La migración y los artistas cubanos

Idas y vueltas, viajes y retornos

Una cantante norteamericana, que decidió residir permanentemente en Suiza, viaja con cierta frecuencia a su país de origen a ofrecer conciertos y presentar nuevas producciones discográficas y nadie la cuestiona.

Un cantante cubano, que marchó a Estados Unidos, específicamente a Miami, para hacer carrera por las razones que fueran, decide probar suerte nuevamente ante los suyos, y enseguida se arma un guirigay: ciertos medios—los de allá y los de aquí que responden a los intereses de los de allá—  lo acosan, exigen respuestas, reclaman de aquel un pronunciamiento radical.

Digamos las cosas por su nombre. La distancia entre Cuba y Estados Unidos, entre La Habana y el sur de la Florida, se ha medido, a lo largo de más de medio siglo, con una vara política, enarbolada en primera instancia por quienes han hecho lo imposible por aniquilar al Estado revolucionario y regresarnos al pasado.   

Allá han puesto barreras, quemado discos, descalificado y repudiado a artistas que viven y trabajan en la isla y a más de uno de otro país por el simple hecho de cantar o actuar alguna vez en tierra cubana. El fuego de la intolerancia llegó incluso a ser literal cuando un cuadro del pintor Manuel Mendive fue incinerado públicamente en Miami.

Acá, plaza hostilizada y bloqueada, también ha habido listas negras, estigmas e interdicciones que nos privaron de una comprensión integral del cuerpo de la cultura cubana. Sobre esto se ha pronunciado en más de una ocasión la vanguardia artística e intelectual en los foros de la UNEAC. En años recientes, y aún antes, desde los 90, etapa en que la Revolución se vio sometida a durísimas pruebas de resistencia y sobrevivencia, se ha ido rectificando aquí ese estado; autores cubanos que partieron a EE.UU han sido publicados, han trabajado juntos o coincidido en espacios artistas de uno y otro lado del Estrecho de la Florida, y últimamente se ha convertido en un hecho, aunque todavía insuficiente, la difusión en discotecas radiofónicas de varios cantantes que emigraron.

La gran deuda apunta a Celia Cruz, pero si se tiene memoria debe recordarse cómo a finales de los 90 se proyectó en incontables ocasiones y con éxito el documental de Rigoberto López, Yo soy del son a la salsa, en el que dio su testimonio la excepcional sonera.

Ninguna autoridad cultural en la isla ha prohibido la exhibición de películas protagonizadas por Andy García, cuya alineación con la extrema derecha miamera es harto conocida, ni ha expurgado del repertorio de nuestros más calificados cuartetos de saxofones y clarinetes la obra de Paquito D’ Rivera, quien, como se sabe, se ha dedicado con ejemplar contumacia a denostar a cuanto artista provenga de Cuba o haya actuado para  nuestro público. El colmo fue la tángana que le plantó a Carlos Santana por vestir una camiseta con la efigie del Che.

La flexibilización de las leyes migratorias cubanas, reflejo de la consolidación y madurez del proyecto social, hará cada vez más frecuentes y normales las idas y venidas, los viajes y regresos, de los artistas de la isla, y por supuesto, la reinserción en la vida cultural de quienes así lo deseen. 

Esta última, para poner las cartas sobre la mesa, no estará, en todos los casos por ahora, exenta de aristas problemáticas. Algunos de los que retornan, en su momento, emitieron juicios políticos en escenarios hostiles e hirieron la sensibilidad de muchos que aquí los apreciaban. Y esos muchos tienen memoria. Nadie les va a pedir a aquellos que se retracten, ni una militancia impostada, solo se les demandará respeto. Y como regla, quienes respetan son respetados.

No obstante, ese no es el caso de la mayoría de quienes van y vienen de Estados Unidos y otros países, y lo será menos en un futuro previsible. 

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