1

La ya varias veces señalada tendencia a priorizar el instrumento por encima del contenido, sobre todo en el uso de tecnologías actuales de utilidad para la comunicación y el registro, como pueden ser el teléfono móvil y la computadora o las cámaras de fotografía y los medios para espectáculos.
 

Feria de artesanía de La Rampa.
 

2

El sometimiento de muchas personas a la “ley del valor”, que convierte todo tipo de arte derivado de líneas exitosas de mercado en objeto vacío, pasto de operaciones comerciales, al extremo de que determinados galeristas y funcionarios empresariales del sector consideran normal llamar “mercancías” a las realizaciones de artes visuales; o que numerosos artistas noveles renuncien a la “aventura” profunda y riesgosa del crear, para optar solo por aquello que les produce dividendos financieros más o menos regulares. Es lo que sustituye el aporte cultural por la condición de “poderoso”.

3

El deshumanizado rechazo a los artistas cuya edad biológica es avanzada, aunque posean una obra de sentido auténtica y fructífera, que son anatematizados por ciertos jóvenes despectivamente, como “viejos”, anacrónicos, gastados, portadores de los “virus pasatistas” de lo patriótico y lo poético, incapaces de lo contemporáneo o la pasión, “babosos” y hasta ridículos cultores del sentimiento.

4

La obsesiva tendencia a convertir los símbolos transnacionalizados de lucro e importancia en paradigmas de nuestro vivir cotidiano, proyectados en el canon alienado de conducta que hace del dinero la finalidad suprema, convirtiéndose los precios del arte verdadero o del seudo-arte sacralizado— lanzados por subastas, Art Price, ferias de arte y dealers rectores—, en lo único que puede elevar en el artista el prestigio, su rango comercial y la posibilidad de admisión en las salas de los museos.

5

Ese excesivo concentrarse en problemáticas “de género” y de “presencia étnica”, olvidando los esenciales dilemas del ser y sentir nacional, o dándole la espalda a dramas sociales y galopantes desigualdades que, unidos a las crisis éticas, amenazan con llevarnos —también en los significados de ciertas producciones artísticas— a la expresión de la barbarie, la promiscuidad de cuerpo y conciencia, y el exterminio de la espiritualidad.

6

La reiterada apropiación que ciertos empleados estatales de entidades dedicadas a la promoción y venta del arte protagonizan, autodefiniéndose como dueños absolutos de los espacio de trabajo y gestión donde se desempeñan, y considerándose —por ese ilegal decidir sobre lo que no les pertenece— con omnímodas potestades de mover solo realizaciones artísticas y autores que sean de sus gustos, respondan a sus intereses particulares de viajes y ganancias, constituyan respuestas a las solicitudes de una clientela que busca un tipo determinado de “arte-mercancía” o arte des-problematizado, y les adjudique una imagen (generalmente falsa) de “personajes fundamentales” en la exportación de obras de artes plástica.
 

 Obra:Tarde para no creérselo, Primer Premio del evento Post-it 2017 del  artista Luis E. Milán
 

7

Enfoques clasificatorios curatoriales y comerciales que parten de las tabulas rasas generacionales, lo tendencioso ajeno, y la posición de “coreutas” de una “cantata sin nacionalidad”, donde lo estético implica solo decoración o apego a las normas emitidas por ideologías pragmáticas internacionales que no aceptan la obra de pensamiento, lo metafórico-social, la crítica desde la imaginación, o aquello que penetre en el tejido histórico de lo humano.

8

Adoración del “dios de la ganancia”, derivada en parte de las reales necesidades experimentadas por la población mayoritaria de una Nación que ha tenido que sobrevivir en contingencias, y a la vez luchar por no dejar ser. Semejante consecuencia de prolongadas carencias y una épica de lo cotidiano, en gentes no formadas adecuadamente para comprender la identificación con la difícil vida transcurrida, engendra el deseo desesperado por tener más que por ser, por los resultados monetarios en vez de los logros simbólicos y fundacionales de la vocación, por entregarse insensiblemente al que comercia con los “frutos torcidos del alma”, más que por mantenerse junto a quien se aferra al ejercicio de un humanismo artístico consecuente.

9

Esa proyección del producto corriente vendible por cuentapropistas en el modo de operar a nivel de las ofertas propias de la producción cultural, que suele castrar la singularidad del arte y estimular la pre-existencia mental del requerimiento mercantil y la “dictadura del consumidor, deviene condicionantes de la “idea” y el “resultado” en artistas miméticos o superficiales que aceptan la cosificación como puente hacia el éxito (en sentido pecuniario) y hacia su conversión en personalizada empresa económica de “arte-mercancía”.

10

Marcado idealismo en ciertos programas de educación profesional —concretamente del campo cultural y artístico— que en las expresiones visuales conduce a masificar productores para un tipo de arte que requiere de la comercialización, en un país sin compradores nacionales que satisfagan las necesidades del sector, con limitaciones para la inversión estatal en imagen y circulación externa, donde son evidentes determinadas incoherencias en la aplicación de la Política Cultural declarada, y en el cual existe ya un explícito o indirecto proceder equívoco basado en la Ley del Valor como rectora del arte, estableciéndose claras dicotomías entre poseedores y desposeídos, entre “ganadores” y “perdedores”.