Pablo de la Torriente Brau fue uno de los primeros americanos que cruzaron el Atlántico para ir a combatir en defensa de la agredida República Española y contra el naciente fascismo.

En los escasos tres meses transcurridos antes de caer combatiendo en Majadahonda, frente de Madrid, el 19 de diciembre de 1936, Pablo puso en tensión las dos grandes cuerdas formidables de su vida: la letra y la acción. Escribió crónicas y cartas que narraron y analizaron con inteligencia, precisión y humor los acontecimientos que le tocó vivir. Se hizo comisario de guerra de la República a mediados de noviembre, a pesar de que esa decisión le imponía "permanecer alejado de Madrid más tiempo del que debiera", porque "había que abandonar toda posición que no fuera la más estrictamente revolucionaria de acuerdo con la angustia y las necesidades del momento".
 

Pablo en Buitrago del Lozoya. Foto: Cortesía de autor
 

Tres meses antes Pablo había descubierto, después de asistir a una manifestación de apoyo a la República Española en Union Square, el nuevo camino de su destino periodístico y revolucionario: “He tenido una idea maravillosa, me voy a España, a la revolución española”. Como explicó en una carta del mes de agosto, la idea había hecho explosión en su cerebro, y desde entonces estaba incendiado el gran bosque de su imaginación.

Se iba a España, “a ser arrastrado por el gran río de la revolución. A ver un pueblo en lucha. A conocer héroes”. Se iba también “simplemente a aprender para lo nuestro algún día”. Desde las páginas del periódico Ahora, en La Habana, Pablo había anunciado en 1934 aquella verdad descubierta en las tierras del Realengo 18: “detrás de un indomable caguairán un hombre, con su rifle, puede hacerle frente a diez, sin miedo a las balas; y al paso por las cañadas una sola ametralladora puede acabar con mil hombres!”

Para utilizar una frase iluminadora de Raúl Roa, Pablo previó, vio y posvió. Posvió el futuro de Cuba: el triunfo de la revolución popular a través de la lucha armada a partir de aquella verdad táctica encontrada en el Realengo. En España se proponía continuar su aprendizaje viviendo la experiencia de la lucha de un pueblo contra un ejército traidor.

Como comisario del ejército defensor de la República que surgía como parte de la respuesta popular, Pablo descubrió "un poeta en el batallón, Miguel Hernández, un muchacho considerado como uno de los mejores poetas españoles, que estaba en el cuerpo de zapadores". Inmediatamente lo nombró "jefe del Departamento de Cultura, y estuvimos trabajando en los planes para publicar el periódico de la brigada y la creación de uno o dos periódicos murales, así como la organización de la biblioteca y el reparto de la prensa. Además, planeamos algunos actos de distracción y cultura".

Aquel joven poeta alicantino escribiría después los textos intensos de Viento del pueblo y sus obras de teatro de guerra y combatiría hasta el final de aquella contienda por la República, la justicia y la libertad. Si no existieran otros argumentos para condenar al fascismo, bastaría la muerte de este poeta del pueblo, llevado de cárcel en cárcel y de sufrimiento en sufrimiento por los vengativos beneficiarios de aquella guerra, ganada con el apoyo abierto del naciente fascismo ante el silencio cómplice de las grandes potencias.

Pablo cumpliría su destino de cronista incesante en los escenarios de la Guerra Civil Española.  Desde allí envió, para las páginas de la revista New Masses de Nueva York y del periódico El Machete de México, sus crónicas escritas en el frente que hoy podemos incluir entre los más estremecedores, certeros y humanos testimonios recogidos sobre aquellos acontecimientos.

Miguel Hernández dejaría a su vez un testimonio poético inolvidable dedicado a este cronista e internacionalista de Puerto Rico y  de La Habana, este americano que había estado entre los primeros que cruzaron el Atlántico para defender a la República agredida. En el cementerio de Chamartin de la Rosa, junto al recién rescatado cadáver de Pablo, Miguel Hernández lanzó al viento del pueblo las palabras de su Elegía segunda como homenaje para el hermano muerto en combate:

Pablo de la Torriente,

has quedado en España

y en mi alma caído;

nunca se pondrá el sol sobre tu frente,

heredará tu altura la montaña

y tu valor el toro del bramido.

De una forma vestida de preclara

has perdido las plumas y los besos,

con el sol español puesto en la cara

y el de Cuba en los huesos.

(…)

Ante Pablo los días se abstienen ya y no andan.

No temáis que se extinga su sangre sin objeto,

porque este es de los muertos que crecen y se agrandan

aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto.

Pablo de la Torriente Brau, crecido y agigantado, atravesó hoy 12 de junio de 2003, las avenidas de La Habana, para seguir combatiendo contra el fascismo, por la justicia y la libertad.

Lo acompañaba su pueblo, dispuesto a defender el derecho a la vida, los valores de la cultura, la integridad de la Patria, frente a los chantajes, las miserias, las traiciones de los nuevos representantes de la barbarie y sus aliados de opereta.

“No creas, el pueblo es siempre emocionante para mí”, escribió Pablo en una carta desde el Madrid bombardeado por el naciente fascismo. “Además de ser en sí, por grande, como el mar, una cosa abstracta, es una cosa concreta, la más concreta de todas las cosas humanas, sin duda. Y no se moviliza por obra de ningún misterio, sino por el movimiento de sus propios resortes, de sus órganos vitales”.

Los ríos del pueblo desbordado en La Habana se fundieron en el recuerdo con aquellas que Pablo presenció en los atardeceres de la resistencia madrileña: “las manifestaciones tienen un sello especial.  Sobre ese cielo limpio y fino, que parece el cutis de una muchacha azul, brilla una luna que casi parece la de la bahía de la Habana, donde la tanta luz no deja dormir a los tiburones. Las manifestaciones recorren las calles bajo esa luna, y tiene algo de fantástico el desfile de los rostros serios, barbudos o imberbes, iluminados por la lívida luz transparente”.

Cronista de entonces y de ahora, combatiente de siempre, aquí está Pablo junto a nosotros desde la memoria.