Egberto Gismonti
 

El célebre Egberto Gismonti, ese músico que al decir de un entendido “le caben todos los rótulos, del folklore a la música clásica”, cuenta que un día su hija Bianca, entonces adolescente, le rogó que le comprara un disco de Madonna. Leí la anécdota hace ya algún tiempo y como “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, tengo en la memoria un detalle que ahora no encontré en el inefable Internet cuando, a propósito de estas notas, quise comprobar mi recuerdo: que por un momento él entendió que su hija le solicitaba un cuadro de una “madonna” y se extrañó un poco de ese repentino deseo estético de su hija. Cuando finalmente comprendió de qué se trataba, pudo regalarle a su hija un disco y un álbum de fotos de la controvertida cantante pop. Así lo actualizo ahora, en el laberinto del ciberespacio. Dice Gismonti:

Te confieso que Madonna no está en ese grupo de músicos que preciso oír todos los días. Me sentía raro al entrar en una disquería para comprarle el último disco que había salido. El asunto es que terminé comprando varios CD y libros sobre ella. Y descubrí algo muy bueno. Hay que repensar algunos conceptos. La música es puramente funcional. Es decir, cuando mi hija escuchaba un disco de Madonna, estaba muy feliz. Y yo me ponía contentísimo por eso.

Pedía disculpas el gran Carpentier, cuando, para ilustrar un criterio suyo, tenía que mencionar a Flaubert, pero, atentando contra ese pudor, decía que le obligaba el hecho del común y mayor conocimiento del gran clásico francés. El caso es que, salvando todas las enormes distancias, quizás solo pude entender la lección de Gismonti cuando mi hija, también entonces adolescente, me rogó en cierta ocasión que le acompañara, con su novio, a un concierto de reguetón en cierta plaza agramontina. Ese día recordé la anécdota y viví una experiencia similar.

Es género que no solo no preciso oír todos los días, sino que preferiría, por sus peores variantes, no haberlo escuchado nunca. Pero cedí a la solicitud, como es natural ceder ante una hija adolescente y un novio en proceso de mutuo (re)conocimiento. Ya en la plaza, apoyado a prudente distancia en una pared lateral, el retumbante tum-tum de la letanía, magnificado por unos enormes equipos, comenzó a resonarme profundamente en el pecho —por eso le llaman, creo, el sonido del corazón—. Esa reacción milenaria, que tal vez se produce por atavismo, más la algarabía feliz de la multitud de jóvenes que saltaban al unísono, me hizo “repensar algunos conceptos”. Estoy muy, muy lejos, de ser un conocedor o teórico de la música, ni aun un melómano consecuente, pero solo aseguro que aquella tarde, y sobre todo a medida que avanzaba la noche, sentí lo que me imaginaba debían sentir los hombres de las distintas culturas que han utilizado el poder hipnótico de las letanías en sus celebraciones multitudinarias: una especie de hechizo, una eléctrica homologación gregaria, un sentimiento de pertenecer, que es lo que buscan los sonidos monocordes, repetitivos, tanto de las danzas como de los sonidos musicales y los cánticos que nacieron maridados en las celebraciones y libaciones humanas de todos los tiempos, o para impulsar y acompasar el esfuerzo físico en el trabajo. Sí, la música, y no solo ella entre las artes, es funcional. Diríamos que multifuncional.

Pero si la alegría del ser que amamos puede explicar alguna natural parcialidad regocijante, si comprender que la diversidad humana explica y exige la correspondiente diversidad de distintas fuentes del placer estético, erótico, vivencial, ¿podremos olvidar por ello que toda estética ha comprendido también una ética? En efecto, la música es funcional. Lo que en cada caso es preciso determinar qué y cómo se pone en función. Algunas formas musicales contemporáneas que se originaron en círculos periféricos de las sociedades y funcionaron como manifestación de la protesta y rebeldía de jóvenes inconformes, o como escape y catarsis de sus angustias, ¿no ocurrió después que la industria del entretenimiento limó y erosionó sus mensajes contestatarios, asimilándolos y despojándolos de su contenido subversivo, y ciertamente, mercantilizándolos hasta desde el punto de vista estrictamente musical, banalizando tanto su estructura, su contenido y su forma? Pero en todo caso, y siempre, desnaturalizando aquella, su primigenia función.

