Aproximación teórica a la diferenciación político-ideológica en los Estados Unidos (II parte)

Jorge Hernández Martínez
25/8/2020

El esbozo de lo que va a configurarse como un consenso en los Estados Unidos, con raíces tan tempranas y orgánicas como las que dimanan de las ideas de los llamados Padres Fundadores, se explica por las particularidades históricas del desarrollo capitalista en ese país, cuyos rasgos clasistas y culturales condicionan las contradicciones que desde un punto de vista dialéctico, en su sentido amplio, tienen lugar en su seno.

El esbozo de lo que va a configurarse como un consenso en los Estados Unidos, se explica por las particularidades históricas del desarrollo capitalista en ese país. Fotos: Internet
 

Consenso y diferenciaciones político-ideológicas

El hecho de que la sociedad norteamericana sea altamente consensual desde el punto de vista político no significa que en ella no haya existido y perviva un alto grado de conflicto. Solo que este se expresa de modo significativo y perdurable a través de contradicciones políticas que tienen lugar dentro de márgenes ideológicos muy estrechos, como se registra en los diferendos entre republicanos y demócratas o entre liberales y conservadores, que nunca trascienden el consenso a nivel sistémico. A la par, se advierte que la capacidad de reto o enfrentamiento al sistema por parte de fuerzas “de izquierda”, como las que en los años de 1960 y 1970 alcanzaron sus mayores expresiones, desafiando al establishment y el mainstream, entendidos respectivamente como la estable estructura institucional estatal y la corriente principal de una cultura mayoritaria, ambas exponentes del consenso, han sido efímeras e intermitentes y no han alcanzado, salvo en casos excepcionales, una convocatoria verdaderamente nacional. Pero cuando no se trata de crisis excepcionales como las aludidas, sino de contrapuntos recurrentes, como los que se manifiestan en los comicios presidenciales y los que reflejan con periodicidad las encuestas, relacionados con actitudes políticas, se prefiere en esta breve aproximación, que solo pretende motivar la reflexión sobre el tema, hablar de diferenciaciones, en lugar de concebir las relaciones implicadas como polarizaciones.

Uno de los ejes ideológicos principales, si no el principal, que sintetiza el consenso, es el que afirma la tradición política liberal, la democracia representativa, el concepto de libertad y de derechos humanos que acompañan al modelo republicano, como paradigma de los Estados Unidos. Ese es el sedimento cultural que permite la continuidad y coherencia de una concepción del mundo que es compartida por los dos partidos que representan al sistema bipartidista —el demócrata y el republicano—, y las dos corrientes de pensamiento que nutren el mundo subjetivo o espiritual —la liberal y la conservadora—. Ambos partidos y corrientes, ya se ha indicado, son expresiones políticas e ideológicas diferenciadas, pero con una base clasista común, la de la burguesía monopólica, cuyo núcleo se resume en la esencia blanca, anglosajona y protestante (white, anglosaxon, protestant o wasp, según se identifica por sus siglas en inglés).

Ambos partidos y corrientes son expresiones políticas e ideológicas diferenciadas, pero con una base clasista común.
 

Por encima de distancias y contrapuntos, las características que separan esas distinciones tienen que ver más con sus posiciones respecto de los medios que de los fines, puesto que estos últimos están definidos por la preservación del sistema. Y en tal sentido, tanto la dinámica partidista como la ideológica tributan a la reproducción del consenso y alimentan el llamado “credo” norteamericano[1]. En ello, un vaso comunicante de primer orden es la citada ideología wasp, que si bien atraviesa la cultura política y permea la conciencia colectiva al punto que se plasma hasta en las historietas gráficas y comics, como se advierte en la saga de los Simpsons, pertrechando al imaginario popular con el mito de que en la sociedad norteamericana es la clase media lo fundamental; es como el cociente de una operación aritmética que distribuye realidades y aspiraciones en términos de estatus y expectativas, con base en valores como el individualismo, la competencia, el apego a la propiedad privada, la convicción de que la nación nació bajo mandato divino, con predestinación mesiánica, las ideas de superioridad racial, étnica y religiosa, la búsqueda del confort, junto a la satisfacción o el ascenso en el lugar ocupado, según el caso, en la pirámide socioclasista. Sería un desliz confundir esa presencia o influencia común, resultante de un proceso histórico complejo, en las representaciones de diferentes clases y grupos sociales, con el simplificador cliché de que los Estados Unidos son una nación de clase media. Lo que sucede es que su concepción del mundo es funcional al sistema, penetra la cultura y aporta coherencia al mencionado “credo”.

