Brenda cumplía 20 años y la invité a encontrarnos en el Museo de Bellas Artes, el edificio internacional, para asistir juntas a la inauguración de la exposición de Boris Lurie “Boris Lurie en la Habana”. No es que yo fuera fan de Boris, en realidad ni siquiera supe de su existencia hasta que me llamaron de una revista para pedir que vea la muestra y escriba sobre ella un texto. Traté de negarme de todas las maneras posibles, pero al no lograrlo, decidí ir al menos bien acompañada.

Cuando llegué ella no estaba, claro. La mayoría de las personas menores de 30 años son terriblemente impuntuales. Muchos siguen siéndolo pasada esa edad. Pero repartían sendos catálogos y me aislé con el mío, mientras el tiempo pasaba sin prisa.
 

 Exposición de Boris Lurie “Boris Lurie en la Habana”. Foto: cnap.cubarte
 

Personas bien vestidas y muy sonrientes intercambiaban saludos. No conocía a nadie, pero imaginé que todos, sin excepción, eran grandes admiradores del artista. Me sentí muy sola en mi ignorancia. Podía leer el catálogo para informarme, pero no lo hice. No me nacía. Me nacía irme. Sentarme con una cerveza en el Parque Central a mirar los árboles y las nubes. O esperar a Brenda y sentarme a tomar cerveza con ella. No me podía ir, claro está, pero es lo que me hubiera gustado.

Abrieron el micrófono y varias personas bien vestidas y sonrientes se pusieron a hablar sobre la importancia de Lurie y su obra. De repente, una serie de detalles me llamaron la atención:

  • Él había nacido en la misma ciudad que yo: Leningrado
  • Vivió con su familia en Riga, bellísimo sitio, donde me violaron un grupo de neonazis cuando yo tenía 17 años
  • De ahí fue a parar a un campo de concentración (con 17 años de edad)
  • Murió en Nueva York en el 2008, justo cuando yo visitaba la Gran Manzana por segunda vez
  • Nunca vendió una obra suya en vida

Comenzó a interesarme el tipo, en serio. Aún no había visto sus trabajos, pero ya sentía algo dentro despertando. No sé decir qué exactamente, parecía una preocupación, una inquietud.

Abrieron la galería y anunciaron un brindis para luego, pero yo, desafiando la engalanada y sonriente multitud, fui directo en busca de un trago, necesitaba llenarme de valor. Tenía el presentimiento de que el encuentro con Boris no sería tan aburrido como lo había previsto. Ni tan pacífico.

Bajando, ya con la bebida, por poco tropiezo con las maletas. Eran parte de la exposición, no comprendo cómo no las vi antes. Ahí estaban, en el medio de la escalera. Advirtiendo viajes y abandonos. Y encuentros de todo tipo… Pensé en que Boris tuvo un sentido de humor un poco macabro.

Ya en la puerta de entrada, me tropecé a Brenda. Estaba radiante con sus 20 años recién cumplidos, estrenaba unos tacones que no sabía usar bien y me apabulló una vez más con su ingenuo coqueteo egocéntrico. La invité a pasar y le conté lo poco que ya sabía del artista. Nos movimos despacio entre los cuadros. Traté de hablar en tono ligero cosas insignificantes, como mi imposibilidad de asistir esa noche a su fiesta, por ejemplo, o lo pesado que es escribir por encargo, mientras algo dentro de mí comenzaba a vibrar tenazmente, cada vez con mayor fuerza.

Rojo, negro, blanco, gris y, por supuesto, amarillo: el amarillo de la estrella de David, colores y formas que avivaban en mi interior una memoria ancestral: mi abuelo luchando contra el fascismo, mi abuela luchando contra el hambre y la destrucción, sus tres hijos muertos de tifus, mi madre pequeña —la última esperanza— y el miedo, el pánico sostenido, el horror que habita mis genes.

El impacto de los collages: fotos de tetas, culos, boquitas pintadas combinados con fotos de cuerpos apilados, miembros mutilados, huesos de las víctimas. Amor y muerte, sexo y crimen, juntos una y otra vez. Me zumbaban los oídos. Me zumbaba el corazón. Puede ser, fantaseaba Brenda, que había un oficial muy caritativo que les llevaba revistas porno a los presos… Bebí lo que me quedaba del cubalibre de un solo trago. Los nazis no conocen la piedad, le respondí a Brenda muy amablemente, tratando de ignorar el creyón rojo en sus labios, su exagerado escote, su juventud. Hasta intenté sonreírle.

Nos detuvimos delante de una serie de lienzos que repetían como un eco: NO.

No, le dije, no, Brenda, nadie le regaló a Boris en sus 17 años ninguna revista porno. No, NO. Fue ya en su adultez, que él comenzó a guardar imágenes de mujeres desnudas. Y también imágenes del Holocausto. Y mezclarlas. Era su viaje, su obsesión, su grito. Cómo contar lo inenarrable. No. Cómo hacer arte del dolor. No. No!art.

Acompáñame a fumarme un cigarro, le pedí, necesitaba un respiro.

Afuera estaba la Habana. Su sol, sus colores, sus olores. Su gente. Carros, edificios, árboles. Había un aquí y un ahora y una ciudad desbordando luz, paz y movimiento.

—Feliz cumpleaños, Brenda, dije. Saqué del bolso el regalo que le traía. Que cumplas muchos más. Que seas muy feliz...

Apagamos nuestras colillas.

—Volvemos a entrar?, preguntó ella.

—No, contesté. No. Mejor compramos un par de cervezas y nos sentamos un rato a mirar el cielo.

Poco a poco la oscuridad volvió a abandonarme.