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Augusto Blanca
No podré hablar de Sara
como pasado, ella sigue
siendo presente. La
conocí hace 40 años allá
en Manzanillo cuando se
inauguró en el
Movimiento de la Nueva
Trova. Era una rubia de
ojos azules penetrantes.
La misma noche que la
conocimos la tiramos en
la piscina sin saber que
era asmática. Desde
entonces somos amigos,
hemos compartido muchos
dolores y alegrías, ha
estado ahí para mí tanto
en las buenas, como en
las malas.
Sara es una artista
fuerte y delicada a la
vez. Es capaz de
demostrar una fuerza
terrible o una enorme
ternura. Así se
comportaba con sus
amigos y con los
trovadores más jóvenes,
podía dar un “cocotazo”
o una caricia, pero
decía las cosas de
frente. Ha llevado una
vida muy vertical, es
muy justa, sin dobleces
con todo el que se le
acercaba. Es capaz de
compartir con cualquiera
un chiste, un cuento, un
consejo. Nunca se creyó
una diva, a pesar de que
se había convertido en
una leyenda.
Puedo decir que he
tenido muchos amigos y
amigas en la vida, pero
mi amiga Sara es una de
las amigas-hermanas de
siempre, inigualable.
Compartimos muchos
escenarios juntos.
Hicimos muchas veces “La
Trovada”, y ahora en
esta despedida, mientras
yo estaba cantando, le
veía los ojitos haciendo
muecas para sacarme la
risa delante del
público.
Su muerte no se cree. Es
muy fuerte, para todos
los que la conocen con
profundidad, pensar que
no la vamos a ver más
cantando “Girón: La
victoria” o “Amor mío no
te vayas”, o en El
jardín haciendo cuentos.
Lo que nos corresponde
ahora es no dejar morir
el recuerdo, aunque es
algo que sabemos de
sobra, nunca va a
ocurrir. Los que
quedamos del lado de acá
tenemos que seguir
haciendo por su canto y
por su pensamiento.
Lucía Huergo
Conozco a Sara desde que
éramos niñas. Estudiamos
juntas en el
Conservatorio Amadeo
Roldán. Ella no era de
las mejores alumnas y yo
la ayudaba como podía.
Luego crecimos y ella
fue siempre mi mejor
amiga.
Gerardo
Alfonso
Me faltan las palabras.
Uno siente una
fragilidad tan grande al
ver que nos deja una
mujer tan vital, tan
fuerte, con tanto para
dar y tanto que se
esperaba de ella
todavía. Su peña El
jardín de la Gorda
estaba teniendo un
florecimiento tremendo,
y de pronto viene esta
enfermedad terrible y
descontrolada y se la
lleva. Me pone en un
estado de confusión, me
siento prestado en este
planeta, sin garantías
de nada.
Su obra va a perdurar
para nosotros y las
generaciones venideras
por lo importante y
atemporal. Hay cosas en
ella que son medulares,
esenciales de la cultura
y los seres humanos.
No podemos, sin embargo
—y como ella misma lo
cantara— recordar a Sara
con llanto. Ella es una
heroína y debemos
pensarla con alegría,
porque fue lo que más
nos entregó siempre. Eso
y la fuerza, la firmeza
de principios. Sara fue
una revolucionaria
medular, muy cabal, ese
es el legado que nos
deja y que vamos a
abrazar por el resto de
nuestras vidas. Es un
honor haber sido parte
de una generación de
artistas donde hay
figuras como ella. Fue
bueno vivir estos años
de la epopeya cubana con
compañeros de lucha y de
trabajo como Sara
González.
Esa doble cualidad de
cantarle al amor y a la
gesta, es algo tremendo.
Se puede ser un grande
sin tener que
relacionarse
directamente con la
parte épica de la vida
en una sociedad. Se
puede ser grande con la
canción de amor y
también cuando se abraza
todo el sentimiento de
un pueblo, abordando
desde sus avatares
íntimos hasta sus
compromisos con una
nación, un credo o una
ideología. Hacer todo
eso bien y con corazón
fue una virtud de Sara.
No era algo que ella
tenía que construir, así
sentía y lo expresaba.
Con ella no se podría
tener medias tintas.
Había que estar al
ciento por ciento. Era
muy clara, directa,
transparente. Una
relación de amistad,
ideológica o musical con
Sara terminaba siendo
visceral. En El Jardín,
donde cantó por última
vez, era normal que
terminara la
presentación musical y
que continuara la
relación de amistad en
su casa. El trabajo
compartido con ella se
convertía en
convivencia, mezclaba la
responsabilidad con el
disfrute, con la alegría
y con el intercambio.
Martha Campos
Sara era un ser
extraordinario: humana,
amiga hermana, gran
compositora. La conozco
desde que estudiábamos
en el conservatorio y
luego hicimos carrera
juntas en la música.
Ella siempre tenía un
proyecto, una idea,
siempre estaba
planificando conciertos,
buscando cosas que
hacer.
Como ser humano me apoyó
siempre, dándome ánimo,
incitándome a trabajar,
“echar pa´lante”. Esa
era Sara y así va a
quedarse entre nosotros
y en el pueblo, que la
amaba y la seguía, que
visitaba su peña. Su
obra está llena de
cubanía y por eso
también nosotras nos
identificamos tanto.
Defendía muchísimo la
Revolución y la
respetaba aunque no se
callaba nunca, porque
siempre fue un ser de
pueblo.
