En la casa de al lado de la mía limpia, por cinco fulas a la semana, una señora muy plantillera a la que le dicen Frenesí. Ella es una mulata, sesentona larga ya, que habla de manera pintoresca y cogió delirio con el fútbol. Una vez, hace tiempo, vio a un vecino suyo —un mataʼe mango dice ella— con una walkman, y exclamó: “¿y este de dónde sacó esa guámpara?”; otro día le dejó de funcionar el refrigerador, partió para el “taller de la batalla de ideas”, se plantó bonito y reclamó: “se me le quemó el tolnaftato al aparato de frío y nada más que hace dos meses que lo compré, así que me lo tienen que arreglar de gratis”; cuando a su sobrina, Yuliarober, la operaron de hernia discal, que a los 15 o 20 días ya estaba tirando su pasillito bobo, Frenesí comentó en la bodega: “ese negrocirujano es tremenda cuchilla”. Es un circo esa mujer, aunque a servicial no hay quien le gane; cualquiera que tenga un problema, que la busque... 


Cubierta de la Edición Príncipe. Ediciones La memoría, Centro Pablo
 

Pero, bueno, volviendo a lo del fútbol, antes se arrebataba con la pelota, pero desde que la serie nacional se desinfló y a la televisión cubana le dio por poner los partidos de fútbol de las copas y los campeonatos mundiales y se pasaban todo el tiempo hablando maravillas de esos güevones, cogió un afán con el fútbol que la desquició. Oiga, no se para de enfrente al televisor para nada, ni para prepararle la comida al marido, los hijos y los nietos. Messi, para acá, Cristiano para allá, Neymar para un lado, Ronaldinho para el otro. Y los goles… ¡Cómo goza con los goles! Tanto que al grito de “¡Gol!” arranca a chillar con la “o” larga esa que yo no soporto. Termina medio ahogaba, pero así y todo —aunque es un guincho— empieza a tirar patadas al aire; se apasiona tanto que parece un muchacho. Eso hasta que un buen día (más bien una noche) le empezaron las entumiciones en las piernas y le mandaron no sé cuántas pruebas. Le descubrieron diabetes, problemas circulatorios y —según ella— los líquidos planos. Reposo fue el tratamiento que le mandó el médico, más unas gotas ahí. Pero fíjense si el conato de ella con el fútbol es grande que tenía dos gatos, uno blanco como la leche y el otro negro como un azabache; el blanco se llamaba Santiago y el negro Bernabé; claro, le faltaba la “u” al último para que entre los dos hicieran un terreno de fútbol, pero como nunca se dieron cuenta de que Bernabé no era gato, sino gata, al poco tiempo ya andaba por casa de Frenesí un equipo completo: Xavi, el loco Bufón, el Chicharito… y el diablo y la calavera. ¡Le ronca! Cuando aquel club empezaba a maullar daban ganas de meterle candela a la cuadra. El caso es que para las entumiciones en las piernas una amiga de ella, de esas que curan el empacho con un centímetro, le mandó a amarrarse en los muslos un hilo de saco, y allá va eso: andaba con aquello como si fueran las ligas de las medias. Qué clase de visión, aquella mulata vieja y descachimbada con 12 o 13 gatos a retortero, los muslos atrincados con hilos de saco y discutiendo a grito pelado con los manganzones del barrio sobre quien merece el balón de oro.