|
Este año verá la
luz por
Ediciones Unión,
de la UNEAC, el
libro Mito,
verdad y retablo
(El guiñol de
los hermanos
Camejo y Pepe
Carril),
ganador del
Premio de
Investigación y
Teatrología
Rine Leal 2009,
convocado por la
Editorial
Tablas-Alarcos.
Concebido por mí,
en coautoría con
el poeta,
dramaturgo y
crítico Norge
Espinosa, la
publicación
recoge la huella
de lo realizado
por Pepe y
Carucha Camejo
desde 1949, y
luego por Pepe
Carril, al
unírseles en
1956 para fundar
el Guiñol
Nacional de
Cuba, y llega
hasta sus
trabajos en el
extranjero, en
los años 80, ya
separados los
tres. La
investigación
arrojó gran
cantidad de
materiales
gráficos y
teóricos de una
época
maravillosa y
difícil, pero
que es
imprescindible
recoger y contar
para entender lo
logrado y lo que
no en la
actualidad.
Parte importante
de toda la
documentación
recopilada son
las entrevistas.
Retablo abierto
quiere seguir
compartiendo con
sus lectores una
selección de las
conversaciones
sostenidas con
colegas,
admiradores y
familiares. De
manera muy
personal, ellos
aportan
testimonios y
visiones sobre
estas tres
personalidades
de nuestro
teatro con
figuras, y de la
atmósfera social
y cultural de
las décadas
pasadas.
|
Tuve el placer de
conocer al ya
desaparecido gallego
Posada —como
cariñosamente todos
conocían al excelente
dibujante y diseñador
nacido en Asturias,
España, pero cubanísimo
de alma y expresión—, en
1991, durante una gira
internacional por Suecia
con el Teatro Papalote.
En nuestras
conversaciones afloraron
una y otra vez sus
recuerdos de la época de
trabajo en los años 60
con el Teatro Nacional
de Guiñol. Fue el
diseñador de montajes
tan renombrados como
Don Juan Tenorio,
Blancanieves y los 7
enanitos, Pinocho,
La Celestina,
Ibeyi Añá y El
flautista y los ratones.
Ese vínculo creativo lo
convirtió en uno de los
entrevistados
obligatorios para la
conformación del futuro
libro acerca del
universo titiritero de
la importante
institución capitalina.
La tarea fue compartida
con mi colega Yanisbel
Martínez un 13 de marzo
de 1999, en su estudio
de los altos del
Restaurant El patio, con
vista a la Plaza de la
Catedral en la Habana
Vieja.
|

Don Juan, Teatro
Nacional de
Guiñol, 1965 |
¿Como conoce José Luis
Posada el trabajo
titiritero de los
hermanos Camejo y Carril?
Conocí a los Camejo en
los comienzos de la
televisión. Para mí,
ellos no encajaban en
ese medio, siempre
tuvieron una extraña
aureola, eran diferentes…
estaban ya muy avanzados.
Yo los veía laborar con
sus títeres de guante y
ya se notaban las ansias
de trabajar su mundo de
muñecos, un arte que era
nuevo en el país. Quien
me acercó a ellos fue el
mexicano Alfonso Arau,
que entonces trabajaba
en el Musical de La
Habana y ahora se dedica
al cine. Me dije: “Si
quieres hacer teatro de
títeres, tienes que
estar al lado de ellos”.
Antes, solo había visto
títeres de feria en
España, muñecos burdos,
nunca como los de los
Camejo. Por eso para mí,
en Cuba, en lo que
concierne a los títeres
es AC-DC, como si se
cumplieran las siglas de
Cristo, antes de los
Camejo y después de
ellos, además Carril
lleva la misma letra,
mira tú.
¿Cómo se desarrolló tu
trabajo de diseño con
los tres directores
artísticos del Teatro
Nacional de Guiñol?
Ellos fueron un caso
extraño de un solo ser,
y cuando faltó el
primero ya ese ser
comenzó a desintegrarse.
Estaban muy
identificados. Discutían
mucho, sí, pero de
guiñol, no de otras
cuestiones. No sentías
que había tres personas,
no había transición,
tenían el mismo concepto
sobre el arte de los
títeres. Con quienes más
trabajé fue con Pepe y
con Carucha, con Carril
menos, y con Perucho me
unía la amistad, él
estaba en todo, pero un
poco al margen. Tenía
dotes para la producción
y un trato que resolvía
la relación entre arte y
construcción. Controlaba
muy bien a los técnicos,
le interesaba que
aquello que querían sus
hermanos se lograra. Era
genial en el asunto de
la manipulación de los
títeres. El mago detrás
del retablo era Perucho.
