La Habana. Año X.
10 al 16 de MARZO
de 2012

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Cubanas en España:
Ofelia Rodríguez Acosta y Dulce María Loynaz
Zaida Capote • La Habana
Foto: Kike (La Jiribilla)

I

La larga nómina de viajes narrados a todo lo largo de la historia y lo ancho de la geografía humanas pareciera tener un rasgo común: al final, historia y geografía se reúnen en la configuración imaginaria, casi siempre sugerida, a veces explícita, de una naturaleza que no es precisamente la del paisaje, sino la naturaleza humana. Retratos mediados por la experiencia de extranjería, por el trabajo con la escritura o el lenguaje oral, los relatos de viaje suelen ofrecer figuraciones completas o simplemente escorzos, perfiles con los cuales vamos completando la imagen del sitio recorrido lo mismo que la de los protagonistas de tales relatos. Intentaré, en esta relectura de Europa era así (1941), de Ofelia Rodríguez Acosta y de Un verano en Tenerife (1958), de Dulce María Loynaz, perfilar esa imagen que cada una va ofreciéndonos en sus descripciones de paisajes y gentes a medida que avanza en el descubrimiento de lo ajeno. Las crónicas de Rodríguez Acosta, escritas al vapor, a medida que recorría la geografía europea, para la revista habanera Grafos —en cuya ficha del Diccionario de Literatura Cubana, por cierto, no se consigna tal colaboración—, resultan casi ingenuas comparadas con las elaboradas y sutiles crónicas canarias de Loynaz, cuyo libro viene a ser un compendio de historia, cultura y geografía canarias, pero también un homenaje inmenso a sus gentes.

La experiencia, a todas luces diversa, de las autoras, condicionaron tal disimilitud. Al visitar Tenerife, Dulce María Loynaz ya era una mujer madura, había viajado bastante —siendo muy joven viajó a los EE.UU. y en 1929 cumplió la peregrinación familiar a la recién descubierta tumba de Tutankamen en Luxor, y visitó además Turquía, Siria, Libia y Palestina, y luego recorrió con su hermano Carlos Manuel buena parte de Sudamérica— la experiencia, por tanto, no debía ser (y no lo fue) demasiado deslumbradora. Para Ofelia Rodríguez Acosta, en cambio, ese viaje a (y por) Europa fue —desde cierta perspectiva— el primero que hacía, y la experiencia marcaría el comienzo de su mayoría de edad como viajera. Así lo explica ella misma:

Con anterioridad no había hecho más que un breve viaje, siendo muy joven y bajo la sujeción familiar, a algunos lugares de los Estados Unidos: así, ese estado de virginidad emocional, diría, en que me lancé a experiencias de la índole de las que aluden estas líneas, se percibe bien claramente. He temido estropear, por una excesiva preocupación de escritor, ese desorden y excitación espiritual —provocados por la avidez— que "se sienten" en los relatos de mi recorrido por España y Marruecos.
1

La lectura comparativa de ambos textos confirma esa distancia entre una y otra. Mientras Loynaz apenas se vislumbra, con apariciones mínimas, borrada como está por la presencia del paisaje, la gente, la historia y la cultura canarias, Ofelia es el centro de su relato, el vórtice de todas las miradas y algunos requiebros; ella, además del testimonio de lo que vio, nos legó en el espejo de las miradas ajenas su propia imagen de mujer emancipada, de viajera solitaria, fumadora y amistosa.

II

El legado de Ofelia Rodríguez Acosta —feminista militante, bibliotecaria del Club Femenino de Cuba, editora de una revista de nombre transparente: Espartana (1927), y activa periodista en Bohemia— es hoy apenas difundido. Del mismo modo en que muchas de las protagonistas de sus novelas respondían a su ideal de la mujer moderna ­—emancipada económica y legalmente, en pie de lucha por sus derechos, con claros propósitos de intervención en la política nacional—en sus memorias se impone otra de las figuraciones de ese modelo de mujer: la viajera.

