Hay sitios que es mejor no verlos bien por dentro. Lugares cuya solemnidad se viene abajo si son escudriñados fuera de horario. Locaciones hechas para un momento determinado. Verlos por dentro y a deshora es como hurgar en sus intimidades, algo prohibido, impúdico, como si a una mujer le colocaran un espéculo en medio de una asamblea. O a un hombre le realizaran un tacto rectal a la salida del Coppelia.


Fotos: Internet


Empiezo por los teatros. De noche, en temporada, es un aposento elegante. Se entra a la sala con el rigor de un castillo. Con el ropaje de salir de noche, rezumando los perfumes siempre guardados para “una ocasión”, y se camina como si una cámara nos fuera a filmar, lista para nuestro paso. Se respira puro glamour, se habla en voz baja, y los conocidos se saludan discretamente, como en palacio. Justo antes de comenzar la función y ya con los teléfonos apagados, transcurren unos minutos. En silencio, miramos el techo, los laterales, y todo nos parece de otro mundo. Con la tensión del despegue del avión que nos trasladará a otra dimensión, nos sujetamos a la butaca, respiramos hondo y cerramos los ojos. La fiesta va a comenzar. Hasta aquí, todo perfecto, idílico. Lo contrario percibimos cuando el amigo dramaturgo, el director que nos conoce, o una actriz a quien entrevistaremos, nos conminan a visitar tan sacro lugar fuera de horario.

Entrar en un teatro un martes a las dos de la tarde es echar abajo un sueño, escupir sobre una seda, bostezar ante un Picasso. No damos crédito a la suciedad, al calor, al desmadre que nuestros ojos y el resto de los sentidos nos hacen llegar. El grupo teatral ensaya. No con los trajes de la noche ni con la seriedad de la función, sino semidesnudo, sudando, tomando agua en botellas plásticas, ordinarias, rascándose detrás de las orejas y pidiendo permiso para orinar o para masticar un pedazo de pizza. El director, a quien de noche vemos elegantísimo, recibiendo felicitaciones y aplausos en el escenario, resulta un gordito que grita palabrotas y amenaza con expulsar al actor joven que equivoca el texto, al de las luces que se ha demorado, y a la figura principal del espectáculo, una mujer entrada en años, que ahora fuma medio oculta tras la cortina. El cortinaje, por cierto, está muy sucio, ajado. Las butacas muestran manchas de grasa de rositas de maíz, del techo cuelgan cables y pedazos de soga, las alfombras de los laterales (por donde se entra con el rigor de un castillo), dejan ver pedazos que les faltan, manchas de cualquier etiología, quemaduras de colillas y quién sabe qué más. El escenario, despojado de la escenografía, da lástima. Todo de madera, desnudo, con tanto polvo, que las plantas de los pies de actrices y actores se van poniendo negras a medida que avanza el ensayo. Si nos paramos frente al lunetario, es peor. Desde la altura, se notan los respaldares defectuosos de muchos asientos, algunos incluso escorados. Si el olor por la noche es bien perfumado, a las dos de la tarde de un martes, el teatro huele a gimnasio de bajo costo. El sudor que sale de cuanto agujero tiene el cuerpo humano, deja su huella en los laterales, en el piso, en el terciopelo y en las gasas del teatro. Salimos de allí prometiendo no volver jamás. Pero es mentira. A la semana regresamos, porque el teatro tiene su magia, su encanto. De noche, claro.

El otro sitio es el estudio de televisión. A través de las pantallas de los equipos que tenemos en las casas, las locutoras son muchachas bonitas, maquilladas, que sonríen todo el tiempo. Detrás de esos rostros impecables, se ve el mar, o un cielo azul, o palmeras o símbolos patrios. O un mapa enorme, o un fondo níveo. Según lo que percibimos cuando estamos frente al televisor, las entrevistas se llevan a cabo en ambientes muy cálidos, hogareños, donde todos conversan animadamente y sonríen con despreocupación mientras beben tacitas de un café que parece delicioso. Dan ganas de vivir allí, de mudarse a la televisión. Hasta que la vemos por dentro.

Antes de subir los cinco pisos del estudio donde nos han citado (el ascensor nunca funciona), en la recepción (una mesa de bagazo con una compañera que se lima las uñas) desconfían de nuestro nombre. Nadie sabe quiénes somos ni qué hacemos allí. La limadora nos mira de arriba abajo, con desprecio, hasta que la coordinadora del programa acude en nuestro auxilio. Más bien en el auxilio del director del programa, porque ya nosotros estamos a punto de largarnos. A un tilín. Por razones ignoradas, los directores de programas jamás bajan a buscar a los invitados. Ni en Cuba ni en La Conchinchina. Aprovecho para aclarar que todo lo que describo en esta estampa sucede aquí y en La Conchinchina. La coordinadora suele ser una mujer amable, que transmite excusas del director, un señor que siempre está muy ocupado. Tanto, que jamás lo vemos. Ni antes ni durante ni después de la entrevista. El director parece ser un fantasma, pero nada nos asombra más que el tiempo que hay que esperar antes de ser llamados al set.


