Ubi bene, ibi patria.
Cicerón. Tusculanas.5.37.108.
Hace algunos días narré a algunos amigos cierta odisea vivida en el 2008. Regresaba a la patria y fui forzado, literalmente, a realizar un tour a través de varios países —en realidad varios aeropuertos— de Asia y Europa Occidental.
Todos hemos disfrutado de The Terminal, ese hilarante y absurdo filme del 2004, dirigido por Steven Spielberg y protagonizado por un inolvidable Tom Hanks y una muy bella Catherine Zeta-Jones. En la cinta Viktor Navorski —un Tom Hanks en sus espectaculares mejores momentos—, ciudadano de una suerte de nación ficticia, Krakozhia, aterriza en el aeropuerto John F. Kennedy, de Nueva York. Una asonada ha derribado al Gobierno del supuesto país, pasaporte y visado de Viktor han perdido validez: en consecuencia, Viktor Navorski queda atrapado en la terminal aérea. No se le permite entrar a los Estados Unidos, tampoco regresar a la ficticia Krakozhia.

Ante el relato de mi odisea aeroportuaria mis amigos me conminaron a escribirla. Ignoraban que el aludido y muy celebrado filme de Steven Spielberg se levanta desde la más rotunda realidad: Mehran Karimi Nasseri, de nacionalidad iraní, vivió en la sala de salida de la Terminal 1 del aeropuerto Charles de Gaulle, de París, desde agosto de 1988 hasta el mismo mes del 2006. ¡Ocho años! Mi odisea, muy humilde, infinitamente más modesta, solo se extendió una semana. Jamás he logrado transmutar aquello a la ficción de un relato, vayan a adivinarse los entresijos —misteriosos— que rigen la creación literaria. Tal vez logre, recuerdos mediante, transmutar hoy aquella odisea a este texto. A la distancia de once años —y otra vez a las puertas de un nuevo viaje— puede que obre como ineludible exorcismo.
En junio del 2008 viajé, por un mes, becario del fabuloso Malasya Trainning Course Program (MTCP) a la capital de esa nación: Kuala Lumpur. Al término de aquel inolvidable periodo —e inolvidable país— el regreso a La Habana tendría el itinerario Kuala Lumpur / Singapur / París / Habana. Tras 30 días de obligado manejo del inglés, 24 / 7, como suelen decir los gringos —24 horas del día / los siete días de la semana— abrirme paso en aquella maraña de connecting flies hacia la patria sería muy fácil. El vuelo inicial, tomado en la capital malaya —imposible dejar de mencionar su enorme y maravilloso aeropuerto internacional, el Lapangan Terbang Antarabangsa Kuala Lumpur— a bordo de un Boeing de Malasya Airlines, me llevó, en apenas 45 minutos, hasta el enormísimo e impresionante aeropuerto de Changi, en Singapur. Allí, precisamente allí, comenzó la odisea. En la ventanilla de Air France se me comunicó no podría hacer efectivo mi vuelo Singapur / París. ¿Por qué?, inquirí. Manifestaron, la mar de atentos, no desear en modo alguno que aquello se erigiera motivo de preocupación para mi persona; aseguraron que sería trasladado, de manera cómoda e inmediata, a un muy lujoso Resort Hotel 5 Estrellas plus en Singapur, los gastos, desde luego, los asumía en su totalidad la línea aérea. Asombrado aduje que en París me aguardaba, apenas a minutos de mi arribo —arribo, desde luego en el vuelo previsto, ese que ahora se me anunciaba no podría tomar-— un connecting fly, también de Air France, destino a La Habana. Perder el vuelo Singapur / París significaba perder el subsiguiente, expliqué. Estaba muy orgulloso de mi inglés tras el mes de uso continuado. Escucharon mi explicación, mansamente, eso para asegurar, sonrisas a toda asta, que cada detalle sería inobjetablemente resuelto.