Es obvio que la figura de la viajera no es un hallazgo exclusivo de la modernidad, pero fue en el tránsito del siglo XIX al XX que esta figura retomó un auge insospechado, potenciada en las luchas por la reivindicación de los derechos femeninos y en la difusión de la experiencia. Ofelia vivió en Europa como becaria del gobierno cubano entre 1935 y 1939, cinco años en los que viajó por buena parte del continente europeo, enviando puntualmente sus crónicas a la mentada revista habanera Grafos. Luego se afincaría en México, para volver a Cuba solo después del 1959 (La fecha de su regreso a Cuba es aún, por cierto, un enigma, y hay libros que incluso afirman que murió en México, en un manicomio, cuando lo cierto es que falleció en el asilo de ancianos de Santovenia, en La Habana, en 1977). En los artículos que dedicara a varias ciudades europeas salta a la vista el control que debió ejercer sobre su mirada y su estilo, la contención de una voluntad de participación política que iría diluyéndose a medida que avanza en su trayecto. A pesar suyo, sin embargo, los textos de ese libro están transidos del dolor por la amenaza del desmembramiento o la ocupación fascista de los países europeos.     

Antes de entrar en materia, es decir, en las crónicas del volumen Europa era así, les ruego me perdonen una digresión: hay dos textos — que luego Ofelia no incluyó en su libro— que son una especie de “marco” eficiente para la lectura de las crónicas. El de la conferencia “La emoción de una cubana viajando por España”, pronunciada en el Club Hispanista de París en 1937, a partir de la cual naciera la idea de publicarlas todas juntas, y el sobrecogedor artículo “Un minuto de silencio”, donde se decide a enfrentar la situación actual de esas ciudades que había estado describiendo hasta entonces con poca profundidad a fin de animar a los potenciales turistas cubanos a viajar a Europa (Grafos publicaba también abundantes anuncios de agencias de viajes, de modo que las crónicas, más allá de contribuir a la ilustración de sus lectores, tenían un propósito comercial).

La Conferencia en la Sociedad Hispanista incluye fragmentos de las crónicas referidas a Sevilla, Córdoba y Granada; pero lo verdaderamente interesante aquí serán sus breves comentarios acerca de la situación en España. Si, como ya dije, llama la atención el control que Rodríguez Acosta logró ejercer en la mayoría de sus textos europeos de esos años,2 en esta ocasión desliza una visión más personal y comprometida. La conferencia daba inicio refiriéndose a los males de la Conquista, que elige pasar por alto, antes de referirse al presente como: “esta era de barbarie espantosa en la que los valores emocionales y espirituales han perdido su prestigio” 3. Apenas eso. Y luego introduce una muestra somera de sus experiencias de viaje por las tres ciudades aludidas. Al final, cuando ya vuelve a retomar el discurso, no puede evitar la alusión —aunque sin estridencias— a la Guerra Civil y el compromiso de los cubanos con el destino de España:

A través de los episodios revolucionarios de Cuba republicana muchos españoles han caído sobre nuestra tierra confundiéndose su muerte con la del cubano. Hoy, muchos de los nuestros vierten la siembra de sus vidas sobre el terreno del combate, grano a grano, gota a gota, con los hijos del suelo español.
4

El leve gesto de protesta en aquella conferencia se vería reforzado por la interrupción del ciclo de publicación de las crónicas, casi dos años más tarde, para incluir su “Un minuto de silencio”5 porque sabía, claro, que de la derrota del fascismo dependía el futuro del mundo. Su referencia continua a los pequeños países que deben enfrentar las apetencias imperiales de sus vecinos poderosos pone en escena el destino de Cuba frente a los Estados Unidos, una imagen que ya había aparecido una y otra vez en sus Apuntes de mi viaje a Isla de Pinos,6 en que asomaba una y otra vez la discusión acerca de si la Isla debía ser cubana o norteamericana.

Evidentemente, sus experiencias europeas de esos años fueron aprovechadas para armar la anécdota dislocada, fragmentaria y por momentos expresionista de su novela En la noche del mundo,7 —no por azar impresa en 1940 en La Verónica, la imprenta fundada en La Habana por los exiliados españoles Concha Méndez y Manuel Altolaguirre— donde la desazón por el destino de la humanidad tiene como escenario una ciudad moderna, laberíntica y deshumanizada, y como personajes principales de la tragedia a unos pobres seres en perenne debate entre un presente irrespirable y un futuro devastador y que, desde la acción social o la prédica religiosa, se empeñan en cambiar, siempre sin éxito, el destino de la humanidad.

