Una vez más Joaquín Borges-Triana está del otro lado de la noticia. En esta oportunidad no lleva la regleta y el punzón (su agenda y bolígrafo), sino que es la noticia en sí. Acaba de recibir el Premio de Periodismo Cultural “José Antonio Fernández de Castro” por la obra de toda la vida, y más que eso, por hacernos “soñar por la oreja” cada semana desde 1988; por llevar luz sobre áreas poco atendidas de la música cubana contemporánea; por dialogar con el lector, por hacerle pensar y volver sobre las entrelíneas.  

Para él, sin embargo, recibir un premio no es una meta ni una necesidad. En realidad —nos dice— nunca le han interesado mucho ni poco. “Los de los concursos me funcionan como el motor para poder terminar (siempre al cierre del plazo de entrega) una determinada obra, porque de no ser por dicha razón, nunca las acabaría dado que soy demasiado disperso”.


Joaquín Borges-Triana. Fotos: Tomadas de Internet


“Ahora bien, admito que los reconocimientos funcionan como un estímulo al ego personal que todos tenemos. Pero, para mí, al igual que eso, me satisface enormemente cuando me encuentro a una persona que se ha leído mis trabajos periodísticos e incluso hasta los ha coleccionado durante años, o cuando entrevisto a alguien y me dice que es una de las entrevistas que más le ha satisfecho. Esos son reconocimientos que me importan muchísimo, pues creo que son los más auténticos”.

Este melómano por naturaleza e incasable defensor del “mejor oficio del mundo”, considera que la necesaria renovación del periodismo debería ocurrir, como sucede en el arte, desde sus márgenes. Es en este límite donde se desarrollan nuevas sensibilidades y enfoques que empujan lo oficial hacia los bordes de otras narrativas —comenta—, y se cuestiona la autoridad de lo establecido sin necesariamente tener que negarlo.

“Ahora mismo, con la proliferación de diversos medios de prensa y de blogs en la red que se dedican al tema cubano en sus diversas aristas, estamos asistiendo a ese proceso, todavía incomprendido por los que no se percatan del hecho de que nada es inmóvil, pues todo está en perpetuo cambio. El periodismo cubano, por lo menos en mi opinión, el que en este instante se lleva a cabo desde y en los márgenes, nos pone serios retos a los que trabajamos en los medios oficiales y nos convoca a renovar el discurso periodístico, si no queremos perder completamente la credibilidad ante los lectores”.

En una entrevista publicada en Juventud Rebelde, en 2008, decía que para escribir de la música y los fenómenos musicales cubanos había que estar aquí. Sin embargo, muchas veces vemos que nuestro periodismo cultural se hace desde "lejos", acríticamente... ¿Cuáles considera sean las causas de ello?

Yo pienso que eso tiene que ver con los vacíos informativos que hay en nuestro sistema de prensa. En el caso específico de la música, en el presente en Cuba ni siquiera existe una revista de carácter general y no especializada que se dedique al tema. Ello significa la ruptura con una larguísima tradición de publicaciones cubanas que desde el siglo XIX y a lo largo de toda la anterior centuria se destinaban a cubrir, ya fuese en el ámbito popular o el académico, el acontecer musical cubano.

A esto se une que no hay diseñado un programa docente para formar a las personas que desde los medios se supone deben escribir sobre música, por lo que aquí no hay crítica musical. Todo ello hace que, cuando se hacen búsquedas en Internet sobre disímiles tópicos de la música cubana, predominen los textos escritos desde fuera de Cuba, en muchos casos por no cubanos y, en no pocas ocasiones, con perspectivas que no logran captar la complejidad de nuestra realidad.

Es algo que he comprobado en congresos como los de LASA, donde nuestra presencia en esta esfera es muy reducida y abundan trabajos de estudiosos foráneos. No es que no se puedan hacer estudios y luego escribir sobre el tema, pero lo musical, en tanto cuestión cultural, se relaciona también con problemas presentes en la médula de la situación social, política e incluso, económica del país, aspectos que, a mi entender, nadie llegado de afuera de forma temporal podrá entender como alguien para quien ello es parte de su día a día.

Quiero aclarar que no es precisamente que para escribir de la música y los fenómenos musicales cubanos haya que estar en Cuba, hay excelentes trabajos de gente que no vive aquí, pero me parece que sería útil que eso lo hicieran con mayor fuerza los más cercanos al asunto y que son quienes residen en el país.


El "Joaco".


Algunos profesores en la carrera de Periodismo se refieren a las noticias culturales como "noticias blandas". ¿Qué opinión le merece ese criterio?

Con todo respeto para quienes opinan así, no estoy de acuerdo con semejante criterio. Esos profesores no se percatan de que a través de lo que sucede en materia cultural uno puede hacer una de las mejores disecciones de un país y de su realidad.

Pongo un sencillo ejemplo. La experiencia de lo que en el presente acontece al caer el sol a lo largo y ancho de Cuba, demuestra que, si bien es cierto que la adscripción a una colectividad definida por un gusto musical compartido puede constituir un vínculo etéreo, también resulta verdad que, desde otra perspectiva, la música tendría un papel más instrumental al utilizarse como emblema de intereses grupales.