La ideología wasp atravisa la cultura política y permea la conciencia colectiva, al punto que se plasma hasta en las historietas gráficas y comics, como se advierte en la saga de los Simpsons.
 

A partir del referido eje del consenso, el libre mercado, el bipartidismo, el federalismo, la división de poderes y el balance de pesos y contrapesos,  los derechos individuales civiles y políticos se asocian a imágenes como la de la Estatua de la Libertad y a frases como  el American Way of Life y el American Dream, que consagran el estereotipo de que los Estados Unidos son la tierra prometida, la nación indispensable, signada por los mitos del Destino Manifiesto y el Excepcionalismo Norteamericano, en la que el hombre se hace  sí mismo, con su propio esfuerzo personal, lo que se universaliza con la denominación en inglés: el self-made-man. Y aunque desde luego, ni los libros de texto que guían la enseñanza de la historia del país en las escuelas y universidades, ni los medios de comunicación, o los discursos presidenciales explican que es el modo de producción subyacente el que, como dirían Marx y Engels, determina de acuerdo a ciertas condiciones históricas el modo de vida, la cultura, la institucionalidad social y política y las formas de conciencia colectiva, es ahí donde radica la piedra angular del mencionado eje[2]. En torno a la naturaleza de las relaciones de producción (y entre ellas las de apropiación y la correspondiente estructura de clases), que integran al mismo, es que se articula el consenso político-ideológico que sostiene en la época contemporánea al sistema capitalista, monopolista-estatal, imperialista, en los Estados Unidos[3].

Los derechos individuales civiles y políticos se asocian a imágenes como la de la Estatua de la Libertad.
 

La sociedad norteamericana se halla hoy profundamente dividida, acentuándose lo iniciado veinte años atrás, según se registró con el prolongado e irregular proceso electoral del año 2000, al concluir el siglo XX, que elevó de manera notable la disensión, palpable en los contrapuntos provocados en la opinión pública y en los círculos intelectuales y políticos ante figuras que desde entonces han ocupado la presidencia, como las de George W. Bush, Barack Obama y Donald Trump.

La polarización real primigenia: entre capital y trabajo, riqueza y pobreza

Esas divisiones se manifiestan a lo largo y ancho de los diversos ámbitos del entramado nacional, aunque quizás donde se hagan más visibles las diferencias sea en la estructura social y en la posición partidista e ideológica que ante las elecciones presidenciales y determinados temas de la agenda nacional adopta la población.

En el primer caso, queda claro que las distantes condiciones o niveles de vida de ricos y pobres reflejan los extremos de la contradicción antagónica básica del sistema capitalista, entre capital y trabajo, la cual define la naturaleza explotadora del modo de producción que sostiene a la formación social estadounidense[4]. Se trata de una efectiva polarización socioeconómica, resultante de la desigual distribución de la riqueza entre explotadores y explotados, según lo dejaría sumamente claro una perspectiva de análisis desde la economía política[5]. Según se ha afirmado, “la tendencia a la polarización socioeconómica es revelada en análisis que concluyen el extremadamente alto nivel de desigualdad con la disminución creciente de la clase media a lo largo del tiempo tanto en países de ingresos bajos como de ingresos altos. El hambre en el mundo está al alza. Las dificultades económicas para atender la salud aumentan y una pandemia está poniendo en entredicho, una vez más, la capacidad del modelo neoliberal, aquel que sostiene sus posturas de libre mercado, la desideologización y la pospolítica, para garantizar el progreso económico y, en muchos casos, la posibilidad del hombre para sobrevivir”[6].

