Réquiem por Bebo Valdés

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Habitualmente los obituarios suelen recurrir a lugares comunes que no dejan de ser verdades, pero rara vez revelan la dimensión real del hombre o la mujer que se fue. Así pasa con Bebo Valdés. Su muerte  el viernes 22 de marzo de 2013 en Suecia, país en el que fijó residencia a partir de los tempranos años 60 del pasado siglo y al que regresó llevado por sus hijos menores, ha hecho circular epítetos que hablan de su grandeza, pero que no siempre apuntan a la almendra de sus aportes a la música cubana y universal, tardíamente reconocida. Como si su verdadera historia comenzara con la filmación de Calle 54, por el realizador español Fernando Trueba en el 2000, o con el laureado disco Lágrimas negras que grabó con Diego el Cigala.

Imagen: La Jiribilla
Bebo Valdés junto a su hijo Chucho Valdés, España, enero de 2013. Foto: tomada de Internet
 

Bebo era mucho más que Bebo desde que comenzó a hacerse sentir en la escena musical cubana. Cierto que al partir de Cuba en 1960 fue como si pusiera punto y aparte a su carrera, pues de México saltó nada menos que hacia Suecia, donde tocó en bares de cruceros y hoteles, olvidándose él mismo del mundo, refugiado en el amor que encontró, ya maduro, en la joven Rose Marie.

Paquito D’ Rivera lo trajo nuevamente al ámbito de las grabaciones en 1994, cuando lo llamó para encabezar el elenco de Bebo rides again, operación musical bien pensada en momentos en que tanto en Estados Unidos como en Europa occidental comenzaba una nueva ola de seducción por la música tradicional cubana y sus aportes al jazz latino. 

Quiero referirme, sin embargo, a la anterior vida musical de Bebo. Con los nombres de Dionisio Ramón Emilio y por apellidos Valdés Amaro, fue inscrito tras su nacimiento el 9 de octubre de 1918 en el poblado de Quivicán, a pocos kilómetros de La Habana. Coincidencia: su hijo Dionisio de Jesús, el reconocido Chucho Valdés, nació el mismo día en la misma localidad en 1941.

La gran universidad de Bebo estuvo en las orquestas donde tocó y luego en las que dirigió. Sin lugar a dudas su presencia en la de Tropicana, bajo la égida de Armando Romeo, le marcó para siempre. Más tarde lideró Sabor de Cuba, que en Radio Progreso servía de base para la mayoría de las grabaciones con notables cantantes cubanos y extranjeros.  

Fue en esos menesteres cuando aportó el ritmo batanga, considerado como uno de los filones más interesantes de la música popular cubana, el cual no tuvo ulterior desarrollo debido a que coincidió en el tiempo con la popularización del cha cha cha, de mucho más fácil entendimiento. No obstante,  el batanga está en la médula de varias d las líneas de desarrollo del jazz latino a partir de los años 60. Con todo, Bebo incursionó en el cha cha cha: su pieza Rimando el cha-cha-chá, fue un éxito para la Orquesta Riverside. Debo recordar también la contribución de Bebo a las grabaciones de  Norman Granz en 1952 de una de las primeras descargas cubana.

Como pianista ya desde entonces se distinguió por el toque discreto, levemente virtuoso, capaz de transparentar las más sutiles armonías sin alarde alguno. Ese modo de hacer suyo se fue quintaesenciando con el tiempo y fue lo que le abrió el camino a la fama recuperada durante las dos últimas décadas.

A Bebo se le recordará como autor de más de 170 obras, ganador de  siete premios  Grammy, seis Goyas, y cinco Premios de la Música en España. En Cuba se le recordará por abrir caminos para el piano y la música de la Isla.

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