Para expresar claramente lo que estoy diciendo, piénsese en las diferencias ya establecidas entre las posibilidades económicas de los jóvenes cubanos que asisten a un concierto de rock en La Madriguera o La Tropical, los que van a la peña de trova organizada por El Caimán Barbudo en la EGREM y los que disponen del capital para sufragarse no solo el costo de la entrada a una función como las efectuadas en el Salón Rojo del Hotel Capri, sino además consumir en el sitio.

Lo anterior nos muestra que la música, y en particular su consumo, también sirve para marcar diferencias grupales desde el prisma social. Me parece que con esto queda claro que no hay nada de noticias blandas en las noticias culturales, pueden ser tan o más “duras” que cualquier otra, si pensamos en la suerte de resonancia estructural que se produce entre posición social por un lado y expresión cultural por el otro, fenómeno del que hoy somos testigos y protagonistas en Cuba.

Usted ha demostrado —al igual que otros profesionales— que la invidencia no es necesariamente una limitación para ejercer el Periodismo. ¿Qué valores no deben faltar en un periodista? ¿Y cuáles para que su trabajo trascienda?

La ceguera no es necesariamente una limitación para ejercer el periodismo, siempre que uno sea una persona rehabilitada e independiente. Si no se tienen esas dos condiciones, un ciego no puede ser periodista. Ya en cuanto a los valores que no deben faltar en alguien que desempeña esta profesión, para mí el fundamental es el sentido de la ética. Usted como periodista puede ser representante de uno u otro signo ideológico, eso para mí es circunstancial, pero si es alguien apegado a la ética, se merece todo el respeto del mundo. Si se es ético, se es honesto en lo que se escribe. De otro modo, resulta imposible.

En cuanto a qué valores no deben faltar para que el trabajo trascienda, además del apego a la ética y a la honestidad, creo que es imprescindible tener los pies bien puestos en la tierra y, en consecuencia, saber lo que piensa la gente común, para no alejarse de la realidad, algo que suele ocurrir con demasiada triste frecuencia.

Variando el tema, ¿cree que el reguetón es un género para las "inmensas minorías"?

El tema del reguetón nos da para toda una entrevista. Yo no estoy entre los que lo atacan per se. Creo que es uno de los asuntos en materia de música que peor hemos tratado en el país en los últimos tiempos, porque se ha producido una confusión en cuanto a la comprensión de lo que es hacer arte como tal (en este caso dentro del ámbito popular) y lo que deviene una necesidad expresiva como modo de vida.

Es algo que se ha repetido en diferentes momentos de nuestra historia y siempre caemos en el mismo error, como pasara en los 90 con la timba. Lo penoso es que investigadores como el desaparecido Danilo Orozco, para mí uno de los más importantes cientistas sociales cubanos en las recientes décadas, han demostrado los rasgos que históricamente han caracterizado las expresiones de la música bailable en Cuba y que han originado discusiones semejantes en diferentes épocas al no comprenderse la real esencia de tales manifestaciones. 

Son criterios abalados por el saber académico y que más allá de su solidez conceptual, han sido ignorados por los decisores. Así, en palabras de Danilo, “se generan inquietudes y tensiones cuando, de cierta forma, se producen restricciones, normativas, documentos o medidas directrices por parte de las instituciones y la sociedad, que de alguna manera, en el rejuego de las interpretaciones, pueden conducir a cualquier estado imprevisto de cercenamiento creativo o participativo, que a la larga venga a empeorar las cosas”.

Del panorama musical cubano, ¿cuáles son los temas que más le ocupan?

En este minuto estoy inmerso en una investigación sobre el devenir de la escena del metal en Cuba y su relación con la identidad. Igualmente, a partir de un ensayo que escribí sobre el vínculo entre música y diáspora en el caso cubano de los últimos años, laboro en lo que aspiro sea un libro sobre el carácter transnacional de la actual creación artístico literaria cubana.

Asimismo, casi está listo un largo y complejo trabajo sobre la obra del artista multidisciplinario Adrián Morales, alguien que se ha movido por igual entre la música, la pintura y la reflexión teórica. Es un texto que me parece muy interesante porque ofrece dos perspectivas diametralmente opuestas y a la vez complementarias acerca de un mismo fenómeno, a partir de los criterios de alguien que apostó por quedarse en Cuba y de otra persona que decidió emigrar por estar en contra del sistema sociopolítico imperante en el país.

Usted ha escrito libros, hecho Periodismo, estudiado música. Si tuviera que elegir entre ellos, ¿con cuál se quedaría?

No puedo hacer esa clase de elección porque para mí todo ello tiene idéntica importancia. El problema es que, como expresé anteriormente, soy muy disperso y si me dedico a una sola cosa, me aburro en un momento dado. De ahí que, en ocasiones, mis principales motivaciones estén en lo periodístico y en otras, en lo académico. Necesito moverme en varias áreas porque de lo contrario, me pierdo.