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Como dice Katiuska
Blanco en la
introducción a Fidel
Castro Ruz. Guerrillero
del Tiempo, cuando ella
se acercó a él, ni su
estatura física ni su
apariencia era lo que
más le impresionaba.
“Prefiero el viejo
reloj, los viejos
espejuelos, las viejas
botas, y en política,
todo lo nuevo.” Hablaba
en susurro, tanto, que
daba la impresión de que
todo era confidencial. Y
lo era.
Katiuska ha tenido el
privilegio de compartir
parte de esas
confidencias que
cualquier escritor,
cualquier periodista
hubiera querido poseer,
aunque fuera por unas
horas.
¿Será verdad, se
pregunta la escritora,
que más de una semana
después del triunfo de
enero dormía con las
botas puestas? Nadie
puede cuestionar lo
inverosímil de tantas
historias contadas;
tantas aventuras, tantas
disquisiciones
filosóficas y tantas y
tantas escenas de
intimidad en la vida del
héroe. Este ha sido el
desvelo de la escritora
quien nos ha entregado
sendos volúmenes con
entrevistas que revelan
al guerrillero en su más
luminosa imagen, en su
estatura de hombre
sencillo, familiar,
amable en la voz, y
dueño de un poder
coloquial que cambió el
estilo del discurso
político
latinoamericano.
Su pensamiento, como
expresa la autora con
certeza, es integrador.
Es una simbiosis de
experiencias vividas,
sueños y reflexiones de
futuro que se conjugan
armónicamente.
Cuesta mucho creer que
el hombre que en poco
más de medio siglo vio
realizada tantas
quimeras, tenga aun en
su carcaj personal un
arsenal de ideas tan
caudaloso y rico.
Fidel no descansa. Su
cabeza no cesa en
organizar mundos, en
hacer crecer en la
imaginación de los otros
historias vividas,
sueños compartidos,
juicios certeros que
revelan un pensamiento
joven y un carácter
inmarcesible.
Un cuestionario muy
completo y abarcador
propicia el acercamiento
más profundo y sensible
al jefe de la
Revolución. Dos tomos
que contienen los temas
más disímiles de la vida
de Fidel, de los
avatares de la
Revolución Cubana, de la
América Nuestra
proclamada por José
Martí, de héroes del
pasado y del futuro de
la Isla sostenidos sobre
nobles causas de
justicia y creación. Un
cuestionario inteligente
y sondeador, que
cataliza las
experiencias más
controvertidas, los
acontecimientos más
extraordinarios que haya
podido experimentar un
líder político y que al
final revelan la
sensibilidad cincelada
por los golpes de la
vida.
Gala de una memoria
prodigiosa, con detalles
insólitos que van desde
la edad de dos años
cuando aún no tenía idea
de la muerte, y había
presenciado el triste
velorio de un tío hasta
los hechos más recientes
contados con precisión y
vuelo imaginativo.
Fuerza de carácter,
espíritu alerta,
comprensión hacia
aquellos familiares que,
imbuidos de ideas
contrarias, no pensaban
como él; todo eso nos lo
muestra Katiuska en un
prontuario que revela,
además, el íntimo y
profundo diálogo entre
la escritora y Fidel.
Ella supo incitarlo a
contar, él se sintió
motivado por la
inteligencia y
perspicacia de ella.
Cuando faltaba un dato,
ella lo proporcionaba,
cuando un motivo no era
suficiente para
estimularlo ella
utilizaba el recurso
psicológico y la
habilidad periodística
para que él reaccionara
al momento.
Una lucidez
deslumbrante y una
proyección dirigida a la
colectividad, a los
cambios sociales y al
futuro. Una pupila que
ve al ser humano en su
devenir, sin menoscabo
del pasado y sus leyes;
esa manera de enfocar a
la sociedad desde un
humanismo profundo
singulariza su filosofía
y los postulados
martianos desde los
cuales percibió el
mundo.