Pepe era más fácil que
Carucha. Ella era más
terca y yo soy terco,
pero ambos tenían una
dedicación total y ahí
cedía la terquedad. Pepe
era más flexible, como
te dije, pero Carucha
era impositiva y segura,
con una visión en el
horizonte de su carrera.
Aunque trabajaras con
Pepe en un espectáculo,
Carucha siempre estaba
ahí, machacando el
asunto y dando su
opinión. Pepe se
fascinaba con la
construcción de los
muñecos, se le iban las
horas en el taller,
pendiente del vestuario,
la escenografía; acudía
a todo, con la
curiosidad de la pieza
iniciada, la cual seguía
hasta el acabado.
Carucha no, ella
delegaba en nosotros,
siempre la sentías en el
mástil, dirigiendo la
nave. Si tenías una
oferta buena de imagen o
mecanismo, Pepe la
aceptaba, su obsesión
era encontrar la mano
que expresara de manera
sugerente el ademán del
títere, para crear una
ilusión óptica en el
público de que los dedos
se movían. Ese fue un
logro de ellos, el gesto
de las manos.
¿Entonces el Guiñol
Nacional poseía un
taller especializado que
los llevaba a alcanzar
logros como este?
Sí. Una de las cosas más
curiosas que recuerdo
acerca de mecanismos de
muñecos, fue lo logrado
por el realizador Manolo
González con el Okurri
Burukú, el Diablo de la
obra Ibeyi Añá.
El muñeco se
desintegraba en pedazos
luego de ser vencido por
los jimaguas. Eso fue
mágico, pero el truco
era muy sencillo, como
una sorpresa. Manolo era
genial como constructor,
todo un personaje.
¿Nunca sentiste
marginación en tu
carrera por dedicarte a
diseñar para el teatro
de títeres?
No había una semana en
la cual no pasara por el
Guiñol Nacional una
personalidad artística,
nacional o internacional,
expertos, curiosos,
críticos, interesados, a
ese punto llegaron.
Aquel sitio se convirtió
en un lugar obligado, en
un paso necesario en el
mundo cultural de La
Habana. Es lo que te
puedo decir.
¿Entonces se
sobrentiende que ellos
alcanzaron cotas muy
altas en su trabajo
titiritero?
Yo viajé por otros
países, pude entonces
confrontar lo que ellos
hacían con lo que se
estaba haciendo a nivel
internacional. Estuve en
Rumanía, vi el teatro
checo, el polaco y algo
del teatro de títeres
húngaro. Todos tenían
avances tecnológicos
fabulosos, aunque a
veces esa fascinación se
traga al muñeco, a su
mundo artesanal. Ellos
tenían un sueño, querían
dejar para las nuevas
generaciones el más alto
nivel de realización
artística, y sobre todo,
conseguir que Cuba fuese
el más alto exponente de
los títeres en
Latinoamérica. Esa fue
su ambición. Puedo decir
eso porque los oí hablar
del tema, con
un orgullo tan profundo
como la tristeza que los
embargó cuando todo fue
destruido. Yo mismo soy
irreconstruíble como
diseñador debido a los
disparates cometidos en
el llamado quinquenio
gris, pues guardaba en
mi archivo del Guiñol
mis bocetos para el
teatro musical y
dramático, junto a fotos
y otros documentos
importantes que
desaparecieron.
¡Cuántos muñecos
hermosos! ¡Cuántos
documentos valiosos
perdidos!
Dicen que fueron
quemados en Cayo Cruz. Y
si no fue así, ¿dónde
están?
A tantos años de aquel
intercambio artístico, ¿cómo
recuerda su trabajo con
los Camejo y Carril?
El trabajo con los
Camejo está en mis
recuerdos creativos con
el teatro en el primer
lugar. Yo hice cosas
maravillosas con
Humberto Arenal, con
Juan R. Amán, con muchos;
pero con los Camejo yo
nunca interrumpí la
relación, era continua,
amistosa y creativa. No
hay que ponerles alas,
porque ellos no eran
angelitos, pero Cuba
está en deuda con ellos.
Creo que se está
iniciando una
recuperación, eso es
inteligente. Hay que
devolverles su gloria y
su lugar en la cultura
cubana. Un lugar
principal, y en el
terreno de ellos el más
importante, no solo en
Cuba, sino en América. |