Quise saber las causas que me impedían tomar el vuelo. No lanzaban ellos a este humilde cubano a un Resort Hotel 5 Estrellas plus de Singapur de la mano de la muy egregia bondad y llevados por beneficencia inmaculada. La palabra citada por todos no logré —a priori— traducirla. Al menos, no inmediatamente. Overbooking, esa fue la palabra. Todos me miraron: overbooking, sir, yes, overbooking, y he ahí los rostros comprensivos y los gestos sapientes. Ah, overbooking, repetí yo, miré a todos —rostro el mío nada comprensivo y todavía menos sapiente— para lleno de la pesadumbre que llega desde el desconocimiento, la ignorancia de lo que a ellos se les antojaba obvio, preguntar: sorry, sir, I don’t know what is the meaning of this words… what is… overbooking, please? Todos se alternaron para explicar, sonrientes. De aquella ordalía reveladora logré colegir el significado de la anglosajona palabreja: mi boleto de viaje, adquirido en La Habana desde hacía casi dos meses, ¡había sido vendido a otra persona! Overbooking puede traducirse como sobreventa, en puridad se trata del exceso de venta de un servicio sobre la capacidad real de ese servicio. Práctica absolutamente legal, por demás, y empleada, urge decirlo, muy usualmente por líneas de trasporte y compañías hoteleras como estrategia mediante la cual el vendedor se cuida en salud ante la posibilidad de que ciertos compradores cancelen la reserva.
En tal caso la línea aérea asegura no despegue el avión con los consecuentes asientos vacíos, garantía de que la totalidad de la oferta disponible resulte debidamente utilizada y genere, of course, las debidas ganancias. Mi boleto, ¡el mío, válgame Dios, había sido vendido a otra persona! Y yo sería trasladado, sin el menor de los costos, thanks God, a un inimaginable Resort Hotel 5 Estrellas plus de la muy fabulosa y mítica Singapur. Recordé las lecturas de mi infancia, el portugués Yañez, el bengalí Tremal-Naik, el maharato Kammammuri, sin olvidar a su jefe, el mítico Sandokán, todos llegados de la pluma de Emilio Salgari. La compañía aérea garantizaba, además, una llamada telefónica al país de origen de cada viajero, también sin costo. Huelga adelantar no era yo el único “afectado” bajo el término y condiciones del ya citado overbooking. Una llamada a La Habana puso en conocimiento de mi familia —y de la entidad bajo cuyos auspicios asistí a Malasia como becario— de lo ocurrido. ¿Cuándo regresas?, fue la pregunta de todos en casa. Mi respuesta, desde luego, fue sincera y no menos descorazonadora: francamente… no lo sé.
En Singhapura, como solían pronunciar los nativos del legendario lugar, permanecí unos dos días. Singha, en lengua malat, se traduce como “león” y “pura” como “ciudad”; en aquella ciudad, sin embargo, literalmente “ciudad de los leones”, no alcancé a ver león alguno. En condiciones normales no habría logrado abandonar jamás el flamante Resort Hotel 5 Estrellas plus, pasear, conocer aquella ciudad, escudriñar el hábitat de sus fantasmagóricos leones: en cualquier instante podría llamar la línea aérea, anunciar se me concedía nuevo boleto en aras de continuar viaje. Mas he ahí que hice solidarias migas con un compañero de infortunio, un ciudadano palestino —plegada sobre la cabeza y cayendo sobre los hombros llevaba la clásica kufiyya—; el susodicho overbooking lo había también privado a él del placer de continuar vuelo a París. Frente a la ventanilla de Air France habíamos hecho amistad, tenía el palestino un celular activo —bendito sean Steve Jobs y el roaming—, y buenamente ofreció a la línea aérea su cell number en función de que resultara la vía idónea de aviso que garantizara la continuidad de vuelo a ambos. Ello, en consecuencia, me permitió deambular por aquella inimaginable ciudad, admirar sus rascacielos, moles de acero y cristal, quedar ensimismado ante las bellísimas y muy cuidadas áreas verdes, asombrarme ante las vertiginosas supercarreteras y, muy especialmente, maravillarme ante lo que alguien, un nativo de aquella ciudad de los leones, aseguró resultaban lagos artificiales.