 

El set de la televisión no se parece ni de lejos a lo que vemos en la casa. Primero, antes de entrar en él y decepcionarnos, nos llevan al departamento de peluquería y maquillaje. El departamento de peluquería y maquillaje es un cuartico de 2 por 2, donde escasamente cabe el peluquero-maquillista, uno o dos  sillones de dentista, un espejo cariado y un maletín diminuto. Del maletín diminuto salen esponjas que huelen a Tutankamón, cepillos de pelo que usó Cleopatra, y una barrita de labios que dicha faraona desdeñó alguna vez. Por razones desconocidas, al personal de la televisión le gusta asomarse al cuartico de 2 por 2 cada 2 segundos. Mientras el pobre maquillista-peluquero intenta hacer maravillas con nuestros pocos pelos y nuestras muchas arrugas, locutoras, animadores, coordinadoras, guionistas y los del sindicato van pasando por ahí. Saludan, piden café, se actualizan del último chisme, se peinan ellos mismos, se pasan la esponja de Tutankamón, se rizan las pestañas, se alisan el cabello y se acomodan las ropas. Entonces viene la espera.

Para entrar a un set de la televisión hay que dejar pasar tres horas. Como si fuera el chequeo de un vuelo a Transilvania. Para ello, alguien (casi siempre la coordinadora del programa cuyo director ausente nos invitó) señala el pasillo. En el pasillo solo hay cuatro butacones de cuando la reforma agraria, por supuesto, ocupados por otras personalidades. Las personalidades fueron tales hasta que la mujer que se lima las uñas en el departamento de recepción les pasara su mirada-scanner. Luego de eso, son simples mortales que descansan sus espaldas en los butacones ya descritos. Nos toca estar de pie. Milagrosamente, hay cristales para mirar hacia afuera, y de esa manera se alivia la sensación de encierro que al cabo de la primera hora y media nos arruga el ánimo. Cuando por fin somos llamados, ya estamos hartos y con ganas de regresar a casa. Pero entramos, porque nos apena el esfuerzo de la coordinadora. Dentro, nada es como parece. Los fondos del ambiente son del tamaño de un diplomita. Los asientos no alcanzan, de manera que los entrevistados (ex personalidades) debemos turnarnos, como en el juego de la sillita. El café no es café, sino un agua oscura de origen desconocido, o simplemente nada. Francamente, admiro muchísimo a las locutoras y conductores de programas, que de verdad sonríen ante las cámaras aunque les apriete el ajustador o la corbata. Casi siempre están en chancletas de baño, porque no se supone que los pies salgan en el recuadro de la cámara, con lo cual el contraste entre la blusa de hilo, la camisa de rayón de la India, las tortas de base para el rostro, y el rudimentario calzado, dan ganas de soltar una carcajada. El frío es intenso dentro del set, casi de la misma intensidad del calor de afuera, del pasillo aeroportuario. De milagro nadie sufre de parálisis facial, del llamado “pasmo de la cara” debido a los cambios de temperatura.

El parlamento que se lleva preparado mentalmente, se esfuma cuando nos toca el turno en la sillita del set. Por motivos no precisos, jamás alcanza el tiempo en la televisión. Deben ser los directores transparentes quienes imponen los límites, pero no soy quién para asegurarlo. Lo cierto es que desde que pisamos el tabloncillo del estudio, ya nos hacen señas de “breve, hay que ser muy breve aquí”. Y eso, claro, nos inhibe muchísimo. Porque no sabemos ni qué nos van a preguntar con exactitud, ni de cuánto tiempo disponemos, aunque ya tengamos claro que hay que ser breve. Solo nos alcanza para agradecer la invitación (a pesar de la limadora, de la esponja de Tutankamón y de la larga espera, se dice “Gracias por invitarme”) y para sonreír, porque si todo el mundo lo hace, no hay razones para desentonar. Solo cuando volvemos a la normalidad, después del segundo scanner que nos hace la de recepción y pisamos nuevamente el asfalto, suspiramos. Por todo lo que nos faltó decir, por el esfuerzo que contemplamos, y porque en honor a la verdad, hubiera sido mejor no constatar la falsedad de lo que solíamos disfrutar, sentadas frente al televisor. Otro tanto sucede con los salones quirúrgicos, con los cabarets, y con los aviones en tierra, pero es mejor continuar viviendo ilusionados con la solemnidad de ciertos lugares. Esos, que es mejor no verlos bien por dentro, para que no se nos caigan las alitas del corazón.