Vista al menos desde afuera, desde otro planeta más civilizado, la sociedad estadounidense parecería loca. Los fabricantes de armas son poderosos e ilustres ciudadanos y sus ofertas, amplias: drones, armas químicas, misiles “inteligentes” y fusiles de asalto AR-15. Las armas son mercancías, como los zapatos o los utensilios escolares: no existen si no se venden, si no se usan. Es ley del mercado. Pero mueven la economía, dan plusvalía. Las venden al primer comprador, al que más pida o al que más ofrezca, los federales a veces recomiendan su venta a extranjeros que pueden hoy proteger los intereses de esos fabricantes y mañana volarlos en pedazos en cualquier lugar, oscuro o iluminado, del planeta. Los políticos reciben dinero de los fabricantes de armas, para que no vean lo que todos miran, para que no digan lo que todos saben: un comprador puede ser el Estado Islámico y otro, el ejército que lo combate; el vecino aterrorizado, y también, ¿por qué no?, el racista, o el ladrón.

Padre enseña a su hija de cinco años a manejar una escopeta. Foto: Internet
 

Las armas sirven para defenderse o para atacar, para impresionar a la pretendiente descreída, conquistar un yacimiento de petróleo o vengar una afrenta. Hay tantos tipos de armas como colores, como gustos. El mercado lo exige. El dinero manda. Y exige crear la necesidad, la incontinencia de los compradores potenciales. Un arma es como un bíceps bien cultivado: si se tiene, se exhibe; si se exhibe, puede usarse. Los medios audiovisuales —entre ellos, los videojuegos— promueven la violencia, el triunfo del más fuerte o del mejor armado, y reciben su parte.

Cada cierto tiempo, cada vez menos, alguien de apariencia ordinaria, a veces un adolescente incomprendido o abusado por sus propios compañeros de clase, entra a una escuela y mata a cinco, a seis o a diez adolescentes como él, a tantos como su buena puntería le permita. La última vez, hace apenas unas semanas, en la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas de Parkland, en la Florida (hoy la prensa informa de un nuevo tiroteo en otra escuela, en la que murió un joven), fueron masacradas 17 personas y heridas otras 15). Por suerte, el adolescente Anthony (Tony) Borges —de padres venezolanos— logró cerrar una puerta e impedir con ello la muerte de otros veinte compañeros, cuando el disparador de turno se aproximaba. Recibió cuatro balazos en su cuerpo. Fue operado, y parecía recuperarse, pero los médicos detectaron una infección. Ha vuelto a la sala de operaciones y se pronostica que tendrá que sufrir otras intervenciones quirúrgicas. Eso es dinero, y el seguro no lo cubre. No cuenta que sea un héroe. El dinero funciona por igual para el fabricante de armas que para el médico que cura a los heridos de armas. Los guardias de la escuela se mantuvieron lejos de las balas, conocían las reglas del sistema. Los padres de Tony, desesperados, solicitan apoyo económico y claro, los padres de los estudiantes del colegio se sienten conmovidos. Han reunido más de 600 mil dólares. Pero necesitan un millón. Quizás lo consigan.

Sin embargo, el sistema lo tasa todo: lo que a dinero te quitan, si no es la vida, o si tienes familiares que puedan beneficiarse de tu muerte, a dinero se compensa. El abogado de la familia de Tony ha recomendado demandar a varias agencias gubernamentales de Broward por indolencia en el cuidado de los adolescentes. Su lenguaje es iracundo, conoce de leyes. No hay dolor en sus palabras exaltadas, solo cálculo: las demandas pueden prosperar y ser una buena fuente de ingresos. Tony no es un héroe, es solo un buen cliente. Todo tiene precio: las armas, los médicos, la muerte. Todo empieza y termina en dinero. Los héroes no encajan en la lógica del sistema.

El Poder que mueve los hilos sabe lo que quiere y lo que hace: a más armas, más dinero (y viceversa), ah, y para algunos, más poder.

Las armas que el Gobierno compra y las que vende, sirven para proteger la riqueza, los lujos y los intereses imperiales. Marco Rubio lo sabe, es un “buen” político del Poder, y hace sus cálculos. Sostiene, con expresión pre-electoral, que no habrá suficiente apoyo bipartidista para aprobar una reforma sobre el control de armas. Las estadísticas, sin embargo, son escalofriantes: 30 mil muertes al año por armas de fuego en los Estados Unidos. Y los muchachos de Parkland se han tomado el asunto de conservar sus vidas y las de sus coetáneos en serio: confrontan al cínico senador que recibe dinero de la todopoderosa Asociación Nacional del Rifle (NRA). A su favor, en lo inmediato, cuentan con el estremecimiento que los recientes sucesos han producido en la conciencia social. ¿Cuánto perdurará?, ¿cuánto demorará en ser colmada esta de otras noticias igualmente aberrantes? El clamor esta vez parece desbordado, ¿cayó la gota decisiva en el vaso de la inacción? Es el instinto ciudadano de supervivencia. Emma González — acosada ya, y amenazada—, de 17 años, una sobreviviente del tiroteo de la Escuela Stoneman Douglas de la Florida, ha conmovido al mundo con sus alegatos a favor del control de armas. Ya tiene más de un millón de seguidores en Twitter. Emma, vaya ironía, es de origen cubano.

Pero Marco Rubio tiene otras (pre)ocupaciones: el dinero del Poder se utiliza para servirlo. La fórmula del éxito es sencilla: tú le sirves, él te sirve. Aprecie su gesto y su mirada en las fotos de prensa, y concuerde conmigo en que ayudarían a definir un hipotético, no enunciado pero actuante “realismo capitalista” en el arte, de signo inverso al “socialista” (piense en el Agente 007), siempre con los ojos puestos en el futuro, en el suyo, desde luego. Él quiere armas en Venezuela, no para defender a los elegidos por el pueblo, sino para derrocarlos. Quiere poner al mando de aquel país a los elegidos por la Asociación Nacional del Rifle (NRA) de los Estados Unidos. Hablo en sentido figurado, desde luego. Sueña con un Girón en la tierra de Bolívar, que vengue la humillante derrota de Girón en la tierra de Maceo. Hay que advertirle: dos victoriosos Girones en menos de un siglo pueden ocasionarle un daño irreparable al sistema.

El Gobernador de la Florida, Rick Scott, que también ha recibido dinero de los fabricantes de armas, y tiene sueños parecidos a los de Rubio, está más cerca de la candela y sabe que puede quemarse. Ha firmado —espuria “valentía” escénica—, una pequeña corrección a la ley: elevar de 18 a 21 años la edad mínima para comprar armas en el estado. La NRA presentó de inmediato una demanda federal contra la restricción de Scott. Dice que viola la Segunda Enmienda de la Constitución, que garantiza el derecho de todo ciudadano a portar armas. En realidad, quiso decir que viola el derecho de todo ciudadano a ganar más y más dinero, a expensas incluso de la vida de los otros. José Martí, que presenció el nacimiento del imperialismo estadounidense, objetó lo que sería su perdición: “el excesivo amor a la riqueza que como un gusano les roe la magna entraña”.