En las calles del Centro Histórico de La Habana Vieja conviven múltiples discursos —a veces antagónicos— que se salen de cualquier esquema de ciudad. Las políticas públicas inclusivas no siempre pueden eliminar la desigualdad que se acumula en un contexto de siglos de subdesarrollo y colonialismo; y ni siquiera los enormes esfuerzos de la Oficina del Historiador en aras de lograr una gestión patrimonial humanista, han podido evitar que “personajes” del segmento más desfavorecido de la comunidad deambulen por las abigarradas calles en las que se erigen museos, hoteles, restaurantes y otros negocios, y convivan con transeúntes, estatuas vivientes, músicos, restauradores, agentes del orden…

La protagonista de esta historia en algún momento fue Anita, pero desde que sale de un edificio en la esquina de O’Reilly y Tacón es simplemente “la recoge-latas”. Su rutina no es siempre la misma, nadie sabe exactamente a dónde va, pues su trayectoria dependerá de la basura que otros desechen.

Su imagen no es precisamente atractiva y no se avergüenza de realizar un trabajo que, por poco agradable, no deja de ser digno. La recoge-latas recorre las abundantes papeleras que tuvieron a bien colocar los urbanistas del Plan Maestro, que además de ayudar a la limpieza, facilitan el trabajo de quienes constituyen la base de nuestra cadena de reciclado.

Conoce el Centro Histórico como la palma de su mano, y después de reiterar esta
rutina, puede predecir qué pasará en cada lugar.Fotos: Rubén Padrón Garriga

 

“Cuando estoy en la calle voy diciéndome: ‘no tengo comida, me dejaron sola, ¿dónde está la gente que debería ayudarme?’. Voy mirando las personas en la calle y reaccionando con lo que hacen: si me miran atravesa’o, si alguien dice algo, si me ven cara de hambre y me dan comida… Igual analizo si hay latas en el cesto o no. Me digo ‘¡ah!, este cesto está vacío, ese tiene basura, aquel gotea, ¿debería cambiarme a recoger botellas? ¿Cómo ganarme mi dinerito y sobrevivir?’. Juego con mis sentimientos: estoy muy cansada, pero tengo que recoger”, me confiesa en una posterior entrevista.

El evento Ciudad en Movimiento aviva las calles y plazas de La Habana Vieja. Bailarines, zanqueros, actores, entre otros artistas, llevan a los espacios públicos propuestas que cautivan la atención de los transeúntes. Pero la recoge-latas no repara mucho en esos detalles; aunque en determinados momentos los observa, no interrumpe su marcha: tiene muy claro su objetivo y no se desviará de él.

 La recoge-latas, aparentemente, no forma parte de ciertos discursos, pero en el espacio
callejero nadie puede tener el control total de la generación de sentidos.

 

Después de un largo caminar parece llegar a su meta: la Plaza Vieja. Ese sí es el paraíso de las recogedoras, con un cesto de basura por cada diez personas. Aquí culmina su faena, y decide dormitar recostada a una columna.

En la Plaza Vieja la gestión estatal y la privada se materializan en un sinnúmero de servicios, y ello la hace perfecta para los músicos callejeros. En una esquina empieza a formarse un piquete compuesto por batás, tumbadora, percusión menor, trompeta y teclado, que esbozan una pegajosa melodía sobre la base del walking, técnica de composición que crea una sensación parecida al caminar.

Su sonoridad pronto atrapa a varios visitantes que se aglomeran alrededor del foco emisor. Esa energía llega a la recoge-latas, quien descubre al lado de los músicos una montaña de sus preciadas mercancías. Alguien le había adelantado el trabajo, y sería fácil guardar las latas ya apiladas. ¡Bah…! Prefiere bailar al ritmo de ese walking que tanto le recuerda sus andadas.

La rutina de Anita le ha hecho perder el miedo al contacto con la gente. Baila y no le importa si la observan
y hasta la filman.

 

Como los cubanos somos los reyes de la fusión, el jazz se convierte en timba, la música va más rápido y la recoge-latas la sigue, aunque su tos a veces le impide ejecutar los movimientos con el ímpetu que impone la clave. El ritmo baja poco a poco; tal pareciera que la pianista se percata de la incapacidad de la bailarina y ralentiza el tempo. Pero Anita ya casi no puede bailar, sufre una crisis respiratoria, interrumpe el concierto, pide agua y cae al suelo.

—¡Levanten a esa mujer! —se oye decir.

—¿Tú estás segura de que eso es de verdad? Porque hay una cosa de arte en la calle dando vueltas —comenta una mujer a su amiga.

No, niña, ella estaba recogiendo latas hace rato por aquí. ¡Por favor, ayúdenla!

—¡Agua, denle agua! grita alguien mientas la recoge-latas es socorrida por uno de los músicos.

En Cuba somos muy solidarios, pero no es lo mismo auxiliar a una persona “presentable” que a una mujer sucia. “¿Y si me pega algo? A lo mejor me agrede”, pensarían muchos. El murmullo se hace mayor y un valiente sale entre los curiosos con un pomo de agua.

