http://www.lajiribilla.cu/uploads/music/58efabd4b4a9aAdriano%20y%20Dominica%20-Elvira%201962.mp3Nació en Santiago de Cuba hace 150 años para que la trova cubana conociera una de sus más altas cimas. Aprendió a poner acordes en la guitarra antes de saber leer y escribir una letra. Si es cierto que existe lo que llaman predestinación, él es un ejemplo fehaciente. Se ganó la vida en oficios muy diversos, aunque su brújula siempre indicó un único rumbo, en buenos y en malos tiempos: componer, tocar y cantar.

foto del trovador cubano Sindo Garay
Foto: Cortesía del autor  


Cuando leo sus pintorescas entrevistas o en algún documental lo veo contando peripecias de su vida (siempre mezcladas con circunstancias de su obra), tengo la impresión de que sabía que había escrito canciones que iban a perdurar por muchísimos años. No se equivocó. Nada de tonta vanidad, sino de estar seguro de sí, de su original raíz artística. La música no lo hizo rico, en cambio, le proporcionó el respeto de sus colegas y satisfacciones constantes por parte del público hasta que rebasó los cien años de edad. Sindo estaba satisfecho de Sindo, con toda razón.

“La bayamesa” o “Perla marina”, “La tarde” o “Retorna” (vida mía que te espero…) están en el repertorio de intérpretes incontables de todas las calidades; la mayoría, por supuesto, de altura interpretativa y validez musical, pues las composiciones de Sindo no son sencillas de cantar ni mucho menos. En enero de este año la catalana Silvia Pérez Cruz terminó su concierto en Bellas Artes con “la luz que en tus ojos arde, si los abres aparece, / cuando lo cierras parece que va cayendo la tarde…”, una canción que me deslumbra —dijo— desde niña. Entonces el teatro entero cantó con ella y su guitarra, afinado, cuidadoso. Y es que no se puede vociferar “La tarde”, ni siquiera sirve, creo yo, como “canción de borrachera”, de esas que emergen cuando el alcohol llega a las fases identificadas como cantos regionales y su vecina exaltación de la amistad.

Me gusta ir de vez en cuando a sus creaciones menos difundidas, escuchar discos viejos que contienen, digamos, “Yo quiero morir en Cuba”, un olvidado son de su autoría interpretado por el Sexteto Nacional de 1927; una rumba-afro como “Lupisamba o Yuca y Ñame”, cantada por Rita Montaner en 1929 con Nilo Menéndez y Rafaelito Betancourt al piano; o canciones y boleros que grabaron a inicios de los años 60, inmejorablemente, Adriano Rodríguez y Dominica Verges con la guitarra de Cotán, como “Elvira” o “Rayos de oro”, al cual Manuel Corona contestó en los años diez del siglo anterior con “Rayos de plata”, en días remotos de gran animación y fecunda competencia trovadoresca.

Sindo es como un familiar que viene con frecuencia a casa: una gravitación, una presencia espiritual constante en el hogar grande y espacioso de nuestra mejor canción. Escucharlo tocar la guitarra y hacer una acrobática segunda voz a su hijo Guarionex en “Ojos de sirena” en grabación de 1939, sobrecoge y alegra al oído cubano. Para eso vivió, para emocionarnos todavía. En algún sitio ha de estar el fantasma de Sindo, sonriendo con sus ojitos chinos, encantado de que aún sea así.