Si, como sigue ocurriendo todavía, los círculos culturales e intelectuales que giran al servicio de las clases dominantes en nuestras naciones del Sur, ningunean y hacen todo lo posible por no difundir, y borrar si es posible, la música más cercana a sus pueblos, ¿cuál es la razón sino comprender que la cultura es un elemento de resistencia y permanencia, un modo de oponerse, de persistir y vivir, de manifestarse y permanecer?

¿Debemos aceptar que por esa nueva mística codificada en la nebulosa afirmación del “cambio de los tiempos” —en realidad y visto en amplia perspectiva, “nada hay nuevo bajo el sol”— valoremos igual al “personaje” de que se viste un artista, o mejor, lo viste y fragua la maquinaria que a eso se dedica, que al artista que se niega a ser investido de una moda, o de lo que es rentable, y sigue su senda sin hacer concesiones ante lo que él considera que es la ética y estética de su arte, como es la historia de una buena parte de los grandes artistas de todas las artes y todos los tiempos?

Si algún opinante le señala a un artista que ha hecho concesiones a su estética, puede estar cometiendo un injusto error, porque aún se puede aducir que es su perspectiva de valor la que le indica la concesión. Pero las valoraciones artísticas, aunque se ajusten a criterios propios de lo que parezca estrictamente artístico, siempre remiten al final a una cosmovisión axiológica que la trasciende. Al arte siempre le ha sido inherente una ética.

Sin embargo, ¿qué ocurre si el artista mismo afirma y acepta que hace concesiones? La simple enunciación de que hago concesiones indica que tengo, o en algún momento creí tener, un conjunto de valores opuestos sobre los que fundé mi actitud y ahora abandono, sea en la música o en cualquier otra zona de la actividad humana. Todavía si alguien comete a mis ojos la injusticia de acusarme de una concesión que honestamente creo que no he cometido, puedo responderle con el silencio, pues solo es una opinión que el otro tiene derecho a manifestar aunque se equivoque. Pero si yo mismo lo acepto, ¿cómo le respondo a mi propio tribunal? La única respuesta lógicamente posible es que algo distinto es lo que considero válido y, pese a ello, lo niego abandonándolo.

Rafael de Águila, con respecto a la literatura, opina acertadamente que “ningún tema es bueno o malo, cualquier discurso puede estar sostenido por una eticidad que no puede negarse a obras genuinas”. Y más adelante, en su texto “Pathos o Marketing”, “descalificar una obra por su tema, tanto como premiarla por su tema, es puro infantilismo”. De la música se afirma que solo admite dos juicios válidos: es buena o mala música, entendiendo, además, que es arduo establecer cánones transhistóricos válidos para todas las épocas acerca de los juicios de valor. Y sin embargo, hay obras que trascienden el paso del tiempo y le siguen siendo útiles a la humanidad. ¿No serán aquellas que precisamente no hicieron concesiones? Cada uno tiene a mano aquel aparato que decía tener el autor de El viejo y el mar junto a su máquina de escribir, para saber a qué no debía aproximarse: el detector de la mala materia artística, aunque él lo decía en buen cubano, no en su origen latín. Reconocemos la relativa complejidad de la mal llamada música culta, y la supuesta simplicidad estructural de los aires populares. Decía Einstein que la ley siempre es simple y bella. En el terreno del arte por eso deben ser pocas las personas que puedan sustraerse a la emoción que provoca la misteriosa “simplicidad” de “Yesterday” o “El Unicornio”. Los conocedores detectan buenas y malas en ambos mundos. Hay quien se deleita con la “Balada para Adelina” y quizás el “Claro de Luna” no le remueve su espíritu. Son gustos solo distintos y funcionales. Pero en cualquier época quizás hay un invariante: cuando un artista hace concesiones, ya no debería saber que las hace porque ya está inmerso en OTRO mundo. Si lo sabe, algo anda mal, o antes, o después. O no pertenecía verdaderamente a aquel, o siempre perteneció a este. En el arte la revolución existe, incluso la evolución, las posibles diversas “épocas” por la que transita el artista. Pero la concesión nunca será arte, al menos si no admitimos que el Marketing lo sea, más allá de ser el arte de adaptarse a lo que desean los demás, incluso a crear necesidades, aunque para satisfacerlo se tenga que torcer el camino.
 

Fuente: La pupila insomne