La solidaridad se impone a los miedos.
 

Los músicos vuelven a tocar. Ahora el teclado emite una disonancia compleja, inusual en aquel espacio de fiesta. Ante Anita, inmóvil en el suelo, algo cobra vida. Un ruido descubre que la montaña de latas se levanta mientras los espectadores se miran con asombro. “Yo solo me he tomado una cerveza —pensará alguno—, y esto no puede estar pasando”.

El movimiento de la montaña de latas descubre al público que se trata de una obra de “ficción”.
 

El bulto ha cubierto a la vagabunda, que encuentra, dentro de su soledad, una nueva compañera, un ser aparentemente inanimado que le brinda un cariño negado por sus familiares.

El juego de la protagonista es interrumpido por la llegada de un ser de otro mundo que le recuerda que debe morirse. Pero ella no va a ser presa fácil. El ente plateado la violenta, la atrae, la golpea, la amarra; la recoge-latas está dispuesta a luchar hasta el último momento por quedarse en este mundo. De sus ojos ha desaparecido el miedo, y solo quedan el convencimiento y la fuerza de que, aun en lucha tan desigual, el abductor pasará trabajo.

El único personaje en zancos emplea varios recursos danzarios para simbolizar
la violencia de matar y morir.

 

Cuando la victoria de la muerte se hace inminente, la mujer aprovecha sus últimos minutos para correr hacia su bolsa, sacar una foto de cuando era joven y bella. Busca —y encuentra— compasión en el público que entiende su historia, tal vez distante de las suyas. Ahora sabe que puede irse tranquila y deja al extraño ser completar su trabajo. La función acaba sin telón, entre aplausos, risas y algunas lágrimas.

Ya en “el cuartico”, como le dicen los integrantes de Gigantería Habana al pequeño local del edificio de O’Reilly y Tacón que usan como almacén y camerino, converso con algunos integrantes de la reciente puesta de Abducción tranquila.

Susana Gil (graduada de Dramaturgia en el Instituto Superior de Arte, directora de la compañía y guionista de la obra): “Fue mi propia vida, por mi abuela, que estaba muy anciana y tenía —y aún tengo— latente el tema de la pérdida. El deterioro, la vulnerabilidad, me afectan mucho, cuando veo a los ancianos tan indefensos en todos los sentidos”.

Hacer teatro para la calle , más que teatro en la calle, es un reto, pues el dramaturgo deberá contemplar todas las mediaciones de este espacio que no es de nadie propiamente. Él lo estará “invadiendo”, a veces en el mejor y otras en el más estricto sentido de la palabra. Además, el actor se verá desprotegido de la convención tradicional del escenario.

Susana Gil: “Desde un principio el guion estuvo concebido para la calle. Yo quería que Anita estuviera media hora antes, mezclada en la cotidianidad, que la gente no se diera cuenta de que era una actriz. En una sala sería un espectáculo totalmente diferente, otra obra.

“Ya la actriz tenía una preparación porque llevaba un tiempo en el grupo, y de alguna manera la calle va entrenando para eso, va revelando secretos, te vas enfrentando a la vulnerabilidad de estar expuesto a que los espectadores reaccionen de cualquier manera; incluso pueden afectarte a ti como actor.

“Aplicamos el método Viewpoints , una serie de dispositivos escénicos de tiempo y espacio. Trabajamos mucho para activar otra escucha, no solo con el oído, sino con todo el cuerpo. Es muy útil para la calle porque suceden muchas cosas, hay infinidad de imprevistos y uno tiene que estar todo el tiempo alerta”.

 La joven actriz va construyendo un discurso interno que le permite
compartir la vulnerabilidad del personaje.

 

Ana María González (protagonista): “Trabajamos observando señoras que recogían latas. Susana me dijo que era una mujer mayor, y prestamos atención primero a las actitudes y después a las posturas, cómo iban peinadas, la ropita que se ponen… Hicimos ejercicios de recoger latas en la calle para ver la reacción de la gente”.

Elizabeth Marrero (directora musical y tecladista): “Compuse el primer tema y el último, que es más movido porque tiene el objetivo de presentar a los músicos, saludar, que el público se relaje, porque se queda muy tenso. Todos los instrumentos y sonoridades dialogan. Un arreglo de la obra de Guido López-Gavilán acompaña la escena de la montaña de latas, Suite infantil, que se toca en el nivel elemental de música. La escogí porque tiene mucha ritmática en la melodía y me sirvió para la montaña, un personaje que juega. Para la parte de la muerte me apoyé en Klavierstücke Für Kinder, de Hanns Eisler, que hacía una música muy disonante”.

El teatro para la calle no solo rompe la cuarta pared, sino las otras tres. El artista deberá lidiar con los imprevistos que hacen de cada puesta una experiencia irrepetible.

Ana María González: “Un día, haciendo un ejercicio, llegó un policía diciéndome que en ese lugar no se podía recoger latas y el grupo tuvo que intervenir. A mí me da miedo, pero voy dentro de mi personaje, tratando de no meterme con nadie.

