Soy titiritero, y cada día lo digo con mayor orgullo. Nací en esta isla donde me alimento de un ajiaco condimentado con culturas de allende los mares y ahora con las redes sociales y con la explosión de información que significa internet en una sociedad que, hasta hace un par de años, estuvo casi aislada de la realidad ciberespacial. Casi todo llega a nosotros desde fuera. Así también nos llega mucho teatro. Desde que soy joven, en los festivales de nuestra especialidad en la Isla, veo espectáculos de casi todos los continentes. Siempre he extrañado el teatro africano; sin embargo, el teatro europeo, latinoamericano y hasta el asiático han estado ahí para influenciarnos. En los festivales internacionales de La Habana y en las temporadas de Mayo Teatral, los títeres llegan extrañamente camuflados. Casi siempre me he enterado de casualidad de la programación de estos espectáculos, por supuesto que corro para no perdérmelos. La afluencia del público es buena, y la aceptación ante las obras teatrales de figuras animadas me hace observar y comparar por dónde andan nuestras creaciones. 

foto de Teatro La Proa
Érase una vez un pato, por Teatro La Proa. Fotos: Sonia Almaguer


En el Taller Internacional de Títeres de Matanzas (Titim) hemos gozado de grandes maestros y compañías internacionales. El Titim ha sido, desde su fundación una plataforma de superación que aproveché en cuanto supe de su existencia. Gracias a sus organizadores, se han abierto las puertas de nuestros retablos al mundo y por ellas ha manado el conocimiento. La Bacanal de Títeres para Adultos se sumó hace unos años a estos festivales que traen espectáculos que oxigenan y nutren nuestra creación.

Los titiriteros de esta isla caribeña nos hemos cocinado en esa olla de presión que tiene todos los ingredientes culturales, económicos y sociales para hacer un arte que, pienso, es bien singular en nuestra zona geográfica. Hemos tenido la suerte de ver a maestros que han dejado su huella con talleres y presentaciones; personalidades de talla mundial. Son muchos los nombres y es imposible mencionarlos a todos, por lo que me limito a recordar los más cercanos a mi experiencia: Bruno Leone, de Italia; Roberto Espina y los Hermanos Héctor y Eduardo Di Mauro, de Argentina; Joan Baixas, Enrique Lanz y Toni Rumbau, de España; Marcelo A. Dos Santos, de Brasil. Compañías extranjeras, como Titiritran, La Rous, Arbolé y Etcétera, de España; Elwaky, de Bolivia; Guachipilín, de Nicaragua; XPTO, de Brasil. También hemos podido apreciar documentales en cuyas imágenes podemos ver tradiciones titiriteras de todos los continentes, algunas casi extintas y otras aún por investigar, como los que trajo Yanisbel Victoria Martínez Xiqués, a los cuales sumo el filme Títeres en las ciudades de Europa, aportado por Toni Rumbau.

No tengo un bagaje internacional muy amplio, pero en mis pocas visitas al extranjero he tratado de beber todo el teatro que puedo, tanto en vivo como en el canal YouTube. En México, por ejemplo, he podido observar una tendencia a la imitación de obras musicales de Broadway y Disney. La influencia de los Muppets es tan fuerte que el producto de muchos espectáculos de la querida tierra azteca se convierte en una imitación de formas, materiales y hasta de las voces de los personajes. Abunda la fórmula de hacer espectáculos de variedades ligados con canciones dobladas por los muñecos: enlatados titiriteros fáciles de hacer y rápidos de vender a causa de la popularidad ganada por sus personajes en la televisión. Claro que en YouTube también he visto obras muy buenas. Hay de todo y para todos los gustos.


 


También he percibido en Cuba esa tendencia a la imitación de los Muppets y de su programa Plaza Sésamo, pero por suerte es la menos frecuente. No soy detractor de Jim Henson, ni de Walt Disney, todo lo contrario, me encantan. Soy detractor de la neocultura que genera esa imitación masiva, que no permite desarrollar la imaginación y la investigación en la cultura propia de un país, ni pensar en las necesidades reales de ese público, que no debiera ser un espectador pasivo, enajenado con algo fácil, cómodo y repetitivo. Es por eso que veo con ojos positivos los resultados de los grupos cubanos que en la actualidad trabajan e investigan.

