Cada bienio quienes nos ocupamos del teatro en la Casa de las Américas tenemos un doble disfrute profesional no ajeno a ciertas tensiones: Mayo Teatral, la Temporada de Teatro Latinoamericano y Caribeño, que nos exige aguzar la mirada para curar bien una muestra pequeña de espectáculos llegados de enclaves de toda la América, y diseñar espacios de encuentro efectivos, y el Premio Casa de las Américas, que con similar regularidad, como ya se ha vuelto tradición, evalúa y distingue algo de lo mejor de la literatura dramática, amplia y diversa, que se escribe en el continente.


Premio Literario Casa de las Américas 2018. Foto: La Ventana

 

Acabamos de cerrar la etapa de la 59 edición del Premio y la distinción para el argentino Fernando José Crespi por Paraje Luna, corona casi dos semanas de confraternización y debate, a lo interno, de quienes integraron el jurado, y de expectativa para quienes estamos a su alrededor.

Durante esta edición del Premio Casa vi trabajar afanosamente a los miembros del jurado de teatro, interactuantes con los de otros cinco géneros. Esta vez, un equipo formado por la crítico e investigadora argentina Olga Cosentino, experta en teatro bonaerense del siglo XX; la actriz, directora de actores y dramaturga Charo Francés (España-Ecuador), alma del Teatro Malayerba; el actor, músico y director Diego Sánchez, del Teatro Matacandelas de Colombia; la prolífica dramaturga —con más de ¡120 obras en su haber!—, también actriz y directora María Teresa Zúñiga, fundadora en el Perú del Teatro Expresión, y el cubano Alexis Díaz de Villegas, uno de nuestros grandes actores, quien ha debutado con acierto como director y lidera Impulso Teatro.

Si bien uno no conoce las interioridades de las deliberaciones, y —ética por medio— se cuida de intentar saberlas por más que la curiosidad lo corroa, del trabajo cerrado trasciende el clima de complacencia, reto e inquietud a un tiempo en que se sumerge cada uno, gracias a la excelente química conseguida entre un grupo que, en poco tiempo y por obra y gracia de seleccionar por encargo de la Casa de las Américas una obra que ostente la suficiente calidad para ser premiada y promovida, se integra como equipo en el que algo más fructifica y la tarea profesional de compartir se convierte en goce del conocimiento humano.

Cada vez es un misterio avistar cómo funcionará un jurado, como grupo que debe trabajar intensamente y en complicidad por diez días, y es que en mis más de 25 años de observación participante los he visto profesionales pero parcos, tensos y hasta antagónicos por discrepancias a la hora de emitir el voto, pero también efusivos y ecuménicos, y el de este año fue un jurado muy dispuesto a escuchar y a confrontarse con el otro. A menudo, cuando llega el momento de despedirse, hay lamentos y promesas de amistad a largo plazo, para cuando la distancia se ponga en medio; y hasta aparece de vez en cuando la evidencia de un proyecto conjunto de creación, concluido con éxito por dos o más de alguno de esos grupos, cuya idea primaria —para orgullo nuestro— nació en un viaje en autobús camino a un encuentro en Cienfuegos, en un desayuno compartido en el Hotel Jagua, o al concluir un panel en la Sala Manuel Galich. Y es que el Premio, cada vez, es un ensayo vivo por la integración latinoamericana que toma a la literatura y al arte como pretextos y que se consuma gracias a la disposición y la generosidad de muchísima gente.

Así, con este y otros encuentros, junto con la labor cotidiana, la Casa se expande hacia artistas, escritores, investigadores y promotores de diversas geografías. Y, como me gusta decir, somos tejedores de redes que vamos sumando nuevos nudos y ramificaciones.

Dentro de ese espíritu, el penúltimo día de la recién concluida edición 59 tocó celebrar el panel de teatro, convocado en torno al tema “Teatro de lo real y lo social: Latinoamérica 2018”, que devino en cruce aleatorio y en apariencia libérrimo de reflexiones, recuentos analíticos, testimonios y anécdotas, pero que dibujó un mapa vital de la escena latinoamericana, en su variada riqueza, en diálogo con los lenguajes del arte, pues hubo lecturas en clave de teatro, canto y escenas sacadas de notables exponentes de la labor profesional de cada uno.

Si Olga Cosentino viajó de la relación del teatro con la sociedad argentina de ahora mismo, marcada por un agudo retroceso político y social, a explorar el rol de la escena y a reseñar los que a su juicio son modelos de un teatro de activa consecuencia, para mencionar entre otras puestas como Terrenal, de Kartun, y La terquedad, de Spregelburd, la actriz cubana Roxana Pineda —sumada al panel desde su posición de jurado de Estudios de la Mujer y teatrista—, expuso, como declaración de fe, dónde está para ella lo real como afirmación y desafío de mujer y de actriz, dijo a Galeano y cantó a Silvio, como breve cita de Las venas abiertas, su hermoso performance musical. María Teresa Zúñiga bosquejó un resumen de la historia universal del teatro de modo que cupiera la voz de su tierra, Huancayo, lejana de los centros más conspicuos y le dio voz, junto a Antígona y a Coraje, al personaje de Zoelia, de su más reconocido texto Zoelia y Gronelio. Los hombres, Diego y Alexis, se valieron del anecdotario personal: uno para relatar la experiencia de llevar el teatro y La casa grande, de Matacandelas, a un enclave remoto donde combatientes de las guerrillas que entregaron las armas construyen un espacio de paz y reclaman del arte una parte fundamental como parte del proceso; y el otro, para revivir pasajes de su formación como actor del Teatro Obstáculo a lo largo de varios montajes, y acerca de la naturaleza del magisterio recibido de Vicente Revuelta, trabajando con Brecht y Lorca, en medio de vicisitudes del Período Especial en Cuba, que lo convirtieron en quien es hoy. Charo Francés se reservó para el cierre, y luego de enunciar los sólidos vínculos entre la fabulación o la poética de mucho teatro con las señales de la realidad que las alimenta, pausa mediante, presentó el monólogo final de la obra de Arístides Vargas Instrucciones para abrazar el aire, que como subrayó, escrita en 2011, dedicaron a Chicha Mariani, una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de mayo a quien los militares, el 24 de noviembre del año 1976, asesinaron a su hijo y a su nuera y robaron a su nieta, y quien desde ese día sigue buscándola.

Fue un panel de lujo, que compartió saberes múltiples desde la teatralidad siempre latente, descubrió entrañables personalidades y estimuló pensamientos y emociones entre los muchos que asistieron a la Sala Galich. No por gusto una modesta investigadora, integrante de otro de los jurados, me comentó que felizmente a su género le había tocado antes, pues cómo superar el histrionismo de ese coro de voces variopintas, ideal para el cierre. Y una experimentada colega de la Casa ponderó cuán diverso e ilustrativo de sus respectivas realidades socioculturales había sido el contrapunto entre las experiencias relatadas por Diego y Alexis para entender mejor la complejidad de nuestra región.

Ya ellos y todos los miembros del jurado regresaron a sus lugares de vida y de trabajo, y la edición 59 es otro pasaje de una historia que no deja de transcurrir. Ahora voy a leer Paraje Luna, dispuesta al encuentro con “el localismo estrafalario de su anécdota”, disparada “hacia paradigmas universales”, mientras sigo pensando y tejiendo parte de esa gran red que nos arma en torno a la escena de Latinoamérica y el Caribe.