Pero entremos, por fin, en materia. Europa era así es un conjunto de artículos escritos entre 1935 y 1939 en los que Rodríguez Acosta pasea su mirada de turista curiosa por los grandes monumentos de la civilización europea, lo mismo que por las calles de un zoco marroquí. Lo que me interesa explorar aquí es donde se ubica la cronista, cuáles son sus apariciones y qué sentido pudieran tener.      

Sus colaboraciones en Grafos casi siempre incluían una o varias fotos de los lugares visitados en las cuales aparecía la autora, en traje sastre y sombrero, frente a los sitios descritos; pero no es esa imagen congelada, austera, la que aflora en sus crónicas, sino otra de mujer emancipada y dialogante con las gentes que se topa en el camino, cordial y reflexiva a un tiempo. Su imagen, lo mismo que la intensidad de su discurso, no es estática.

La “excitación espiritual” —como ella misma dice— que delatan sus relatos “marroquíes” los hace incomparablemente más genuinos que los fríos inventarios de monumentos históricos o “tipos” humanos que nos regala en sus viajes por el interior de Europa. He preferido perseguir sus deslices, el momento en que pierde su compostura de viajera y comentarista experimentada y deja aflorar sus sentimientos, lo mismo que los momentos en que ella misma ocupa el centro del relato, en un protagonismo que iría cediendo espacio a los otros a medida que avanza el recorrido y, con él, el libro.

Sus convicciones políticas, el convencimiento de la necesidad de participación de la mujer como fuerza social, afloran desde la introducción, donde aprovecha para opinar acerca de la guerra y la política expansionista:

Solo de Alemania depende que nos podamos dar sin reservas a la admiración de lo que en ella es digno de tal, a la simpatía de lo que en ella hay de amable. ( ... ) Al hombre se le debe conquistar por el corazón. El corazón tiene su inteligencia y su fuerza, para responder a mensajes que quieran apelar a esas facultades del ser. ( ... ) La “otra” inteligencia, la “otra” fuerza, ya no se dirigen a los valores nobles del hombre. No pueden obtener respuesta de su grave pensar, de su hondo saber. Hablan a la bestia y solo ella contesta.

Este preámbulo iluminador, firmado en México, en noviembre de 1941, da fe de las opiniones de Ofelia Rodríguez Acosta ante la situación extrema que atravesaba la humanidad, abocada como estaba a la gran tragedia de la guerra mundial. Después de ese texto, leer las crónicas de España y Marruecos es como una vuelta al pasado, a un pasado que el terrible presente hace aun más hermoso, más colorido. A Córdoba dedica una “Crónica sentimental” sobre el sepelio del pintor Julio Romero de la Torre, cuyo féretro llevaban en andar las mujeres cordobesas, entonando saetas tristísimos, en una escena que más parece un señuelo folclórico para atraer turistas. Aclara enseguida, sin embargo, en la crónica dedicada a “Córdoba”, que: “Estas crónicas, felizmente, no pretenden ser eruditas ni recurrir a ilustraciones culturales que se hallan en cualquier libro, enciclopedia o folleto del Patronato de Turismo. Una impresión, en lo que pueda tener de interés, una determinada vibración de la sensibilidad, un vuelo de la imaginación, esto es: la visión personal, es todo lo que se intenta ofrecer aquí al lector”.

En Sevilla visitará el otrora escenario de la exposición en el bellísimo Parque de María Luisa. Prendada de la ciudad la siente “única en el mundo, única en la misma España. No; Sevilla no cabe en una mirada, en el hueco de una mano, en un minuto de evocación”.

