Trescientos sesenta y cinco días tiene el año, y trescientos treinta y cinco municipios tiene Venezuela. Sobra un mes, o faltan municipios. Municipios más, días menos, la diferencia da igual para lo que sigue: pongamos ambas cifras cara a cara, una muy junto a la otra, como iguales, que al final las dos son nada frente al infinito.

Así las cosas, si se viajara por toda la geografía venezolana, en un viaje muy apretado, a razón de un día por cada municipio, ya se sabe, el viaje nos tomaría todo un año. Y sería un buen viaje, un viaje alegre, emocionante, inspirador, colorido, incluso hoy, que tanto y tan de malo se habla, se escribe y se publica a borbotones sobre Venezuela, y se lo tragan los tontos, que son tantos.

Porque a decir verdad, en un viaje que sería tan largo, ahora mismo, lo único malo sería el paso por esos diecisiete —¡sí, solo diecisiete, de trescientos treinta y cinco!— municipios donde la oposición consigue llevar adelante sus “manifestaciones pacíficas”, con sus encapuchados de rostro escondido, sus cocteles molotov, y el dolor de ese joven, Orlando José Figuera, pateado, apuñaleado y quemado vivo por tan “pacíficos” opositores, y que acaba de morir en una sala de hospital donde ni todo el esfuerzo de los médicos pudo salvarlo.


Mientras los medios hegemónicos del capital nos venden un falso país en llamas, La Vinotinto llega
a la discusión del título del Mundial Sub 20. Hijos de esa Venezuela que nunca llega a ser noticia. Foto: Internet.


Pues sí, eso ocurre en Venezuela, pero solo ocurre en esos diecisiete municipios, que vienen a ser apenas el 5,07 por ciento, sin una milésima más, de todo el territorio bolivariano. 

Es más, seamos cabezones —que a estas alturas no hay otra manera de ser bueno— y comencemos nuestro viaje justo por allí, que de lo malo como de las inyecciones hay que salirse rápido. Comencemos nuestro viaje por Altamira, por el Chacao, por Las Mercedes; para hablar solo de la mismísima Caracas. Comencemos por esos sitios que nos venden como bastiones de la oposición pero que, puestos a definir más, se corresponden más bien con la definición de madriguera: dícese del lugar aquel donde se refugia la fiera en su huida, la fiera acorralada y temerosa.

¿Cuántos días ha de tomarnos en nuestro viaje, el paso por la guarida de la fiera? ¡Diecisiete días! ¡Solo diecisiete de nuestro maravilloso viaje! ¡Menos de tres semanas, de las cincuenta y dos que tiene el año!

Vale la pena. Lo pondré en blanco y negro, lo anotaré con rotulador en ese almanaque que no cuelga en mi cocina. Comenzando nuestro viaje, es un decir, la jornada del primero de enero, ya para la fecha de enero 17, habremos terminado la bajada a los infiernos. De ahí en adelante será en ascenso todo el resto del año, limpio, transparente, apetecible. Más de trescientos días, cuarenta y nueve semanas para el gozo, el deleite y la maravilla. Porque allí hay gente que trabaja todos los días, que vive y que ama, que construye y que sueña, que enseña y que aprende, jornada tras jornada, día tras día.

Si aún no lo tenemos claro, tomemos otra perspectiva, que es lo que hago yo, mal aprendiz de carpintero, cuando el trabajo me cansa o cuando no veo la salida. Tomemos esos trescientos treinta y cinco municipios y acordemos que cada uno es un centímetro. Algo más de tres metros, en suma. Ante mí tengo el metro de mi abuelo, carpintero de verdad. Uno de esos metros plegables, de los que ya no se encuentran, los de madera, amarillos, los números perfectos en ese resaltado tan negro.

Harían falta cuatro metros como este para representar aquellos poco más de trescientos municipios. Y supongamos que los tenemos, y supongamos que aquellos diecisiete centímetros son el fragmento que el descuido, el maltrato o el mal uso, le han dañado a uno de los metros. Solo a uno, y en ese uno, solo un pedacito dañado. Ese metro, digamos, no nos sirve demasiado. Y aunque todavía con él podemos hacer algo —que de las herramientas nunca me deshago—, aún nos quedan otros tres metros enteros, perfectos, sanos, para continuar la obra que habíamos comenzado.

Diecisiete municipios. Solo diecisiete días. ¡Cuánta maravilla queda oculta todavía en ese viaje que nos deben, en esa Venezuela que aún nadie nos ha contado!