Aun sin un minuto a solas para pensar en preguntas atractivas o revisar encuentros pasados, es siempre una provocación. Y si te alcanza la suerte, no temas: basta haber visto la película José Martí: el ojo del canario, haberla sentido y sentarse frente a él con la última mirada en presidio aún latiendo, para que agradezcamos los obstáculos que a veces frustran serenidad y oficio. Mejor así: te colocarás frente a esta figura estrecha, de mirada tierna y significante —¿otra casualidad? —, las preguntas vendrán solas y luego partirás por la puerta delineada con cintas de video, convencido de que regresas al cruzarla a la realidad filmable. Como él, cada mañana.  

¿Se imaginó alguna vez una película sobre Martí?  

Jamás. Martí es una figura demasiado grande, de una dimensión que sigo pensando que es intocable. El Martí adulto es intocable en una película… Es mi caso, estoy seguro de que vendrán cineastas que lograrán hacerlo, pero yo aún no me siento capaz de asumirlo.  

Por eso, cuando me propusieron hacer esta película, que forma parte de la serie Libertadores de la Televisión Española y Wanda Visión, no tardé mucho en decidir que sería una película sobre su infancia y adolescencia. Primero, porque pienso que en la infancia es donde está todo el embrión. Pensé así que podría llegar a algo de lo que fue el Martí adulto, mostrando cómo eso se fue formando, potenciando.

La película trata de expresar o de narrar la formación de un carácter, de un niño con una sensibilidad muy especial, pero que se desarrolló en un medio común y que pudo ser un medio similar al de cualquier otro niño; pero un niño que con el tiempo tuvo que irse sobreponiendo a ese medio y a su familia. Esos son, digamos, los puntos de partida. El cine ha sido siempre para mí una imagen poética, como el espejo transparente de los versos de mi hija

Fernando Pérez
 Filmación de la película José Martí: el ojo del canario . Fotos: Cortesía de Fernando Pérez
 

¿Cuándo llegó la confianza en que sí podía ser? 

En mi caso, cada película surge de manera distinta. Nunca el nacimiento de una es igual al de otra. El momento de inspiración vino esta vez cuando me dije: “tengo que escribir este guión solo”. Me ocurrió cuando me encontré con Eliseo Altunaga, un guionista que respeto muchísimo. Nos vimos por la calle y hablamos de esa idea, le dije que aún no la veía y me dijo: “escríbela desde ti mismo”. Eso fue para mí una revelación, me puso a pensar. Realmente le agradezco a Eliseo el espaldarazo. Me gusta realmente escribir el guión con la colaboración de un guionista, aun cuando yo haga la versión final, porque es un trabajo muy solitario. Aquí dije: tengo que enfrentarlo solo.

Y cuando ya se me fue revelando ese Martí que llegaba, claro, de la investigación, pero también de muchos recuerdos personales, de muchas similitudes de la infancia, fui sintiendo de verdad que Martí iba naciendo de mí. Fui sintiendo que era posible. Por eso digo siempre que es mi Martí.  

¿Por eso se decidió por Damián y Daniel, aun cuando tenía otras dos parejas?  

¿Quieres mi versión? Tenía muchos candidatos, pero no me convencían. Había algo dentro que me decía que esos muchachos tenían posibilidades, pero que faltaba algo. Recuerdo que le decía constantemente al equipo: “para mí, Martí niño es una mirada, es una mirada…” Era un niño observador, de un mundo interior muy fuerte y, por tanto, la caracterización debía ser un tanto melancólica. Fíjate que el Martí niño casi no habla en la película, siempre está observando, asistiendo a momentos o escenas que le van a marcar. Esa mirada tenía que ser profunda. Cuando Damián llegó, casi al final, yo dije: “ese es el que me gusta”. Claro, luego vino un proceso en el que había que conocerlo, ver quién era Damián, cómo pensaba Damián.  