La primera aparición de Ofelia digna de destaque es aquella en que atraviesa Sevilla a pie, de madrugada, acompañada solo por un maletero y cargando su máquina de escribir (la misma máquina de escribir luego sospechosa para los aduaneros marroquíes), fumando en cada descanso, lo mismo que en el café donde solo hay hombres, y donde, a pesar de su invitación, el maletero prefiere sentarse a la barra a compartir una mesa con ella. Describe a los otros comensales: “algunos trasnochadores, acaso sin hogar ni trabajo. Dormitan sobre la mesa o discuten con el único camarero que hay detrás de la cantina. Los cristales están empañados del vaho del amanecer. Otra vez en marcha. Delante va el hombre, con las maletas a la espalda”. La transición del ámbito poblado del café a las calles solitarias, la descripción completamente aséptica, hacen adivinar a una mujer sin prejuicios, que no tiene reparos en juntarse con desconocidos en su calidad de observadora y cronista de tipos humanos. Sus visitas en Jerez de la Frontera a las fábricas de vinos, su estrenada habilidad enológica y la cordialidad a que la obliga la cortesía de sus anfitriones la lleva a aceptar una copa tras otra, y su cuerpo, ayudado por los cigarros que consume sin tregua, resiste hasta el final, como apunta con ironía:  

Son las dos de la tarde. Nos hemos desayunado a las seis de la mañana. Ni una gota de agua en todo ese tiempo. Hay que evitar el ridículo. Hay que beber y beber sin pestañear. El único recurso es fumar, fumar desesperadamente. Y nada de mojar con disimulo los labios, porque nos sorprenden el truco. Inclusive hay que dejar bien puesto el nombre de Cuba: la tierra del ron. (p. 36)                                                

Estas apariciones de la cronista luego irán espaciándose; pero aún, a pesar del modesto plural en que intenta escudarse, su imagen es perfectamente visible, claramente perceptible en su diferencia del medio que la acoge, en sus propósitos y en el dibujo de su identidad de extranjera y jueza del nuevo paisaje arquitectónico, natural y humano desplegado ante sus ojos. El episodio del viaje en guagua y un pequeño accidente que los detiene en el camino ofrece una ocasión más para marcar su extranjería:

Hemos de bajarnos todos. Por aquí hace frío y viento. Luego, los comentarios. Es martes. Y no sabemos qué santo, que paradójicamente trae la mala suerte. Las mujeres están más nerviosas que los hombres […] Nosotros nos hundimos de nuevo en nuestro asiento, muy humildemente, temiendo que nos averigüen el secreto de ese número trece de nuestro pasaporte expedido en Madrid.

Luego cruzarán la frontera y en un hostal de Tetuán al que le ha llevado su mínimo estipendio, tiene una experiencia desastrosa:

Subimos a la habitación. Mientras nos hacemos la pequeña “toilette” con una cólera reconcentrada, por la puerta entreabierta van asomando las caras y las sonrisas maliciosas, una a una, de los doce hombres. Impertérritas continuamos pintándonos los labios, observando sus maniobras por el espejo. Indudablemente somos la única persona “europea” que hay en el hotel. Siempre acentuándonos el dibujo de la boca y mirando por el espejo, comprobamos que la puerta no tiene pestillo interior. Continúa el desfile de los rostros indígenas, con una expresión entre irónica e infantil. Con la mayor naturalidad posible terminamos nuestra tarea, recogemos nuestro impermeable y nuestros guantes, y salimos. Mientras le echamos la insegura llave a la puerta, en el pasillo los moros runrunean. El murmullo llega a parecernos el ruido de motor de un aeroplano dentro del mismo edificio. Encendemos otro cigarrillo, con la mayor calma. Entonces, uno nos pide lumbre. Se la ofrecemos en silencio. Y echamos a andar, mientras le oímos decir a nuestra espalda: “Gracias, señora. ¿Le gusta fumar?”

La tensión evidente en este fragmento vuelve a ubicarla en un lugar central. Aquí Ofelia está describiéndose elusivamente como una mujer occidental, moderna y claramente distinta. Luego de este encontronazo con la sensibilidad árabe habrá otros espacios menos problemáticos, como su camaradería con el guía marroquí que la invita a un salón de té —ya ha advertido antes que la mujer árabe no entra en los cafés— donde los hombres del lugar entonan canciones de amor, seguros de que sus respectivas amadas no escucharán sus desahogos, pues se considera impropia cualquier confesión amorosa. Del descubrimiento de ese contrasentido se derivará una sabrosa plática sobre la situación de la mujer marroquí, acerca de la legislación, las relaciones familiares, la patria potestad, etc., que no hará más que reforzar la imagen de la propia Ofelia como mujer moderna, desprejuiciada y libre. Lo mismo ocurre —pero en un nivel más metafórico— con un claro ejercicio de travestismo cultural en un museo tangerino: aquel en que se mete dentro de una urna de madera usada para trasladar a las novias el día de la boda. Más que la información buscada en el diálogo de interés antropológico con el lugareño, aquí de lo que se trata es de experimentar en carne y sensibilidad propias una feminidad distinta e, incluso, de tratar de entender las razones de esa diversidad.

