El mundo de los payasos: Entre lágrima
y sonrisa

Enrique Pérez Díaz • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

“El payaso era bajito y gordo como una pelota, de esas que los niños llenan de aire y lanzan sobre las olas. Tenía unas orejas largas y su cabeza calva se cubría con una peluca teñida de rojo. Antes de cada función llenaba de colores su cara, pero antes, había planchado esmeradamente sus pantalones, pero mucho antes, lustraba sus grandes zapatones, y muchísimo antes, ya se había repasado sus viejos chistes. Mas todo el esfuerzo resultaba inútil. En vano había pasado las noches en vela. De nada servía haberse visto infinidad de películas de payasos; leerse todos los libros escritos sobre el tema, ensayar tanto frente al espejo. Cuando el payaso gordo y bonachón salía a la pista, los niños gritaban más por costumbre que por diversión. Y por mucho que siempre se engañara diciéndose: “les gusta mi número, les gusta mucho”. Él sabía que no: alguna pizca de magia faltaba allí. ¿Dónde la podría buscar?...” (El payaso que no hacía reír, Ediciones Cubanas, 2012).

Así comencé hace muchos años la escritura de un cuento que luego tendría varias ediciones como álbum ilustrado y ha sido de mis libros preferidos por muchos niños…

Como algunas personas, desde pequeño tuve un temor atávico a los payasos, miedo cerval que luego he descubierto se llama coulrofobia, una más entre tantas manías que existen entre los humanos. ¿Por qué alguien podría sentir temor por una figura de apariencia burlesca, simpática, tragicómica? Es difícil de explicar. Quizá se trate de que, tras aquella apariencia bonachona de rojas y redondas narices, esos grandes zapatones, la peluca de rizos coloridos, el excesivo maquillaje, todos intuimos otra naturaleza oculta, velada, inquietante y desconocida y, por ende, capaz de amenazarnos.

La historia de los payasos es tan antigua como la Humanidad. Se les asocia, en sus diversas modalidades reconocidas, a los grandes reinos de la antigüedad, donde servían a las cortes de distracción, divertimento, como puede ser el caso del Egipto de los faraones, China, Grecia, Roma. Luego, se convertirá en un personaje de la Commedia dell'arte italiana, de donde mismo provienen seres tan carismáticos como Arlequín, Pierrot y Pierret, Pantaleón y Colombina. De hecho, la palabra payaso se deriva del vocablo italiano pagliaccio.

Pero los payasos son más, un arte antiguo, que en sí esconde mucho de sufrimiento y dolor, es el acto de hacer que los demás se burlen de uno mismo tras esa naturaleza otra que se les muestra, el arte de visibilizar los defectos, despistes, desajustes de un alguien para que los otros rían. Hay muchas modalidades de payaso pero —según Wikipedia—, los más frecuentes son el Augusto, el contra Augusto (que es partner del anterior) y el Tony. Todos han devenido a partir de técnicas, modos de maquillaje y el uso de determinados vestuarios y se forman en connotadas escuelas del clown o en el más exigente estudio del día a día frente al público. Como tantos países, Cuba ha tenido payasos celebres, quizá el caso más conocido sea el famoso Trompoloco, que magistralmente protagonizaba el actor Erdwin Fernández y que durante años hizo las delicias de los niños cubanos. Sus experiencias están contadas en el libro La carpa Azul.

Imagen: La Jiribilla

La literatura es amplia en reproducir el mundo de circos y payasos. Numerosos autores contemporáneos los han utilizado como referencia, incluso a veces en la forma despectiva con que se llama a alguien (no necesariamente un practicante del oficio circense) que solo despierta burla, escarnio o crítica por su forma de ser o enfrentar la realidad. Igual se les ha hecho protagonistas de thrillers o filmes de terror, sobre todo por el enmascaramiento que su figura permite a cualquier presencia encubierta.

En Cuba, lo hemos abordado —en más de un texto— autores como Dora Alonso, Antonio Orlando Rodríguez, José Manuel Espino Ortega, Maylén Domínguez Mondeja, Marié Rojas Tamayo y quien suscribe este artículo, entre tantos y tantos, y siempre se le ha dado, desde una dimensión lúdica, hasta el matiz cuasi sicológico de ir tras esa figura humana eclipsada por la escenografía y develar sus conflictos, ya sea con el mundo circundante como en su entorno artístico.

De cualquier manera, circos y payasos son manifestación de un predio en pugna eterna, un arte a veces venido a menos por muchos que subvaloran cuánto de entrega, sudor, sacrificio, tesón, dolor e incomprensión hay en aquellos que, a veces desde su propio llanto, son capaces de provocar la risa e hilaridad de los demás.

Se abre la escena y bajo las luces artificiales, un rostro casi blanco, de nariz respingada y color tomate, de enmarañados pelos naranjas, suelas levantadas como oteando el horizonte, traje de rayas y cualquier artefacto entre las manos, se asoma ante un público que también espera leones que, dóciles, sucumban a su domador, corceles sobre los que danza una bailarina, malabares que tragan espadas, caballos o perros que cruzan por aros de fuego, trapecistas, tragafuegos, magos e ilusionistas de toda laya, equilibristas que danzan en la cuerda floja. Pero nadie como él —o los— payaso(s) para servir de pórtico a ese ámbito irreal al que nos traslada el arte circense…
 

Imagen: La Jiribilla

Y luego, entre aplausos propios o ajenos, te vas alejando, payaso, una sombra más entre las sombras, tu figura de los grandes zapatones, la peluca húmeda de sudor, desdibujada la risa, corrido el maquillaje, quizá con el resto de un sueño mustio en la mirada y allá te marchas lejos —sin glamour, ni embrujo (todo hastío)— cuando, como cada noche, de tu tiempo infinito, al escenario eterno, de la vida, regresas…

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