La gastronomía era, urge admitirlo, insuperable y absolutamente desconocida. Si se está de cuerpo presente en un país así de legendario no va uno a incurrir en la necedad de visitar el restaurante de comida internacional. No, señor. Visitar una nación demanda degustar su gastronomía. Los singapurenses —ignoro si ese puede ser el gentilicio— estaban muy felices de que un cubano llegado desde las antípodas eligiera la comida típica. Los platos se nombraban y describían en la carta —letras doradas, como dorado suele ser impreso todo por aquellos sitios— en francés, idioma natural de la Haute Cuisine, eso para que debajo, en letras más reducidas, se dejara leer nombre y descripción en inglés, chino, malayo y tamil.
Mi camarada palestino, que me secundó en la culinaria aventura, incurrió en explicar los entresijos de los platos que alcanzaba a conocer, eso al tiempo que develaba —mis interpelaciones al respecto eran continuas— todos los secretos acerca de la génesis, desarrollo y misterios del conflicto árabe- israelí, tragedia que esta vez irrumpía no desde la frialdad de la prensa, las blancas páginas de un libro, las imágenes algo menos gélidas de un filme, o desde la muy plana TV; sino desde la voz, la cultura, las razones, los juicios, las células, el saber y el sufrir, hirviente, como cabe imaginarse, de un oriundo de aquella sagrada y atribulada tierra.
Cierta tarde llamaron a su cell para comunicar —Dios es grande, sostuvo mi colega palestino— que apenas en dos horas habrían de trasladarnos al aeropuerto. Una vez frente a la ventanilla de Air France se me ofreció varios itinerarios, en uno de ellos tendría, como primera escala, que viajar a Sídney, Australia; en el siguiente a Tokio, Japón; en el tercero a Los Ángeles, EE.UU. Como ciudadano cubano, residente en Cuba, aclaré, no me era posible desembarcar en territorio norteamericano sin la debida visa, en cuanto al resto de los itinerarios parecían, a todas luces, absurdos: alejaban más de lo que me acercaban a Cuba. Así lo hice saber. Finalmente, se me ofreció viajar a Frankfurt del Meno, Alemania, en vuelo de Qantas Airlines, la conocida línea aérea australiana, eso con efectivo Transfer a Cóndor, línea aérea alemana que me llevaría, ¡al fin!, de regreso a la patria. Parecía ideal. Lo acepté. Rashid —ese era el nombre de mi compañero de viaje palestino, aún hoy lo recuerdo— viajaría inicialmente a Roma. No existía boleto para ambos en el mismo vuelo, de tal suerte que allí, en el ultramoderno aeropuerto de Changi —donde extrañamente todos cubrían nariz y boca con nasobucos— nos despedimos con un abrazo: salaam, my cuban brother, me dijo, solemne: tal vez nos volvamos a ver algún día.

Abordé el vuelo de Qantas Airlines para, 16 enervantes horas después, arribar, cansado y soñoliento, al también enorme aeropuerto de Frankfurt, el Rhein-Main-Flughafen. En la ventanilla de Cóndor Flugdienst me aguardaba, sin embargo, una muy desagradable sorpresa: nuestra aerolínea, comunicó adusto e impersonal el funcionario de turno, no opera bajo Transfer con Qantas Airlines. Inquirí acerca de cómo debía proceder. Usted es responsabilidad de Air France, diríjase a la ventanilla de Air France, fue la respuesta. Junto a mí se arremolinaba, en cubana y sonorísima juerga, un grupo de compatriotas, miembros de un grupo de danza folclórica, muchachas de aceitunada piel que regresaban a Cuba tras deslumbrar al exigente público alemán. ¿Por qué no te dejan volar?, preguntaron, ceñudas. Expliqué. Iniciaron una vocería: si no te dejan volar no vuela nadie: oye, chico, nos sentamos aquí en el suelo a esperar que todos podamos volar. Con gran trabajo hube de convencerlas de que tomaran el vuelo. Todas me abrazaron allí, al borde mismo del finger. Nunca, lo confieso, había abrazado de una vez a grupo tan vasto de tan sicalípticas muchachas.