Este ambiente de boato y poderío [escribe] pone de relieve la sumisión de la mujer, apreciada como un objeto de lujo, un instrumento de placer o, cuando menos, un elemento pasivo en la vida. Se dice que nadie es feliz en la esclavitud, pero, ¿se puede saber, a ciencia cierta, lo que constituye la felicidad para cada ser humano, tanto hoy como ayer? Solo la consciencia de una situación y el ideal de una realidad distinta puede creamos el problema, y la mora no acaba de asimilar la vaga noción que acaso tiene de su condición de inferioridad. O tal vez no es tal para ella, y esto nuestro es solo una apreciación­tipo de la "civilización occidentalista" (sic). ( ... ) A la vista de aquella jaula dorada, que los amigos del joven llevan en andas, se nos hacía imposible creer que allí cupiera un cuerpo humano de tamaño normal. Y para cerciorarnos, entramos en ella forradas con nuestro moderno abrigo y plenas de esto que llamamos nuestra libertad. Sí; cabía una mujer, naturalmente que podía caber, y hasta mirar (...) el brillante y alegre cortejo de los invitados (hombres todos, se entiende) que (...) conducen a la novia desde su casa a la de su prometido donde la entregan, cerrando tras ella la puerta para siempre. Dentro, envuelta en su lichan, depositada en los cojines como una muñeca de serrín, asiste al baile de las doncellas junto a su futuro consorte, que bebe, fuma y se divierte.

Otra vez hace su aparición la figura de la mujer moderna, Ofelia se describe a sí misma “forrada con nuestro moderno abrigo y plenas de nuestra libertad” y aunque el comienzo de este fragmento parece prometer un poco de solidaridad con la visión del otro, con su concepción del mundo y respetar cierta alteridad cultural, su fuerte compromiso con el tema de la emancipación femenina vuelve a aflorar en ese símil casi ofensivo; la mujer árabe es como “una muñeca de serrín" (sic), está a merced de los otros, no tiene voluntad propia, y su única libertad es la de esa mirada cautiva que espía una fiesta donde las doncellas bailan solo para los hombres. La próxima escena (esto de la urna no es más que una evocación) transcurre en el autobús, donde Ofelia, como siempre, aparece fumando, “con gran asombro y curiosidad de nuestras compañeras”, de las que continuamente pareciera querer marcar distancia.

El tema de la mirada es muy importante en estas crónicas y en muchas de las novelas de Rodríguez Acosta. La mirada de la mujer sobre el cuerpo masculino parece erigirse aquí en uno de los espacios de la libertad. Así, Ofelia comenta sobre las fuertes pantorrillas de un transeúnte, la admiración que le causa el negro guardián del palacio del Jalifa en Tetuán —con el que se hace una foto, asumiendo una pose de turista que el propio hombre parece deshacer cuando le espeta, riéndose, al descubrir que no es española: “Allá en Cuba hay muchos negros”, confirmando esa solidaridad espontánea entre quienes proceden de espacios coloniales.

Recuérdese (y contrástese con estos episodios) la anécdota de Ofelia en su primera habitación, indefensa y enojada ante la insistente mirada de los hombres del lugar. De todos modos, a pesar de ciertas familiaridades que no duda en relatar, solo su regreso a España le devuelve la tranquilidad total: “De nuevo en tierra española; este país por el que puede viajar sola una mujer, de un extremo a otro, sin el más ligeramente desagradable incidente", escribe. Pero esta mujer moderna, que afronta lo desconocido sin remilgos, no se atreve —o prefiere no hacerlo— a opinar sobre el destino político de España. En algún momento dirá que “no aludimos a cuestiones de si han de ganar las derechas o las izquierdas”, algo de veras sorprendente en una voluntad política hasta hace poco tan visible como la suya, que sí tomará cuerpo en las crónicas referidas a otras ciudades visitadas ya bajo dominio fascista, como ocurre con Praga, donde lamenta el estado de devastación de la sinagoga y el cementerio judíos y se pregunta cuánto durará la barbarie. A medida que su relato y su viaje avanzan, este tipo de opiniones se hará más escaso. Y aunque una de las características distintivas de la mujer moderna es su participación política, las opiniones de Ofelia van moderándose, o peor, ocultándose, a medida que se interna en otros países europeos. A Gibraltar, eso sí, lo describe como “una carie extranjera en el territorio español”, un comentario que pareciera citar sus reflexiones sobre el destino de la Isla de Pinos en su crónica de 1926.