Y sucedió algo curioso: yo no veo mucha televisión, pero hacía unos años, antes de conocer a Damián, vi en televisión un cuento en que actuaba Juan Carlos, el médico de Suite Habana. Recuerdo que me fijé en un niñito que actuaba muy bien. Y cuando Damián me dice en la entrevista que su experiencia anterior había sido en El cohete, le pregunté: “¿Cuál de los dos tú eras?” Me dijo que el más chiquito, precisamente aquel en que yo me había fijado. Eso empezó a darme confianza. 

¿Qué pasa con Fernando Pérez y las casualidades? Varios momentos del casting, el comenzar la prefilmación de Martí… el 28 de enero, sin proponérselo… 

Creo mucho en la intuición y en las casualidades. Me considero un profesional, claro, trato de ser riguroso y todo, pero hay muchas cosas que vienen porque son así, porque la vida me las da, porque están ahí… no me da pena decirlo. Creo que también se debe a una energía que uno libera, que permite que cosas así ocurran.  

Te juro que el día de la prefilmación yo no estaba consciente de la fecha. Llegó el productor y me dijo: “¿sabes qué día es hoy?”. Le dije: “jueves” … Fue todo pura casualidad.  

Y con el casting igual. Fíjate que Damián es todo lo contrario al Martí de la pantalla: es hiperquinético, muy extrovertido, inquieto. Muy inteligente, pero muy sensible. Tiene un mundo interior muy fuerte y creo que a base de muchos secretos que compartimos juntos, se fue elaborando el personaje y me fui convenciendo.  

Daniel Romero también llegó al final: cuando Gloria fue a hacer el casting en la Escuela Nacional de Arte (ENA), él no estaba, luego hubo una entrevista y llegó tarde… en fin. Pero lo vi y sentí que podía ser. Su único problema era el físico, no porque yo quisiera que fuera idéntico, porque incluso la referencia visual que tenemos del Martí joven son tres foticos. Pero una de esas fotos me llamaba mucho la atención porque era la forma en que yo veía al Martí adolescente. Veía en Daniel al posible Martí, sentía que estaba la fibra, la voz, la mirada, incluso el carácter; pero solo con las pruebas de maquillaje me convencí. Le rizamos el pelo y aquello era increíble. Y a medida que íbamos filmando, el parecido se nos fue haciendo más fuerte… yo creo que ahí pasó algo de magia, no sé.  

 Filmación de la película José Martí: el ojo del canario.
 

Debe haber sido para ellos una presión enorme… 

Sí, por eso lo primero que hice fue sentar a Damián, el más pequeño, y decirle: “tú no eres Martí”. Él no comprendió, me dijo: “¿es que ya no lo voy a hacer?” Le expliqué entonces que para actuar no era necesario que pensara en que estaba interpretando a Martí. Eso pasó con la mayoría de los actores: con Brito y con Broselianda, sobre todo. Tratamos de buscar elementos personales de nuestras vidas que pudieran identificarnos con la historia, emotivamente.  

Ese método concuerda con la idea de descongelar a Martí de las estatuas… 

Exacto. No queríamos un Martí marmóreo. Eso ha creado en los jóvenes y en los que estudian a Martí un alejamiento, pasa a ser una historia sin vigencia. A mí me ayudó mucho leer periódicos de la época, descubrir la vida tal cual es. En la prensa se refleja mucho más el día a día que en la literatura: hay un lenguaje más directo. Eso me ayudó a dar una Habana reconocible.  

También me ayudó mucho un paseo que hice con Alejandro Gutiérrez, el otro asistente, y José Lozano, un historiador. Lozano nos llevó desde la casita de Paula hasta donde estaba el Villanueva, pasando por Industria… Hacer ese recorrido, imaginarme aquella Habana dentro de la Habana de hoy, me sirvió mucho. Establecimos, claro, la distancia de algunas costumbres; pero comprendimos una idiosincrasia que ya era vigente en aquella época y que tiene mucho que ver con nosotros, hoy.  