Tenemos de todo en esta isla titiritera. La mezcla de indígenas, africanos, europeos y asiáticos en nuestros genes, también ha marcado nuestro teatro. En los retablos hemos visto desde elegantes ballets y obras del folclor cubano, hasta espectáculos de calle, que son de los que menos se habla y, probablemente, sean los que con mayor fuerza llegan a la población. Esa variedad de estilos, formas y destinos de los títeres está latente, y creo que no se habla suficientemente de ella. Aún nuestras compañías están interesadas en un teatro cuya artesanía se preocupa por contar una historia, casi siempre cubana, obras con altos y bajos; hay incluso algunas ya estrenadas por un sinnúmero de grupos. Abundan las adaptaciones de narraciones que acercan al público a cuentos clásicos que se revisitan con nuevas miradas y criterios discursivos. Siento la necesidad de expresión en muchos grupos del país. Ojalá fuera en todos.

Los diseños en general son figurativos, con intenciones claras de representar la realidad, con un predominio del papier maché y la tela como materiales fundamentales. Cuando comenté a algunos colegas esta apreciación, que no es solo mía,  me llegaron opiniones de creadores que vivieron los años ochenta y me contaron de compañías como Papalote, Los Cuenteros y, desde mucho antes, Anaquillé y el Teatro Nacional de Guiñol, donde se habían experimentado y realizado verdaderas creaciones artísticas con fibras, maderas y semillas. Todo esto forma parte de un sello nacional en nuestro teatro de figuras.

Para mí, uno de los elementos más importantes en ese sello es la animación. Ahí quiero detenerme. La formación del actor titiritero actual tiene que ver con su trayectoria de vida. Son actores moldeados en grupos de teatro por maestros que a su vez tuvieron otros maestros. En este siglo XXI, el reconocimiento ganado por nuestro arte y por algunos grupos, ha impulsado a actores graduados en las academias, con intereses en los títeres, a insertarse en las compañías profesionales, dándole un alto nivel a la actuación y mostrando las posibilidades técnicas que tienen esos nuevos elencos.   

Esta mezcla de juventud y tradición sin dudas trae muy buenos resultados. El Guiñol de Guantánamo; el Teatro Andante, de Granma y Teatro de Las Estaciones, de Matanzas, son solo tres ejemplos donde las edades se entremezclan y los conocimientos se traspasan con naturalidad y frescura.


 


Actor y títere: un solo objeto teatral

Son variadas las opiniones sobre cómo llegar a la caracterización final del personaje-títere: ¿Hay que tener un rostro neutral o no? ¿Los títeres deben imitar a los seres humanos? ¿El vestuario para los titiriteros debe ser negro? Estas discusiones siempre tienen que ver con el estilo que se escoja para dialogar escénicamente. Ninguna opción anula a la otra y todas tienen en común al títere como elemento principal para discursar.

Como titiritero pienso que lo más importante es conocer a fondo la técnica que se escogió y el objeto con que se va a trabajar. En diálogo con el director artístico, el actor decide el camino a tomar para construir el personaje.

Dice Carlos Converso [1] en Apuntes sobre el lenguaje y la Naturaleza de los títeres:

“El actor (como ser vivo), pertenece al mismo género del personaje que debe ser encarnado; el títere, en cambio, pertenece al mundo de los objetos, es un actuante con otra naturaleza, que está estrechamente emparentada con los ídolos, los fetiches y las máscaras. 

Esa condición, sin embargo, no afecta su poder de comunicación porque su lenguaje es otro.

El títere carga con su condición de objeto, de materia muerta que se anima escénicamente de metáfora a movimiento. Eso le concede una característica muy especial; tiene, quizás en su esencia, algo de juguete, de curiosidad, de rito mágico.

El hecho de ser un objeto que va a intentar convencernos de que está vivo despierta cierta expectación, intriga, algo de misterio y encantamiento.

El títere, en cuanto objeto, aparece irremediablemente distanciado como personaje para el espectador, y sin embargo, es capaz de seducirlo por su extraordinario poder alegórico”.

Este análisis del maestro Carlos Converso encierra la magia que nos seduce como espectadores y profesionales del teatro de títeres. En mi caso veo al títere y al titiritero como un solo cuerpo teatral. ¿Se puede separar el alma del cuerpo humano? Creo que no. Para analizar la actuación en el teatro de títeres, miramos al animador y al objeto animado y lo analizamos como un todo. El diseño del muñeco está en función de la obra. El personaje se modela con características éticas y estéticas que contiene el texto, y con toda esa información trabajan tanto el actor como el director de escena.

En la actualidad abundan en nuestro país espectáculos con los titiriteros a la vista del público. Es un estilo que me seduce, ofrece la posibilidad de escudriñar en la animación del titiritero por muy neutral que este resulte. Michael Meschke [2] vierte los siguientes conceptos sobre el titiritero que trabaja a la vista del público:

“Cuando el titiritero está a la vista del público manipulando un objeto, su situación se parece a la del músico que ejecuta su instrumento. El vínculo, la relación que establezca el titiritero con su `instrumento´ resulta decisiva para el resultado, ya que puede impedir, hacer p