargas Llosa, Mario
Benedetti, Manuel
Maldonado Denis y
Roberto Fernández
Retamar.
En 1973 el golpe
militar tomó el
poder y, debido a su
involucramiento con
corrientes marxistas
(MLN-T), Galeano fue
capturado y luego
forzado a escapar.
Se estableció en
Argentina, donde
fundó la revista
cultural Crisis.
En 1976, cuando el
régimen de Jorge
Rafael Videla tomó
el poder en
Argentina mediante
un golpe militar que
daría origen a una
dictadura, su nombre
fue agregado a la
lista de aquellos
condenados por los
escuadrones de la
muerte, razón por la
cual se vio obligado
a huir nuevamente,
esta vez a España,
donde escribió su
famosa trilogía
Memoria del fuego.
Reside desde 1985
—tras
finalizar la
dictadura uruguaya— en su Montevideo natal, donde sigue haciendo su
literatura y su
periodismo de
marcado tinte
político. En dos
ocasiones fue
premiado por la Casa
de las Américas y
por el Ministerio de
Cultura del Uruguay.
Recibió el American
Book Award de la
Universidad de
Washington, en
EE.UU., por su
trilogía Memoria
del fuego. Es Doctor Honoris
Causa por las
Universidades de La
Paz, La Habana y
Neuquén. |