Eduardo Sosa
A Sara le hubiera
gustado que nos
tomáramos un trago de
ron y nos sentáramos a
conversar. Quién quita
que su espíritu ande por
ahí como un bichito
haciendo travesuras,
porque así era ella: una
persona alegre. Por eso
sus colegas hemos
decidido dedicarle
canciones.
Su fallecimiento nos
sorprende en medio de la
realización de un disco
homenaje, en el que
varias personas han
escrito canciones para
dedicárselas, y otros,
como Silvio Rodríguez y
Amaury Pérez,
interpretan algunas de
las que ella compuso.
La canción que hice para
el disco recoge más o
menos lo que ocurrió en
el momento en que nos
conocimos, con aquella
historia de que yo vivía
por allá, lejísimo, y
quise conocerla y ser su
amigo. Después logré ser
amigo de Sara, entré en
una empresa de música
profesional gracias a
ella, que me había visto
cantando, haciendo bulla
por todos lados, y medió
para que consiguiéramos
trabajo:
“Yo andaba tan lejos
/pero tan cerca de
ti/que al vernos
bastaron dos miradas/
una cómplice y calmada/
otra para el mes de
abril. /Y tus puertas se
abrieron/y tus pasos ya
fueron más sinceros. /y
hoy somos un verso/ que
sigue aprendiendo a
vivir/ entre espanto y
maravilla/ entre el hoy
y el porvenir.”
Augusto
Enrique
Sara es una gran amiga,
como una hermana para
mí. Y los grandes amigos
nunca se van. Nos
conocimos en los años 80
y desde ese momento
tuvimos una maravillosa
relación, primero como
compañeros del mismo
gremio. Ella me había
aceptado en su círculo,
a pesar de que soy algo
más joven que ella y
para mí representó un
gran orgullo conocerla.
Después se convirtió en
la consejera de los
momentos importantes. No
solo era una gran
cantante y una gran
revolucionaria, sino una
persona llena de
conocimientos y ávida
por compartirlos con los
demás. Ella organizaba
lo que sabía de una
manera que cuando se
acercaba a los músicos
más jóvenes, puede
decirse que casi asumía
un rol tutelar. No
preguntaba qué habíamos
logrado, si nos habían
servido sus
observaciones. Estaba
muy presente en los
problemas de cada uno de
nosotros, al punto de
crear nexos casi
filiales. Con Sara no se
podía tener una relación
que no fuera familiar.
Es una gran pérdida, no
solo porque muere una
cantora de gran
estatura, sino porque
nos deja una bellísima
persona. No hay palabras
con qué describir la
tristeza y el vacío
espiritual y material
que nos embarga. Aunque
estuvimos cerca de ella
durante su enfermedad,
siempre miramos a la
lucecita de esperanza
pensando en su
recuperación, y
depositamos nuestra fe
en la ciencia y en todo
lo que nos rodea y no
podemos ver. No fue
posible. Basta entonces
que la recordemos, que
sigamos su ejemplo de
revolucionaria, de
cantora, de persona
coherente con lo que
pensó, de palabra grande
y de vida austera.
María
Dolores Ortiz
Nos
ha tomado de sorpresa la
muerte de Sara. Sabíamos
que estaba enferma, pero
ella era una persona tan
fuerte, de un
temperamento tan sólido
que pensábamos que sería
capaz de derrotar a la
muerte, aunque
lamentablemente eso es
imposible. Hoy la
perdemos físicamente,
pero su música, sus
canciones, su pasión y
su ejemplo permanecerán
para siempre en el alma
del pueblo cubano. Desde
que supe de la noticia,
me he estado recordando,
reiteradamente, de
aquella memorable
concentración de jóvenes
que se efectuó en el
Parque Central donde
ella cantó, a capella,
su canción "Girón, la
victoria" delante de
Fidel. Aquella multitud
de jóvenes entonando ese
tema al mismo tiempo que
ella fue un momento de
emoción irrepetible.
Creo que esa emoción
también la sintió el
Comandante, esa es la
imagen que quiero
conservar de Sara. Esa
Sara fuerte, vibrante,
cantando sus canciones a
la Revolución, al amor y
a la vida.
Ángel Quintero
Desde los años iniciales
de la década de los 70
tuve mis primeros
encuentros con Sara,
porque fui de los
trovadores jóvenes que
nos vinculamos al
Movimiento. De los
pioneros, Sara ha sido
una de las figuras que
yo he tenido más
cercanas. La relación
con ella trascendió el
vínculo normal entre
compañeros o con
artistas que uno admira
y respeta. Fue una amiga
y siguió siéndolo. La
consideraba una maestra,
como muchos de mi
generación, pero me
cautivaba su capacidad
espiritual, y la manera
en que se mantuvo
siempre pendiente de
todos nuestros problemas
y logros artísticos y
humanos.
Tuve una suerte que no
tuvieron muchos
trovadores. En esta
última etapa, antes de
su enfermedad, estuve
muy cercano a ella,
participando en la
gira
nacional Formato
roto, de la artista
Diana Balboa. La
protagonista fue la obra
de Diana, y nosotros
apoyábamos con
canciones.
La enfermedad de Sara
nos ha sensibilizado
particularmente a
quienes hemos atravesado
por situaciones
similares, y por eso
sentimos que su muerte
es algo muy triste.
Ahora mismo no creo que
esté expresándome desde
la lógica, sino desde el
desorden del corazón.
La cultura cubana ha
perdido a una de sus
grandes defensoras. Los
que la hacemos todos los
días hemos perdido
también una gran amiga,
pero habrá que seguir.
Que la estemos
despidiendo todos
reunidos, demuestra que
la existencia de Sara
fue fructífera.
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