Las distantes condiciones o niveles de vida de ricos y pobres reflejan los extremos de la contradicción antagónica básica del sistema capitalista.
 

En el segundo, sin embargo, es discutible la consideración de que se trate de una relación similar, o sea, de una polarización, en este caso, política e ideológica, entendida del modo más convencional cual proceso de estructuración de un sistema en torno a puntos extremos de su geometría[7]. En este sentido, se advierte en buena parte de la literatura especializada en sociología y ciencias políticas que la afiliación al partido demócrata o al republicano, palpable en el respaldo electoral a uno u otro candidato a la presidencia, junto a la orientación ideológica liberal o conservadora de los ciudadanos, apreciable en el apoyo o rechazo a medidas relacionadas con cuestiones como la migración, la homosexualidad, el presupuesto para la defensa y la política exterior, entre otros, se abordan y presentan, con frecuencia, como comportamientos que expresan polarizaciones, cuando en realidad se trata solo de posicionamientos diferentes o de distanciamientos, mas no de  polos enfrentados, como si fijasen límites o fuesen posiciones extremas, incompatibles, dentro de un espectro o eje ideológico y programático[8].

Ya se ha señalado que en el lenguaje de las ciencias sociales y de los medios de prensa norteamericanos es frecuente la consideración, por un lado, de que entre demócratas y republicanos, o entre liberales y conservadores, existe una polarización. Y por otro, en ocasiones se califica, al identificar dichas definiciones partidistas e ideológicas, a republicanos y conservadores como expresiones de derecha, en tanto que a demócratas y liberales se les clasifica como de izquierda[9]. Tales distinciones pueden constituir una esquematización engañosa del espectro político-ideológico norteamericano. En rigor, se trata de posiciones diferenciadas, más no antagónicas, a partir de las visiones que se adoptan con respecto a determinados temas y problemas. La polarización, de la manera convencional, significa la ubicación en lugares contrapuestos, con una concepción podría decirse que geométrica, como la que separa desde el punto de vista geográfico al Polo Norte y al Sur, o en términos de la bipolaridad geopolítica vigente durante la Guerra Fría, entre capitalismo y socialismo, o entre Este y Oeste. La polarización lleva consigo contraposiciones recíprocas bilaterales. A partir de lo que se señaló, el trasfondo clasista común que distingue a las posturas aludidas, con una mirada dialéctica, conduce a su interpretación más en términos de un proceso de diferenciación entre el partido demócrata y el republicano, o entre el pensamiento liberal y el conservador, que de polarización.

En todo caso, si se admitiera la idoneidad de un concepto como el de polarización para aproximarse al tejido social, político o ideológico mundial, aplicable a los Estados Unidos, sería en los términos en que se argumentó antes y se precisó en una cita previa su expresión socioeconómica. Desde este punto de vista, como se ha puntualizado con acierto, “el nivel de polarización social global y desigualdad es ahora sin precedente. El 1 por ciento más rico de la humanidad controla más de la mitad de la riqueza del planeta, mientras el 80 por ciento más bajo tiene que conformarse con apenas 4.5 por ciento de esa riqueza. Mientras se extiende el descontento popular contra esta desigualdad, la movilización ultraderechista y neofascista juega un papel crítico en el esfuerzo de los grupos dominantes de canalizar dicho descontento hacia el apoyo a la agenda de la clase capitalista transnacional, disfrazada en una retórica populista”[10].