El tomo 2 de esta obra
tan abarcadora, cubre un
diapasón muy amplio que
va, desde el golpe de
Estado de Batista, hasta
la ofensiva, la
contraofensiva y el
triunfo revolucionario.
Cada uno de estos
capítulos va develando
el desarrollo creciente
de una mentalidad que en
medio del fragor de los
hechos políticos y las
contradicciones va
incubando el más sólido
pensamiento
revolucionario;
el que daría al traste
con la dictadura y el
capitalismo dependiente
que vivía Cuba.
La universidad y la
fragua de ideas
revolucionarias que
chocaron frente al
dogmatismo o la
improvisación, la
génesis del Partido
Ortodoxo, la decadencia
del Partido Auténtico de
Grau;
en fin, las turbulencias
características de un
mundo al revés; donde
mostraban su oreja
peluda el oportunismo y
la corrupción
republicana.
A todas esas situaciones
apela Katiuska Blanco
para provocar la memoria
de Fidel y hacerlo
juzgar la historia de
Cuba antes del triunfo
revolucionario que él
propició.
Particularmente
dramáticas son las
declaraciones de Fidel,
un joven entonces de
poco más de 20 años,
cuando tiene lugar la
muerte de Eduardo
Chibás, precedida por un
cúmulo de calumnias a su
persona que contribuían
a debilitar al Partido
Ortodoxo, único frente
entonces que clamaba por
la honradez y las
virtudes martianas.
“El gesto heroico de
Chibás, sacrificándose
voluntariamente en la
cruz, es un inmenso
honor entre espinas de
infamia e insultos
fariseos... expresó
Fidel después de la
muerte del candidato a
Presidente por la
Ortodoxia y prosiguió
citando a José Martí:
“Si hay muchos hombre
sin decoro, hay otros
que llevan en sí el
decoro de muchos
hombres”. Hacía mucho
rato ya que Fidel soñaba
con la consecución de
los grandes destinos y
los ideales de una Cuba
soberana.
Hacía mucho rato que
esbozaba desde sus
cuarteles de reflexión,
una estrategia para la
toma del poder, que no
podría contar en lo
absoluto con los restos,
que como hilos
deshilachados, quedaban
del Partido Ortodoxo;
como eran Roberto
Agramonte y José Pardo
Llada.
La experiencia de lo
vivido lo ayudó siempre
como expresa en el
segundo tomo a una
comprensión precoz de la
realidad social y
política de la Isla.
Conocía bien al pueblo,
su psicología y sus más
puras aspiraciones.
Y no tenía compromisos
con el pasado. He ahí la
diferencia con los
políticos de turno en
los promiscuos y
convulsos años que
precedieron al triunfo
de la Revolución.
Con pocos recursos
mediáticos, sin dinero,
pero con la habilidad de
un político de sangre se
sumergió en lo más
genuino de la clase
trabajadora y llevó a
cabo una violenta
campaña contra todas las
banderas de la
seudorrepública, el
gobierno de Carlos Prío,
primero y su francachela
de sobornos, latrocinio
y vicios políticos. Y
más tarde la dictadura
de Fulgencio Batista a
la cual a partir del
golpe de Estado de 1952,
que vislumbró
sagazmente, le hizo una
radiografía que dejaba
sin aliento al más agudo
de los analistas de la
época.
Conmovedoras las páginas
en que se cuentan las
horas de sobresalto que
siguieron al golpe de
Estado de Batista,
totalmente inéditas y
reveladoras de la
valentía de Fidel, en
momentos de caos, cuando
denuncia el zarpazo, con
un primer manifiesto
público que encabezó con
la frase “Revolución no,
zarpazo” y lo firmaba
con su nombre. Fue, a mi
juicio, como una luz que
alumbraba un nuevo
destino para Cuba y el
nacimiento de un guía
indiscutible.