Solo de vez en cuando reaparece un atisbo de su antigua beligerancia, aunque más sosegada; a menudo, referido a la situación de las mujeres. En su conferencia en la Sociedad Hispanista de París, en 1937, una vez iniciada la guerra, sí aludirá a ella con emoción: “Un estremecimiento de angustia recorre toda nuestra isla […] porque cada familia llora y espera, no se sabe ya en nuestro destino y en nuestro amor, si por el español o el cubano que va a caer bajo las balas”.

Europa era así, como puede verse, es un ejercicio bastante mediano de escritura de viajes, donde no recuperará el ímpetu de sus primeros años, aquellos que dieron a la imprenta textos tan combativos como La vida manda o La tragedia social de la mujer. Su experiencia europea aparecerá reflejada en dos novelas (la antes aludida En la noche del mundo —una metáfora del desenfreno belicista y sus terribles consecuencias para la humanidad— y Sonata interrumpida, cuya protagonista, en plena Italia de Mussolini, deja a un lado sus reparos políticos para disfrutar alegremente de la compañía de su amado, y descubrir con él la historia y la cultura de ese país). Publicadas en el interregno temporal que va de una novela a la otra —En la noche del mundo salió en 1940 y Sonata interrumpida en 1943— las crónicas que conforman Europa era así solo pueden entenderse si se leen como parte de ese tríptico donde las reacciones de su autora han quedado registradas y donde también ella misma, en su calidad de mujer moderna, queda expuesta a la curiosidad de nuestras miradas, aunque nos quedemos, ciertamente, con ganas de más.

III

Dulce María Loynaz, la autora irónica y talentosa de Jardín, Poemas sin nombre y Canto a la mujer estéril, entre otros, escribió el relato de su viaje a Tenerife en contrapunto con Un hiver à Majorque, de Georges Sand, texto con el que establece un diálogo que, en lo estructural, repite las múltiples digresiones, ramificaciones del relato, pero que en lo ideotemático rechaza la visión desapegada de la autora francesa frente a los lugareños.

Un verano en Tenerife es el testimonio de un apasionamiento, como la mirada narcisista que nos devuelve el ser amado; en esta crónica de un largo viaje a la isla donde había nacido su esposo, el cronista social tinerfeño Pablo Álvarez de Cañas, Loynaz emplea todo su saber narrar, su sensibilidad, para armar uno de los relatos de viaje más exquisitos de la lengua española. El espejeo entre la experiencia personal y el paisaje transcurre aquí en varias direcciones: encontrarse Pablo con su pasado, objetivo inicial, va dejando espacio a otros descubrimientos, más a tono con la sensibilidad de la escritora, como el de una genealogía de poetisas canarias en la cual se incluye sin reparos, a tiempo de rescatar del olvido sus nombres poco menos que desconocidos.

Su experiencia de Canarias —pues, a pesar de su título, el libro dedica espacio a cada una de las islas— pasa por el testimonio recibido de sus pobladores, de cuyas voces se reconoce deudora:

Yo solo contaré lo que a su vera me contaron las gentes y el paisaje; lo que he escuchado y lo que he visto o creído ver, que es también una forma de hacerse a los sucesos y lugares, más personal, más íntima, en la que todos podemos alegar algún derecho.

