Carmen: canción, jardín de Dios

Pedro Ángel
21/4/2016
Fotos: Kike
 

Dos fines de semana, siete funciones agrupadas en dos selecciones, y dos ensayos abiertos a la prensa —todo sobre las tablas de la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana “Alicia Alonso” fueron suficientes para arrojar luz acerca de las realidades de la nueva compañía Acosta Danza.

Se trata de una agrupación emergente, liderada por el gran bailarín Carlos Acosta, que viene a redondear el espectro danzario de la capital cubana y, según su programática, “aspira a insertarse en el panorama escénico cubano persiguiendo una línea contemporánea, sin dejar de lado el desarrollo técnico del ballet clásico”.

La selección contemporánea, que ocupó las cinco primeras presentaciones, incluyó obras de excelencia como El cruce sobre el Niágara, de Marianela Boán, con el virtuosismo de los intérpretes Mario Sergio Elías y Raúl Reinoso; Alrededor no hay nada, de Goyo Montero, pieza encabalgada en las voces de Joaquín Sabina y Vinicius de Moraes; y Fauno, un primoroso dúo de Sidi Larbi Cherkaoui, con la conocida música del “Preludio…” de Claude Debussy y el desbordamiento interpretativo de Yanelis León y Yelda Leyva junto a Julio León y Carlos Luis Blanco. Mas, el principal interés estuvo centrado, desde el inicio, en Carmen, la nueva coreografía de Acosta, estrenada en Londres el pasado año.


Fauno / Selección Contemporánea
 

Presentarse con una nueva visión danzaria de Carmen ante el público del Coliseo de la calle Prado, constituye un desafío de grandes dimensiones a la vez que riguroso examen, dados los fuertes paradigmas establecidos a lo largo de décadas en este bastión de la danza cubana. A ello se sometieron Carlos Acosta y su colectivo de bailarines.

Este cronista considera haberse preparado para hacerle frente a la tarea de valorar la nueva Carmen traída por Acosta Danza. En primer término, no me recuerda a ninguna de las otras visiones, y no detecto vínculos textuales entre la obra que se estrenó y las versiones conocidas del público cubano y otras bien establecidas que circulan en los circuitos de repertorio y que llegan hasta nosotros.

Carmen es todo un ícono de la hispanidad, un personaje tomado del imaginario popular de Sevilla y recreado literariamente por Prósper Merimée, a partir de sus pláticas con la Condesa de Montijo. Cigarrera de oficio y mujer fatal por naturaleza, personaje representativo de las esencias españolas junto al Quijote, el Don Juan y el Pícaro; ha sido llevada a la ópera, al cine y a visiones musicales y coreográficas que se aventuran por los más veleidosos caminos. Por eso, tratar con ella resulta tan peligroso como pudo ser enamorarse de la turbulenta gitana para personajes como Don José.

Entonces, ¿dónde radica el éxito de la representación de Acosta Danza?

En primer término, en su integralidad espectacular, y también podríamos enumerar, sin alejarnos del razonamiento inicial: la calidad de sus bailarines, el buen aprovechamiento de la música —incluido el cuadro flamenco de la taberna—; la feliz estructura dramática, la excelente escenografía— ruedo, taberna y cárcel—, el diseño de luces; y la ágil disposición de los momentos de interés que hacen que los 52 minutos de la entrega dejen al espectador con un buen gusto en la boca y deseos de disfrutar más.

La recreación del universo de Carmen, un mundo de gitanos, toreros, contrabandistas y bandoleros, resulta un acierto indiscutido del coreógrafo. Lo mismo que Merimée, Acosta opta por cargar la mano en la gitanería y la escena; así se comparte entre taberna y el ruedo.

Resultó bien lograda la presencia del bailaor Rafael Amargo,  como el gitano de la taberna; y la voz de Genara Cortés, cantaora de flamenco, quienes dieron mucha vida al citado cuadro.

En cuanto a los personajes, la ardiente y voluntariosa cigarrera —me veo obligado a referirme a ellas— estuvo a cargo de Laura Treto y Gabriela Lugo, dos bailarinas de nuevas hornadas que se enzarzaron en un rudo forcejeo con el espinoso personaje para tratar de domarlo. Junto a ellas realizaron el Don José, Javier Rojas y Enrique Corrales, respectivamente.


