Es difícil entender las grandes cuestiones, todo lo grande está en medio de la tempestad, pero en la actualidad no sólo significa que las verdades se encarnan en el campo de batalla, que no hay otra cosa que poder y contrapoder. La tempestad que sumerge al mundo de hoy no la misma que retrataran nuestros bisabuelos a lo Stefan Zweig. Durante mucho tiempo se pensó que había un telos, todos los creyeron, se trata de una idea heredada de la noción mitológica de la Tierra, devenida en tema para pensar los grandes problemas, telos (τέλος) en griego significa fin, por tanto existe un relato y dentro de este, pequeñas tramas que acaban y dan inicio a otras. Hoy, Gianni Vattimo, uno de los pensadores más citados en los papers posmos —posmodernos—, nos habla del pensamiento débil, de la validación del dialecto y la dejadez del telos como atadura.

La significancia termina por ser tal y aparece el concepto —llamémosle así— de lo light que vendría a substituir la “mácula hegeliana-marxista”, no hay clases ni luchas de clases, no hay poder ni contrapoder, sólo existen los pequeños y débiles y fragmentarios hombres con sus diversidades sexuales, de color, étnicas, de gustos, etc, y todas son igual de importantes.

 No deben existir ni pequeños ni débiles, todos deberían ser igual de importantes. Foto: El País
 

De manera que un niño subsahariano que se muere de malnutrición sería equivalente a que mi gato hoy no tenga qué comer. Esto es una trampa de la academia señores, no nos dejemos engañar, las universidades del primer mundo están permeadas por sus ideólogos, no en balde los dos grandes pensadores que removieron la modernidad —Descartes y Marx— lo hicieron desde el exilio y alejados de la toga profesoral.

Una universidad es ante todo la antesala de formación de los ideólogos de clase de dicho país, allí se fragua el poder y Foucault diría también el contrapoder, por ello se cierran las universidades o no se les permite autonomía o se les crea una “red de estudios” donde vaya a saber qué tendencias del pensamiento estarán primando. A veces para pensar el mundo hoy, hay que hacerlo lejos de la universidad o sin la pretensión de la academia más alta, porque debemos salir a la calle y como César Vallejo preguntarnos por el hombre que pasa con un pan bajo el brazo y no por la metafísica.

Volvamos a la metáfora que usamos, basados en un genial libro de Stefan Zweig, El mundo de ayer, aquel en que existieron grandes relatos: el cristiano, el marxista, el hegeliano, el positivista —este último basaba sus bondades en que el progreso, léase mercado, alcanzaría y nivelaría a los hombres de todo el globo—; estos son los principales. Hoy tenemos un nuevo liberalismo camuflado como siempre, mitificado, que se vende como la esencia del desarrollo, “compra esto y eres bello”, “lee lo otro y eres sabio”, el universo de la doxa, dirían los griegos, o sea de la opinión. Esa la hacen variar a su antojo los medios del imperio bélico comunicacional; funcionan como cápsulas en un mundo donde todo parece transgénico, fabricado, perfecto, sin sabor.

 El mundo de ayer, portada del libro de Stefan Zweig.
 

Zweig dice que en su juventud leer a Kierkegaard era preferible a comer, y muchos de ellos dejaban sus ahorros para esforzarse desde adolescentes con las más grandes lecturas, fue la última generación que dio intelectuales jóvenes, la siguiente ya sería hedonista y una de las cosas en ese culto a la belleza estará en la práctica del deporte. Hoy, mientras multitudes de adolescentes regordetes con montones de comida observan, desde las gradas o desde su casa en un televisor plasma a Cristiano Ronaldo, los anaqueles están vacíos o no existen y si se va a comprar libros debe irse a las farmacias, donde hallamos sobre todo manuales de “autoayuda”, así que nada de Dostoievski que deprime.

El liberalismo de hoy no es como el de Zweig, aquel lo creyó, lo defendió incluso, pero sin saber que era el mismo sistema que mientras propugnaba el progreso, pagó la unidad nacional de Alemania y el rearme de todo el imperio en dos ocasiones: 1914 y 1933, con consecuencias que aún se analizan, con fosas de cadáveres que todavía están contabilizándose. La humanidad parece programarse a sí misma para autodestruirse.

Hablemos ahora del telos marxista, que se basa en el hegeliano, el cual luego de cierto apogeo fue defenestrado por sus sostenedores para abrazar el “triunfo de la voluntad”. Los socialismos llamados reales cometieron el error de tornarse una especie de contrapartida de los capitalismos, cuando debieron seguir sus propios caminos de sustentabilidad, cayeron en el economicismo de la vida y la asunción autista de una política de propaganda, que les impedía verse en un espejo.

Aquella ceguera los llevó al atraso y el descalabro, no en balde se le llama Toma de la Bastilla del siglo XX, a la caída del Muro de Berlín, muy opresivos se tornaron algunos de los fenómenos fraguados en las oficinas de la Lubianka o sede de la KGB soviética. El marxismo, que iba hacia la sociedad sin clases, se petrificó, se cosificó y finalmente se entregó tal y como estaba, en estado de brutal desarme, al gran capital que se había afilado los dientes. Al contrario del cuento sinfónico Pedro y el lobo, de Sergei Prokofiev, los niños hoy le temen a ese lobo del capitalismo y no tienen cómo escaparse de sus fauces, en un inmenso país llamado otra vez Rusia.

¿Cuál es el destino del mundo hoy?, Stephen Hawking lo basó todo en la ciencia y el uso de las matemáticas, pero eso es positivismo, el hombre no es lógico y sólo parece programado para morir o matar. La pregunta queda en el aire, en este logos sin respuesta que se busca aún, muchos milenios después.