( ... ) si me equivoco alguna vez hablando de estas Islas, solo será de buena fe y de buena pasión, porque solo apasionadamente sabría yo hablar de ellas. Pero mucho no habré de equivocarme, ni más que otros que escribieron sobre su mágica existencia, siendo, como eran todos, historiadores, geógrafos, viajeros de experiencia, siempre conocedores, eruditos en la materia de su análisis.8

En un doble movimiento, Loynaz reniega de una erudición que luego intentará emular con citas magníficas de historiadores, geógrafos y poetas, un diálogo que llegará al colmo en la inclusión in extenso del texto “Calados de Tenerife”, de José Manuel Guimerá. Inclusivo, pleno de digresiones, el relato de viaje de Loynaz deja asomar apenas a su autora, entrevista en su añoranza de Cuba, cuando percibe el olor del café cubano recién colado, o cuando reafirma, para equipararse con los lugareños, su condición de isleña.

Como yo soy criatura de isla, acontéceme que pienso mucho en ellas. Creo auscultarles el corazón y percibir el angustiado soplo de la víscera. Creo saber más de su intimidad, de su naturaleza singular, que aquellos que les miden cabos, montañas o puertos.

Más de una vez he escrito sobre ellas, y seguiré escribiendo, si Dios quiere. La mía, sobre todo, la tengo como un pájaro exquisito que nunca toco sin un miedo oscuro de quebrarle las alas.

Tenerife será para ella casi una extensión del hogar, un sitio donde se siente cómoda y feliz, y rescata, a través del entorno y las historias que le cuentan los amigos recientes, una imagen idílica de una tierra a la que quiere como suya, de cuyo destino quiere ser partícipe y donde se siente con derecho a opinar casi sobre todo, incluso, por ejemplo, acerca de las ordenanzas municipales en lo referente a construcción y remozamiento de las viviendas.

La condición isleña es la clave de su acercamiento a Canarias; la sensibilidad poética sustituye cualquier cuestionamiento sobre las diferencias, solo perviven las diferencias geográficas: el paisaje fiero de la costa tinerfeña frente a la suavidad de las playas cubanas. Pero en cuanto a sentimientos de arraigo, la poetisa no distingue grandes diferencias. Sin apelar a datos precisos acerca de la contribución canaria a la sangre, la historia y la cultura cubanas, Loynaz deja en manos de la sensibilidad poética el testimonio de esa cercanía fácilmente aprehensible, para borrar la distancia entre una isla y la otra; erigida ella misma en el puente de encuentro simbólico donde esas dos realidades confluyen. Dulce María Loynaz se niega a retratarse como extranjera en Canarias, prefiere afincarse en su ser mujer, poetisa e isleña (un término mucho más ambiguo que el referente a la nacionalidad) para no separarse de la tierra que describe con fruición de descubridora. Sin desdeñar episodios ficcionales, dibuja una semblanza bastante completa de las islas, no exenta de ironía en ocasiones, como cuando alude al rey que nunca tomó posesión de las islas como uno de esos “modernos santones orientales, que pasan sus veranos de doce meses en Montecarlo o en París” y explica su abandono del cetro recién otorgado como “un trauma psíquico”.

Hilando historia y ficción, da al relato de su estancia en Canarias sabor de novela, y de hecho, hay momentos en que, como en Jardín, la descripción de un sitio se hace a partir de imágenes que bien pudieran ser las de un decorado escénico o en que sorprende un lugar donde parece habitar Bárbara, como el abandonado Hotel Florida, en La Palma. Pero la ficción, el rebusque en las viejas crónicas, también dejan espacio para el relato de lo cotidiano; así nos enteramos de que Dulce María y Pablo se han llevado a Cuba a cuestas: azúcar, café, tabaco, dulce de coco, raspadura de flor, “presentes que solo en sueños ven las amas de casa de esta tierra”, que sirven como agasajo y como carta de presentación. Sin abandonar la isla propia, sin embargo, abunda en las costumbres y tipos de las Canarias: las gentes, las luchadas, los platos típicos, la lengua, la pintura, la literatura, la arquitectura y hasta las evasiones fiscales son asunto de su libro. Se siente como en casa. Para explicarlo, bastan las coincidencias lingüísticas (papas, guaguas, tiendas) que hacen que se nos confunda todavía hoy en la península y la aclaración, como de paso, de que el Archipiélago no es Europa, sino otra cosa. La ilusión de encontrar a Cuba a cada paso la lleva a consignar el sitio donde nació Domingo Verdugo, esposo de Gertrudis Gómez de Avellaneda. El cielo, el mar y hasta los choferes cubanos aparecen por sorpresa en el relato, donde también tienen lugar alusiones al minúsculo pie de las cubanas o a su manera de andar, por la que un viejo indiano identifica a Dulce María, que ha llegado a él por el “olor a Cuba” del café recién colado. Otro olor, el del arroz con pollo y el mojo de naranja agria —esta vez en la casa del cónsul— también la devolverá a la realidad y a Cuba. Al cónsul le regala una banderita de esmalte “que llevo siempre en mi solapa”; a la Virgen de la Peña de Francia, en el Puerto de la Cruz, un manto cubano, con los colores de la bandera. Son gestos de quien, orgullosa de ella, pasea su cubanía con donaire, sabiéndose, como se sabe, mimada por una tierra que la acoge como hija propia.