A lo largo de estas
páginas de historia viva
de Cuba, anclada en lo
más hondo de sus raíces
y latiendo con el pulso
de los tiempos, Fidel
Castro va desgranando
hechos y acontecimientos
vistos desde una óptica
cóncava y objetiva. Nos
da una visión que invita
a una reescritura de la
historia a partir de
puntos de vista
personales que ponen en
solfa esquemas
tradicionales y enfoques
parciales que la han
distorsionado.
Abundan también en estas
páginas los choques y
las consecuentes
decepciones de Fidel y
los verdaderos
revolucionarios que le
siguieron en los
primeros momentos como
Abel Santamaría y Jesús
Montané Oropesa, entre
otros, frente a figuras
de respeto que no
estaban dispuestas a
tomar las armas.
Embrión del asalto al
cuartel Moncada y al de
Bayamo, los primeros
meses de 1953
consolidaron a un grupo
de revolucionarios
superior a todos los
otros y marcaron el
inicio de una etapa
donde la generación
histórica se iba
fraguando. Fidel Castro
en el centro de los
acontecimientos es la
única fuerza, con sus
hombres, que hará algo
que cambie la historia
definitivamente. El
Moncada, en su propia
voz, resurge con nuevos
destellos ante los ojos
del lector.
Aun sin las llamadas
condiciones objetivas o
subjetivas pero sí con
un ejército del pueblo y
como expresa Fidel a
partir del patriotismo,
la dignidad, las
tradiciones y las
rebeldías de las masas y
desde luego el odio a la
tiranía se pudo iniciar
la verdadera lucha que
llevó finalmente a la
victoria.
He aquí un Fidel Castro
sin amarras y
desinhibido que a partir
de preguntas
inteligentes y oportunas
emite juicios de valor
sobre momentos cruciales
de su vida, y sobre
personajes de la
política de Cuba que
nunca como ahora se ven
sometidos al tribunal de
la historia.
Haber tenido el
privilegio de una larga
vida y de una memoria
impecable, así como el
de contar con un
interlocutor de la talla
de Katiuska Blanco hacen
de este libro un
documento único por su
valor testimonial.
No voy a relatar los
incidentes del asalto al
Moncada. Lo dejo a la
discreción y suspenso de
los lectores; pero sin
duda, es uno de los
capítulos más intensos,
nítidos y estremecedores
de aquella heroica
acción.
Merece, sin embargo,
destacar el papel no
solo de Fidel y Raúl en
la misma si no el de
todos y cada uno de los
asaltantes ya que, sin
duda, aquella gesta fue
una de las páginas más
dramáticas de la epopeya
revolucionaria.
“Sentíamos infinita
amargura e irritación,
luego del duro revés”,
confiesa Fidel, pero la
decisión de seguir
luchando era
inquebrantable.
El ejército mambí
resurgía, entonces, con
nuevos bríos e ideas
libertarias. Fidel
recuerda la integridad
del teniente Pedro
Sarría cuando les dice a
los soldados
batistianos: “Las ideas
no se matan” como quien
enarbola un principio o
una bandera. Sarría fue
un ángel de la guarda
bajado del cielo.
Capítulo estremecedor
digno de un filme que
espera su realización.
La íntima
correspondencia que el
Comandante en Jefe,
entonces sencillamente
el joven abogado Fidel
Castro, les envía a sus
padres ya en la prisión
es también una prueba de
su entereza moral y sus
convicciones
filosóficas.
“Tengo la más completa
seguridad, escribe, de
que sabrán comprenderme
y tendrán presente que
en la tranquilidad y
conformidad de ustedes
está siempre nuestro
mejor consuelo.”
Y refiriéndose a la idea
de la patria, añade:
“Cuando nos trae en el
presente horas de
amargura, es porque nos
reserva para el futuro
sus mejores dones”.
Poder sentir la
vibración del relato del
juicio del Moncada, con
todos sus matices y
calibrar el coraje de
Fidel y su
intransigencia que lo
hacían desafiar todos
los obstáculos, es otro
privilegio que nos da
este segundo tomo de
Guerrillero del Tiempo.