 

Notas:
* Sociólogo y politólogo. Profesor e Investigador del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU), de la Universidad de La Habana, Cuba. Correo electrónico: jhernand@cehseu.uh.cu
[1] Los principales exponentes de tal punto de vista son Gunnar Myrdal y Samuel P. Huntington. Véanse sus obras respectivas, An American Dilemma, Pantheon Books, New York, 1972, y American Politics. The Promise of Disharmony, The Belknap Press of Harvard University, Cambridge, 1981.
[2] Se trata de la conocida tesis que Marx y Engels desarrollan en su concepción materialista de la historia. Véase el primer capítulo de La ideología alemana, Op. Cit.
[3] El análisis sobre el desarrollo y la actualidad de los Estados Unidos, bien sea sobre su economía, sociedad, cultura, sistema y procesos políticos, a nivel interno o en su proyección exterior, puede apoyarse en disímiles miradas teóricas y en diferentes disciplinas. En ese esfuerzo, la teoría del imperialismo aporta claves imprescindibles a la comprensión de los cambios, tendencias y perspectivas de ese país.
[4] Esas contradicciones se han hecho mucho más intensas bajo la pandemia de la COVID-19 y la profundización de la crisis ya existente. Véase Sandy E. Ramírez Gutiérrez, “Concentración de capital por debajo de la pandemia”, y Simona Violeta Yagenova, “Los desafíos del mundo del trabajo”, ambos en América Latina en Movimiento, No. 549, julio, ALAI Quito, 2020.
[5] Véase David Harvey, El enigma del capital y la crisis del capitalismo, Ediciones Akal, Madrid, 2013.
[6] Yazmín Bárbara Vázquez, “Polarización socioeconómica, neoliberalismo, pandemia y, una vez más: ¿qué hacer?”, en La Jiribilla, Edición Nro. 871 (4 de mayo al 5 de junio de 2020). http://www.lajiribilla.cu/articulo/polarizacion-socioeconomica-neoliberalismo-pandemia-y-una-vez-mas-que-hacer
[7] Ernesto Cárdenas realiza un útil examen del concepto de polarización, que reconoce su relación con la concepción materialista de la historia. En ese sentido, señala que “Marx, quizá el primer economista que abordó la noción de polarización y su relación con el conflicto social, destacó la existencia de dos grupos bien definidos y enfrentados en un conflicto social: trabajadores y capitalistas. No obstante, la falta de una teoría de la polarización pospuso al análisis sistemático de este fenómeno hasta hace poco. En las ciencias sociales, la noción de polarización se ha abordado en forma difusa y sin una clara comprensión de los canales a través de los cuales afecta la probabilidad de que aparezcan conflictos sociales”. Véase de su autoría “Polarización y conflicto social”, en Revista de Economía Institucional, Vol. 13, No. 24, enero-junio, Bogotá, 2011, p. 254.
[8] Algunos de los autores y trabajos que más se refieren en la caracterización del estado en que se halla el estudio de la polarización y que presentan conceptualizaciones, son los siguientes: J. Duclos, J. Esteban y D. Ray, “Polarization: Concepts, measurement, estimation”, en Econometrica, No. 72,   2004;  J.  y  D.  Ray, “Conflict and distribution”, en Journal of  Economic Theory, No. 87; J. Esteban,  C. Gradín y  D.  Ray,   “Comparing  polarization measures”, Oxford  Handbook  of  the  Economics  of  Peace  and  Conflict,  Oxford University  Press,  Oxford, 2011. Los trabajos mencionados de Ernesto Domínguez y Ernesto Cárdenas presentan una amplia relación de estudiosos del asunto.
[9] Una visión clara de las distinciones y del desarrollo de ambas expresiones la realizan Luis Eduardo González Ferrer y Rosario Queirolo Velasco. Véase: “Izquierda y derecha: formas de definirlas, el caso latinoamericano y sus implicaciones”, en América Latina Hoy, No. 65, Ediciones Universidad de Salamanca, Salamanca, 2013.
[10] William I. Robinson, “Capitalismo y corononavirus”, en La Jornada, miércoles 6 de mayo, México, 2020. https://www.jornada.com.mx/2020/05/06/opinion/017a1pol