Quedé solo. Debía buscar —en aquel inmenso aeropuerto— la ventanilla de Air France. Por ese tiempo, como asistencia al viajero en esa terminal aérea se ofrecían PCs, ignoro si ello resulta práctica aún hoy día. El viajero acudía a ellas, seleccionaba idioma, hacía las debidas preguntas, las respuestas se mostraban en el display. De acuerdo a la respuesta obtenida —pregunté, desde luego, a la muy fría PC dónde diablos se hallaba la oficina de Air France— la línea aérea francesa tenía su agencia en la mismísima área Schengen, esto es, ¡horror! más allá del control migratorio alemán, o lo que es igual: en territorio oficial de la Unión Europea. Y este cubano, lastimosamente, carecía de visa para ser admitido en el área Schengen. No obstante —los cubanos hemos demostrado siglos mediante no amilanarnos—, decidí hacer fila para explicar mi caso al oficial migratorio teutón.
No más había comenzado mi premedita disquisición cuando el mastodóntico oficial —en alemán que no obstante mi desvencijado entendimiento logré cabalmente deducir— sostuvo: “Ud. debe retroceder o será inmediatamente detenido”. Retrocedí, desde luego, al instante. Una vez más me coloqué frente al display de la malhadada PC. Indagué acerca de la existencia de oficinas de información. Todo aeropuerto las tiene. En Primavera con una escrita rota, aquella novela de Mario Benedetti, el uruguayo sostiene que los taxis son concomitantes a los aeropuertos. Pues también lo son las oficinas de información. La pantalla mostró un mapa del aeropuerto: aquí y allá, en rojo, aparecían unas muy esperanzadoras y góticas I. Informationen, traduje. Me dirigí a la más cercana. Un cubano en un aeropuerto alemán iba en busca de una I. Por sitio alguno, si no era errada la búsqueda, logré ubicar algo que semejara un buró de información: pasillos, butacas, viajeros, shoppings. Tres veces me orienté desde la PC hasta otros sitios similares, sitios que desde la pantalla dejaron ver la debida I. I tiene que ser Informationen, carajo, me dije, ya desesperado.

Una funcionaria se movía por aquel pasillo, infinitamente ancho y largo, sobre una suerte de carro de cuatro ruedas. En alemán inquirí acerca de la ubicación de la oficina de Cubana de Aviación. Los míos, quiero a los míos, era el grito que se me encimaba desde lo más recóndito. No sé de qué habla Ud., fue la respuesta. Proferí algunas muy criollas imprecaciones en voz baja. Lo admito. Todo cubano que se respete también lo hubiera hecho. Me senté allí, observé la clásica pantalla, esa que en todos los aeropuertos del mundo —departures y arrivals— hace saber el número de vuelos, el nombre de la aerolínea, el origen, el destino, la hora de salida, si on time, si delayed, si checking, si boarding. París, London, Roma, New York, Addis Abeba, Mogadiscio, Riad, Lisboa, Moscú, Praga, Warsow, Tokio, Beijing. Eso podía leerse sobre la pantalla. Eso y yo ¡deseaba regresar a La Habana! Y de La Habana ni las sombras sobre la inservible pantalla. No puedes desesperar, me dije, necesitas de todos tus sentidos, de toda la sagacidad, de toda la ecuanimidad para lograr éxito en este trance. I, ese era el objetivo: buscar la muy jodida y enigmática I. A todas luces, irremediablemente, debía tratarse de la palabra alemana Informationen. Hoy, he de colegir, el natural estrés me llevó a ser algo lerdo. Los sitios correspondientes a aquellas I, todos ellos, tenían un denominador común: cada uno exhibía, adosado a la pared, un teléfono. Uno muy raro. Sin teclado. Solo auricular. Lo descolgué, incrédulo y dubitativo, casi por reflejo. Una voz, en sonoro alemán, indagó: Hola, ¿qué desea usted? (Hi, wasvillst du, bitte?). Mi desvencijado alemán no bastaba, evidentemente, para la necesaria explicación, indagué si era posible pasar al inglés. En mi entonces entrenado inglés narré lo ocurrido hasta ese instante. Diríjase, por favor, a la oficina de Air France. Imposible, carezco de visa Schengen, la oficina de Air France se halla en territorio alemán, más allá del control migratorio. Se hizo una suerte de muy pesado silencio, del otro lado con toda seguridad pensaban. ¿Dónde está Ud. ahora?, preguntaron. En un teléfono de información, hablando con Ud. Correcto, señor, dijo la voz, todo nuestro aeropuerto está señalizado, cada sección tiene sigla y número, mire a su alrededor, por favor, diga la sigla y el número que visualice más cercana. Muy cerca, casi frente a mí, estaba el guarismo: D4. Muy bien, permanezca allí, por favor, alguien lo contactará en breve. Aquello era una suerte de pasillo, espacioso, desierto, de seguro muy pocos demandaban ser asistidos por la Informationen llegada desde un raro teléfono adosado a una pared. Cansado y a falta de asientos oficiales hice lo que tanto había visto hacer a jóvenes turistas norteamericanos: me senté en el suelo.