“La justicia está
enferma”, expresó el
Comandante aquel 16 de
octubre de 1953 en una
sala pequeñita, casi sin
público, donde pronunció
su alegato La
historia me absolverá
ajeno a dogmas y
doctrinas abstractas. El
juicio parecía algo
irreal. Quince años de
privación de libertad
pero la convicción de
que su lucha abriría
nuevos caminos, lo llevó
a pronunciar aquellas
palabras inscritas en
las páginas más
gloriosas de nuestra
historia.
A la sazón escribe: “en
cuanto a mí, sé que la
cárcel será dura como no
la ha sido nunca para
nadie, preñada de
amenazas, de ruin y
cobarde ensañamiento,
pero no le temo, como no
temo la furia del tirano
miserable que arrancó la
vida a 70 hermanos míos.
Condenadme, no importa,
la historia me
absolverá”.
La cárcel en Boniato, en
noches sin luz, en una
cama estrecha,
escribiendo con zumo de
limón, negándose a
comer, desafiando a los
carceleros… y luego el
traslado a Isla de Pinos
plagado también de
humillaciones, víctima
de bajezas y
mezquindades como
aquella de las cartas de
amor con destinatarios
equívocos para crear un
conflicto que tuvo
serias consecuencias.
Cartas de amor que
encierran una
espiritualidad que lejos
de quebrantarse se hacía
más fuerte en la medida
en que afrontaba todo
tipo de contingencias.
Guerrillero del Tiempo,
tomo dos, muestra la
estatura moral de un ser
humano cuya dimensión
como ha dicho Wifredo
Lam es imposible de
medir. En la última
carta, que escribió a su
hermana Lidia en mayo de
1955, desde la cárcel,
confiesa: “Valdré menos
cada vez que me vaya
acostumbrando a
necesitar más cosas para
vivir, cuando olvidé que
es posible estar privado
de todo sin sentirse
infeliz. Así he
aprendido a vivir, y eso
me hace tanto más
temible como apasionado
defensor de un ideal que
se ha reafirmado y
fortalecido en el
sacrificio. Podré
predicar con el ejemplo
que es la mejor
elocuencia…
“Libros solo he
necesitado y los libros
los tengo considerados
como bienes
espirituales…”
La autora de esta larga
entrevista al Comandante
luego de esta confesión
expresa “siento hermosa
y espartana la actitud
que guió sus luchas
hasta hoy”. Nosotros,
desde luego, compartimos
ese sentimiento.
Desde la prisión Fidel y
sus compañeros dirigían
la batalla y el
movimiento creció.
Mensajes, denuncias,
instrucciones emanaban
desde lo más sórdido de
la cárcel y el apoyo a
la causa se hizo mayor,
a pesar del
confinamiento y el velo
de silencio impuesto por
Batista a los
moncadistas. Finalmente
el tirano se vio
obligado a decretar la
amnistía para normalizar
el país e ir seguro a
las elecciones
convocadas.
Fidel, vencedor de
múltiples reveses, tuvo
paciencia pero no aceptó
la condición impuesta de
abandonar la lucha. Por
el contrario se opuso a
la amnistía y en una
carta pública reveladora
también del carácter que
iba a imprimirle a la
Revolución triunfante
escribió “¡No queremos
amnistía al precio de la
deshonra! Mil años de
cárcel antes que la
humillación”. Principio
indoblegable que ha
marcado los más de 50
años de Revolución
frente al bloqueo
norteamericano. “De
todas las barbaridades
humanas, escribió
también desde la cárcel,
lo que menos concibo es
el absurdo”.
Y es precisamente el
absurdo de la política
norteamericana hacia
Cuba el que ha intentado
demonizar a su persona y
subestimar las
condiciones morales de
nuestro pueblo.
Fidel jamás se
amedrentó, jamás tuvo
siquiera un instante de
vacilación o pesimismo.