“Para documentar la obra tienen que seguirme, y estaba el fotógrafo haciéndome fotos, y la gente reacciona: ‘Mira ese extranjero filmando; como les gusta filmar las cosas de Cuba‘, ‘mi’ja, no dejes que te filmen, y si te filma, pídele algo’, entonces hice una muequita de no importa, pero se quedaban hablando.

“Me he desmayado lo mismo delante de los músicos que en el público, y me han recogido en brazos para darme agua y ayudarme. Una vez me vaciaron un pomo de agua arriba para reanimarme, otro día una persona sacó su spray y me lo echó en la boca, y yo decía para mí: ‘Dios mío, ahora tengo que hacer la obra con ese salbutamol, que da taquicardia’, se me congelaron los dientes, pasé tremendo susto.

“También nos han intervenido los personajes de La Habana Vieja, que tienen problemas; como nuestro grupo está tocando, vienen a bailar. En la escena de la muerte han dado todo un discurso: ‘Mi’ja, vete’, ‘él viene a buscarte, mi vida, porque te toca irte’. Nos ha pasado de todo”.

Prepararse como grupo para dialogar con los imprevistos es
fundamental para el éxito.

 

Arasay Domínguez (actriz que encarna la montaña de latas): “Fue todo un reto, porque no veo nada; la montaña tiene unas mallitas y a veces, por ahí, distingo algo, pero en la mayoría de las ocasiones es por el tacto, el oído. Me siento muy rara porque estoy adaptada a interactuar con el público directamente, mi energía y mi personalidad tengo que transmitírselas a una montaña. Busco repetir dentro, lo que la montaña hace afuera: si se asusta, yo me asusto, y así logro darle expresividad”.

Denis Puebla (personaje en zancos que hace la muerte): “El momento de partir siempre está entendido como violento, y esa violencia se expresa en la lucha del ser humano por conservar la vida; despegarse de eso es muy difícil, de ahí que la escena sea tan fuerte. Fuimos también trabajando juntos para encontrar las posibilidades que brindaban las mangas y los zancos”.

Susana Gil: “En esa conexión entre lo real y lo ficcionado, que es la historia que uno construye y quiere contar, está mi interés como creadora, sobre todo para la calle, porque ahí es donde más funciona este tema de lo real en el teatro, que viene del teatro invisible y otras prácticas esencialmente latinoamericanas del teatro de calle, un camino fascinante”.

 El entrenamiento físico y psicológico resulta crucial para reaccionar ante
los peligros que implica la puesta.

 

Gigantería Habana, al igual que la recogedora, se resiste a morir mientras aún queden esperanzas para luchar. Sus artistas no le tienen miedo a la calle, ni a la vida. Son la urbe con todas sus aristas: la alegría de un pasacalle, la majestuosidad y elegancia de una estatua viviente, la soledad y el abandono de una mujer que recoge latas para vivir.

La experiencia de Abducción tranquila es una muestra de que sí se puede hacer teatro para la calle en Cuba, y que, al igual que en otros países de América Latina, los espacios públicos logran convertirse en hervideros de significaciones para pensarnos como sociedades y contribuir al mejoramiento humano.

Susana Gil: “El público interpreta un montón de cosas diferentes, algunos ven que en ese personaje ocurre una muerte espiritual, hay personas que me han dicho que ven un tránsito de una vida llena de fealdad a la belleza, en una de las lecturas más hermosas. Hoy mismo una brasileña pensó que era sobre la opresión, y se conectó con la realidad de su país”.

Elizabeth Marrero: “Yo siempre digo que, por lo menos a quienes venimos de la academia, no nos enseñan que podemos hacer música para teatro; es una necesidad para nosotros y un escenario en el que es posible desarrollarnos y aportar muchísimo”.

Arasay Domínguez: “En el teatro convencional hay una pared que te limita, el actor está en un lado y el público en otro; te aplauden cuando se acaba la función, pero tú no estás con ellos. La montaña es diferente: puedo sentir. Aunque no escucho por el ruido de las latas, cuando giro veo los pies de los que se echan para atrás, eso me incita a crear la magia que va de la indiferencia ante el montón de latas, a cuando empieza a cobrar vida”.

Denis Puebla: “Lo más importante es nuestra necesidad interna de cambiar la estética de lo que queremos decir; necesitamos salir de lo habitual y ha tenido un impacto real. Es parte de lo que tú haces como artista callejero, cambiarle la rutina al público”.

 Las reacciones y lecturas pueden ser disímiles, pero lo más importante es que la mayoría de las
personas reflexionan sobre las problemáticas sugeridas por la obra.
 

Susana Gil: “Traer a un personaje así a una pieza de Gigantería es casi un compromiso, un deseo de decir que también los vemos a ellos y tienen importancia para nosotros como público, como personas. El discurso de la obra habla de que todos somos iguales, porque vamos a morir, estamos en la misma vida y compartimos el mismo espacio, respiramos el mismo aire, recibimos los mismos rayos del sol y a todos nos visita la muerte, seamos quienes seamos, felices o no, estemos o no enfermos, y tengamos más o menos”.