Muy pronto una muchacha, más bien semejaba una top model, avanzó por aquel corredor. Graciosamente quiso saber el idioma en que prefería me hablara: ¿inglés, francés, español, alemán?, inquirió. No solo era top model, también era políglota. Elegí el español, por supuesto. Un mes sin hablarlo, sin escucharlo, ¡mi bello español!, el idioma legado por los padres, el de los primeros balbuceos, un mes en el que, a resguardo del receptáculo de mi habitación en la Academia malaya, solía proferir, para divertirme, para recordarlo, las más terribles imprecaciones a la muy cubana usanza. La patria es el lenguaje, había escrito alguien, yo lo había leído, e incrédulo me había encogido entonces de hombros. Ahora, tras un mes de no escuchar la divina sonoridad de mi divino y sonoro idioma, cada hombro se encogió ahora, de la emoción; eran dos los hombros y fueron dos los emocionados encogimientos, emoción, sí, porque allí comprendí —definitivamente— el meollo de aquella frase, allí comprendí que la patria es el lenguaje. Lo dije en alta voz. La muchacha sonrió: cierto, convino. Comprensiva y amistosa escuchó mis desventuras, me condujo a una oficina, tomó un teléfono, marcó un número, se anunció, disertó esta vez en tudesco del que poco deduje, para entregarme más tarde el teléfono: “le pongo al habla con la oficina de Air France, le hablarán en español”. Otra vez asumí el relato de lo sucedido. ¿Está Ud. de acuerdo, señor, en viajar a Ottawa? Lo estoy. Y, ¿a Ciudad de México?, quisieron saber desde el otro lado. También a Ciudad de México. Aguarde en esa oficina, por favor, le llamaremos de vuelta. Me entretuve conversando con la top model políglota, nacida en Berlín; había vivido algunos años en Madrid, el inglés y el francés los había estudiado.
Desde Air France reincidieron en hablar: no tenemos boletos con destino a Ottawa o a Ciudad de México. Al carecer Ud., señor, de visa de entrada a la Unión Europea, el mejor recurso es ofrecerle un vuelo hacia una nación ajena al área Schengen. El estrés no me permitió racionalizar aquello. Irónico, lo reconozco, y algo iracundo, indagué si planeaban llevarme a África del Norte. No, señor, si Ud. está de acuerdo planeamos llevarlo a Londres, allí podemos ofrecerle hotel mientras aseguramos su regreso a La Habana. Acepté y agradecí, desde luego. La top model políglota intentó despedirse: tschüss, meinlieber, (adiós, querido) y sonrió. Nein (No), dije, tschüss cuando en mis manos tenga el boarding pass a Londres, bitte (por favor). Era casi un ruego en aras de evitar nuevos desaguisados. Mitgrossen Vergnügen, meinlieber (con mucho gusto, querido), accedió sin hurtar la sonrisa la top model. Mi desvencijado alemán alcanzaba para decir y entender aquello. Ya a un lado del finger, a meros segundos de abordar, nos despedimos: tschüss, dijimos, ambos, ahora sí, tschüss, admití yo. Lamento no recordar el nombre de aquella sílfide aeroportuaria.
