Aunque el autor rehúya los coqueteos autobiográficos, el propósito de estas líneas le reclaman dar voz, en su experiencia personal, a la gratitud, propia de bien nacidos. Hasta después de llegada la Revolución al poder, cuando él tenía ocho años, fue hijo único, y su padre no era ni remotamente un latifundista, pero sí propietario de su tierra. Por eso pudo empezar los estudios con un poco de holgura: primero, en una escuela pública y, al mudarse el maestro para otro pueblo —lo que daría para un texto aparte—, en una academia privada cuyo dueño le premió el buen aprovechamiento escolar eximiéndolo de pagar las mensualidades, de escasa monta vistas en abstracto, pero apreciables para una familia humilde. Con la nacionalización de la enseñanza fue que los caminos se abrieron por igual para todos.

De no haber ocurrido ese cambio, la inercia (in)cultural de su familia, o un mayor empobrecimiento de esta —no digamos ya una ruina que no había por qué descartar, ni las contingencias habituales, muertes incluidas, en las penurias de la salud pública nacional de entonces—, pudieron haberle hecho abandonar los estudios y ponerse a trabajar desde muy joven. Pero, aun de haber seguido estudiando, quizás habría llegado, competencia y suerte mediante, a empleado de alguno de los establecimientos locales. Claro que ningún trabajo hecho con honradez resulta denigrante; pero el horizonte previsible para un joven humilde en las condiciones de la Cuba prerrevolucionaria distaba, ¡y cuánto!, del propiciado a partir de 1959.


Foto: Sombra y estrella. Cortesía de Sonia Almaguer


No es cosa de hacer balances ególatras. Pero estas líneas, por el espíritu con que se pidieron, deben considerar algunos logros del autor: su licenciatura y su doctorado; su quehacer como investigador, editor y profesor universitario; sus más de diez libros y varios centenares —¿no serán ya miles?— de textos publicados dentro y fuera de Cuba; su participación en foros internacionales y citas diversas en su país y en alrededor de otros quince —o más— de América, Europa y Asia… y algo más que tampoco le habría pasado por la imaginación: trabajar como representante diplomático de la patria.

Todo como fruto de una posibilidad que antes no habría alcanzado ni de lejos: desarrollar fuerzas, cumplir vocaciones, disfrutar la relación con el mundo, conocer a seres humanos maravillosos de distintas latitudes, dar peleas necesarias, sufrir cuando ha venido al caso… ¡ser útil! No lo ha hecho todo bien, no; pero siempre lo ha intentado, y no encuentra nada esencial de lo cual arrepentirse, salvo el no haber conseguido ser y actuar mejor.

Pero no solo debe uno agradecer lo que a nivel personal le ha dado la Revolución. Por ese camino se puede llegar a desviaciones como la soberbia y la deslealtad de aquellos a quienes todo les parece plausible únicamente si las cosas les van bien y, de no ser así, entienden que no tienen por qué apoyar a la Revolución. ¿Vale desconocer lo que esta le ha dado a la patria toda, a la inmensa mayoría del pueblo? De ahí las personas que, a pesar de haber sido materialmente afectadas por el sentido de equidad de la Revolución, reconocen que merece ser defendida, y actúan en consecuencia.

La lealtad reflexiva exige actitudes y análisis en que vanidad y egoísmo deben, si no borrarse, por lo menos someterse a justa obediencia. Eso no debe asumirse como la incondicionalidad del tipo de la practicada por quienes, digamos, se niegan a ver los defectos de su pareja para no disolverla, porque, si los ven, no hallan más salida que la ruptura. La gratitud no se debe confundir con egoísmo ni con ceguera. No lo es.

En “Tres héroes”, texto de La Edad de Oro que dedicó a Simón Bolívar, José de San Martín y Miguel Hidalgo —a quienes “se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más que sus faltas”—, sostuvo que “los hombres no pueden ser más perfectos que el sol”, el cual “quema con la misma luz con que calienta”. Y también expresó: “los desagradecidos no hablan más que de las manchas”, y “los agradecidos hablan de la luz”. Pero de los segundos no dijo que únicamente de la luz deban hablar. Él mismo, por ejemplo, en medio del discurso con que el 24 de octubre de 1893 le rindió tributo medular a Bolívar, señaló que este “no pudo, por no tenerla en el redaño, ni venirle del hábito ni de la casta, conocer la fuerza moderadora del alma popular”,

Entre las mayores enseñanzas de Martí —quien las mantuvo ante grandes héroes admirados por él, no solo los ya nombrados— estuvo su convicción de que la lealtad a una gran obra incluye el afán de contribuir a su perfeccionamiento, sin detenerse ante criterios de autoridad. Sabía que los errores cometidos en una buena obra humana no autorizan a desertar de ella, a traicionarla.