Parafraseando a Julio Cortázar: cuando te regalan un celular, pudieras ser tú el regalado al celular. Si desde el mismo momento en que lo agarras no le “halas el freno”, y le pones carácter, el celular se te monta encima, y será difícil librarse de su mando. Como observó otro escritor ilustre, Eduardo Galeano, máquinas creadas para ganar tiempo se apoderarán de tu tiempo.

Lo primero que hará es vestirte de payaso, y allá irás tú a poner cuanta cara de idiota se te ocurra en los selfies, o a disfrazarte de paparazzi para retratar en poses cómicas a tus parientes, o a dejar constancia gráfica de cuanta florecita o bichito raro se interpone en tu camino.


Infografía: Internet


Dirás que te regalaron un celular, pero en realidad te habrán regalado la obsesión de registrar cada uno de sus botones virtuales, cada recoveco y esquina de los menús; la tarea de aprender de memoria y convertirte en experto de cada aplicación o recurso que contiene. Te habrán regalado la compulsión de mirarlo y tocarlo cada cinco minutos: por gusto, mecánicamente, más posesivo que una novia, más exigente que un jefe perfeccionista...

Pero no será lo único. Tu teléfono te obligará a defenderlo a capa y espada; a actualizarlo constantemente; a pasarle un pañito cada diez minutos para que la pantalla siempre esté reluciente. Y qué discusión si la hora que marca el celular de tu amigo no coincide con la tuya. “Mira que lo sincronicé hace un rato por Radio Reloj”, sacarás de la manga esa carta de triunfo; pero entonces tu amigo te mirará con desdén, el ojo torcido por encima del hombro, y te dirá: “Bah, tú no sabes que el mío se actualiza solito, vía satélite, con el Tiempo Atómico Internacional”.

Cada fibra de tu cuerpo se estremecerá de angustia. “¡Cómo es posible!, ¡si yo tengo lo máximo!”. Pero entonces tu amigo te machacará todavía más: “Déjame ver”, y arrebatándote el celular, con dedos expertos registrará sus entrañas para soltarte a quemarropa: “Pero si tienes la aplicación aquí, caramba, es que tú no sabes nada de celulares”.

Esto te hará sentir el humano más bruto del mundo, un cromañón en pleno siglo XXI; pero aún te faltará por ver. Resulta que tu versión de Android está desactualizada, y por eso no funciona bien el sensor de proximidad. En realidad a ti no te hace falta esa aplicación: no tienes problemas con la vista. Además, según parece, andar mirando hacia un teléfono aumenta la probabilidad de choques en la acera, aun cuando te proteja el más infalible radar.

Pero no se trata de utilidades prácticas; es un problema de orgullo. Así que vas corriendo hacia un costado de Etecsa, al portal de una casa, donde un cartel anuncia: “El mago del cell”. “Tengo la última, ahora mismo la bajé de Internet”, te da esa alegría el mago, luego de haberte mandado una cola tremenda, y adonde todos iban por una bobería, lo mismo que tú.

Durante la cola, cuatro veces había sonado el teléfono. Era un amigo empeñado en mandarte mensajes incoherentes, textos con muchas abreviaturas y signos extraños; al intentar descifrarlos comprendiste lo mucho que aún te faltaba por aprender en ese mundillo. Cómo te hubiera gustado respondérselos a luz pública; sacar con estilo el teléfono y que la gente viera el tremendo “hierro” que tenías; pero te apartabas discreto, tras una columna, pues la vieja versión de Android asimismo le había creado problemas al acelerómetro.

Como la disposición de la pantalla no variaba de vertical a horizontal al girar el teléfono, te daba un bochorno tremendo que otros, en la cola, percibieran tu atraso tecnológico. Hubiera sido una prueba palpable de que no era una bobería, un pequeño problema lo que te llevaba a soplarte aquella cola. Hubieras sentido el peso de las miradas sobre tu persona, el rictus de burla, cierta conmiseración o vergüenza ajena en algunos.

Cómo sufriste en aquella cola sin poderle acariciar la barriguita al niño virtual para que este soltara una carcajada; sin poder alimentar o curar el gato de la pantalla, lo cual te hace sentir culpable.

Pero no hay mal que dure cien años, y por fin El mago del cell consigue retornarte a la normalidad. Solo por un momento: de pronto descubres que al teléfono se le acaba la carga, y debes arrancar a prisa para tu casa. La poca que le queda tendrás que ahorrarla, pues hombre precavido vale por dos, y en el Oeste no se puede andar sin balas. A lo mejor por el camino algún petulante intenta “especular” con su teléfono, y te reta a duelo el tuyo.