Ese temple de estoicismo
y confianza lo ha
impregnado a su pueblo y
estoy seguro de que ha
sido un baluarte de
moral y espiritualidad
que nos ha sostenido
frente al oprobio de las
campañas más denigrantes
y el aislamiento mayor.
El mundo podrá juzgarlo
por actitudes que no
alcancen una cabal
comprensión, o por
errores que él mismo se
ha señalado, pero nadie
tendrá el valor de dudar
sobre su inteligencia
humana y su probado
coraje ante todo los
riesgos que le ha tocado
compartir con sus
contemporáneos.
La lucha en Cuba no
ofrece garantía alguna
para sus planes. Y al
primero que envió a
México fue a su hermano
Raúl. México era el país
donde siempre se habían
refugiado los
revolucionarios cubanos,
y Katiuska recordaba que
José Martí escribió:
“México es la tierra de
refugio donde todo
peregrino ha hallado
hermano”.
Y allí tuvo que viajar,
pero antes declaró a la
prensa: “De viajes como
este no se regresa, o se
regresa con la tiranía
descabezada a los pies”.
Y el 8 de enero de 1959
entró en La Habana como
lo había anunciado, con
la tiranía descabezada,
y con el pueblo de Cuba
junto a él.
Víctor Hugo habló una
vez de una tempestad
bajo el cráneo,
“nosotros confiesa el
Comandante en Jefe,
cuando llegamos a México
llevábamos la revolución
bajo el cráneo”. México
recibió a los
combatientes con
simpatía y ellos
actuaban con cautela en
la ciudad azteca.
Describe aquí el
Comandante las
dificultades y penurias
que atravesaron en la
ciudad capital, los
lugares donde se
hospedaron, la mítica
casa de María Antonia y
otras no menos
hospitalarias, el
encuentro con el Che de
carácter afable, modesto
y noble, “nadie sabía
entonces que iba a hacer
después lo que hizo y
convertirse en lo que es
hoy: un símbolo
universal”, le cuenta a
su entrevistadora.
Afianza los lazos
entrañables con Montané,
“jefe de veteranos” como
lo llamó, con Melba
Hernández, con Cándido
González y Chuchú Reyes,
con todos los que iban
de Cuba a la gran hazaña
del Granma
denominada por el Che
como la Aventura del
Siglo.
Entrenamiento diario
baja la dirección del
legendario Alberto Bayo,
combatiente de la
República española, la
inapreciable ayuda de
Antonio Conde, el Conde,
dueño de una armería y
experto en municiones y
armas de mirillas
telescópicas.
Luego, el acoso de los
espías de Batista
radicados en México y de
la policía secreta, la
prisión temporal y los
azares y contingencias
propias de un grupo de
hombres que vivían
clandestinos en un país
que no era el suyo.
Admirable la conducta
del expresidente Lázaro
Cárdenas quien sin
vacilación intercedió
por los futuros
expedicionarios y ayudó
a neutralizar la
hostilidad hacia ellos.
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Pero el Granma
estaba a punto de poner
proa hacia Cuba y nada
iba a detener a los
combatientes. En su casa
de Birán, cuenta
Katiuska, no existía
ninguna duda de que el
retorno del hijo pródigo
era inminente. Fidel se
crece como un gigante
cuando haciendo un
descomunal esfuerzo
acude a Carlos Prío en
busca de fondos para la
causa revolucionaria por
encima de profundas
diferencias políticas y
morales con el
expresidente derrocado
por el más artero golpe
de Estado de la historia
cubana. Cruza a nado el
río Bravo para llegar a
la otra orilla donde se
encuentra con Prío, tras
vencer obstáculos
personales, para cumplir
con la promesa de seguir
adelante. Aquel dinero,
cuenta “nos permitió
cumplir con nuestra
consigna, lo que
fortaleció la confianza
del pueblo en la nueva
generación
revolucionaria”. “Prío,
añade, no corría ningún
riesgo, me estaba
esperando en un motel y
era feliz de reunirse
con aquel jacobino que
no quería tratos de
ninguna clase con el
gobierno anterior”.
