1

Yo conocí a un solterón

loco por una chiquita

joven, robusta, bonita,

y él casi de usar bastón.

Fue tan bestial la ilusión

del solterón Pancho Rizo

que encaprichado, en su hechizo

hasta se planchó el pellejo

para hacer después de viejo

lo que de joven no hizo.

2

Con tres o cuatro parejas

frases, les describo a Pancho:

narizón, bigote ancho

y calvo hasta las orejas.

No le gustaban las viejas

y desde que enamoró

a Tuta, deduje yo

que a Pancho con esa esposa

podría salirle otra cosa,

pero pelo sí que no.

3

Pancho Rizo era un señor

en edad de ser abuelo

y a la caída del pelo

le fue naciendo el amor.

Para que entiendan mejor

lo que decirles persigo:

era calvo por castigo

igual que la berenjena;

la rana tiene melena

para el calvo que yo digo

4

Tanto se le había caído

el pelo, que Pancho estaba

que si un rizo le quedaba

sería el de su apellido.

Tuta pensó: “pervertido,

yo podría ser tu nieta”.

Refistolera y coqueta

inventó su zafarrancho;

el caso es que dejó a Pancho

seco y sin media peseta.

5

Viejo, calvo y sin dinero

el pobre Pancho quedó.

pues la joven le aplicó

la ley “poco, nada y cero”.

Don Pancho se puso fiero

y, ante aquella anomalía,

en el cráneo, un mediodía,

se untó manteca abundante;

aquella calva brillante

un sol al revés lucía.

6

Y así fue a casa de Tuta

a discutir a su andoba,

que nada tenía de boba

y mucho tenía de astuta.

Le dijo: “canalla, bruta”,

y restregándose el coco

le advirtió: “yo no estoy loco

ni tengo de bobo un pelo”,

y Tuta le dijo: “abuelo,

ni de pícaro tampoco”.

7

Don Pancho, como un cohete,

salió tirando la puerta:

la cara, de odio cubierta,

pero la calva al pelete.

En su yegua, ya jinete,

fue a descargar la violencia:

le dio golpes sin clemencia

y a lo largo del camino

la yegua indefensa vino

a pagar la consecuencia.

8

Por eso a los solterones

les quiero dar un consejo:

no se estiren el pellejo

ni se pongan retozones.

Miren las complicaciones

del amor, terrible droga;

don Pancho dio palo y soga

por lo menos una legua;

suerte que tenía una yegua,

si no la furia lo ahoga.

 

Agustín P. Calderón