Al llegar a Londres me llegó el título de un cuento-relato, insigne, como todos los suyos, escrito por mi amigo Alberto Marrero: En Londres ya no hay niebla. Pero había. Claro que había. También —algo inaudito para alguien que nunca había visitado esas latitudes— había sol. Sol a las mismísimas 22 horas. Sol a las 10 p.m. Sol brillante en el cielo. Miraba yo a lo alto y consultaba el reloj, había procurado adaptar las manecillas a cada uno de los cambiantes usos horarios: sorry, sir, could you tell me what time is it, please? Ten o´clock, sir. AM? No, sir, PM. Y el Sol encima: brillante.
En Heathrow, el muy famoso aeropuerto londinense, me aguardaba un funcionario portugués de Air France —el nombre de aquel amistoso comisionado ha quedado también sepultado debajo de los ladrillos tremebundos del tiempo—. Una vez más llegó la clásica pregunta: ¿en qué idioma le hablo?, ¿inglés, francés, alemán? ¿Hablas español?, quise saber. Soy portugués, dijo, puedo intentarlo. Argüí que la distancia entre su bello portugués y mi maravilloso español era tan reducida que me negaba a hablar alguna palabra más en inglés. Menos en alemán. Admiro a sir William y a Herr Johann Wolfgang, pero doy mil hurras por el tullido don Miguel. ¿Qué has hecho tú a los franceses?, quiso saber el portugués. Aseguré estar libre de culpas, no solo ante franceses, libre de culpas ante todos. Los franceses te quieren en París, sostuvo, solo dos horas antes de tomar el vuelo a La Habana. Pues… muy inexplicable pero harto soberana decisión gala, aduje. Allí supe que mi equipaje había desaparecido. Poco llevaba en él, casi todo prestado, beneficencia de amigos. Eso hacemos los cubanos al viajar off shore: colectar todo cuanto urge y no se tiene, de amigos. El portugués, amablemente, me invitó a almorzar, lo hicimos en uno de los muchos restaurantes de Heathrow. Cubano, me dijo, mixturando español y portugués, eovai en bora, fin do turno, eo vou deixar você nas mãos de um colega, portuguesa, mãos melhores que minhas mãos. Agradecí, emocionado. Nos dimos un abrazo. Era un hombre alto, corpulento. Acerca de las manos en las que tuvo a bien dejarme… pues, era cierto, ¡eran manos preciosas!, y he de decir no eran solo bellas las manos: era la portuguesa más bella que se pueda imaginar. Claudia Renata. De ella, por supuesto, cubano que se respete recordaría el nombre, ¡faltaría más!
Claudia, que sí falaba excelente español, me llevó a adquirir lo necesario para vivir sin equipaje: jabón, desodorante, pasta dental, cepillo, un pulóver, ropa interior. Después, muy seria, dijo: cubano, tengo para ti tickets diarios, para cena; el resto, desayuno y almuerzo está comprendido en el alojamiento del hotel. El ticket de cena avala solo 21 libras, con eso, cubano, y lo lamento, vas a morir de hambre y saudade, estoy autorizada a llevarte al market y adquirir allí un plus. Renata llenó mi cesta, muy diligentemente, de quesos, jamones, galletas, panes, dulces, yogur. Le asistía la razón: tan solo un bistec —soberano, un bife como correspondía a su Muy Honorable Majestad— en el hotel londinense ¡ascendía a la muy soberana y nada honorable cota de las 21 libras esterlinas! La cesta de Renata sació mi estómago. Ahora cubano, vamos a ver a las autoridades migratorias inglesas, ¿hablas inglés? Asentí. Correcto, primero hablo yo, el oficial se dirigirá a mí, quedas callado, después se dirigirá a ti, solo entonces hablas, respondes concreto, lo que te pregunte, se respetuoso. Aseguré ser respetuoso. Los cubanos somos harto respetuosos, eso siempre que no se nos provoque, se nos humille o se nos ofenda. Renata sonrió: te aseguro que acá nadie hará eso, dijo. Ocurrió exacto como Renata profetizó.

