Gracias a Ediciones Cubanas, Enrique Serpa (1900-1968), notabilísimo intelectual cubano, regresa a nuestras librerías. Su libro Contrabando, con el cual obtuvo el Premio Nacional de Novela en 1938, ha sido reeditado y circula entre nosotros. Confieso que de Serpa, había leído su cuaderno de prosas Aletas de tiburón (La Habana, 1963), pero no esta novela, que hoy comento. Serpa, poeta, periodista y narrador, nacido en La Habana el 15 de julio de 1900, fue condiscípulo de Rubén Martínez Villena, con quien trabajara, en el bufete de Don Fernando Ortiz. Su amistad con Rubén lo llevó a participar en las tertulias del Café Martí, y a integrar el llamado grupo Minorista. En su biografía consta que transitó por varios oficios (aprendiz de zapatero, tipógrafo, mensajero de tintorería, pesador de caña y empleado de oficina en Matanzas), hasta que su labor de periodista lo llevó por lugares disímiles, dentro y fuera de Cuba. Llegó a ser Jefe de corresponsales y de información de varias publicaciones periódicas.


Portada del libro. Foto: Cortesía Editorial Letras Cubanas 


Contrabando recrea el mundo de los hombres de mar, en toda crudeza. Coincido con Garrandés, al afirmar que esta novela “se inserta en un realismo que, bien mirado, es como un antepasado posible de lo que hoy se llama realismo sucio”. Efectivamente, con admirable habilidad, Serpa retrata toda la época de los años 30 en Cuba (pobreza extrema, hampones, drogas, prostitución, abandono absoluto), haciendo hincapié en un tema que obviamente le fascinaba: el mar y quienes se dedican a vivir de él, gracias a él: “…el mar hace a los hombres reconcentrados y duros, íntegros y simples. Su versatilidad, en la que muchas veces la muerte vigila, los torna cautos; su violencia los fortalece. … Los hombres son, en el mar, fatalistas y estoicos” (p.167).

Aunque de forma somera, como al pasar, pero mostrando fidelidad al realismo, la convulsa situación social cubana, la lucha incipiente entre obreros y explotadores, aparece en más de una ocasión en Contrabando, lo cual ubica la novela en un sitio preferencial cuando de establecer referentes se trata: “…lo que sé es que estamos muriéndonos de hambre. Con los comunistas quién sabe se pueda comer y vivir como gente. Y después de todo, no hay comunismo ni anarquismo, ni nada de eso, sino hombres que comen y hombres que no comen; y los que no comen son la mayoría” (p. 163).

Básicamente, los protagonistas de la novela (El dueño de “La Buena Fortuna”, y Cornúa —carácter sobresaliente, espléndido—), ante la debacle económica, el desastre de los precios de la cherna, sierras, serruchos y de otras mercancías marítimas con las cuales intentaban sobrevivir, deciden probar suerte trasladando alcohol a Estados Unidos en el momento de la Ley Seca. Esto, que dota a la novela de cierto misterio (¿Llegará a su destino el producto prohibido? ¿Serán los contrabandistas descubiertos en altamar?), no es, sin embargo, el propósito fundamental del autor. De hecho, solo el último de los 24 capítulos describe la conciliación del negocio. Lo que realmente importa y hace brillar la narración es la exactitud de los ambientes —terrestre y marítimo, sobre todo—, la diferenciación de actitudes en cada uno de ellos, el lenguaje diferencial que tipifica a los hombres de vida paupérrima, huidores de las normas, expresidiarios ávidos de límites, dispuestos a todo.

La psicología de los personajes está perfectamente delineada. El dueño de la goleta donde se lleva a cabo el contrabando es un antihéroe por excelencia: hipocondríaco, melindroso, atormentado por pensamientos neuróticos (“solamente dos caminos se abrían ante mi angustia: el mar o el suicidio. Y optaba, acobardado, por el primero”) mientras que Cornúa, el patrón del barco, es su antípoda moral y físico, un hombre temido y respetado por todos, incluso por los más peligrosos hampones. La combinación de ambos da lugar a una pareja memorable en cualquier literatura. La lucha entre el bien y el mal, entre el valor y la pusilanimidad, entre la miseria y la vida decorosa, entre la ley y la moral de los hombres queda, pues, representada en estos dos protagonistas, y en las peripecias que ambos comparten, sin distinción de cuna. Enrique Serpa debe ser recuperado para el público cubano actual. La memoria histórico-cultural así lo demanda. Sirva esta novela espléndida como el inicio del camino de su justa recordación.