Pepe Camagüeyano, allá por los años diez del siglo pasado, era quien curaba a todos los vecinos de la Finca La Prudencia y sus alrededores, a menos de una legua de Camajuaní. De él se decía que había sido enfermero mambí, y también que era médico botánico. Mi padre, que entonces andaba por los diecipico de años, un día en que iba para el pueblo, fue requerido por Pepe: “Ricardo, ¿vas para el pueblo?”. Y como mi padre dijo que sí, le pidió: “Pues si pasas por la botica quiero que me traigas dos pomos de Chalagó de Pantano, para un remedio que le tengo que dar al isleño Dorta”. Como mi padre nunca había oído hablar de ninguna medicina con ese nombre, pensó que lo estaba cogiendo para el trajín y le dijo, con mucho disgusto: “¡Yo creía que usted era más serio, pero ya veo que no es más que un viejo fato!”. “¡Y tú lo que eres un fresco, malcriado!”, le replicó el Camagüeyano. Mi padre llegó al pueblo y al pasar por la botica, como estaba intrigado, preguntó si había Chalagó de Pantano y el boticario le dijo que sí, que era un anticatarral argentino de mucha calidad. Mi padre le compró los pomos al viejo, se los llevó y se disculpó con mucha vergüenza.


Ilustración: Sigfredo Ariel

 

Poco después mi padre cruzó otra vez por casa de Pepe Camagüeyano y este le pidió que si pasaba por la botica le comprara dos frascos de Leche de Protoyoduro del doctor Lubartié, para un remedio que tenía que hacerle a Librado Carvajal. Cuando mi padre llegó a la botica pidió la Leche de Protoyoduro, y el viejo Pepín Puget, dueño de la farmacia, le dijo: “¡Usted es un fresco, un falta de respeto, muchacho fato; ese producto no existe, y si se lo mandaron a buscar, más comemierda es el que lo mandó!”. A mi padre le volvió a dar coraje y nunca más le habló a Pepe Camagüeyano, pero al cabo de los años se dio cuenta —me dijo siendo ya un viejo— de que el hombre le había hecho un favor, porque lo había curado de la desconfianza y la bellaquería para con las personas mayores.