Inicialmente el oficial londinense, hombre mediano y muy rubicundo —no vale ocultar su aparente talante severo— siquiera me miró. Renata presentó sus credenciales de Air France, credenciales que el oficial verificó —muy profesionalmente— en llamada telefónica al supervisor de la muchacha. Solo entonces me miró a la cara: Sir, I need your passport, please. Viajaba yo entonces con pasaporte oficial cubano y se lo entregué. Quiso saber qué había llevado a un cubano a un sitio a las antípodas, un sitio tan lejano como lo era Malasia. Lo expliqué. Ud., señor, me dijo, ya en amistoso tono de voz, es un representante del Gobierno cubano y estoy obligado a tratarlo como tal, ¿qué tiempo necesita Ud. en mi país? El tiempo que a esta bella señorita le tome embarcarme a París para tomar vuelo a La Habana. Todos sonreímos. Tiene Ud., inicialmente, 72 horas, señor, si excediera ese tiempo estoy enteramente a su disposición, feliz estancia en Gran Bretaña. Agradecí el trato respetuoso y cordial de aquel oficial migratorio británico y nos estrechamos con fuerza las manos. Cubano, lo que no puedo ofrecerte es ticket para taxi, solo ticket para bus. Debo tomar un bus en Londres, pensé, de seguro no sería tan problemático e incordiante como en La Habana. ¿Has visitado antes Londres? Never, admití. La bella portuguesa me llevó hasta la misma bus stop, a un costado del aeropuerto, allí, apenada, me indicó el número del bus a tomar, el nombre y señas del Hotel. Nos despedimos con un abrazo. Horas más tarde me sorprendería con una llamada a la habitación del hotel, llevándome, jubilosa y solícita, a conocer Trafalgar Square y Picadilly Circus.
Dos días estuve en Londres y dos días fueron aquellas raras brumas, las que mi amigo Alberto Marrero negaba existieran desde el título de su relato. Dos días y aquel radiante sol a las 22 horas. Al fin se me comunicó que volaría a París, desde luego, arribé allí solo dos horas antes de tomar mi añorado vuelo a La Habana, tiempo ese exigido —misteriosamente— por las autoridades de ese país.
En La Habana llovía. Y el calor era inaudito. Y el resto. Pero era mi calor. Era mi Habana. Era la patria. Era la familia y los amigos que se arremolinaron para escuchar, asombrados, mis aventuras y desventuras por los aeropuertos del mundo. Asia, Europa y América Latina, eso en una semana. Nunca antes tuve la tentación de poner por escrito esa ordalía. Cuando días atrás lo conté, una vez más, a un grupo de amigos —dos de ellos marchaban a París como periodistas— me instaron a hacerlo. Todos, a coro, recordaron The Terminal, el meritorio filme de Steven Spielberg tan excelentemente protagonizado por Tom Hanks. Uno de los amigos, memorioso, asumió había fungido yo como todo un Viktor Navorski —¡recordaba el nombre del personaje que nos legara Tom Hanks!—, el ciudadano de la ficticia Krakozhia que al aterrizar en el aeropuerto John F. Kennedy queda allí atrapado. Expliqué a los amigos que el aludido y celebrado filme se levantaba desde la muy absurda realidad vivida por el iraní Mehran Karimi Nasseri, quien viviera en la Terminal 1 del aeropuerto Charles de Gaulle la friolera —inimaginable—de ¡ocho exactos años! Mi odisea, humildísima, se extendió apenas una estresante semana. Tal vez algún día me muevan vientos que me inciten a transmutar en ficción aquellos hechos. Podría ser un buen cuento. Hoy, recuerdos mediante, a la distancia de 11 años —y a las puertas mismas de un nuevo viaje— he decidido al menos exorcizar fantasmas desde el tardío bosquejo de estas letras.








Disfrutable en grado sumo...
y casi se vive la angustia..pero cómo olvidaste el nombre de la alemana, compadre ? ja ja