Carmen (Pas de Deux) / Selección Clásica
 

En tanto, todas las noches Escamillo corrió a cargo de Luis Valle, un virtuoso bailarín de formación clásica, dotado de saltos, giros y notables extensiones, que provocó la atención de cuantos colmaron la sala.

De ellas, debo decir que no las acompañó la fortuna en el momento de la lectura de las barajas. No fueron convincentes. No figuraban estar mirando su propia muerte…

La selección clásica y la presencia de Carlos Acosta en la escena resultó otra prueba de fuego: muchos querían constatar el nivel real de los bailarines de la nueva compañía, y del propio Acosta, en las dos jornadas que le correspondió. Con un repertorio, en buena parte menos conocido por el público, saltaron los bailarines a las tablas con un escenario lleno de las más distintas incertidumbres.

El pas de deux de El lago de los cisnes fue, en todos los casos, una pieza de tanteo. Gabriela Lugo y Enrique Corrales se dejaron ver dignamente, a la vez que dejaban abierto el camino para otras entregas. La Sílfide, de August Bournonville, una creación en que la maestra Clotilde Peón es toda una autoridad, nos dejó ver a Déborah Sánchez y Javier Rojas enfrascados en darnos una mirada feliz de la creación del coreógrafo danés. Apasionado y dichoso fue el paso de Ely Regina y Luis Valle, desbordados de técnica por el pas de deux de Winter Dreams, coreografía de MacMillam que lleva su seguro sello personal, sobre la música de Tchaikovski.


Winter Dreams (Pas de Deux) / Selección Clásica

Menos agraciado fue el trabajo de Gabriela Lugo en La muerte del cisne. No se le dio bien el lirismo de esta obra a una de las bailarinas de más bellas líneas de la compañía.

Diana y Acteón, el conocido pas de deux de Vagánova, nos gratificó con la presencia de Laura Rodríguez junto a Carlos Acosta, que se desempeñó a la altura de quien es y despejó cualquier duda que pudiera haberse creado en torno a su condición física, técnica y artística.

Debo referirme elogiosamente a la interpretación de obras como End of Time (Ben Stevenson), a cargo de Déborah y Corrales; y A buenos Aires, un delicioso tango de Piazzolla que fue resuelto por Verónica Corveas y Javier Rojas.

Para la percepción del cronista, la más dichosa interpretación femenina de la entrega fue la de Ely Regina Hernández en Je ne regrette rien, recreación sobre la voz  de la gran Edith Piaff. Un tanto inadvertida para parte del público, la pequeña bailarina habanera se desempeñó con un brío y limpieza técnica dignos del más alto aplauso. Le siguió Carlos Acosta en el solo de Les Burgeois, un divertimento de muchas exigencias histriónicas que el bailarín cubano pudo resolver de forma muy exitosa para darnos uno de los mejores momentos de estas entregas.

Anadromus (estreno mundial), fruto de la creatividad de Raúl Reinoso —uno de los bailarines de Acosta Danza e intérprete él mismo—, no dotó de una entrega enigmática, pero repleta de exigencias, que su creador supo resolver adecuadamente.


Anadromous (Estreno mundial) / Selección Clásica
 

Cerró cada jornada clásica el hermoso ballet Majísimo, añeja coreografía de Jorge García, retomado por Acosta con las cuatro conocidas parejas interpretadas por Carlos Acosta y Laura Rodríguez, Déborah y Corrales, Ely Regina y Alejandro, y Leticia y Luis Valle.

Una precisión necesaria estriba en el sobresaliente nivel de los varones dentro de la compañía. Es de esperar que, en el transcurso del tiempo, se vaya logrando un lógico equilibrio: talento hay para ello.

Es una dicha para los cubanos que Acosta Danza se muestre, desde sus inicios, como una compañía de excelencia que viene a reforzar el nombre de La Habana como una de las plazas fuertes de la danza en América; del mismo modo que lo es el hecho de que Carlos Acosta, uno de los grandes bailarines del siglo XXI, haya decidido establecerse en Cuba y comenzar una nueva etapa de su carrera, ahora como director general y coreógrafo. ¡Que para bien sea! Como el nombre de la gitana, como una canción en el jardín de Dios…