Finalmente zarpa desde
Tuxpan en medio de una
adversidad sin límites.
Por un lado el
desconcierto ante el
desamparo en que podría
quedar su hijo y lo
triste de la muerte de
su padre en Birán dos
meses antes.
El Granma se
convierte en una bandera
de lucha desde la misma
madrugada del 25 de
noviembre en que los
futuros héroes de
Alegría de Pío se
embarcan en él. Se
cruzan los destinos de
la clandestinidad y el
peligro en un yate para
10 o 12 hombres que
trasladó a 82. Luego de
vencer múltiples
obstáculos y burlar la
guardia marina, el
Granma entró en el
mar. La tempestad
levantaba olas
gigantescas, pero la
alegría de los
tripulantes fue mayor.
Cantaron el Himno
Nacional, aun venciendo
el mareo. La travesía
fue infernal. El ruido
de los motores taladraba
los oídos de los 82
hombres. El Jefe de la
Revolución convertido en
mecánico se ocupaba de
arreglar los
desperfectos de una
nave, calificada por él
mismo como una cáscara
de nuez.
La ansiedad por llegar a
las costas cubanas hizo
que le exclamara a
Faustino Pérez “quisiera
tener la facultad de
volar”. Tal era la
ansiedad de todos en
llegar. Aquella
exclamación de alegría,
pese al tortuoso
desembarco calificado
por el Che como un
verdadero naufragio me
recuerda las emotivas
palabras escritas en el
diario de José Martí
cuando llegó a Playitas
de Cajaguabo: “Salto,
dicha grande”.
El 2 de diciembre la
alegría de llegar a la
Isla, se empañaba con la
infernal aviación
sobrevolando el barco.
Pero la suerte estaba
echada. En el tomo dos
de este Guerrillero del
Tiempo, como en los
diarios de Raúl y del
Che se palpa la historia
que duele en la piel y
agita el corazón con
emociones encontradas.
Arsenal de anécdotas
dramáticas y festivas,
de avatares cercanos a
la mística, de recuerdos
personales y hechos que
mostraban en las peores
circunstancias la
profunda conciencia de
los combatientes, este
tomo es no solo un
cuaderno de bitácora de
la guerra, sino un
ideario de los valores
más altos que
acompañaron a cada uno
de ellos en los días más
difíciles de la guerra
en las montañas. Y una
muestra de un conjunto
de injusticias
exorcizadas que le dan
un significado válido a
la vida.
Fragmentos conmovedores
del diario de Raúl,
mensajes del llano,
signos de acción de
Frank País y Celia
Sánchez, de Vilma, Melba
y Haydée; la presencia
oportuna de Guillermo
García, en la Sierra, en
fin, un documento único
avalado por el
testimonio del Jefe de
la Revolución. Una
chispa que encendió una
llamarada invencible
extendida, en el llano y
en la Sierra Maestra, la
Sierra Cristal, el
Escambray y toda Cuba.
Esta saga está
acompañado de un pliego
de fotografías que van
desde la década del 50
hasta el mismo triunfo
de la Revolución y la
entrada victoriosa a La
Habana el 8 de enero de
1959.
Los sueños imposibles se
convertían en realidad.
Y como dice el propio
Fidel “la historia
abría sus puertas para
siempre a una vida nueva
y digna para el pueblo
de Cuba”.
“Todo lo demás, añade,
dependerá de nosotros
mismos”. La vida nos
otorgó el privilegio de
que el protagonista de
estos hechos, con su
proverbial lucidez y su
memoria esté aún entre
nosotros. Seamos dignos
de él. Gracias, Fidel,
por haber dejado el
tesoro de tu vida en
estas páginas que son
una lección para futuras
generaciones. Y la
certidumbre de que un
mundo nuevo es posible. |