Lo curioso es que esos primeros 16 años de Martí fueron precisamente los que vivió en Cuba, después fueron solo uno o dos años, entre una cosa y otra. El resto lo vivió en el exilio. Fue la etapa en que prendió el amor por Cuba. Por eso era tan importante la escena del Hanábana, donde quisimos dar visual y sonoramente todo lo que lo nutrió en relación con la naturaleza. Eso siguió con él hasta los Versos sencillos, plenos de estas referencias.  

 Filmación de la película José Martí: el ojo del canario.
 

Se trata de una película histórica, género cuya tradición en Cuba incluye algunos desaciertos, pero también obras excepcionales. ¿Cómo dialogó con esta tradición? 

Vimos todo o casi toda la filmografía histórica producida por el cine cubano. Y las películas que se han hecho sobre Martí: primero La rosa blanca, de 1953, un empeño cuidadoso, en coproducción con México, pero una película totalmente equivocada. Trató de abarcar todo Martí en una hora y media, se nota la superficialidad y el empeño de dar un Martí heroico, con el cual uno no se identifica.  

Un galán engominado… 

¡Creerás que no, pero incluso ese Martí adulto está interpretado por un galán mexicano, fornido, que habla como los galanes de telenovelas! Eso te aleja. Pero nos sirvió para reafirmar lo que no queríamos hacer. 

Y luego dos proyectos para mí muy interesantes, de Pepe Massip: el primero, Los tiempos del joven Martí, un documental hecho casi sin nada, que recoge la época a base de documentos, grabados, muy bien organizados. Es un material que como documental didáctico y educativo está muy bien. Es un punto de referencia. Y Páginas del diario de José Martí, que yo había visto de joven y no había entendido, no me había gustado. Me doy cuenta ahora de que fue una película muy audaz para su época, una película de vanguardia. Vista hoy, sigue siendo polémica, su audacia me atrajo muchísimo. Me hubiera gustado tener esa audacia estética, no de la mirada, que tuvo Massip. Es una película que hay que revisitar y revalorar.

Para las atmósferas y la reconstrucción de la época, vimos casi todas las películas históricas del cine cubano. Entre ellas, algunas que son motivos de inspiración, legados, como la obra de Solás. Sobre todo el primer cuento de Lucía. Lucía lo inspira a uno en todo.  No obstante, no queríamos que fuera igual, queríamos otra mirada.  

¿A qué responde la división en capítulos?  

Sentía que debían ser momentos de ese período, contar un itinerario espiritual, de formación de un carácter. Sentía que la continuidad debía venir por momentos que fueran los que para mí permitieran componer la imagen que queríamos. Por eso, el primero, “Abejas”, está dedicado a ese Martí en la ciudad y luego en el campo, cuando va con el padre y descubre la esclavitud y la campiña cubana. En el segundo empieza a descubrir la literatura, la poesía, el teatro, la música y el sentimiento de cubanía, en el enfrentamiento entre el español y el cubano, hasta que termina con el drama familiar que significa la pérdida de Pilar. Termina así una infancia con los elementos que luego desarrolla en la adolescencia. “Cumpleaños” empieza ya a moldear su actividad política y poética. Y cierra la película con un Martí que lo ha perdido todo.  

Termina la película en un punto de giro en la vida de Martí, en el justo momento en que toda esa acumulación hierve, completa espacios en blanco y se prepara a estallar. ¿Sintió alguna vez ganas de acompañarlo un poco más?  

[Silencio] 

No.  

[Silencio]  

Me quedé ahí. Pero me quedé ahí con mucha fuerza, te lo digo a ti nada más. Me quedé ahí con el Martí que mira y siente en su pecho el mundo… 

¿Cuánto necesitamos hoy de un Martí humano?  

Me sentiría muy feliz si el espectador cubano y sobre todo los jóvenes, viendo esta película y reflejándose en este hombre, se preguntaran: ¿por qué amo a Cuba, ¿qué hago por Cuba? 

¿Se lo preguntó usted?

Todo el tiempo.