Un verano en Tenerife y Europa era así son libros, como se ha visto aquí, disímiles. Loynaz asume como propia la tierra canaria; llega a pertenecer de tal modo, que su silueta apenas aparece, borroneada, como parte de un grupo de excursionistas o como testigo del reencuentro de su esposo con los amigos de la infancia. Rodríguez Acosta, en cambio, se muestra como mujer moderna, desprejuiciada y libre y no evita dejar constancia de lo que su actitud escandaliza a sus iguales en España y Marruecos. Sin embargo, es en esos episodios donde se encuentran más a flor del texto sus emociones.

Allí donde la cercanía disuelve la silueta de Dulce María, que pretende borrarse para ceder su voz y su prestigio a poetas canarias desconocidas, a las gentes del lugar, descubrimos un gesto de afirmación en la integración. Para Dulce María Loynaz España, y más exactamente Canarias, es el territorio de nuevas afinidades, la arena de lo propio. A Ofelia Rodríguez Acosta le ocurre otro tanto; es en España donde se siente más cerca de su propia cultura, donde puede ser sin ambages la mujer que es. En un gesto similar al de Dulce María, pero de signo contrario, su imagen se irá difuminando, perdiendo consistencia, a medida que se adentra en otros países europeos. Es ella misma solo en España, el territorio más amigable de todo su recorrido. Ambas autoras desdeñan la geografía en pro de la cultura: la Europa de Ofelia se extiende hasta Marruecos, Dulce María se encarga de aclarar que las islas no son Europa, sino otra cosa ... Una imagen se borra, la otra, en cambio, se perfila, se distingue; ambas reconocen el territorio español como el espacio de la identidad, no hay distancia posible. La geografía se ignora, la cultura, lo mismo que el abrazo, se impone.

Intervención en el Ciclo de Conferencias Viajeras en La Habana. Trayectos de ida y vuelta. Marzo de 2012, Centro Cultural Dulce María Loynaz.

 

Notas:

1- Ofelia Rodríguez Acosta, Europa era así (Crónicas de viaje). Ediciones Botas, México, 1941, pp. 8-9

2- Esa contención consiguió elogios de algunos de sus críticos: “Al escribir este bello libro de tourista perspicaz, Ofelia Rodríguez Acosta se evadió en la carrera misma a través de las fronteras de lo morboso y lo sombrío que impartieron tonalidad a su novela anterior, En la noche del mundo, y su retina ávida de horizontes recogió y penetró el alma disímil de las ciudades y los pueblos más o menos inquietos por el presentimiento de que se aproximaba a pasos agigantados la hora cero”, decía uno de sus reseñadores. Vid. M.M. “Europa era así…”, Revista Cubana, vol. XV, s/n, enero-marzo, 1943, p. 116.

3- Revista cubana, vol. IX, núm. 27, La Habana, septiembre de 1937, p. 285

4- Ídem, pp. 301-302

5- “Un minuto de silencio”, Grafos, año VII, vol. VII, núm. 73, La Habana, mayo de 1939, s/p

6- Ofelia Rodríguez Acosta, Apuntes de mi viaje a Isla de Pinos. La Habana, Montiel, 1926.

7- En la noche del mundo. La Habana, La Verónica, 1940.

8- Un verano en Tenerife. Letras Cubanas, La Habana, 1994, p. 9. A partir de ahora, todas las citas por esta edición.

 
 
 
 
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.