La  gente abandonaba lo que estaba haciendo para pegarse literalmente a los receptores de radio. Podía caerse el mundo alrededor a las ocho y media de la noche pero nadie perdía ni una palabra del narrador ni una sílaba de los parlamentos de los personajes. Hubo salas de cine que detenían la proyección de las películas  y amplificaban la señal radiofónica. Antes y después de cada capítulo, cuando la trama cobró intensidad, se especulaba y discutía, y hasta se lloraba, caballeros y señoras, personalidades de alcurnia y esforzados jornaleros, burócratas y trabajadoras domésticas, ancianos y jóvenes.


Xiomara Fernández (Graciela del Busto), Carlos Badías (Albertico Limonta) y Minín Bujones (Isabel Cristina)
interpretando una escena en el estudio de CMQ. Foto: Cortesía del autor

 

Este fenómeno de masas, en medio de la Cuba republicana, demagógica, dramáticamente clasista y en la que el gangsterismo y la impunidad campeaban, se desató a partir del 1 de abril de 1948. La isla, conmocionada todavía por los ecos de la guerra de pandillas que culminó el 15 de septiembre de 1947 con el enfrentamiento armado conocido como los sucesos de Orfila, en una barriada habanera, y del asesinato de un líder obrero negro y representante a la Cámara, Jesús Menéndez, a manos de un oficial del ejército, el 22 de enero de 1948, en la ciudad oriental de Manzanillo, encontró en las radionovelas un bálsamo que para los hombres de negocio se traducía en publicidad y mercadotecnia.

Fue así como hace 70 años, CMQ Radio puso en el éter El derecho de nacer. Llevada luego al cine y varias veces a la pequeña pantalla en México, Puerto Rico, Venezuela, Brasil, Perú y Ecuador, modelo para mil y un argumentos por el estilo, el primer golpe de ese combate por la popularidad, ganado por nocaut, lo dio el escritor cubano Félix B. Caignet.

Uso la palabra combate con propiedad porque de eso se trataba. La emisora RHC Cadena Azul, propiedad del arriesgado empresario Amado Trinidad, se hallaba en la cresta de la ola con La novela del aire. Trinidad había logrado en los dos años precedentes consolidar ese espacio nocturno mientras atraía a su estudio figuras extranjeras instaladas en el gusto popular, como los mexicanos Jorge Negrete, Tito Guízar y Pedro Vargas y la argentina Libertad Lamarque.

Goar Mestre, a cargo de CMQ, quería destronar el reinado de Trinidad y vio un filón en la propuesta de Caignet, un hombre que había hecho ruido en Cadena Azul, en época anterior a la de Trinidad, con una singularísima saga detectivesca, Las aventuras de Chan Li Po, un investigador criminal chino protagonizado por Aníbal de Mar, quien en 1942 pasó a ser el impertérrito juez de La tremenda corte, escrita por Cástor Vispo. Guerra es guerra: un año antes del estreno de El derecho de nacer, CMQ consiguió que los anunciantes trasladaran a sus predios La tremenda corte, pues veían en la planta de Mestre mayores posibilidades.

Pero a Mestre le faltaba vencer en el ámbito de las radionovelas. Muchos años después, interrogado por el sagaz periodista Orlando Castellanos, Caignet contó: “Se me propuso por el Circuito CMQ escribir una radionovela para competir, a la misma hora, esto es, a las ocho y treinta de la noche, con aquel espacio de la Cadena Azul. Me prometieron que me regalarían un automóvil si yo lograba hacer subir aunque fuera un poco la puntuación de ese horario a favor de la CMQ. Por una parte, la promesa del automóvil, que yo nunca había tenido y, por otra, mi prestigio de autor y todas esas vanidades lógicas, a más del sueldo que se me pagaba, me hicieron aceptar el reto: presenté el proyecto de El derecho de nacer. Esta radionovela que tantas satisfacciones me ha proporcionado, se transmitió en Cuba con un total de 314 capítulos, un año completo en el aire. La acogida rápida y su popularidad tan grande hizo que la audiencia creciera por día, el rating iba dejando atrás, semana tras semana, el hasta entonces fabuloso puntaje que mantuvo durante los años anteriores La novela del aire, y El derecho de nacer impuso marcas records de sintonía”.

Caignet había hallado una fórmula que no inventó pero llevó hasta las últimas consecuencias: prejuicios sociales, romances imposibles y amores salvadores, villanos que pagan por sus actos y héroes y heroínas populares; intrigas que se tejen y destejen en cada capítulo, emociones exacerbadas, sentimentalismo. El melodrama ahoga al intelecto; mientras más se sufre y llora, mayores audiencias, con la esperanza, o mejor, la certeza, de que las cosas de arreglarán al final. “Nunca pretendí escribir ni La divina comedia ni El Quijote —Caignet se justifica—. Tenía que escribir prosa comercial para vender jabones, cremas dentales, cigarrillos, pero lo que escribía lo hacía con sinceridad; aprovechaba el surco abonado que era la emoción popular para sembrar siempre un mensaje, una semilla de bien, de moral, de bondad, algo que estimulara la mejor convivencia de mis oyentes, de la humanidad”.

Lo que hoy en la brasileña Globo o en las compañías de habla hispana de México y Miami ocupan a varios redactores en torno al guionista principal, Caignet lo hacía solo. Entre las dos y las tres de la tarde llegaba a la radioemisora con el libreto del día. Mestre se quejaba por la demora pero terminaba cediendo ante los crecientes abonos de los anunciantes. El elenco no sabía de qué iba el capítulo hasta que lo tenían ante la vista. Transmisiones en vivo y muchas veces no sabía qué podrían en la siguiente jornada. Caignet escuchaba los comentarios de la calle para seguir adelante.


Caricatura de Félix Caignet
 

En dos ocasiones se vio forzado a improvisar. En noviembre, a la altura del capítulo 199, una de las actrices protagónicas, que encarnaba a la damita joven Isabel Cristina, María Valero, murió de verdad. Un accidente en la habanera Avenida del Puerto  puso fin a su vida. La emisora fichó a la joven estrella Minín Bujones y Caignet introdujo la sustitución con no pocos apremios. Y cuando el español aplatanado José Goula, en el papel del villano Rafael del Junco, pidió aumento de salario ante un inflexible Goar Mestre, este rechazó en principio el reclamo y exigió a Caignet borrarlo de la radionovela.

El escritor, entre la espada del empresario y la pared de las necesidades de la trama, optó por una posición intermedia: enmudeció al personaje con un derrame cerebral y lo mantuvo medio muerto pero consciente hasta que Mestre —qué remedio— optó por satisfacer la demanda de Goula. Es que en la calle se puso de moda la frase: “¿Cuándo hablará don Rafael del Junco?”

Modelo de una zona de la cultura popular, bendecida por muchos y criticada luego por otros tantos —el viejo y no resuelto debate entre los que Umberto Eco llamó apocalípticos e integrados—, El derecho de nacer trazó una marca indeleble en la industria cultural de la región.

A Caignet le asistió hasta el fin de su vida el orgullo de haber impuesto en la radio cubana, con Mamá Dolores, la primera heroína negra. Y de haber puesto en su voz una premonición: “Cuando Albertico sea un hombre, Cuba habrá avanzado, será un país maravilloso (…)  como lo soñaron Maceo, Céspedes y Martí”.